Masacre en los jardines


Nosotros, todos nosotros quisiéramos ser un escritor como Víctor García Antón

 


Confesaba un reputado editor -cuyo nombre obviaré por la confidencia- que su editorial sólo publica libros de cuentos, cuando:

 

a).- la colección reúne dos relatos antológicos (para posteriores antologías del género),

b).- a los que se vinculan otros cinco relatos excelentes (que el lector fiel recuerda con devoción),

c).- que se suman a tres o cuatro muy buenos relatos (que le dan unidad al libro),

d).- que se alzan por encima de uno o dos relatos tan sólo buenos (que son los que los críticos nombran al final para que su sesuda reseña no parezca una felación al autor).

 

Pues bien. Nosotros, todos nosotros, el segundo -y esperado- libro de cuentos de Víctor García Antón (Teruel, 1967) cumple muchos de estos axiomas. Si no, relean -como yo- esta colección de relatos y luego me comentan en petit comité. Además, García Antón, con este reciente libro, comienza a mostrarnos algo sustancial en su obra: su obsesión, ese tema que lo define como escritor, que no es otra que la IMPOSIBILIDAD, esa otra cara del deseo. O como él mismo lo definía en una entrevista de hace dos años: “Cuando empezamos a escribir estamos muy preocupados con encontrar nuestros temas, nuestro estilo, nuestra voz”. Creo que, con éste, su segundo parto, García Antón, ha encontrado esa voz.

 

Dicho esto, abordo el libro. Y me es difícil hablar de Nosotros, todos nosotros, porque en el prólogo del gran maestro cuentista Medardo Fraile está dicho todo. No hay forma de eludir las palabras de Fraile cuando dice que está tan bien escrito que, por eso, es tan verdadero. Leyendo estas palabras liminares de Fraile, a uno se le queda cara de cacatúa cuando intenta mejorarlas o tan sólo emularlas.

 

Nosotros, todos nosotros es una decena de cuentos en las que el autor turolense camina por senderos más simbólicos que su anterior colección. En Amor del bueno (Premio Caja España, 2004) García Antón ficcionaba historias de amor bajo una estructura claramente monzoniana: Quim Monzó ponía el marco y García Antón pintaba el lienzo. Eran, aquéllos, relatos tiernos, absurdos, cargados de lirismo, pero que siempre mantenían latente la eterna guerra de sexos bajo el epicentro del deseo. García Antón, en Amor del bueno, plasmaba que entre hombres y mujeres enamorados el único obstáculo es el TIEMPO: ellas quieren ahora; y ellos, tal vez, después.

 

En su nuevo libro Nosotros, todos nosotros, el Deseo sigue ahí, pero los obstáculos son otros. Si somos lo que deseamos, también somos lo que nos impiden SER -quizás por ese motivo el título del libro se conjuga en primera persona del plural-. Ahora, las barreras son la autoridad, la muerte, la ambición, la falta de reconocimiento; y, sobre todo, en ciertos relatos, emerge el PADRE, algo tan freudiano. Lean, si no, el microcuento Canasta.

 

Si en Amor del Bueno, García Antón estaba ya experimentando relatos de voz, como La mujer que viene a cenar esta noche, por ejemplo, en Nosotros, todos… ha dejado de experimentar y, con esta su manera de narrar, se lanza al vacío, donde lo importante no es quién -o qué se dice-, sino CÓMO SE DICE.

 

El escritor turolense es honesto en este sentido. Él forma parte del grupo surrealista La llave de los campos. Él también participa de los 22 dogmas en torno al cuento breve que dicho colectivo enuncia. Cito uno de ellos: “La escritura de un cuento deberá transparentar sus influencias”. De la primera página a la última, García Antón muestra su honestidad: nombra a Samuel Beckett y a Thomas Bernhard. Del primero, filtra lo simbólico de su escritura; del segundo, la digresión como arte de contar historias. De ahí que Nosotros, todos... sea un libro de voz en el que cada historia la podemos interpretar desde un punto de vista subjetivo, en que cada lector codifica el mensaje a su manera, participando, haciéndola suya.

 

Así, encontramos relatos como El gobierno del solar -para mí el mejor de la colección, junto con Un tigre de Bengala-, donde un operario con chaleco reflectante se ocupa de abrir las puertas a los camiones que vuelcan tierra en los cimientos de un solar. La autoridad a la que estamos sometidos por imperativo laboral se simboliza en este relato como algo absurdo y reprochable. También leeremos, como digo, Un tigre de Bengala, como el cuento en el que su protagoniza intenta practicar para convertirse en ese animal tan idolatrado: ¿es el deseo de ser tigre de Bengala, el deseo de ser un gran escritor? Cada uno que lo interprete a su manera. Pero, además, divisamos relatos tan descarnados como Últimas palabras a mi padre, la historia de angustia de un hijo que teme que los funcionarios de un cementerio se equivoquen a la hora de grabar el deseado epitafio en la lápida del progenitor fallecido. O La estela de las mujeres, quizás el relato más cercano a Amor del Bueno.

 

Y así podría seguir hasta reseñar cada uno de estos diez cuentos -quizás el primero es el menos certero, por su temática intimista y por su ubicación, abriendo el libro-. En estos relatos dominan las sinécdoques, que les imprimen una fuerte carga simbólica, el surrealismo le da un toque onírico y la lírica de las metáforas de cada línea nos regalan costuras poéticas y sensoriales de las que nunca debería adolecer un buen cuento.

 

Es una pena que este libro de García Antón no se encarame entre los libros más vendidos, que no se coloque junto a los pijamas de rayas, las sombras del viento o los pilares de la tierra. Es una pena que la editorial que lo publica no le de más visibilidad o que García Antón no hubiera tenido paciencia para dar el salto hacia mejores posiciones en los anaqueles de las librerías (¿lineales los llaman las editoriales medianas?) Pero, claro, como dice un reputado escritor, los libros no son para comprarlos, sino para leerlos.

 

Yo estoy seguro que Nosotros, todos nosotros se convertirá en una colección de cuentos que pasará de mano en mano, del que hablará gracias al boca boca. Éste es un libro -y esto lo digo sin temor a equivocarme- que se convertirá en un título de culto para futuros cuentistas que merodeen los caminos simbolistas. Será como un objeto de fetiche, una colección con la que cabalgar hacia nuevos territorios literarios, un título que debería estar, por ello, en todas las alforjas. Nosotros, todos nosotros es, en definitiva, el libro que todos quisiéramos escribir, como así lo ha escrito Víctor García Antón.

 

NOSOTROS, TODOS NOSOTROS

Víctor García Antón

Gens, 2008

 

David González Torres (Santa Cruz de Tenerife, 1970) es periodista y escritor -inédito, si descontamos ciertas antologías-. Reside en Madrid desde 1998 y es fundador y director de la revista de curiosidad literaria Aviondepapel.com desde 2000 y del cuaderno de bitácora o blog literario El Hueco del Viernes desde 2007. Ahora mismo tiene marcado en su calendario de 2008 el lanzamiento de una televisión literaria on line. Entre sus escasos galardones, recibió el Premio Comunicación 2004 de la Fundación General de la Universidad Complutense de Madrid por el CD Multimedia PROYECTO CORTÁZAR, UN VIAJE LITERACTIVO, proyecto on line que aún está vivo en la Red.

 



Gilipollas de mi corazón
mayo 13, 2008, 8:31 pm
Archivado en: Reseñas | Etiquetas: , ,

La literatura está infectada de arribistas, de niños buenos y de conmovedores pajecillos.

Ángel Zapata

Están muy de moda las piruetas narrativas, ese canje de saber –o aún peor, de entretenimiento estridente— que dicta el canon para toda ficción. Recuerden todos esos grandes dramas en cartoné, templarios, guerracivilandias aburridísimas (y sin George Saunders), soldados que ponen una rosa roja en el pecho de su compañero muerto en la trinchera o le dan un besito entre lágrimas, espías enamoradas e inconfesos folletines revestidos de solemnidad y una nutrida cantidad de metáforas de mercadillo. Pero lo que desde luego no se estila —ahí va nuestro primer agradecimiento— es escribir sobre imbéciles, sobabullas, pagafantas, cretinos y otras carnes magras del amplio zoológico emocional. Y, por qué no decirlo, dándole un par de guantazos a esa especie de bayeta con moho que es el canon del cuento. Sí, se van a hacer ustedes unas cuantas pajas.

¿Se considera Monzó un cretino integral? Al menos, evidencia una verdad: sabe escribir sobre la gilipollez reinante. Inútil resulta a estas alturas seguir reseñando sus influencias —qué kafkiano, oiga / Y tú qué gilipollas— cuando las señas de identidad las conoce todo aquel que haya seguido su trayectoria: asepsia, distancia, aspereza y brillantez en la elección del suceso íntimo propio del cuento. No hay interés en la dirección, ni por supuesto afán de prestigiarse como un gran narrador. Todo está en la dimensión secreta de lo elegido, muchas veces un hecho minúsculo que en sus cumbres y valles tiende peligrosamente a la anécdota leve. Si Monzó prescinde del aparataje de la épica es para erigirse como mirón, un voyeur que comparte su instrumental de disección con nosotros y en Mil cretinos resulta mucho más cercano que en otras ocasiones. Hay ternura y, pese a todo, le resulta difícil maquillarla. Él mismo confiesa que lo escribió tras una época terrible previa a la muerte de sus padres. La corrosión habitual de sus libros anteriores convive en esta compilación con cierta lucidez y humanidad, mucho menos interesante en la segunda parte del libro por su abierta condición de relleno o reciclaje de piruetas ya emprendidas. 

En la primera parte de Mil cretinos se recogen sus cuentos amortajados —podrían llamarse así—: todo respira una atmósfera pútrida, tratada con una distancia envidiable y a veces transida de una ternura que no empaña las virtudes de la narración. Alguien que vacila entre el ser y el dejar de ser en El señor Beneset, cuento recordatorio de las mejores películas de Wilder por su tratamiento del travestismo, sucio, delicioso en esa naturalidad con la que ese señor de bigote blanco se pone unas bragas de blonda. Recuerden que, en esencia, todo en Monzó es íntimo porque es especular, un reverso de una miseria. Es grotesco. Es muy leíble pero, déjense de engaños, no es entretenido. Hay que agradecerle al catalán que prescinda de la corrección política para retratar esa zona oscura, esa periferia social, que se da los asilos, lugares donde se va a no ser. Su paroxismo es tan negro que en La llegada de la primavera se equipara a los límites fílmicos trazados por Azcona y Berlanga, un relato que tiene dos escenas absolutamente geniales: una casa abandonada, cementerio de bolsas de basura en clave de vertedero emocional, y el largo diálogo  en el que los ancianos se replantean sus opciones de suicidio. No sabemos si Monzó ha leído a Zizèk y su magnífico ensayo sobre las zonas fantasmáticas en las películas de Hitchcock —el retrete o el pantano supurante de Psico—, pero nos parece que la sangre anciana se va a ese no lugar del que hablaba el sueco. Ya tienen ustedes deberes.

“[…] Tendría que ser algo más discreto, y por eso hemos pensado en cortarnos las venas […] El problema es que, si nos cortamos las venas en la ducha, que es lo lógico para no mancharlo todo, entonces la sangre iría por el desagüe y aparecería por los desagües de las duchas de otras habitaciones, de forma que, cuando viesen que por los agujeros del pie de ducha aparece sangre, enseguida buscarían de dónde viene esa sangre y nos descubrirían antes de que hubiéramos muerto”.

 Sábado es esa pirueta monzoniana del antiestilo. Sábado es todo: un esquinado tour de force; un aluvión notarial de acciones mecánicas e incómodas; una ausencia de retórica por toda la jeta; y, literalmente, un correlato objetivo gigantesco. Al final hay crueldad, cierta mutilación que resignifica lo leído hasta expandir sus límites. Hay todo el Monzó del mundo. Si no es el mejor del libro, se acerca.

No sabemos si el título de El amor es eterno es en realidad una burla hacia la esclavitud emocional: alguien que sabe que el otro va a morir y se revela incapaz de alejarse aunque no quede nada de la unidad común. Seguramente lo sea viniendo de Monzó, que entrega aquí uno de los cuentos mejor ejecutados y partícipe de la corriente temática —qué cosa tan placentera, oigan— de la imbecilidad común. Si se lo leen un par de veces verán que nunca dejamos de asistir a esa historia sobre dos anormales que se vuelven a “querer”.

Tras una interesante cita de Roland Topor, la cretinización -repitan con nosotros: cre-ti-ni-za-ción… vaya, están muy guapos cuando ponen esa cara de idiotas- galopante continúa en la segunda parte del libro, livianamente desarrollada y sólo rescatable cuando el autor es fiel a la (aparente) intencionalidad de derribo, no ya crítico, sino abiertamente personal. Escribir sobre lo que a uno le enerva y, de paso, ofrecer narrativa de primer nivel. El problema (nos parece) viene cuando Monzó se aleja de su sardónica mesa de operaciones. Textos como Otra noche, La sangre del mes que viene, El reborde desusado o Cualquier tiempo pasado —de una candidez cretina; preferimos cualquier agitador cultural voceando la narcosis colectiva derivada de la televisión antes que una narración tan obvia— se leen con el libro en una mano y el mechero en la otra. Con todo, el catalán no se olvida de compensar este último tramo con algunos saltos mortales. Si el efecto de la literatura y nuestro modo de acceder a ciertos libros pudiera estar basado en un órgano, Mil Cretinos respondería del ojo. Monzó prescinde del aburrido proceder de muchos microrrelatos antologados y reantologados. Obvia las paradojas y la pirotecnia. Es cámara crítica y no narrador que cierra ni se adhiere al uncuentodebeser. No se puede estar más de acuerdo con el reverso siniestro que deja la última imagen de Shiatsu —un bar lleno de estudiantes que se parecen a las avecillas de Los pájaros, ¡corran!—, la furia hacia la educación y obediencia cristiana en Un corte o la hiperbólica imbecilidad de los protagonistas de La plenitud del verano.

También en este tramo de Mil cretinos quedan rastros de aquel Monzó apegado a la pequeña ficción y sus recovecos metaliterarios, en este caso, ligeramente devaluada porque el espectro de los cuentos —reformulación sardónica del fairy tale, el escritor enfrentado al propio acto de entregar una ficción impracticable o los subtipos más agrestes— suenan a reciclaje. Una noche, otra óptica de todas esas bellas dormidas del imaginario, hubiera resultado mucho más juguetón (aunque ya lo es como parodia) como crónica de una necrofilia pasada por un filtro de los hermanos Grimm, pero prescindiendo de ese final circense, sin su “la princesa tiene que levantarse” bien conocido. La alabanza —de la primera parte— resulta reiterativo en su tramo último, aunque permanece esa lucidez hacia otro mal endémico del escritor novel: ofrecer a toda costa su obra a los escritores admirados, esa búsqueda de apadrinamiento casi enfermiza. Con todo, dice Pablo Muñoz (AKA Alvy Singer) en el especial de la revista Quimera sobre Monzó que Treinta líneas es uno de los más logrados del libro. Tiene toda la razón: treinta líneas no obvia hacer transparente una ideología hacia los que, falsariamente, aseguran tener mucho que decir; y tampoco se guarda de criticar sin ambages a esos cenáculos de cuentistas estupendos que se vanaglorian del margen y no tienen la menor idea de lo que es. 

Amigos, las cosas de cretinos se leen con gusto. Quim Monzó lo ha vuelto a hacer.

MIL CRETINOS, Quim Monzó (Anagrama, 2008 )

Por MASACRE

 



Dulcemente enamorados, dulcemente rotos, por Masacre

Photo Sharing and Video Hosting at Photobucket

“Tenían sobre la mesa el café con leche del amor humilde, pero tenían también dentro del libro las maravillas todas del Universo, y se pusieron a deshojarlas con lentitud amorosa, como si en ello les fuera su felicidad, el sí o el no”.

EL ÁLBUM,

      Medardo Fraile  

Puede ser la decimoquinta vez que en Masacre leamos este “Amor del bueno”, con ese corazón, desarmado, lleno de fiebre, que se nos queda siempre al terminarlo. Es una fiebre de memoria, porque nos vienen a la cabeza las mujeres y hombres que han poblado nuestra vida, todas nuestras derrotas que son muchas y necesarias. En fin, la vida y sus cosas, suponemos, una urdimbre perfecta de deseo y falta (porque no hay seguridad cuando amamos). Sabe Amor del bueno a whisky solo y a congoja de domingo solitario. Por todos los monos de tres cabezas, sabe igual que cuando Meryl Streep mira por última vez al tío Clint desde el coche en Los puentes de Madison y cristaliza su deseo perdido, la ruina que la ha convertido en una “persona”, y por eso nos tenemos que ir a otra habitación, a riesgo de perder autoridad porque nuestras madres nos van a ver llorar y no queremos. Allí, apalizamos a nuestros peluches con un bate, para entretenernos un poco, ya ven, porque somos tipos duros. Chupicundi, amigos. Nos duele ver a la pobre Meryl tan jodida. 

Amor del bueno desde el principio fue para nosotros -hace ya dos años que se publicó- una laparotomía de la sentimentalidad contemporánea, tan infectada en su discurso de base por los mecanismos de la publicidad y de la producción, entendiendo que ahora, en nuestro deseo corrompido, imaginamos y queremos para nosotros sujetos creados directamente en un departamento de ventas. Los personajes de García Antón, auteur de la cabeza a los pies, funcionan como arquetipos sentimentales —el hombre crisálida, las mujeres superiores, la mujer de vuelta de todo, el hombre que sueña con asaltar el tren del correo— y lo que con toda honestidad él se propone es fusilarlos ante nosotros, con suerte a veces dejándolo todo perdido de sangre y ternura. Formar ante el lector, en fin, sujetos vivos y por tanto enfermos de deseo, por cierto que bastante lejos de imitaciones de la escuela relatista catalana. Este libro no es sobre el deseo, sino que es la construcción misma del deseo y su pérdida, incluso en su propio narrador. Aunque con toda justicia Amor del bueno reactualiza la vía cuentística abierta por El porqué de las cosas hace ya una década, el artificio maravilloso de García Antón no es tan netamente monzoniano como se ha defendido estúpidamente por ahí, porque la revisitación de la asepsia corrosiva del catalán ha devenido en un narrador mutado hacia otros fines y querencias, igualmente para abrir llagas, lo que nos da mucho placer: forma, subtexto y muchas veces ausencia de trama clásica -como el amor- en un correlato objetivo notable.  Señores, el narrador que cuenta los cuentos de este libro está, literalmente, enamorado, de la cabeza a los pies, sin medias tintas, y es capaz de jugarse el tipo por su deseo. Su lenguaje es festivo, febril, está lleno de redundancias pasionales propias de quien habla en un torrente y no enjuicia cabalmente sus sentimientos.  

“Es verano, y la muchacha fértil y el hombre que tenía de niño los ojos como dos luceros, hacen el amor sobre las baldosas frescas de la cocina y se quieren mucho. No ha sido premeditado. Nada del tipo: me gustaría que algún día me hicieras el amor en el suelo de la cocina de mis padres. Nada de eso. Ha surgido como surgen ahora los amores, espontáneos, como los setos bien cortados o el zumo de naranja”. 

Párrafos como este hacen que uno se muera de puro gusto y lea y relea este libro. Chispea como una hoguera. Es inteligente, es lúcido, es ingenioso. Es en sí mismo una construcción que sirve para desmontar ese arquetipo de consumo cuando el lector asiste a la “pérdida” de las mujeres y hombres que pueblan sus páginas. Aquí todos o casi todos pierden con una hostia final verdadera y magnífica: la durísima resignación de la mujer astronauta en Creced y multiplicaos, espejo de esta sociedad de vigilancia y castigo (un fin mayor exige el sacrificio y la felicidad de esta astronauta enamorada de su profesor de francés, que le da clases cada semana a través de una sala de transmisión de la NASA). Esa suerte de prince valiant que se desangra sobre la carretera en El príncipe azul, mientras una mujer que lo ha esperado mucho tiempo observa impasible. El maravilloso —MARAVILLOSO— Paulita y su tramo final, auténtico uppercut, digamos, a la manera de Michael Haneke y su forma de introducir la violencia en la calma del relato fílmico y enrarecerlo con un poso final. El pacto terrible del matrimonio de Un cisne de porcelana (o las mujeres francesas). Así las cosas, Amor del bueno lucha valientemente contra el concepto del éxito, la seguridad, el happy end mainstream venido directamente de las factorías culturales y todas esas ideas superbasura sobre las que se asientan multitud de construcciones ideológicas y literarias, ya en este tiempo de plena enfermedad del individuo, desierto y tragedia cultural. Uno —un posible sujeto acrítico de los muchos que hay— va ahora a la librería y “pide” un libro que calme su angustia, una aplaciente compilación de páginas, al más puro estilo cadena de hamburgueserías. Uno pide un libro a la medida de su cáncer, para que su incomodidad se extinga y donde el discurso quede rebajado a una narcosis práctica. Se quiere seguridad emocional, como lo es la económica y novelística -esto lo decía Umbral- en el mecanismo burgués, porque la incertidumbre des-produce, interrumpe. Nos gusta pensar que cuando García Antón escribió este libro lo sabía, y así se convirtió en un cabrón tan listo. Ay, amigos y amigas, los buenos escritores son unos cerdos cabrones —si la palabra es un arma, si la palabra construye lo inexplicable o violenta unos cimientos—, y por eso son tan incómodos para según qué gente. Atentos, porque la vaca del estupendísimo El amor es solo tiempo podría ser un espejo de una sociedad que vigila el deseo y lo anula con límites bien rígidos. 

“De cuando en cuando, la mujer vuelve la cabeza hacia el hombre desnudo, nota su esfuerzo en el cuello tenso, en los brazos fuertes, y siente que ya lo ama. Luego mira hacia el otro lado para ver si avanzan, y ve el océano, todo el océano.

—Vamos a follar, cariño —dice el hombre mientras rema.

—No, que nos ve la vaca.” 

Como en todo conjunto, siempre hay relatos mejores y peores, bajones de intensidad lo suficientemente leves para que no importen demasiado. Por algo este es uno de los mejores libros de cuentos de los últimos años. Con toda justicia hay que decirlo. Nosotros, la verdad, no vamos a tomar partido por los más prescindibles -si es que los hay-, queremos dejarles a ustedes su propia elección; en todo caso sorprende esa unidad técnica y temática tan bien medida del dispositivo de la enunciación, capaz de encadenar cuentos y cuentos que van superándose. Una voz tan unitaria —lo que podría restarle frescura, algo que sin embargo no ocurre— y a la vez tan deliciosa y maleable, llena de meandros; ese narrador enamorado y hasta bastante moña que a uno no puede más que dejarle rendido, feliz, esa tarde de domingo ya hermosa en que ha decidido  —milagro no tan común— ponerse a leer cuentos, estos cuentos.

Nos da tristeza pensar que este libro no lo conoce tanta gente como debiera, simplemente porque no anda detrás de él una Major. Nunca la palabra “accesible” referida a un libro de relatos tuvo tanto sentido como ahora. Está muy lejos de ser difícil de comprender para el lector mediano, aplaciente, acrítico, que acabará su lectura con una sonrisa de oreja a oreja y la extraña sensación que ha leído algo pleno de autenticidad y alejado de las píldoras para dormir de setecientas páginas que suele consumir; y también para el lector indagador, que cuajará esa misma sonrisa y un segundo después se entristecerá por tanta lucidez corrosiva sobre el deseo, porque le han metido un gol por la escuadra, ahí donde radica la inteligencia perversa de García Antón al enmascarar la aparente seguridad del amor de laboratorio con la sosa cáustica. Estamos seguros de que en ese instante, ese lector vago y ese lector duro como el pedernal, levantándose de su sofá de domingo, con una sonrisa gigante, con una sonrisa de fiesta, gritarán con voz potente: 

Qué hijo de puta. 

Amor del bueno, Víctor García Antón (Caja España, 2005)  

*Como no es fácil de encontrar, les recomiendo que lo pidan ustedes en la página web de Caja España. Solo les costará el precio del libro –es dolorosamente barato-, porque esta gente se lo envía gratis.



Ácido resplandeciente, por Alvy Singer
octubre 15, 2007, 9:01 pm
Archivado en: Reseñas | Etiquetas: , , ,

Photo Sharing and Video Hosting at Photobucket

“ Esquivar el tema, taparlo, impedir que se hable de ello equivale a convertirse en cómplice y contribuye a perpetuar la situación. Lo difícil es dar con una manera adecuada de hablar honestamente acerca de esas lacras.” 

A.M. Homes

“En fin, a ver si lo que Dios ha unido con buena argamasa no lo separa el hombre” dice resumiendo lo que su autora llama “crueldad amable” el narrador del primer cuento de su debut, El malestar al alcance de todos. No deja de parecer curioso (y hasta bello) que la revolución venga por el lado más conservador y reaccionario: Cebrián, narradora periférica en un entorno de relatos mainstream que enturbian un panorama independiente lleno de autores insobornables, ha acudido a los Clásicos del Relato para tejer su debut. Desde John Cheever (ese lirismo del desencanto) hasta A. M.  Homes (esa voz de provocación y denuncia siempre tuteladas por un compromiso con la inteligencia, a pesar de que a Cebrián le falte ese grado de brutalidad que sí tiene la norteamericana), este Malestar nos da lo que bien podría entenderse como un relevo (generacional, ¿narrativo?) a los cuentos de una sociedad absurda y quemada del Quim Monzó más negro y misántropo.  

Si algo comparten las distintas generaciones perdidas de nuevos narradores breves, ignorados por la escena cultural reciente, es su exquisito dominio del lenguaje. El caso de Cebrián es igualmente admirable: mezclando expresiones coloquiales, trabaja una sintaxis digamos social, construyendo cada frase como un epitafio del consumismo. Sin embargo, hubiera deseado que todos los cuentos se parecieran a Dar posada al peregrino en el que el experimentalismo se hace más dueño de la narración (mezclando elementos del lenguaje burocrático, como si se tratara de una encuesta o un informe sobre un producto de marketing, al más puro estilo Foster Wallace del Señor Blandito, sin llegar ni por asomo al extremismo estilístico del narrador norteamericano) y el lector asiste casi impávido al talento de su narradora. 

Los poemas insertados funcionan siempre como disertaciones independientes pero no parecen demasiado inteligentes más allá del tour de force: ni acotan la moraleja del cuento ni son digresiones lo suficientemente distintivas del resto de los relatos. Un ejemplo de ello es el díptico en verso de La fe revisitada / Urgencia de ser monja en los que los poemas logran una interconexión mayor, y hasta más interesante, que con el resto de narrativa presente. Y así todos los poemas: el libro presenta dos partes bien distinguidas (prosa y verso) y más allá del reproche no podemos quejarnos de poder disfrutar de las dos facetas de su autora.  

Tempus fugit, excelente revisitación de Dorian Gray, propone de nuevo una nueva vuelta de tuerca al ámbito de las relaciones humanas esta vez desde la atmósfera: ese inicio ambientado en una época indeterminada pero concreta; ese adolescente esperando ávido de emoción a la reposición televisiva de Pesadilla en Elm Street es mucho más descriptivo que el resto de personajes que se nos aparecerán después. En una onda parecida, la descripción de una atmósfera ejemplificada en los muy líricos personajes de dos matrimonios que habían formado un grupo de folclore castellano, quiere instalarse Virgen de agosto, relato de pasión prohibida nabokoviana gracioso por su uso de la elipsis pero escaso en su perversidad. Ahí es dónde Cebrián falla: algunas (aunque, aclaro, que muy pocas) veces su crueldad es bastante escasa y su narrativa no sabe desprenderse de sus deudas. En el país de los ciegos es un relato completamente fallido, en el que uno tiene la certera y molesta sensación de que es una idea que daba para muchísimo más. De entrada, un concepto tan gracioso como un mundo dónde se celebran los Congresos para Libros de Oferta daba más para las escasas bromas que se gastan sobre el panorama editorial: Cebrián se conforma con trazar un relato cuyas líneas narrativas transcurren por una denuncia que no es lo suficientemente delirante ni lo bastante ácida. Material de oficina, Muebles auxiliares o El increíble poder de los faquires son relatos de evidente rastro monzoniano pero en los que sus personajes no logran transmitir la sinceridad y honestidad de sus referentes (y el maestro Cheever vuelve a ellos).  

Y al final, Cebrián se descuelga again: Libro de família y Los cuatro jinetes son dos relatos estupendos, de lo mejor del conjunto: el primero funciona perfectamente como una novedosa reinvención del esquema de cuestionamiento hacia las famílias corrientes que propone durante todo el libro la autora y el segundo como una suerte de (post)Apocalipsis en formato de historia de desamor. 

El resultado, a pesar de sus irregularidades, es bastante encomiable: estamos ante una narradora muy capaz de generar grandes obras, siempre y cuando sus próximos trabajos no se vean desvirtuado por ese aire de proyectos conceptuales (queda patente en el mismo título), una tarea ambiciosa para tratarse de un debut. A pesar de sus excesos, no cabe duda del talento de Cebrián, que sale victoriosa de su reto: el de debutar en un panorama saturado de retales, con un interés más que suficiente como para que su carrera sólo augure pasos mejores. 

Alvy Singer nació en 1988 y presume de haber leído dos veces una novela de Don DeLillo. Estudia Periodismo en la UAB, aunque trata de evitarlo, y escribe sobre libros en El rincón de Alvy Singer. Actualmente trabaja en un proyecto ultrasecreto y se dedica a reivindicar el cine de vengadores en la revista Hermano Cerdo




Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.