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”Una y otra vez, la estupidez mental que había sido implantada en él, como en todos los demás, le afirmaba con toda seguridad que el mundo real y verdadero era el que podía verse y palparse, un mundo en el que copiar cartas con fidelidad y buena letra era intercambiable por cierta cantidad de pan, carne y vivienda, y en el que el hombre que copiaba bien, no golpeaba a su mujer y no malgastaba el dinero, era un hombre que estaba cumpliendo el objetivo para el que había sido hecho”.
ARTHUR MACHEN
Un fragmento de vida
En Masacre andábamos estos días pensando si lanzar una jaculatoria furibunda a los decaloguistas del cuento, ahora que empieza el nuevo año —abundan aquí y al otro lado del océano, y merecen tantos castigos corporales como se nos puedan ocurrir— o hacerle justicia a Gritar, de Ricardo Menéndez Salmón, que leemos con placer estos días. Nos hemos decidido por lo segundo, porque creemos que los decaloguistas, dodecaloguistas, furbys y carveritos del cuento también tienen derecho a consomé con picadillo, e incluso algunos nos caen bien. Oh, gingle bells…
Como aquí no nos la cogemos con papel de fumar cuando se trata de alabar o dar collejas, hágannos caso: Gritar es, desde luego, una buena noticia para el cuento español, tan necesitado ahora mismo de estandartes. No sólo porque el conjunto es, en general, de una calidad alta; también porque el relato que da título a la compilación puede considerarse desde ya mismo una especie de luminaria, inédita en su brillante idea de base, reveladora, como pocos cuentos tienen el privilegio de ser en este panorama. ¿Exageramos? A lo mejor, pero se van a jorobar. Creemos que en el futuro tendrá el mismo papel que se han ganado en el imaginario común del short tale patrio relatos como Las interioridades, Sucedáneo de Pez Volador, Velocidad de los jardines, Siempre hay un perro al acecho, Los aéreos y otros escogidos. No se impacienten, que ya habrá tiempo para dedicarle su espacio.
El volumen abre con uno de los mejores textos de la colección, La vida en llamas, auténtica declaración de principios de Menéndez Salmón sobre algunas de sus obsesiones, suerte entre un Cheever arrebatado, de tono solemne, y el poder onírico y elegante de ciertas imágenes bien escogidas. Una de las bases fundamentales del libro ya se teje desde el principio: la irrupción de lo extraño en la cotidianeidad de la pareja, en nuestro saber estar en el mundo, ahora ya incomprensible y más perturbador que cualquier territorio fantástico de saldo con elfos. Un hecho sorprendente al que asistimos y nos enfrenta a la perplejidad, y del que no se facilitan respuestas, como buen moroso narrativo que es Salmón. La vida en llamas autentifica a un narrador dentro de una épica íntima, que el autor maneja con soltura y oficio al tejer tres núcleos aparentemente alejados (y bellos, bellos de verdad): el campo simbólico de la muerte —la del padre—, el de la vida —el nacimiento del hijo de la vecina misteriosa— y la propia perplejidad ante la realidad —el hombre envuelto en llamas—, que no admite certezas, que es un constructo con fallas, espejo deformante. Este cuento nos arrebata, no nos explica.
Dentro del evidente interés de Menéndez Salmón por la historia y el origen del mal, nos ha resultado interesante leer El placer de los extraños. Aunque con un principio, quizás, demasiado largo en su presentación de personajes, la reflexión que el relato plantea es excelente: la belleza de nuestros semejantes, las maravillas de la naturaleza, los invisibles hilos que gobiernan algunos pasos de la humanidad y su historia o incluso el horror más indescriptible, precisamente por estar a la vista, pasan desapercibidos ante nosotros con la mayor naturalidad. Un relato con las cartas boca arriba —el mecanismo visible— que al final del propio cuento revela lo otro, escapismo a la manera de Houdini, en ese final tan contundente que no vamos a desvelar.
Es curioso cómo, paradójicamente, su buen hacer para extraer lo extraño y poético de una materia tan sobada como la intimidad (lo poético es lo familiar disolviéndose en lo extraño, que decía Bataille) se ve rebajado en algún caso a la hora de abordar la vía puramente fantástica. Aunque Hablemos de Joyce si quiere es un cuento competente (la tensión está bien construida y sabe cuándo cerrar, además de tener un aire donniedarkiano muy placentero) podría decirse que se adivina el desenlace mucho antes del cierre —esto no es malo, pero hace al texto demasiado autoconclusivo— y desfallece frente a otras historias de altos vuelos presentes en el conjunto.
Esto es lo que ocurre con Las noches de la Condesa Bruni, otro texto arrebatado y enigmático, en la línea del fantástico más lujoso y burgués, y que —ahora sí— funciona. Se lo avisamos: el sobrino del relato es un personaje cargante en ocasiones, resabido (un repipi intelectual de los de paliza con bate), pero a pesar de todo éste es un cuento que usa y no abusa los recursos del relato oral y el narrador testigo, muy bien llevado, llegando a emocionarnos en el tramo final.
El horror, una de las variaciones temáticas que Salmón ejecuta sobre la pareja como estamento (también en otros textos como Gritar, La vida en llamas o A nuestros amores) nos permite ese placer tan propio de los lectores de cuentos como es desentrañar, desbrozar, leer entre líneas una aparente maraña de detalles y hechos inconexos (una pareja que asiste a un circo deprimente, operístico y hasta excesivo; una llamada desesperada en mitad de la noche, un televisor y sus imágenes) que finalmente inoculan un significado perturbador sobre el fin de una unión. Aunque sobre este tema parejil ya se han dicho demasiadas cosas en el terreno del cuento, tanto la prosa, de una exactitud notable en el dibujo, como lo seductor de algunas imágenes y el poso onírico que deja el texto, nos entregan una buena historia de aires norteamericanos, un relato que es un suceso secreto en sí mismo. D. Lynch estaría orgulloso de Don Ricardo por esta narración.
Creemos que la principal rebaba de Gritar es el relato con el que el libro cierra, Para una historia privada de la literatura, descompensado, y muchísimo, respecto a los demás. Nos sorprende incluso que un fragmento del mismo corone la contraportada. Bien que sentimos en Masacre sacarle desconchados —por usar la textura del propio cuento— a un libro que nos ha gustado, pero este texto es, simple y llanamente, un relato vigoréxico. Nos recuerda a Arnold Swacheneger intentando ponerse un tutú de bailarina y pegándose un costalazo (fíjense qué símil, vamos sobraos). Para una historia privada de la literatura podría perfectamente leerse como la narración metafórica, en clave de manuscrito encontrado, de esa obsesión de los escritores por remozar, retocar y maquillar continuamente sus obras. Si bien es cierto que la capacidad expresiva y riqueza de lenguaje es enorme, el artefacto es excesivo, y ya desde el primer párrafo deja sin aliento al lector con su sobredosis retórica, adjetivación marciana y acumulación de imágenes, como si Gabriel Aresti, que en paz descanse, se hubiera tomado una rula, hubiera abierto el cajón de su escritorio y, tras sacar papel y lápiz, machacara la hoja hasta que le sobreviniesen un par de infartos. Olvidable, vaya.
Nos interesaba cerrar esta reseña dedicándonos con amor y buenos ojos al texto por excelencia del conjunto, Gritar, al que haría falta dedicar más espacio del que nosotros disponemos (créannos, no queremos que nos manden al comando Somalia por infartarlos con tanta palabrería). Pasaremos por alto esa errata (“Valdivia” en lugar de “Balboa”) de la página 38, que nos sugiere muchos comentarios ácidos sobre las dioptrías, el interés o la naturaleza fantasmal de los correctores de pruebas de Lengua de Trapo.
¿Por qué un cuento puede ser tan importante? Precisamente porque Gritar revela, y de manera inédita y sorprendente, un modo de ser de lo humano, el instante lleno de sentido en que se explican ciertas cosas que importan con un lenguaje de puro bisturí, o como últimamente le dicen a Salmón, ganar en hueso y perder en músculo. Creemos bastante acertado que no sacrifique su formación filosófica y se permita ilustrar en el propio texto reflexiones sobre el grito que enriquecen el sentido de la historia y la dotan de vigor (aunque lo de “falansterios del grito” nos recuerda a una especie de club de alcohólicos anónimos o solteras haciendo calceta algo ridículo). Gritar, escúchennos por una vez, nos transforma como lectores. Gritar nos revela que a estas alturas de humanidad el grito es un privilegio, y que Balboa, nuestro protagonista, es listo al alejarse de la habitación que él mismo contrató para vocear y hacerlo en su casa. La riqueza de lecturas sobre este cuento admite larguísimas disquisiciones: que la propia habitación, el negocio secreto, genera, al principio, la mercancía del grito —el pago por la libertad, la esclavitud de la transacción—; que el protagonista supera incluso esa fase, de manera plenamente consciente, y hace bien alejándose de ella; que el rígido código de lo social, este modo de vida que nos hemos ganado a pulso —especulación inmobiliaria, eliminación de espacios de juego, intervención estatal en la intimidad, cultura dirigida, discurso oficial, narcosis— ya no nos permite esto mismo que el relato testifica: gritar; gritar hasta rompernos los huesos, hasta elevarnos, hasta volver a eso que alguna vez hemos sido y nos dice.
Nos estamos emocionando, así que se van a fastidiar ustedes, lo van a comprar y luego nos hablan, indignados o no, sobre este cuento, esta historia de gritos, amores, y en el final —en ese magnifico final— el silencio de ser otros.
Se lo hemos avisado y les ponemos un “flim”. No se quejen.
”
Por MASACRE
Ricardo Menéndez Salmón, Gritar (Lengua de Trapo, 2007)
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“La memoria es la espina dorsal de toda la literatura respetable”.
WG SEBALD
El debut extended and uncut de Ricardo Piglia reeditado con Anagrama tiene demasiado en común con el Alien (director’s cut) de Ridley Scott, en el sentido de que son reescrituras de obras primerizas desde la veteranía más absoluta, por eso el resultado es aún más desconcertante porqué la pulsión adolescente propia de cualquier obra primeriza queda barnizada a ojos del receptor. Ridley Scott se acercaba más a la sabiduría del autor, en una maniobra de impostura por parte de un cineasta caracterizado por su artesania du prestige, al añadir escenas restauradas como los planos de la luna o las luces en los cascos de Dallas, Kane o Lambert. A pesar de ello, Alien sigue siendo una obra maestra por su inesperada reunión de talentos, entre los que Scott es, tal vez, el más funcional de ellos: sólo la unión de unos talentos tan grandes como los de Dan O’Bannon, Carlo Rambaldi o H. R. Giger potenció el resultado. Piglia prefiere en cambio dar al libro un cariz antagónico: los cambios están en el cuento de La invasión, que marca el ecuador del libro y sus dos partes, y añade un epílogo a modo de relato que deja claro que su rumbo sigue abierto. La invasión nueva, como dice Vicente Luis Mora, tiene mucho que ver con la idea de la prisión de Michel Foucault: el mejor cuento del libro, el que le da título, habla de esa sociedad de vigilancia y castigo desde la anécdota más escalofriante, desde esa concisión trazada a partir de un territorio sórdido: el protagonista, encerrado en una celda, contempla el encuentro sexual mas aterrador jamás concebido no por el acto sino por el entorno.
¿Está Piglia enmarcado en el realismo? Si es así, lo está en una idea del realismo muy propia de Vila-Matas: la realidad es una construcción del lenguaje en sí misma, por ello la literatura se ocupa de investigar estos territorios. La aparición de Emilio Renzi también es la aparición defintiva de la metaliteratura en Piglia, de forma obvia aclaro, del diálogo literario presente en su obra que le un íntimamente a escritores con Vila-Matas (con el que comparte ese gusto por la memoria inventada, por la desaparición de la figura del escritor por los callejones del recuerdo) o Sebald (que podría parecer un padre de este modelo de escritor europeísta, pero nada más lejos: fue un contemporáneo). Los paseos y anotaciones de Renzi por un mundo imaginario, lleno de hoteles y citas de autores célebres, son los que cierran el libro pero su debut no es otro que el del relato que da título al libro.
En El Joyero, su narrador se lamenta: “Ése era su problema, no podía parar de pensar”. No hay forma más concisa de definir esta extraña Invasión nueva pero antigua: una obra que nace del impulso, corregida. ¿Qué hay entonces? Una constante: Piglia define siempre la novela como un complot. Pues su idea del libro de relatos es la de la sospecha: en Mata-Hari, donde la tensión y la intriga dominan todo el ritmo del relato. Hay una historia pero lejos de la narrativa: Piglia cuenta siempre las cosas desde lo dramático de la incerteza, desde la memoria, que asocia a un ejercicio de reconstrucción.
“Lo que ustedes no saben es que ya estaba muerto desde antes. Por eso yo quiero contar desde el principio. Para que no se piense que ando arrepentido de lo que hice. Que una cosa es la tristeza y otra el arrepentimiento. Y lo hice ya estaba hecho y no fue más que un favor, algo que sólo se hace para aliviar. Algo que no le importa a nadie. Ni al General. Porque para nosotros estaba muerto desde antes…”
En Las actas del juicio la historia empieza como el mejor cine negro, al que Piglia referencia con un conocimiento icónico mayor y más juguetón del que admite (¿o acaso no es El Joyero una versión acelerada e irreal, más bien redundante, de los climas y espacios de El tercer hombre, ese mano a mano de Greene con si mismo?), para terminar siendo una crónica de las trastiendas de los dictadores mucho más eficaz que otros ejemplos más célebres (pensar en la novela La fiesta del chivo) y en el que Piglia se emparenta con el universo de Estrella Distante: la excentricidad y la humanidad más pasmosa como partes inevitables, tristísimos, de las figuras que se erigen en señores del espanto.
Jean-François Fogel dice, en un tono irónico, que es prematuro asegurar que esta nueva Invasión es al fin una obra excelente: mejor sería esperarse al 2047. ¿Es La Invasión una obra definitiva, la perfecta jugada de reedición de un trabajo anterior a través de la ampliación, que se revela refinamiento? Tal vez en la broma de Fogel resida la clave: en una realidad tan marcada como la memoria como la de Piglia sería antiético no esperar hasta 2047 para examinar, al fin, la última de nuestras invasiones.
La invasión, Ricardo Piglia (Anagrama, 2007)
