Masacre en los jardines


Un mundo interminable: David Foster Wallace (1962-2008)
septiembre 15, 2008, 9:10 am
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En una entrevista para la revista Quimera, el escritor Ricardo Menéndez Salmón llamaba al orden por ciertos fratricidios contemporáneos y se situaba, sin dudarlo, en la tradición. De una declaración tan inteligente de un escritor dedicado a explorar temas muy similares a los de escritores como William Faulkner o Cormac McCarthy (o sea, las raíces del Mal) puede sacarse un mensaje  equívoco: si la literatura es un plagio excelente, funciona y puede ser notable. 

Seguramente por eso la recepción en España de David Foster Wallace ha sido, como siempre, injusta y exigente. Pero es lógico. Foster Wallace era, además de un novelista melvilleano, el mejor cuentista en activo de la nueva narrativa estadounidense. Su aportación fue incalculable porque se propuso agotar una tradición y acaso inventarse una, que empezara y terminara por él mismo.  Seguramente es el único cuentista comprometido con la labor de su tiempo: contarlo, imaginarlo o al menos fingir reflejarlo. Sólo Lorrie Moore ha conseguido relatos que hablen con esa voz, rica y flexible, de las angustias de la era posindustrial, prácticamente invisibles para muchos narradores. 

Hablaba Foster Wallace del problema del minimalismo y lo comparaba con la metaficción Decía que el minimalismo era falaz porque pretendía decir que no había narrador, que no existía. Defendía  a Carver con una bella metáfora: I can hear the click. También lo hizo con otros excelentes cuentistas como Cortázar, Barthelme o Coover.

En los relatos de Foster Wallace uno puede oir el click. Incluso en los que parecen (meros) juegos posmodernos no son tales: el autor se hizo dueño de esas formas sólo para criticarlas. El escritor ya alertó del peligro y de lo idiota que suponen los movimientos, y si a Carver le tocó ser minimalista, a Foster Wallace le ha tocado ser posmoderno. Era muy crítico con el uso sistemático de Foucault y De Man en las universidades, decía que el juego posmoderno y trivial llevaba a Bret Easton Ellis y Duchamp era sólo el destino de la MTV.  Foster Wallace quiso retar con sus relatos breves a todo una tradición y sólo desde el conocimiento exhaustivo pudo hacerlo. Quiso superar una estética y, sólo parcialmente, lo consiguió. El triunfo de McSweeney’s, de su cómplice Dave Eggers, ya le condenó a ser portavoz generacional.

Foster Wallace decidió agotar, antes de su trágica muerte con 46 años, al propio narrador, a la lengua y también a la elipsis. No esquivo la abstracción y la idea del relato como la composición detenida de un instante, con su magnífico Encarnación de una generación quemada. Supo hacer de la pirueta conceptual todo un relato, casi el más incontestable que ha escrito: Lyndon, en el que ahondaba en la figura más mediocre de todos los poderosos y obligaba a mirarla de frente. Pese a su innegable humor, Lyndon es un cuento sobre la banalidad demasiado trascendente. Una característica que se convirtió en el mayor pero de los críticos empeñados a tapar a Foster Wallace y en seguir destinando a otros propósitos, ignotos y centrales, a ratos aburridamente tradicionales, a la literatura.  Con él, el relato pierde a uno de sus auténticos cultivadores, preocupado por cualquier asunto menos el de la eficacia y el canon, costumbre que, curiosamente, rodea a la mayoría de cuentistas.

Por ALVY SINGER

 

 



EL GRITO DEL HOMBRE, por Masacre
enero 3, 2008, 12:41 am
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Gritar 

 ”Una y otra vez, la estupidez mental que había sido implantada en él, como en todos los demás, le afirmaba con toda seguridad que el mundo real y verdadero era el que podía verse y palparse, un mundo en el que copiar cartas con fidelidad y buena letra era intercambiable por cierta cantidad de pan, carne y vivienda, y en el que el hombre que copiaba bien, no golpeaba a su mujer y no malgastaba el dinero, era un hombre que estaba cumpliendo el objetivo para el que había sido hecho”.

ARTHUR MACHEN

Un fragmento de vida

En Masacre andábamos estos días pensando si lanzar una jaculatoria furibunda a los decaloguistas del cuento, ahora que empieza el nuevo año —abundan aquí y al otro lado del océano, y merecen tantos castigos corporales como se nos puedan ocurrir— o hacerle justicia a Gritar, de Ricardo Menéndez Salmón, que leemos con placer estos días. Nos hemos decidido por lo segundo, porque creemos que los decaloguistas, dodecaloguistas, furbys y carveritos del cuento también tienen derecho a consomé con picadillo, e incluso algunos nos caen bien. Oh, gingle bells… 

Como aquí no nos la cogemos con papel de fumar cuando se trata de alabar o dar collejas, hágannos caso: Gritar es, desde luego, una buena noticia para el cuento español, tan necesitado ahora mismo de estandartes. No sólo porque el conjunto es, en general, de una calidad alta; también porque el relato que da título a la compilación puede considerarse desde ya mismo una especie de luminaria, inédita en su brillante idea de base, reveladora, como pocos cuentos tienen el privilegio de ser en este panorama. ¿Exageramos? A lo mejor, pero se van a jorobar. Creemos que en el futuro tendrá el mismo papel que se han ganado en el imaginario común del short tale patrio relatos como Las interioridades, Sucedáneo de Pez Volador, Velocidad de los jardines, Siempre hay un perro al acecho, Los aéreos y otros escogidos. No se impacienten, que ya habrá tiempo para dedicarle su espacio. 

El volumen abre con uno de los mejores textos de la colección, La vida en llamas, auténtica declaración de principios de Menéndez Salmón sobre algunas de sus obsesiones, suerte entre un Cheever arrebatado, de tono solemne, y el poder onírico y elegante de ciertas imágenes bien escogidas. Una de las bases fundamentales del libro ya se teje desde el principio: la irrupción de lo extraño en la cotidianeidad de la pareja, en nuestro saber estar en el mundo, ahora ya incomprensible y más perturbador que cualquier territorio fantástico de saldo con elfos. Un hecho sorprendente al que asistimos y nos enfrenta a la perplejidad, y del que no se facilitan respuestas, como buen moroso narrativo que es Salmón. La vida en llamas autentifica a un narrador dentro de una épica íntima, que el autor maneja con soltura y oficio al tejer tres núcleos aparentemente alejados (y bellos, bellos de verdad): el campo simbólico de la muerte —la del padre—, el de la vida —el nacimiento del hijo de la vecina misteriosa— y la propia perplejidad ante la realidad —el hombre envuelto en llamas—, que no admite certezas, que es un constructo con fallas, espejo deformante. Este cuento nos arrebata, no nos explica. 

Dentro del evidente interés de Menéndez Salmón por la historia y el origen del mal, nos ha resultado interesante leer El placer de los extraños. Aunque con un principio, quizás, demasiado largo en su presentación de personajes, la reflexión que el relato plantea es excelente: la belleza de nuestros semejantes, las maravillas de la naturaleza, los invisibles hilos que gobiernan algunos pasos de la humanidad y su historia o incluso el horror más indescriptible, precisamente por estar a la vista, pasan desapercibidos ante nosotros con la mayor naturalidad. Un relato con las cartas boca arriba —el mecanismo visible— que al final del propio cuento revela lo otro, escapismo a la manera de Houdini, en ese final tan contundente que no vamos a desvelar.  

Es curioso cómo, paradójicamente, su buen hacer para extraer lo extraño y poético de una materia tan sobada como la intimidad (lo poético es lo familiar disolviéndose en lo extraño, que decía Bataille) se ve rebajado en algún caso a la hora de abordar la vía puramente fantástica. Aunque Hablemos de Joyce si quiere es un cuento competente (la tensión está bien construida y sabe cuándo cerrar, además de tener un aire donniedarkiano muy placentero) podría decirse que se adivina el desenlace mucho antes del cierre —esto no es malo, pero hace al texto demasiado autoconclusivo— y desfallece frente a otras historias de altos vuelos presentes en el conjunto.

Esto es lo que ocurre con Las noches de la Condesa Bruni, otro texto arrebatado y enigmático, en la línea del fantástico más lujoso y burgués,  y que —ahora sí— funciona. Se lo avisamos: el sobrino del relato es un personaje cargante en ocasiones, resabido (un repipi intelectual de los de paliza con bate), pero a pesar de todo éste es un cuento que usa y no abusa los recursos del relato oral y el narrador testigo, muy bien llevado, llegando a emocionarnos en el tramo final.  

El horror, una de las variaciones temáticas que Salmón ejecuta sobre la pareja como estamento (también en otros textos como Gritar, La vida en llamas o A nuestros amores) nos permite ese placer tan propio de los lectores de cuentos como es desentrañar, desbrozar, leer entre líneas una aparente maraña de detalles y hechos inconexos (una pareja que asiste a un circo deprimente, operístico y hasta excesivo; una llamada desesperada en mitad de la noche, un televisor y sus imágenes) que finalmente inoculan un significado perturbador sobre el fin de una unión. Aunque sobre este tema parejil ya se han dicho demasiadas cosas en el terreno del cuento, tanto la prosa, de una exactitud notable en el dibujo, como lo seductor de algunas imágenes y el poso onírico que deja el texto, nos entregan una buena historia de aires norteamericanos, un relato que es un suceso secreto en sí mismo. D. Lynch estaría orgulloso de Don Ricardo por esta narración. 

Creemos que la principal rebaba de Gritar es el relato con el que el libro cierra, Para una historia privada de la literatura, descompensado, y muchísimo, respecto a los demás. Nos sorprende incluso que un fragmento del mismo corone la contraportada. Bien que sentimos en Masacre sacarle desconchados —por usar la textura del propio cuento— a un libro que nos ha gustado, pero este texto es, simple y llanamente, un relato vigoréxico. Nos recuerda a Arnold Swacheneger intentando ponerse un tutú de bailarina y pegándose un costalazo (fíjense qué símil, vamos sobraos). Para una historia privada de la literatura podría perfectamente leerse como la narración metafórica, en clave de manuscrito encontrado, de esa obsesión de los escritores por remozar, retocar y maquillar continuamente sus obras. Si bien es cierto que la capacidad expresiva y riqueza de lenguaje es enorme, el artefacto es excesivo, y ya desde el primer párrafo deja sin aliento al lector con su sobredosis retórica, adjetivación marciana y acumulación de imágenes, como si Gabriel Aresti, que en paz descanse, se hubiera tomado una rula, hubiera abierto el cajón de su escritorio y, tras sacar papel y lápiz, machacara la hoja hasta que le sobreviniesen un par de infartos. Olvidable, vaya. 

Nos interesaba cerrar esta reseña dedicándonos con amor y buenos ojos al texto por excelencia del conjunto, Gritar, al que haría falta dedicar más espacio del que nosotros disponemos (créannos, no queremos que nos manden al comando Somalia por infartarlos con tanta palabrería). Pasaremos por alto esa errata (“Valdivia” en lugar de “Balboa”) de la página 38, que nos sugiere muchos comentarios ácidos sobre las dioptrías, el interés o la naturaleza fantasmal de los correctores de pruebas de Lengua de Trapo. 

¿Por qué un cuento puede ser tan importante? Precisamente porque Gritar revela, y de manera inédita y sorprendente, un modo de ser de lo humano, el instante lleno de sentido en que se explican ciertas cosas que importan con un lenguaje de puro bisturí, o como últimamente le dicen a Salmón, ganar en hueso y perder en músculo. Creemos bastante acertado que no sacrifique su formación filosófica y se permita ilustrar en el propio texto reflexiones sobre el grito que enriquecen el sentido de la historia y la dotan de vigor (aunque lo de “falansterios del grito” nos recuerda a una especie de club de alcohólicos anónimos o solteras haciendo calceta algo ridículo). Gritar, escúchennos por una vez, nos transforma como lectores. Gritar nos revela que a estas alturas de humanidad el grito es un privilegio, y que Balboa, nuestro protagonista, es listo al alejarse de la habitación que él mismo contrató para vocear y hacerlo en su casa. La riqueza de lecturas sobre este cuento admite larguísimas disquisiciones: que la propia habitación, el negocio secreto, genera, al principio, la mercancía del grito —el pago por la libertad, la esclavitud de la transacción—; que el protagonista supera incluso esa fase, de manera plenamente consciente, y hace bien alejándose de ella; que el rígido código de lo social, este modo de vida que nos hemos ganado a pulso —especulación inmobiliaria, eliminación de espacios de juego, intervención estatal en la intimidad, cultura dirigida, discurso oficial, narcosis— ya no nos permite esto mismo que el relato testifica: gritar; gritar hasta rompernos los huesos, hasta elevarnos, hasta volver a eso que alguna vez hemos sido y nos dice

Nos estamos emocionando, así que se van a fastidiar ustedes, lo van a comprar y luego nos hablan, indignados o no, sobre este cuento, esta historia de gritos, amores, y en el final —en ese magnifico final— el silencio de ser otros. 

Se lo hemos avisado y les ponemos un flim”. No se quejen.

Por MASACRE

Ricardo Menéndez Salmón, Gritar (Lengua de Trapo, 2007)




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