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Hace unos diez años, a la salida de clase yo solía aterrizar con frecuencia en Hermanos Vidal, una librería muy conocida de Zaragoza que queda a dos patadas del campus y huele siempre a papel viejo. Entonces la regentaba el inolvidable Antonio, su fundador, un librero genial que cuando pagabas en caja ponía tu libro en una bolsita pequeña y te recitaba un par de versos a modo de despedida. Allí me pasaba yo horas hurgando entre los anaqueles, porque no era raro darse de bruces con textos descatalogados y rarísimos, como los de un estudiante de Filología, llamado Gonzalo, que un buen día aparecieron sobre una de las mesas de la trastienda. A juzgar por la cantidad de libros desparramados que llevaban su nombre escrito en la primera página, daba la sensación de que Gonzalo se había desprendido de golpe de toda su biblioteca universitaria, con el mismo gesto de quien se quita un abrigo de piedras cuyo peso le resultara insoportable cargar un segundo más. Junto a una edición amarillenta del manual de Lapesa y la Morfología del cuento de Propp, encontré, entre otros, los Cuentos de la becada de Maupassant y dos libros de la Peri Rossi que me llevé a casa por el módico precio de 400 pesetas, después de leer sus títulos: La tarde del dinosaurio e Indicios pánicos. El primero, en su diminuta edición de Plaza & Janés del año 1984, se convirtió enseguida en uno de mis favoritos, porque atesoraba un conjunto magnífico de relatos, agrupados en torno a un nombre insuperable. Y es que los nombres (me cuesta llamarlos títulos) de los libros son así de importantes. Cuántos leemos y cuántos desechamos gracias a ellos.
La tarde del dinosaurio es, para mi gusto, uno de los mejores cuentos del volumen, de hecho es tan bueno que hasta la propia Cristina Peri Rossi quedó hipnotizada por la imagen de aquel bicharraco grisáceo que emergía de entre las olas, sacando su enorme cabeza como con miedo de lo que pudiera encontrarse en la superficie, y decidió llamar así a su libro. Julio Cortázar compartió asombro con ella y le escribió un prólogo, Invitación a entrar en una casa.
Como no podía rehusarse semejante ofrecimiento, viniendo del maestro, yo también me apresuré a cruzar el umbral. Y después de leer la formidable historia del niño que sufre los efectos secundarios de tener dos padres tan distintos como la cara A y la cara B de una cinta de cassette que debe escuchar a diario, habría querido poder arrancar las páginas de ese cuento y convencerme de que era mío. Lo mismo o muy parecido me sucedió con el bradburiano cuento espacial Simulacro, donde el desesperado narrador se pasa el tiempo persiguiendo por toda la galaxia a Patricia, una astronauta esquiva y deshumanizada que le da calabazas siderales siempre que tiene ocasión, o con el maravilloso En la playa, ejemplar en su uso ágil e ingenioso del diálogo y que protagonizan una pareja de aburridos recién casados y una niña extraña, de esas que te hacen pensar inevitablemente en criaturas de ojos acharolados, como los de Ana Torrent en las películas de Saura.
Los niños. Los niños son importantes en este libro, ya lo señaló Cortázar, al afirmar que aquí cumplen el papel de testigos, víctimas, jueces, de quienes los inmolan a fin de obtener de sus cenizas un adulto. Y es cierto. La infancia es el periodo de la verdad y la sabiduría en los cuentos de Peri Rossi, sus niños son filósofos intuitivos y sujetos autosuficientes, que miran con algo de compasión severa a sus mayores. Niños que salen disfrazados a ganar el pan de cada día, mocosos como la niña que surge del atardecer en la playa y sostiene una larga charla con la pareja de adultos que nuncan olvida llevar en el bolso un jersey, por si refresca: “Si yo me voy ustedes se quedan toda la noche solos”, les dice. Y que termina sentenciando, “Aunque les deje a mi gato, estarán completamente solos”.
Hay otro tema en La tarde del dinosaurio, que en realidad para mí es el tema. El mar. El mar como dinosaurio que el hombre juega a extinguir en favor de una especie más evolucionada, las playas mansas de un mundo maquillado de civilizacion, pero que en realidad permanece como elemento idiota, en el sentido griego de un individualismo egoísta, de una incapacidad para tomar contacto con su alrededor. Porque el mar nunca se limita a asumir el papel de simple telón de fondo en este volumen de relatos, sino que, aun vuelto de espaldas, amenaza a cada historia, las vigila y asedia, casi puede decirse que incluso las condiciona.
Y es que, ¿se atrevería ese narrador enamorado a mostrar lo que siente por su hermana Alina, delante incluso de su novio, si no estuvieran los tres junto al mar, tomando fotos en la arena?, o ¿acaso la niña misteriosa podría aparecer de la nada en cualquier otro escenario que no fuera en esa orilla dócil? Creo que no. El mar está casi siempre, es el otro lado del espejo que un padre inhábil para la edad adulta y su viejísima hija de siete años atraviesan al exiliarse en La influencia de Edgar A. Poe en la poesía de Raimundo Arias, y se transfigura en espacio galáctico, que no es otra cosa sino el océano moderno, remoto e inexplorado, en el primer Simulacro.
Pese al desconcierto que puede generar en el lector la inclusión de cuentos como el suntuoso Gambito de reina, en un libro que posee de forma innata una atmósfera tonal, esa que tantas veces nos empeñamos en buscar en obras propias y ajenas, esta tarde de dinosaurios, de deseos condenados a convertirse en animales estériles y adultos desvalidos que olvidan la verdadera lógica vital, merece la pena, sobre todo porque uno ya no tiene que dejarse la vida buscándolo en vano por las librerías, ni tampoco los ojos, si es que finalmente lo encuentra por casualidad en una librería de viejo, como me pasó a mí. La obra de Peri Rossi merecía unas hechuras distintas al formato aquejado de enanismo de Plaza & Janés, y en Tropo Editores se las han dado este año, junto con una portada maravillosa del gran Óscar Sanmartín y un prólogo a cargo de la propia autora. Una última sugerencia, si pueden, y aunque el verano ha acabado, léanlo sentados junto al mar.
La tarde del dinosario, Cristina Peri Rossi (Tropo editores, 2008)
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Siento decir que las mujeres (las pocas mujeres) que aparecen en este libro no vuelan. Ya es lástima, ya, que se pierda un título tan evocador y una portada llena de azafatas azules con alas de mariposa, pero es lo que pasa cuando una se deja llevar y confía en que sus expectativas se cumplan. También siento que este libro no me entusiasme, en primer y egoísta lugar porque me lo he comprado (17,90 eurelios, nada menos, pagué por él, y eso que está plagado de erratas, así que no creo que su elevado precio incluya la revisión de un corrector de pruebas). Después, porque supone el debut del autor y digo yo que Rodríguez habrá depositado toda la ilusión del mundo en él. Lástima.
Respecto al asunto del título, se me puede replicar que el autor le pone a su niño el nombre que le da la gana, sin reparar antes en si le pega o no llamarse de esta o aquella manera. Yo, alma de cántaro, creía que el título debía ser una señal, el reguero de miguitas que nos lleva a coger ese ejemplar y no el de al lado en el estante de la librería. Que Olivia o Bruna no se puede llamar cualquiera. Yo imaginaba un libro con historias de aeropuertos, de aviones que se cruzan en el cielo, de azafatas inolvidables y gente que se conoce en un vuelo barato a Lisboa, donde contra todo pronóstico sirven lenguado y cava al pasaje. Peor para mí, porque está claro que el autor no me ha leído la mente. En vez de eso, ha optado por apropiarse de un título estupendo (mierda, no haber llegado primero), el de su primer relato, para publicar un puñado de cuentos escritos que debía de tener guardados en el cajón. Y no, no sobra lo de “escritos”, porque los relatos de Joaquín Rodríguez se presentan casi en su totalidad como textos insertos dentro de otro texto, utilizando la primera persona y asumiendo sucesivamente el molde de la confesión de un asesinato (tenemos un deslenguamiento, un atentado aéreo, un tiroteo, un incendio de estafeta de correos…), la conferencia erudita acerca de epicureísmo versus cristianismo, el diario de viaje de vuelta a los orígenes tipo “Los pasos perdidos”, las memorias de un emigrante español en Alemania, etc. En mi opinión, y si uno/a no se llama Borges, debería procurar no cometer excesos con la metaliteratura, porque lo del texto dentro del texto no siempre funciona, y en concreto a Rodríguez se le ha ido un poco la mano. Por otra parte sus cuentos, tal vez condicionados por ese molde que parece ser la marca de agua del autor, se valen muchas veces de una adjetivación excesiva (En este lugar recóndito y remoto, dice una vez, cae una noche profunda y profusa de estrellas, dice otra), junto con una reiteración de estructuras que no añade un ápice de visibilidad al personaje o el relato de los hechos, pero en cambio dificulta terriblemente su lectura. La forma en que los personajes principales, totalmente opacos para esta lectora, narran vivencias se supone que propias, peca de retórica, y el triste resultado es que ninguno de los crímenes, penurias o viajes iniciáticos que se nos cuenta obtiene el menor crédito. A modo de ejemplo, el párrafo inicial de La incandescente luz de la noche, dice así:
“No me gusta la noche, me oprime, me pesa, me apelmaza los sentidos y me enturbia los pensamientos, y no me importa declararlo y saber que no servirá de atenuante ni de coartada, pero yo quiero echarlo fuera, expulsarlo de mí y dejar testimonio de ello. La noche me fue perturbando, oscureciendo, ofuscando, hasta el punto de no desear otra cosa que una vigilia permanente a la luz del día, con los ojos bien abiertos, absorbiendo toda la claridad que la noche me negaba, con un hambre de luminosidad que me llevó a hacer lo que hice.”
Añado, por si a alguien le interesa, que lo que hizo la propietaria de tan melodramático discurso es quemar a lo bonzo a su superior, un viejo verde encargado de la estafeta de correos donde la chica se ve condenada a ordenar, noche tras noche, la correspondencia de toda la ciudad. Y es que el malvado arranca de la pared el calendario en el que ella podía solazarse contemplando un amanecer de esos playeros que traen de serie todas las catequesis del mundo. Cumba ya.
No me creo los cuentos de Rodríguez, por las razones ya señaladas, y alguna más. Así llegamos a los finales. Ay. Rodríguez parece haber aplicado una plantilla a la hora de construir su conjunto de relatos, no sólo en el plano estructural, sino también en lo que al desenlace se refiere. Sus cuentos, que en realidad cuentan tan poco a lo largo de páginas y más páginas, como si el propio autor hubiera perdido el norte narrativo, se precipitan de pronto, casi siempre en el último párrafo, en un cierre abrupto, un abismo por el que toda la historia cae rodando sin más ni más, dejando al lector asomado al precipicio, con un rictus de incredulidad bastante poco alentador en el careto.
Respecto a la temática de conjunto, pues ya hemos adelantado algo más arriba, y resumiré diciendo que no existe tal cosa en el libro de Joaquín Rodríguez. Tal vez el autor ha tratado de ofrecer un repertorio variado de historias, pero el resultado ha sido un totum revolutum que no hay por donde cogerlo. La diversidad de épocas, escenarios y personajes no se aprecia como una cualidad en este caso, sobre todo porque todos los protagonistas parecen compartir la misma voz, por diferente que sea el episodio narrado. Se expresa igual la veinteañera retraída que trabaja en el turno de noche de Correos que el explorador australiano empeñado en acercarse a los nativos de Nueva Guinea, o esa Eva (sí, sí la de Adán) que parece haberse reunido con sus nueras bajo un chopo, para oficiar como presentadora en una reunión de la Termomix.
Quizás alguno de los relatos de Joaquín Rodríguez podría haber dado lugar una buena historia, si hubieran sabido aprovecharse algunos de sus elementos. Es el caso de Amor a quemarropa, donde aparece totalmente configurada como negocio una empresa que gestiona finales no traumáticos para historias de amor que no dan más de sí. Lástima que el autor haya creado una pareja protagonista tan de cartón piedra, Amanda y Armando, política ella, guardaespaldas él, y se haya empeñado en adjuntar la lista numerada de las 110 razones que uno/a puede alegar en esa delicada situación de darle la boleta a alguien).
Puede que alguno de los relatos parta de una ocurrencia feliz, como La atormentada vida del ganador, donde se juega con la literalidad y se identifica como sospechosa la desaparición de todos esos escritores, flor de un día, que ganan un premio importante y de los que nunca más vuelve a saberse nada. Este cuento entraría a formar parte de un subgénero, el cuentodeconcursodentrodeuncuentodeconcurso, que en ocasiones ha dado sus frutos (véase aquel de Bolaño, donde el concursante neófito pedía asesoría espiritual al anciano aspirante, experto en esas lides, o el polémico “El hombre que mató a Juan Manuel de Prada”). Lamento decir que ni siquiera en esta historia jocosa, plagada de referencias cifradas del mundillo literario me ha convencido. Rodríguez, que se empeña en escribir mucho rato de lo mismo y en concluir sus cuentos de un plumazo. También en encabezarlos con citas que prometen mucho más de lo que luego da, como aquella de Lichtenberg, “Os entrego este librito, no como una lente para ver a los demás, sino como un espejo”.
Con espejos como este, una reivindica más que nunca la existencia de las ventanas, que pueden abrirse a placer y permiten el lanzamiento catártico de libros malos.
Las mujeres que vuelan, Joaquín Rodríguez (Lengua de Trapo, 2007)
Patricia Esteban Erlés (Zaragoza, 1972) compagina como buenamente puede su extraña adicción al papel manchado de tinta, propio y ajeno, con una existencia trágica de becaria mileurista en la Universidad de Zaragoza. Ambas circunstancias, asegura, la han convertido en la hábil ladrona de libros de cuentos que es hoy en día. Ella esgrime los siguientes argumentos para justificar un latrocinio tan especializado: “elemental, queridos, los libros de relatos son más fáciles de ocultar en el bolsillo de un abrigo e infinitamente mejores que las novelas que se escriben actualmente en aqueste país”. Espera poder robar su primer libro publicado, “Manderley en venta”, en cualquier gran superficie o pequeña librería de viejo, a principios del próximo año.