Masacre en los jardines


Un hombre con ojos de pez en la espalda
octubre 8, 2007, 10:46 am
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El dinosaurio estaba ya hasta las narices 

Hipólito G. Navarro    

Es muy de agradecer que José María Merino acabe de regalarnos su corpus completo de minificciones. Por fin, La glorieta de los fugitivos ha caído en nuestras manos. Estamos contentos. No lo vamos a usar para calzar una puerta, como hemos hecho hace poco con el libro de un conocido anagramista. Tampoco fabricaremos pajaritas con él. Esto resulta ser un alivio, porque una necesidad perentoria de ir al vomitorio nos embarga con esa tendencia cada vez más mainstream de los cuentistas españoles con nombre —realismo comercialmente correcto, doxa, paja mañanera— y, por otro lado, porque hemos dejado de fiarnos de esas editoriales que se han adjudicado la etiqueta “paladines del cuento aspañó, pa servirle a usté”, y que ejemplifican más que ninguna otra esa falta de búsqueda de autores nuevos, además de una línea editorial involutiva, esto —no se lleven a engaño— en el sentido más literal del término. Paralelamente, con la micronarrativa ocurre un poco lo mismo: el chiste de tasca, grasioseo, papanatismo ingenioso  y paradoja abusiva domina una buena parte de lo editado en antologías varias, y sólo unos pocos, entre los que Merino se encuentra, han forjado un firmamento cuajado de buenas piezas y una cierta autoridad moral sobre el género. Páginas de Espuma ya había publicado algunos libros notables de microrrelatos (también otros malos de solemnidad, justo es decirlo, como el reciente Venidos del miedo, de Julián Sánchez Caramazana). Recordamos por ejemplo Temporada de Fantasmas, de Ana María Shua, ese extrañamiento de largo alcance bastante ajeno a ese canon sosomanta que se cultiva a menudo en micronarrativa; o Ajuar funerario, de Iwasaki, una suerte de horror vacui pop muy estimable. 

Esta Glorieta de Merino ha de verse como se miraría una catedral imponente en el horizonte de un desierto cubierto de bruma azul (por meternos en esa atmósfera fantástica que impregna el volumen). Es el largo recorrido de un cometa, de obligada ingesta a sorbos pequeños y espaciados. Un artefacto, además, extremadamente útil para desnaturalizar ese realismo falso de cada día y dominado por el mandato agresivo de la utilidad. Gran parte del entramado Merinense se adscribe al fantástico clásico y con predilección por temas universalmente misteriosos: el doble, la ausencia de control del cuerpo, el espacio incierto entre sueño y vigilia, lo onírico, la fusión con la naturaleza. Un fantástico inequívocamente de umbral, donde hay un espacio vacío entre lo real y eso otro, puerta del deseo, del miedo, de nuestro interior indecible. Bebe La glorieta de los fugitivos, a la par, de esa falta de asideros que domina el terror postmoderno —nada justifica la realidad, la razón es inútil y ningún sistema de creencias puede decir sobre lo que ocurre—, si tomamos como momento clave, por ejemplo, la primera explosión de una bomba atómica sobre una población [1]. Merino es experto en trazar una línea luminosa entre las dos experiencias de extrañeza que suponen nuestra propia vida y su escisión en un mismo plano de realidad, duplicada como artefacto misterioso. 

“Fijarse durante un tiempo en la propia imagen del espejo intentando entender lo que se ve ya habría bastado para que alguien se volviera completamente loco” [2] 

El mundo real (pero desnaturalicemos lo más pronto posible ese término, por favor) puede ser más extraño que el presuntamente fantástico, y en el terror contemporáneo ha dejado de ser perversión para constituirse como reinterpretación de un ámbito del ser vedado por los códigos de la moral. Eso Merino lo sabe, y sus piezas a menudo abrazan la sugerencia de otro mundo invasivo, mezclado con sutileza, pocas veces disociado; son también un recorrido psicológico preciso de los estados de la mente próximos a la fusión con lo otro. Hay microrrelatos magníficos en este libro: De fauna doméstica, Terapia, Un despertar, Sorpresas astrales (con su textura visual de tebeo y capitalismo salvaje de índole kafkiana), Andrómeda, Ojos, La otra parte, Vida de hotel, El castillo secreto, El final de Lázaro, Revelación, Caracola, Las cinco, Casa pintada… Del mismo modo, el lector puede apreciar claramente —no es poco— una riquísima comprensión del amplio mundo del microrrelato y un trabajo continuado durante años, íntegro pero arriesgado (por otro lado, le respalda una major como Alfaguara, que no es poco), pues el fantástico en España, como el cuento, es esa niña gorda del cole a la que la industria inepta ahorca con la cuerda de saltar a la comba.

Como en toda antología amplia, también hay una serie de piezas, si no prescindibles, que evidencian desfallecimientos —los menos, la verdad—  y donde el libro paga algunos peajes. A menudo se dice que el microcuento es, probablemente, uno de los géneros más libres; pero esto parece contradecirse con ciertos vicios, determinados esquemas estructurales que embargan a muchos autores, entre ellos, la reinterpretación de los mitos clásicos, sean religiosos, literarios o de otro tipo. A priori, no es que la reinvención del sustrato clásico sea mala, pero a estas alturas ya embrutece si no se hace muy bien, y aburre a las ovejas tanta Dulcinea recuperada en una farmacia, Sherezade neurastémica o Perseo vestido de mecánico. Sus excepciones, claro, las hay [3] Dentro de lo menos bueno,  a nuestro juicio hay una parte, La glorieta miniatura, que desmerece al conjunto de una manera un poco preocupante. Tal recorrido, mezcla de micronarrativa y teoría sobre el género a raíz de un congreso sobre minificción, peca varias veces de ser tan cándido como una abuelilla con caramelos en los bolsillos [4]. No negamos que pueda haber algún momento de lucidez, y hasta varios, resultado de largos años de reflexión; pero —esperamos también que alguien nos contradiga— es una parte con un grado de interés mucho menor, incluso con algunos homenajes privados a otros microrrelatistas militantes que, la verdad, serían más útiles en un correo electrónico personal, y no en un libro de estas características. Con todo, no es motivo suficiente para empañar el conjunto, ni mucho menos. El microrrelato, mal que nos pese, está derivando poco a poco a la tiniebla y el estancamiento —un hastío técnico, más que otra cosa-, y este libro, no nos queda la menor duda, es un lucero muy paladeable en el centro de esa oscuridad.

La glorieta de los Fugitivos, José María Merino (Páginas de Espuma, 2007)

[1] VV. AA, Paura, volumen II, Antología de terror contemporáneo; Blibiópolis, 2005.

[2] Citando a Julio Cortázar.

[3] Véase el estupendo El Jardín de las delicias, de Marco Denevi (Thule Ediciones)

[4] Microrrelato se casó con Minificción y tuvieron muchos minicuentos, pero todos les salieron bobos, menos uno al que llamaron cuentín ( Genética, p. 225)




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