Masacre en los jardines


El retorno del pagafantas

¡Ostiaputaabelenpastores!

Sorprendidos estamos. No hemos podido comernos el pastel de alacranes venenosos que estábamos preparando de la emoción que nos embarga en este instante religioso y epifánico.

Fuentes muy cercanas y fiables han proporcionado a Masacre nuevos datos que harán las delicias de las abuelas, las tías de provincias y los más pequeños de la casa. Reproducimos aquí párrafos del cuento titulado “La Soledad de las palmeras”, de Oscar Alonso Álvarez, finalista del Premio de Relatos Ciudad de Marbella. Nuestra abuela lo llama “intertextualidad cariñosa”, pero es que está muy mayor. Otro plagio de “Las Interioridades”, de Félix Palma (Ed Castalia, 2002) aún más torpe.

“Conocí a Ramiro Laiseca en la consigna del aeropuerto de Barajas, y francamente, al principio su aspecto descuidado de alimaña acorralada en su propia guarida, no me resultó muy amistosos. Yo había ido a dar allí por casualidad y lo último que esperaba al abrir la cancela de la taquilla 49 era encontrarme el cuerpo de un hombre austeramente plegado sobre sí mismo como una silla de playa. Después de unos segundos de desconcierto inicial, me hizo gestos nerviosos con la mano para que entrara en aquella angostura o cerrara la puerta de nuevo porque se estaba escapando el calor del mediodía. Nunca antes me había encontrado con nadie en una taquilla para equipajes así que obedecí”.

“Laiseca me fue explicando con abierto orgullo de huésped experimentado que todo era una cuestión de racionalizar el espacio, evitar los lujos superfluos a los que la gente se había atado y regresar a los pequeños placeres de la vida doméstica”.

“En aquella amistad provisional del primer día, a golpe de cigarrillo fui completando…”

Mención aparte merece el desarrollo de este otro plagio mal camuflado, donde el ecuestre y pedestre Oscar, una vez más, habla de la variopinta fauna que vive en las taquillas, compañero de universidad incluido y gozosamente encontrado por el protagonista años después. La desfachatez máxima consiste en terminar el cuento de idéntica manera a la que lo hace Félix J. Palma en Las interioridades.

“Llegué a la conclusión de que yo carecía del espíritu necesario para la vida en los armarios. No era digno de ella. Debía abandonar lo único que me hacía soportar mi existencia. Afortunadamente, existía otra alternativa. Bajo la cama de Julia Cuevas no se estaba mal del todo. El suelo era de cálida madera de haya y el somier se encontraba lo bastante alto como para que, al moverse, apenas descendiera sobre mi nariz. Allí conocí a Gómez. Era la primera vez que me encontraba con alguien debajo de una cama y, francamente, el verlo allí tumbado cuan largo era, limpiándose la cara de pelusas y evitando hacer demasiado ruido al utilizar el orinal, no hacía presagiar el comienzo de ninguna gran amistad”. 

Las interioridades, Félix J. Palma, Ed. Castalia, 2002

“Las estrecheces de la consigna no estaban hechas para un tipo como yo. Fue una locura de juventud. Es lo que me digo reconfortado cada noche antes de dormirme, cuando finalmente cierro los ojos y consigo plegar mis escualidad piernas contra las paredes de este desportillado buzón”.

La soledad de las palmeras, Oscar Alonso Álvarez, finalista del Premio de Relato Corto Ciudad de Marbella.

Desde Masacre en los Jardines animamos a que si, con suerte, cualquier entidad convocante de premios advierte que, por desgracia, en el pasado ha otorgado algún galardón a este señor por alguno de estos cuentos (“La soledad de las Palmeras”,Terapias” o algún título similar), nos lo haga llegar para hacerlo público.

Seguiremos informando.



Pagafantas en la viña del Señor

¡Ostias y Cristos! ¡Sátrapas! ¡Plutones!

En Masacre hoy queremos felicitar efusivamente a Félix J. Palma, insigne cuentista patrio -y admirado en este templo de mala leche y poción mágica-, por un reciente logro que está lejos de ser baladí. Sabemos por ciertas informaciones que más de uno y más de dos mamíferos concurseros han imitado su estilo con desigual pericia, pero el último caso es carne de cotolengo. El cuento premiado en  el pasado Premio Fernández Lema, uno de los más importantes que da la Institución y Madre Literaria de esta nuestra Iberia, es un plagio cagabancos, torpe, falaz y montopronto de su famoso cuento, Las Interioridades (Ed. Castalia, 2002). Nuestras felicitaciones para ti, Félix. Además de ser un referente del cuento, pasarás a los anales de la cuentística española por tener una estela más que nutrida de epígonos patosos.  Y para muestra, varios mordisquitos. No se vayan a la cama sin su ración de regaliz y porra de goma. 

“Conocí a Moncada en el armario de Silvia Pizarro. Era la primera vez que me encontraba con alguien dentro de un armario y, francamente, el verlo allí encogido, con el rostro medio cubierto por los faldones de una gabardina y tratando de no quemar nada con el cigarrillo, no hacía presagiar el comienzo de ninguna gran amistad. Pero así ocurrió. Una vez superé la tensión inicial y asimilé lo extraordinario del encuentro, Moncada y yo entablamos una conversación que si bien al principio resultó algo tópica, como esas que se mantienen con los barberos o los taxistas, no tardó en interesarnos. Dado que él ya se encontraba allí cuando yo llegué, Moncada asumió el papel de anfitrión de un armario que a ninguno de los dos pertenecía. Con una carta de amor que encontró en una caja con forma de corazón que no le dejaba estirar los pies, fabricó un cenicero, y luego me ofreció tabaco.”

Las interioridades, Félix J. Palma, Ed. Castalia, 2002

“Conocí a Julián Valdivieso un martes por la tarde en los alrededores de La Casa de Campo. Él estaba posado con displicencia sobre los restos de un viejo cable de teléfonos y, francamente, al principio su descuidado aspecto de alimaña desvalida, no me resultó muy amistoso. Yo había ido a dar allí por casualidad y lo último que esperaba al aparcar mi coche junto a la cuneta para orinar, era mirar hacia arriba y encontrarme a cinco metros de altura el cuerpo remiso de un hombre austeramente plegado sobre sí mismo como un gorrión, mirándome. Después de unos segundos de desconcierto inicial, en los que ninguno de los dos acertó a decir nada, me hizo gestos nerviosos con la mano para que subiera a su atalaya o me largara porque le estaba espantando la caza. Nunca antes me había encontrado con nadie posado tranquilamente sobre un cable como un funambulista sin público; ni había sido testigo de esa destreza para esquivar los designios de la gravedad como quien se remueve bajo las sábanas para retomar un último sueño; y por supuesto, nunca antes en mi vida me había topado con un hombre con alas. Así que, por si acaso, obedecí con el fervor de un monaguillo. Mi impericia inicial para mantener el equilibrio sobre aquella menguada superficie y el viento que soplaba a rachas del norte hicieron que diera con mis huesos en el suelo media docena de veces antes de conseguir cierto virtuosismo en el alambre. Entonces Julián Valdivieso se ahuecó la gabardina con un gesto de versado gavilán, plegó las alas, me ofreció un cigarrillo y enseguida comprendí que no estaba delante de un tipo cualquiera, sino ante un experto equilibrista que había conseguido crear un hospitalario hogar en aquel minúsculo limbo a merced de la naturaleza.”  

Terapias, Oscar Alonso Álvarez, Premio Fernández Lema 2007

“Moncada era un hombre experimentado en estas lides, una especie de sobreviviente de la espera. Como aquel armario no disponía de luz interior, le fui completando el rostro a golpe de mechero. Entre cigarrillo y cigarrillo, la llama del encendedor limpiaba de sombras un semblante anguloso, casi equino, donde relucían dos ojos negros y profundos en cuyo fondo parecía palpitar un furor aquietado, como una bala en la recámara. Era aquel brillo vagamente turbador el que evitaba que su rostro pudiera plasmarse en los cuadros de las iglesias, a los que un cabello rizado como el algodón de azúcar y unos labios infantiles parecían predestinarlo. En un momento de la velada, Moncada me pidió disculpas, extrajo un teléfono móvil de su chaqueta y se giró en lo posible, rebañando cierta intimidad en aquel universo ya de por sí bastante íntimo. Le oí hablar con su mujer, con quien cruzó un par de palabras que no logré entender antes de abandonarse a una letanía de arrumacos y embelecos tan infantiles que me hicieron creer que su cónyuge sufría algún tipo de discapacidad síquica, para después comprender que la mujer debía haberle pasado el auricular a su hijo”. 

Las interioridades, Félix J. Palma, Ed. Castalia, 2002

“En aquella amistad provisional del primer día, a golpe de cigarrillo fui completando la ornitológica imagen de Julián Valdivieso. Rondaría los cuarenta años. Su rostro pálido como una cebolla, prematuramente envejecido, la frente agostada y sus ojos negros de picaza me decían que estaba en presencia de un hombre triste; tal vez un ejemplar de una nueva especie en franca expansión por el mundo; también fui descubriendo que había sido técnico informático en una gran empresa, que había estado casado y que tenía dos niñas en algún lugar de Madrid. Frente a la luciérnaga de su cigarrillo, adiviné la fotografía de dos caritas con ojos chispeantes y pelo rubio ensortijado que sonreían a la cámara, y a su lado una mujer joven de mirada serena”. 

Terapias, Oscar Alonso Álvarez, Premio Fernández Lema 2007

“Tras ese primer encuentro, sin embargo, ya nada fue igual. Durante aquellas horas de charla, con los cigarrillos revoloteando como luciérnagas sobre el sentimental cenicero, Moncada me había confesado que, aparte del armario de Silvia Cotrina, él solía frecuentar otros. Y no le importó compartir conmigo sus descubrimientos. Me cantó las excelencias del armario de Elsa Puche, que me recomendó por lo acertado de su tamaño, unas dimensiones cálidas y confortables que parecían diseñadas expresamente para el disfrute de los hombres que se adentraban en su interior; me advirtió sobre el de Verónica Alonso, un vestidor enorme en el que uno se sentía desamparado, como precipitado al vacío, pugnando inútilmente por alcanzar su fondo o sus paredes. Entre calada y calada, me habló del de Carolina Pozo, tan oscuro y profundo como su apellido; del de Fátima Rivera, que olía a lavanda y flores secas; del de Leticia Burgos, henchido por la humedad. Me habló también del de Sonia María de la Cruz, que se movía insinuante al compás de tus movimientos, debido a la cojera de una de sus patas; del de Pilar Collado, que no podía contener un gemido de dolor cada vez que alguien se internaba en él, a causa de sus bisagras mal engrasadas; del de Yolanda Noriega, siempre tórrido y supuroso debido a la caldera que palpita al otro lado de la pared; del de Cristina Eugenia Ovejero, un armario virginal, que debido a una mudanza eternamente pospuesta, todavía atesoraba ese olor tan incitante de lo que aún está por estrenar; del de Virginia Ballesteros, que a pesar de su edad se antojaba tan imberbe como el de una niña, empapelado de un rosa pubescente y en cuyo fondo se apretaban los peluches que desterraba de su cama cuando recibía visita”.

Las interioridades, Félix J. Palma, Castalia, 2002 

“A partir de aquel día las cosas ya no fueron lo mismo para mí. Nunca imaginé que pudiera existir una raza de hombres con alas, alas de cóndor, alas de paloma, alas de buitre, alas de lechuza como las mías: ideales para el ataque nocturno, alas de alimoche, alas para la delación, para los malos augurios, incluso inútiles alas de gallina

[…]  No obstante, pronto averigüé por el propio Julián Valdivieso, que no era el único inquilino de aquellas alturas provisionales. En la azotea del edificio de Correos vivían desde hacía varias semanas los seis miembros de una familia de inmigrantes rumanos de piel cetrina que se ganaban la vida en la calle Recoletos fingiendo monstruosas malformaciones a los viandantes y que por la noche, en castrense orden de retreta, regresaban felices con el preciado botín de la piedad ajena para ocupar las angosturas de su cubil provisional; Sobre la torre de RTVE habitaba una joven estudiante de Biología, Verónica Carro, cimbreante y sensual como una grulla, a la que Valdivieso había invitado varias veces a pasar la tarde tomando café en su nido de Cazorla. En la cubierta del Santiago Bernabeu, un melenudo batería de un grupo de heavy-metal que respondía por Ángel Arregui y volaba como un estornino, le suministraba algo de hierba cuando la nostalgia le suplicaba un reposo. O en las torres KIO, que estaban ocupadas desde hacía varios años por el séquito de un viejo de costumbres hurañas y porte de gárgola románica que decía ser descendiente de un monarca europeo -el marqués del Guano, le apodaba Valdivieso- y que sólo esperaba el momento de recuperar lo que le pertenecía por ley y salir a la luz. La lista de tan curiosa caterva de inquilinos continuaba hasta hacerse abrumadora”.

Terapias, Oscar Alonso Álvarez, Premio Fernández Lema 2007

Pueden seguir leyendo el cuento plagiado en la web del Premio.




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