Archivado en: Reseñas | Etiquetas: aviondepapel.com, Cortázar, Cuento, David González Torres, Gens, Medardo Fraile, Quim Monzó, Relato, Víctor García Antón

Confesaba un reputado editor -cuyo nombre obviaré por la confidencia- que su editorial sólo publica libros de cuentos, cuando:
a).- la colección reúne dos relatos antológicos (para posteriores antologías del género),
b).- a los que se vinculan otros cinco relatos excelentes (que el lector fiel recuerda con devoción),
c).- que se suman a tres o cuatro muy buenos relatos (que le dan unidad al libro),
d).- que se alzan por encima de uno o dos relatos tan sólo buenos (que son los que los críticos nombran al final para que su sesuda reseña no parezca una felación al autor).
Pues bien. Nosotros, todos nosotros, el segundo -y esperado- libro de cuentos de Víctor García Antón (Teruel, 1967) cumple muchos de estos axiomas. Si no, relean -como yo- esta colección de relatos y luego me comentan en petit comité. Además, García Antón, con este reciente libro, comienza a mostrarnos algo sustancial en su obra: su obsesión, ese tema que lo define como escritor, que no es otra que la IMPOSIBILIDAD, esa otra cara del deseo. O como él mismo lo definía en una entrevista de hace dos años: “Cuando empezamos a escribir estamos muy preocupados con encontrar nuestros temas, nuestro estilo, nuestra voz”. Creo que, con éste, su segundo parto, García Antón, ha encontrado esa voz.
Dicho esto, abordo el libro. Y me es difícil hablar de Nosotros, todos nosotros, porque en el prólogo del gran maestro cuentista Medardo Fraile está dicho todo. No hay forma de eludir las palabras de Fraile cuando dice que está tan bien escrito que, por eso, es tan verdadero. Leyendo estas palabras liminares de Fraile, a uno se le queda cara de cacatúa cuando intenta mejorarlas o tan sólo emularlas.
Nosotros, todos nosotros es una decena de cuentos en las que el autor turolense camina por senderos más simbólicos que su anterior colección. En Amor del bueno (Premio Caja España, 2004) García Antón ficcionaba historias de amor bajo una estructura claramente monzoniana: Quim Monzó ponía el marco y García Antón pintaba el lienzo. Eran, aquéllos, relatos tiernos, absurdos, cargados de lirismo, pero que siempre mantenían latente la eterna guerra de sexos bajo el epicentro del deseo. García Antón, en Amor del bueno, plasmaba que entre hombres y mujeres enamorados el único obstáculo es el TIEMPO: ellas quieren ahora; y ellos, tal vez, después.
En su nuevo libro Nosotros, todos nosotros, el Deseo sigue ahí, pero los obstáculos son otros. Si somos lo que deseamos, también somos lo que nos impiden SER -quizás por ese motivo el título del libro se conjuga en primera persona del plural-. Ahora, las barreras son la autoridad, la muerte, la ambición, la falta de reconocimiento; y, sobre todo, en ciertos relatos, emerge el PADRE, algo tan freudiano. Lean, si no, el microcuento Canasta.
Si en Amor del Bueno, García Antón estaba ya experimentando relatos de voz, como La mujer que viene a cenar esta noche, por ejemplo, en Nosotros, todos… ha dejado de experimentar y, con esta su manera de narrar, se lanza al vacío, donde lo importante no es quién -o qué se dice-, sino CÓMO SE DICE.
El escritor turolense es honesto en este sentido. Él forma parte del grupo surrealista La llave de los campos. Él también participa de los 22 dogmas en torno al cuento breve que dicho colectivo enuncia. Cito uno de ellos: “La escritura de un cuento deberá transparentar sus influencias”. De la primera página a la última, García Antón muestra su honestidad: nombra a Samuel Beckett y a Thomas Bernhard. Del primero, filtra lo simbólico de su escritura; del segundo, la digresión como arte de contar historias. De ahí que Nosotros, todos... sea un libro de voz en el que cada historia la podemos interpretar desde un punto de vista subjetivo, en que cada lector codifica el mensaje a su manera, participando, haciéndola suya.
Así, encontramos relatos como El gobierno del solar -para mí el mejor de la colección, junto con Un tigre de Bengala-, donde un operario con chaleco reflectante se ocupa de abrir las puertas a los camiones que vuelcan tierra en los cimientos de un solar. La autoridad a la que estamos sometidos por imperativo laboral se simboliza en este relato como algo absurdo y reprochable. También leeremos, como digo, Un tigre de Bengala, como el cuento en el que su protagoniza intenta practicar para convertirse en ese animal tan idolatrado: ¿es el deseo de ser tigre de Bengala, el deseo de ser un gran escritor? Cada uno que lo interprete a su manera. Pero, además, divisamos relatos tan descarnados como Últimas palabras a mi padre, la historia de angustia de un hijo que teme que los funcionarios de un cementerio se equivoquen a la hora de grabar el deseado epitafio en la lápida del progenitor fallecido. O La estela de las mujeres, quizás el relato más cercano a Amor del Bueno.
Y así podría seguir hasta reseñar cada uno de estos diez cuentos -quizás el primero es el menos certero, por su temática intimista y por su ubicación, abriendo el libro-. En estos relatos dominan las sinécdoques, que les imprimen una fuerte carga simbólica, el surrealismo le da un toque onírico y la lírica de las metáforas de cada línea nos regalan costuras poéticas y sensoriales de las que nunca debería adolecer un buen cuento.
Es una pena que este libro de García Antón no se encarame entre los libros más vendidos, que no se coloque junto a los pijamas de rayas, las sombras del viento o los pilares de la tierra. Es una pena que la editorial que lo publica no le de más visibilidad o que García Antón no hubiera tenido paciencia para dar el salto hacia mejores posiciones en los anaqueles de las librerías (¿lineales los llaman las editoriales medianas?) Pero, claro, como dice un reputado escritor, los libros no son para comprarlos, sino para leerlos.
Yo estoy seguro que Nosotros, todos nosotros se convertirá en una colección de cuentos que pasará de mano en mano, del que hablará gracias al boca boca. Éste es un libro -y esto lo digo sin temor a equivocarme- que se convertirá en un título de culto para futuros cuentistas que merodeen los caminos simbolistas. Será como un objeto de fetiche, una colección con la que cabalgar hacia nuevos territorios literarios, un título que debería estar, por ello, en todas las alforjas. Nosotros, todos nosotros es, en definitiva, el libro que todos quisiéramos escribir, como así lo ha escrito Víctor García Antón.
NOSOTROS, TODOS NOSOTROS
Víctor García Antón
Gens, 2008
David González Torres (Santa Cruz de Tenerife, 1970) es periodista y escritor -inédito, si descontamos ciertas antologías-. Reside en Madrid desde 1998 y es fundador y director de la revista de curiosidad literaria Aviondepapel.com desde 2000 y del cuaderno de bitácora o blog literario El Hueco del Viernes desde 2007. Ahora mismo tiene marcado en su calendario de 2008 el lanzamiento de una televisión literaria on line. Entre sus escasos galardones, recibió el Premio Comunicación 2004 de la Fundación General de la Universidad Complutense de Madrid por el CD Multimedia PROYECTO CORTÁZAR, UN VIAJE LITERACTIVO, proyecto on line que aún está vivo en la Red.
Archivado en: Reseñas | Etiquetas: Amor del bueno, Premio Caja España de libros de cuentos 2004, Quim Monzó, Sergi Pámies, Víctor García Antón

“Tenían sobre la mesa el café con leche del amor humilde, pero tenían también dentro del libro las maravillas todas del Universo, y se pusieron a deshojarlas con lentitud amorosa, como si en ello les fuera su felicidad, el sí o el no”.
EL ÁLBUM,
Medardo Fraile
Puede ser la decimoquinta vez que en Masacre leamos este “Amor del bueno”, con ese corazón, desarmado, lleno de fiebre, que se nos queda siempre al terminarlo. Es una fiebre de memoria, porque nos vienen a la cabeza las mujeres y hombres que han poblado nuestra vida, todas nuestras derrotas que son muchas y necesarias. En fin, la vida y sus cosas, suponemos, una urdimbre perfecta de deseo y falta (porque no hay seguridad cuando amamos). Sabe Amor del bueno a whisky solo y a congoja de domingo solitario. Por todos los monos de tres cabezas, sabe igual que cuando Meryl Streep mira por última vez al tío Clint desde el coche en Los puentes de Madison y cristaliza su deseo perdido, la ruina que la ha convertido en una “persona”, y por eso nos tenemos que ir a otra habitación, a riesgo de perder autoridad porque nuestras madres nos van a ver llorar y no queremos. Allí, apalizamos a nuestros peluches con un bate, para entretenernos un poco, ya ven, porque somos tipos duros. Chupicundi, amigos. Nos duele ver a la pobre Meryl tan jodida.
Amor del bueno desde el principio fue para nosotros -hace ya dos años que se publicó- una laparotomía de la sentimentalidad contemporánea, tan infectada en su discurso de base por los mecanismos de la publicidad y de la producción, entendiendo que ahora, en nuestro deseo corrompido, imaginamos y queremos para nosotros sujetos creados directamente en un departamento de ventas. Los personajes de García Antón, auteur de la cabeza a los pies, funcionan como arquetipos sentimentales —el hombre crisálida, las mujeres superiores, la mujer de vuelta de todo, el hombre que sueña con asaltar el tren del correo— y lo que con toda honestidad él se propone es fusilarlos ante nosotros, con suerte a veces dejándolo todo perdido de sangre y ternura. Formar ante el lector, en fin, sujetos vivos y por tanto enfermos de deseo, por cierto que bastante lejos de imitaciones de la escuela relatista catalana. Este libro no es sobre el deseo, sino que es la construcción misma del deseo y su pérdida, incluso en su propio narrador. Aunque con toda justicia Amor del bueno reactualiza la vía cuentística abierta por El porqué de las cosas hace ya una década, el artificio maravilloso de García Antón no es tan netamente monzoniano como se ha defendido estúpidamente por ahí, porque la revisitación de la asepsia corrosiva del catalán ha devenido en un narrador mutado hacia otros fines y querencias, igualmente para abrir llagas, lo que nos da mucho placer: forma, subtexto y muchas veces ausencia de trama clásica -como el amor- en un correlato objetivo notable. Señores, el narrador que cuenta los cuentos de este libro está, literalmente, enamorado, de la cabeza a los pies, sin medias tintas, y es capaz de jugarse el tipo por su deseo. Su lenguaje es festivo, febril, está lleno de redundancias pasionales propias de quien habla en un torrente y no enjuicia cabalmente sus sentimientos.
“Es verano, y la muchacha fértil y el hombre que tenía de niño los ojos como dos luceros, hacen el amor sobre las baldosas frescas de la cocina y se quieren mucho. No ha sido premeditado. Nada del tipo: me gustaría que algún día me hicieras el amor en el suelo de la cocina de mis padres. Nada de eso. Ha surgido como surgen ahora los amores, espontáneos, como los setos bien cortados o el zumo de naranja”.
Párrafos como este hacen que uno se muera de puro gusto y lea y relea este libro. Chispea como una hoguera. Es inteligente, es lúcido, es ingenioso. Es en sí mismo una construcción que sirve para desmontar ese arquetipo de consumo cuando el lector asiste a la “pérdida” de las mujeres y hombres que pueblan sus páginas. Aquí todos o casi todos pierden con una hostia final verdadera y magnífica: la durísima resignación de la mujer astronauta en Creced y multiplicaos, espejo de esta sociedad de vigilancia y castigo (un fin mayor exige el sacrificio y la felicidad de esta astronauta enamorada de su profesor de francés, que le da clases cada semana a través de una sala de transmisión de la NASA). Esa suerte de prince valiant que se desangra sobre la carretera en El príncipe azul, mientras una mujer que lo ha esperado mucho tiempo observa impasible. El maravilloso —MARAVILLOSO— Paulita y su tramo final, auténtico uppercut, digamos, a la manera de Michael Haneke y su forma de introducir la violencia en la calma del relato fílmico y enrarecerlo con un poso final. El pacto terrible del matrimonio de Un cisne de porcelana (o las mujeres francesas). Así las cosas, Amor del bueno lucha valientemente contra el concepto del éxito, la seguridad, el happy end mainstream venido directamente de las factorías culturales y todas esas ideas superbasura sobre las que se asientan multitud de construcciones ideológicas y literarias, ya en este tiempo de plena enfermedad del individuo, desierto y tragedia cultural. Uno —un posible sujeto acrítico de los muchos que hay— va ahora a la librería y “pide” un libro que calme su angustia, una aplaciente compilación de páginas, al más puro estilo cadena de hamburgueserías. Uno pide un libro a la medida de su cáncer, para que su incomodidad se extinga y donde el discurso quede rebajado a una narcosis práctica. Se quiere seguridad emocional, como lo es la económica y novelística -esto lo decía Umbral- en el mecanismo burgués, porque la incertidumbre des-produce, interrumpe. Nos gusta pensar que cuando García Antón escribió este libro lo sabía, y así se convirtió en un cabrón tan listo. Ay, amigos y amigas, los buenos escritores son unos cerdos cabrones —si la palabra es un arma, si la palabra construye lo inexplicable o violenta unos cimientos—, y por eso son tan incómodos para según qué gente. Atentos, porque la vaca del estupendísimo El amor es solo tiempo podría ser un espejo de una sociedad que vigila el deseo y lo anula con límites bien rígidos.
“De cuando en cuando, la mujer vuelve la cabeza hacia el hombre desnudo, nota su esfuerzo en el cuello tenso, en los brazos fuertes, y siente que ya lo ama. Luego mira hacia el otro lado para ver si avanzan, y ve el océano, todo el océano.
—Vamos a follar, cariño —dice el hombre mientras rema.
—No, que nos ve la vaca.”
Como en todo conjunto, siempre hay relatos mejores y peores, bajones de intensidad lo suficientemente leves para que no importen demasiado. Por algo este es uno de los mejores libros de cuentos de los últimos años. Con toda justicia hay que decirlo. Nosotros, la verdad, no vamos a tomar partido por los más prescindibles -si es que los hay-, queremos dejarles a ustedes su propia elección; en todo caso sorprende esa unidad técnica y temática tan bien medida del dispositivo de la enunciación, capaz de encadenar cuentos y cuentos que van superándose. Una voz tan unitaria —lo que podría restarle frescura, algo que sin embargo no ocurre— y a la vez tan deliciosa y maleable, llena de meandros; ese narrador enamorado y hasta bastante moña que a uno no puede más que dejarle rendido, feliz, esa tarde de domingo ya hermosa en que ha decidido —milagro no tan común— ponerse a leer cuentos, estos cuentos.
Nos da tristeza pensar que este libro no lo conoce tanta gente como debiera, simplemente porque no anda detrás de él una Major. Nunca la palabra “accesible” referida a un libro de relatos tuvo tanto sentido como ahora. Está muy lejos de ser difícil de comprender para el lector mediano, aplaciente, acrítico, que acabará su lectura con una sonrisa de oreja a oreja y la extraña sensación que ha leído algo pleno de autenticidad y alejado de las píldoras para dormir de setecientas páginas que suele consumir; y también para el lector indagador, que cuajará esa misma sonrisa y un segundo después se entristecerá por tanta lucidez corrosiva sobre el deseo, porque le han metido un gol por la escuadra, ahí donde radica la inteligencia perversa de García Antón al enmascarar la aparente seguridad del amor de laboratorio con la sosa cáustica. Estamos seguros de que en ese instante, ese lector vago y ese lector duro como el pedernal, levantándose de su sofá de domingo, con una sonrisa gigante, con una sonrisa de fiesta, gritarán con voz potente:
Qué hijo de puta.
Amor del bueno, Víctor García Antón (Caja España, 2005)
*Como no es fácil de encontrar, les recomiendo que lo pidan ustedes en la página web de Caja España. Solo les costará el precio del libro –es dolorosamente barato-, porque esta gente se lo envía gratis.