Masacre en los jardines


ALGUNAS PODEROSAS RAZONES PARA PERTURBARSE EN UNA TARDE DE DOMINGO CALUROSA, DESPUÉS DE QUE MEDIO HOMBRE BARBUDO HAYA LLAMADO AL TIMBRE AL TIMBRE PARA PREGUNTAR POR SU OTRA MITAD.

PERTURBACIONES

VV.AA

Edición y prólogo de Juan Jacinto Muñoz Rengel

Salto de Página,

Madrid, 2009

El prólogo, a cargo de J.J. Réngel es tremendamente clarificador. Nos ha gustado porque limita con bastante acierto el paisaje de los relatos y los separa de otras corrientes genéricas que podrían confundir al lector. Traza un campo de juego cerrado (el paradigma de realidad y la distorsión que lo modifica) y que, al mismo tiempo, está lleno de posibilidades. Está escrito, además, con mucha inteligencia: nos trae al frente precedentes filosóficos para entenderlo y no cae en alabanzas pueriles al trabajo de los autores.

NO

Este mismo marco, acotado puntillosamente por el antólogo, sufre, sí, de algunas “perturbaciones” con algún que otro autor. Hay relatos que se pasan la propuesta del prólogo por el arco (mágico) del triunfo. Réngel, amigo, en esto has sido un poco tramposete. Véase Y por fin despertar, de David Roas. Bien: no hemos dicho que sea un mal relato, porque no lo es en absoluto.

España es un país “antológico”. Casi todas las antologías del panorama, y son muchas, nacen con cierta vocación de ser un punto y aparte en el marasmo. Habitualmente el mismo propósito: perdurar en la mente del lector, ser citadas como referencia una vez que el tiempo dicta juicio. Y así tenemos antologías con novelistas que se sueñan cuentistas y no saben hacer la o con un canuto, despropósitos, encargos sin orden ni concierto o luminarias en la gran oscuridad,

Perturbaciones consigue ofrecerle al lector un arco generacional completo, con presencias inexcusables en el género del fantástico y autores que están empezando a hacerse oír con mucha fuerza. Es una cartografía exhaustiva y una fruta dis(fru)table a la vez. Lo más importante de todo: la hornada en general es de calidad y tiene varios relatos que son una auténtica bomba, un gozo y una fiesta.

NO

Las malas lenguas dicen por ahí que Perturbaciones paga algunos peajes en el cómputo general (¿y cuál no?); bien con algún autor consagrado al que habría que poner en cuarentena, bien por algunos relatos que son auténticos despropósitos, o bien por la sobreabundancia de los escritores de alguna comunidad autónoma. Ah, picaruelos, queréis que entremos al trapo pero lo vamos a dejar ahí.

Los que nos tratan saben de nuestra famosa petición al Congreso de los Diputados . En ella solicitamos que Laura Gallego y autores afines sean inhabilidatos ad infinitum para rellenar hojas en blanco, sólo con permiso de hacerlo cuando sea para inscribir sus alergias en la ficha del ambulatorio de su barrio. Hace mucho que nos escama la fantasía épica y la blancura prístina de los Elfos y las frases del tipo “La espada de Ichildur, rey de los fanogontes de malvadas verrugas radioactivas, fue forjada en los gloriosos tiempos de…”. Aquí no hay de esas cosas. Ni rastro, tampoco, de toda esa corriente del fandom tan perniciosa, con la excepción de Elia Barceló, que ofrece un relato más que aceptable, por más que los diálogos (y está lleno) sean insoportables. Elia, háztelo mirar. Aleluya hermanos.

NO

Hemos oído que los escritores de género, los fandomitas y demás especies de ese cónclave tan majo que hace fiestas y conferencias para celebrarse a sí mismos, pueden estar salivando en su casa y ahora mismo rabian como monjas salidas porque no se les ha incluido.

Cantalobos (Patricia E. Erlés), Venco a la molinera (Félix J. Palma), Roger Levy y sus reflejos (Ignacio Ferrando), Capitán Seymour Sea (Norberto L. Romero) La cueva y otros microrrelatos (F. Iwasaki), Fecundación (Pedro Ugarte).

NO

La mujer de verde (Cristina Fernández Cubas), Final Absurdo (Laura Freixas), Una cita aplazada sine die (Luis García Jambrina), Los palafitos (Ángel Olgoso), Diarios (Julia Otxoa).



Sexo, mentiras y relatos cortos
noviembre 27, 2008, 5:10 pm
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Vivimos en una época en la que los engranajes narrativos son una parte exigible e indisociable de nuestra forma de consumir ciertas formas de cultura. En el caso del cuento, casi siempre aluden a una corriente de espíritu artesanal. Lo primero que nos apetece sentenciar es que aunque, como a cualquiera, nos gusta y nos seduce, para nosotros el relato de construcción modélica está sobrevalorado. Muchos de los que lo defienden a punta de lanza, maldiciendo sobre todo el espectro de procedimientos narrativos posibles, son un auténtico coñazo como escritores y no digamos como personas. ¡Laceración testicular para ellos! Contados cuentistas españoles se permiten el lujo de dejarse ir. Porque derivar, sucumbir a la imprevisibilidad de la escritura, a ese “no sé muy bien qué quiero decir”, es una forma de abordaje del cuento que se estigmatiza con gratuita facilidad. El cuentista clásico, como el fan salvajemente fiel que no acepta travesuras en su obra –o género- de referencia, reclama un sentido, un saber valorizado, y pilla una rabieta en cuanto te descuidas. Pero una cosa es cierta: si algo tiene de triste la artesanía es que muchas veces propicia resultados tan solo correctos, allí donde el sentido corresponde a una certeza categórica. No hay desfallecimientos. Nuestro material es, digámoslo así, consciente. Priman los principios básicos de orden: un indicio va antes de otro, hay clímax, vueltas de tuerca, informantes y esas cosas de los tiempos en los que Sócrates daba conferencias sobre la droga por los poblados chabolistas helénicos. Captarán la ironía del asunto.

 

La primera característica notable de Como una historia de terror, del asturiano Jon Bilbao, es que hay un equilibrio muy elegante entre género, construcción dramática y disolución del sentido, el lugar donde el cuento no puede explicarse pero atrae oscuramente toda mirada. Hay que hacer una lectura muy particular de esta colección. Es aconsejable que obvien por un momento esos preceptos tan meapilas del canon acerca de la economía narrativa y acepten aquí otro tipo de seducción, que usa procedimientos cercanos a la nouvelle y las empresas de largo aliento, esto es: gusto por la descripción de ambientes (en ocasiones cercana a un manierismo excesivo, en la línea de Michael Chabon en Jóvenes hombres lobo. Se nota que estos dos tipos han leído muchas revistas de Casa y jardín); tramas paralelas, simultáneos puntos de vista, prolegómenos temporales y distractores, entre otros. El autor posee un estilo descarnadamente preciso, propio de los narradores cámara, y que sin embargo no obvia la riqueza del lenguaje. Eso es muy de agradecer, aunque el resultado suele variar entre lo excelente y cierta artificiosidad forense, sobre todo en la voz de los relatos en primera persona. Como en Prolegómenos, historia de una pareja emocionalmente estéril que quiere llevar sus fantasías a un nivel distinto.  Su protagonista a veces se merecería un buen puñetazo en la boca. Debemos ser solidarios ante todo, porque Prolegómenos es un cuento que tiene ciertas imágenes potentísimas y un gozoso uso del cliffthanger para su resolución, o hablando en cristiano, to be continued.

 

Lo importante es que estamos ante unos cuentos escritos con gusto exquisito. Y Bilbao se toma un tiempo que es precioso para poner en pie sus historias, con rigor y gusto por la melodía estructural. Las piezas de un reloj que va a su hora y tañen su emoción en el segundo preciso. Pongan atención, por ejemplo, en Rata, un cuento brillante en el que un ejecutivo celebra una fiesta para que sus empleados le tomen en cuenta y, sorpresivamente, alguien introduce uno de esos encantadores animales con un lazo en mitad del cocktail. Si se imaginan la estampa no llegarán ni a la mitad de las cosas que el cuento da.

 

Hay en otros relatos querencia por una oscura pulsión sexual, como en Hambre en los alrededores del lago, historia de un ayuno voluntario en mitad de ninguna parte. Es uno de los cuentos que menos nos ha seducido. Aunque de nuevo está muy bien escrito y Bilbao juega muy hábilmente –en su línea perturbadora- con los puntos de vista de los dos personajes principales, a medida que se avanza en la lectura el estilo se vuelve tan taxativo, tan puramente telegráfico, que parece que estemos ante el cambio a tiempo pasado de un guión de cine. La historia, sin embargo, merece la pena degustarse con tal de asistir al mejor polvo sucio que hemos tenido el gusto de leer hasta la fecha. Y eso es de mucho, muchísimo valor, si tenemos en cuenta que en las novelas de ahora es fácil deducir que el autor folla poco (sexo lírico, cursi y con retraso mental) o está mintiendo (epígonos de Bukowski).

 

En la línea voyeurista, que no podía faltar, menos explícito es El ladrón de lencería, la historia de un hombre con la cara marcada que se configura como sujeto y ejecuta un plan maestro robando la lencería de sus vecinos. Un muy buen cuento que, a pesar de todo, peca esta vez de un excesivo peso estructural. Todo está tan bien atado y de una manera tan visible que, paradójicamente, uno se queda con un extraño bouquet al final. Eso sí, funciona como un tiro.

 

El paisaje es otro elemento que actúa de motor emocional. Bilbao es un narrador opuesto a los paisajes funcionales. Los convierte así en territorios psíquicos, proyecciones milimétricas de una aridez emocional, de un oscuro secreto. Pensamos muchas veces al leer el cuento que da título al volumen en Picnic en Hanging rock, la estupenda y añeja cinta de Peter Weir. Esto es algo que le proporciona al libro una textura fascinante: arquitecturas polvorientas, lejanías a las que no se llega, casas transparentes dejadas de la mano de Dios, bosques tenebrosos. Lugares en los que no importa tanto ver como sí internarse en sus huecos.

 

Al igual que Charles Burns en Agujero negro (magnífica historieta sobre el desarraigo teen en clave mutante), o Ballard en Crash, Jon Bilbao trufa sus narraciones de la potencia visual y sensorial de la repulsión: personajes que son a través de sus taras, de sus deseos sucios, de su esterilidad emocional. Gente, en fin, a la que no queremos mirar. Entendemos también que una de las influencias más evidentes proviene del cine (el autor insiste en que no, pero bueno, los chiquillos también suelen decirle a su madre que no han robado chocolate). Particularmente, de los mismos materiales que usaba Hitchcock para ejecutar la representación del suspense. Por más que los relatos estén bien horneados, la costura del clasicismo (vuelta de tuerca, pistas falsas, suspense) a menudo nos parece menos interesante (que no válida, atentos) que la propia penetración en el inconsciente que hace el autor, una de sus características más interesantes. Es permanente y seductora. En este libro casi todo tiene sabor de símbolo. Cada imagen, como en las películas del gordito, es una operación metafórica que no evita los aspectos más descarnados e inquietantes del comportamiento humano. Hay muchas y muy buenas imágenes en un principio rechazables que se hacen pis en la verosimilitud (como le gustaba a don Alfred) y que, insertadas en la lógica precisión y orden que les da el asturiano, funcionan para llevar al relato al terreno de lo sensorial, del desorden mental, de la inquietud a fuego lentísimo.

 

Si inicia la lectura de este estimable libro, lector, va usted a pisar un terreno sin luz. Las ramas han comenzado a crujir bajo sus pies y al fondo, en una casa abandonada y llena de malas hierbas, se puede ver a un hombre deformado haciendo el amor con una mujer, dentro de una chimenea. Se arañan. Parecen felices.

 

¿Verdad que ponemos unos ejemplos cojonudos?   

¿Les parecen pocos argumentos para comprarlo?

 

Como una historia de terror, Jon Bilbao

(Salto de Página, Madrid, 2008)

 

Por MASACRE




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