Masacre en los jardines


Philip Marlowe tiene vegetaciones
julio 14, 2008, 5:06 pm
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Si publicamos escasamente, poco, ¡nada!;  ustedes se angustian y llaman (lánguidos) a su médico en mitad de la noche, es porque llevamos un añito fino. Tragedias fuera. Lo cierto es que una compilación como esta no ayuda demasiado a que nuestro ánimo suba unos enteros. ¿Es La máquina de triturar niñas un libro sobrevalorado, mediocre, innecesario como tantos otros? Decídanlo ustedes, pero últimamente se estila mucho lo de dar jaboncito porque sí y luego no ir a confesarse a la iglesia por un acto de terrorismo informativo. No se crean la versión oficial.

En líneas generales, LMDTN orquesta unos textos que gravitan en torno a la peripecia criminal de ciertos personajes perdedores, la neurosis, el monólogo interior con mimbres de historia clásica, la parodia psicológica del crimen y otras variantes del espectro. Un policía encargado de apresar a un asesino de repartidores de pizza. El encuentro entre un asesino del cluedo y un investigador privado. Dos fulanos que hacen un viaje en ferrari por un encargo y hablan de las probabilidades de que ocurran ciertas cosas. Un preso enamorado de una mujer que se ha obsesionado con las catástrofes naturales. Así hasta quince.

¿Qué es, básicamente, lo que hace que el conjunto no funcione en un alto porcentaje? El cuentista debe ser un señor o una señora, joven o jóvena con ojeras y espíritu atormentado, que escoge en un armero bien nutrido; acciona unos mecanismos del sentido siempre encubriendo una dirección o una ausencia de ella, una deriva, su propuesta personal de intensidad y de voz. El primer problema que tiene Benacquista es que resulta verborréico. Una muestra: Rojo paraíso, rollo macabeo con ínfulas de deconstrucción política y un señor aburridísimo que no sabe si van a mandarle al cielo o al infierno. Las más de las veces son estos relatos demasiado extensos y con pérdidas de aceite en el fuselaje. Los personajes hablan y hablan (parecen no parar nunca), parlotean confusamente mucho después del cierre necesario (Padre coraje es de una candidez de telefilm), desdiciendo el mensaje oculto o enturbiando el enfoque y la visibilidad —tan importantes— en una maraña de palabras sin depurar. Un narrador puede ser legítimo y transmitir la epifanía o puede desautorizarse y estropear el cuento. Nos viene a la cabeza William Saroyan, que era un señor muy sentido capaz de alcanzar cotas altísimas, pero tremendamente irregular en las estructuras de muchos de sus relatos. Un cuentista de los excesos, si quieren. Lástima que Benacquista no tenga aese savoir faire luminoso que tenía el norteamericano, que compensaba sus patinazos con una voz enteramente personal y, sobre todo, transida de la autenticidad biográfica, un suceso de verdad en lo escrito, funcionara la historia o no. 

A menudo, Benacquista usa una voz en primera persona que se proyecta desde una posición similar, de tono y formulación idéntica, recurso que acaba por ser un tostón de aúpa. Esto podemos jurarlo sobre la tumba de Chéjov. Se echa en falta una mayor variedad de registros y estrategias para abordar las historias. Muchas pierden interés en los primeros párrafos o se enfangan en chascarrillos y disquisiciones de textura coloquial (bendecidos por la extraña traducción de Lengua de trapo). Miren: tan gozoso es uno de esos detectives escépticos de antaño como ajusticiables en la horca son los personajes de La máquina de triturar niñas. Es un Hammet de saldo. Un Chandler que acaba de ir al dietista y tiene altos los triglicéridos. 

Piensen en Pizza de Italia, que como reformulación paródica del detective tale y poco más podría valer. Piensen en El cultivo de la palmera de aceite en el Congo Belga, de nuevo, un relato supeditado a la trama criminal y al que le hacen falta unos buenos recortes, aunque conviene remarcar que posee algunos tramos de altos vuelos. El balcón de romeo es uno de los pocos casos que pasa la prueba con nota, y en el que la enunciación goza de bastante fuste y acierto. Réquiem junto a un techo consigue que la voz discurra peligrosamente entre el excesivo parloteo interior y el tono adecuado, aprobando en su último tercio. Pese a ser un típico relato de suicidas transido de distancia irónica, tan de manual, permite una lectura amena.

Y hasta aquí nos es posible dar el visto bueno.

Podría parecer que en muchos de los cuentos de este libro Benacquista parte de una convención genérica para expandir sus límites a través de la parodia y la sorna, pero se queda en eso, en intención puramente adolescente. Ocurre que muchas veces sentimos ganas de sacar la motosierra con lo que denominamos “relatos chispilla”. Por ejemplo: una mañana soleada el cuentista se levanta estupendo, ve una paloma posada en el borde de su ventana y piensa que podría construir un cuento hablando de un hermoso político que se transforma en paloma para estudiar la intimidad de las gentes de su ciudad y, más concretamente, gusta de ir cagándose en los tejados de su rivales en campaña. Lágrimas. Pañuelitos. La paloma muere de forma trágica a manos de uno de esos equipos de exterminio que, como paradoja, el político contrató para mantener los monumentos a salvo. Macanudo, colega. Tuttifruti lo tuyo. Lean Cluedo privado y nos entenderán. Albricias. Qué interesante: los personajes se cuentan sus profesiones y hay retruécano final de esos que le gustan al respetable. ¡Nada es lo que parece! 

La feria del crimen obedece a esa corriente de nuevo cuño en el relato que consiste en perfilar un ingenio endeble y fantasmal sin la construcción necesaria (les pasa a la mayoría de microrrelatistas), focalizar una idea de primera generación —una feria temática: asesinos, terroristas, psicokillers, modelos de bombas, hackers, ladrones creativos— y pasar de puntillas, de nuevo, acomodándose… Benacquista da más importancia al fondo —la feria en sí— que a la historia que, algo más tarde, pretende hacer pasar por principal: el encuentro nocturno entre el asesino en serie y la femme fatal. Por los dioses: Delillo, Amis, Ballard, esa gente hubiera renunciado rápidamente a una trama tan peregrina o se hubiera enfangado hasta el fondo para que la propuesta tuviera un significado distinto a la tónica habitual. El galo en cambio expone un ingenio de desayuno, amojamao, de puesto de churros. Le sale un relato tontorrón, como tantos otros.

Ay, Señor.

Para colmo de males, la promesa es falsa: nadie tritura niñas en todo el libro. 

La máquina de triturar niñas, Tonino Benacquista (Lengua de trapo, 2001)

POR MASACRE  
 
 

 



EL GRITO DEL HOMBRE, por Masacre
enero 3, 2008, 12:41 am
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Gritar 

 ”Una y otra vez, la estupidez mental que había sido implantada en él, como en todos los demás, le afirmaba con toda seguridad que el mundo real y verdadero era el que podía verse y palparse, un mundo en el que copiar cartas con fidelidad y buena letra era intercambiable por cierta cantidad de pan, carne y vivienda, y en el que el hombre que copiaba bien, no golpeaba a su mujer y no malgastaba el dinero, era un hombre que estaba cumpliendo el objetivo para el que había sido hecho”.

ARTHUR MACHEN

Un fragmento de vida

En Masacre andábamos estos días pensando si lanzar una jaculatoria furibunda a los decaloguistas del cuento, ahora que empieza el nuevo año —abundan aquí y al otro lado del océano, y merecen tantos castigos corporales como se nos puedan ocurrir— o hacerle justicia a Gritar, de Ricardo Menéndez Salmón, que leemos con placer estos días. Nos hemos decidido por lo segundo, porque creemos que los decaloguistas, dodecaloguistas, furbys y carveritos del cuento también tienen derecho a consomé con picadillo, e incluso algunos nos caen bien. Oh, gingle bells… 

Como aquí no nos la cogemos con papel de fumar cuando se trata de alabar o dar collejas, hágannos caso: Gritar es, desde luego, una buena noticia para el cuento español, tan necesitado ahora mismo de estandartes. No sólo porque el conjunto es, en general, de una calidad alta; también porque el relato que da título a la compilación puede considerarse desde ya mismo una especie de luminaria, inédita en su brillante idea de base, reveladora, como pocos cuentos tienen el privilegio de ser en este panorama. ¿Exageramos? A lo mejor, pero se van a jorobar. Creemos que en el futuro tendrá el mismo papel que se han ganado en el imaginario común del short tale patrio relatos como Las interioridades, Sucedáneo de Pez Volador, Velocidad de los jardines, Siempre hay un perro al acecho, Los aéreos y otros escogidos. No se impacienten, que ya habrá tiempo para dedicarle su espacio. 

El volumen abre con uno de los mejores textos de la colección, La vida en llamas, auténtica declaración de principios de Menéndez Salmón sobre algunas de sus obsesiones, suerte entre un Cheever arrebatado, de tono solemne, y el poder onírico y elegante de ciertas imágenes bien escogidas. Una de las bases fundamentales del libro ya se teje desde el principio: la irrupción de lo extraño en la cotidianeidad de la pareja, en nuestro saber estar en el mundo, ahora ya incomprensible y más perturbador que cualquier territorio fantástico de saldo con elfos. Un hecho sorprendente al que asistimos y nos enfrenta a la perplejidad, y del que no se facilitan respuestas, como buen moroso narrativo que es Salmón. La vida en llamas autentifica a un narrador dentro de una épica íntima, que el autor maneja con soltura y oficio al tejer tres núcleos aparentemente alejados (y bellos, bellos de verdad): el campo simbólico de la muerte —la del padre—, el de la vida —el nacimiento del hijo de la vecina misteriosa— y la propia perplejidad ante la realidad —el hombre envuelto en llamas—, que no admite certezas, que es un constructo con fallas, espejo deformante. Este cuento nos arrebata, no nos explica. 

Dentro del evidente interés de Menéndez Salmón por la historia y el origen del mal, nos ha resultado interesante leer El placer de los extraños. Aunque con un principio, quizás, demasiado largo en su presentación de personajes, la reflexión que el relato plantea es excelente: la belleza de nuestros semejantes, las maravillas de la naturaleza, los invisibles hilos que gobiernan algunos pasos de la humanidad y su historia o incluso el horror más indescriptible, precisamente por estar a la vista, pasan desapercibidos ante nosotros con la mayor naturalidad. Un relato con las cartas boca arriba —el mecanismo visible— que al final del propio cuento revela lo otro, escapismo a la manera de Houdini, en ese final tan contundente que no vamos a desvelar.  

Es curioso cómo, paradójicamente, su buen hacer para extraer lo extraño y poético de una materia tan sobada como la intimidad (lo poético es lo familiar disolviéndose en lo extraño, que decía Bataille) se ve rebajado en algún caso a la hora de abordar la vía puramente fantástica. Aunque Hablemos de Joyce si quiere es un cuento competente (la tensión está bien construida y sabe cuándo cerrar, además de tener un aire donniedarkiano muy placentero) podría decirse que se adivina el desenlace mucho antes del cierre —esto no es malo, pero hace al texto demasiado autoconclusivo— y desfallece frente a otras historias de altos vuelos presentes en el conjunto.

Esto es lo que ocurre con Las noches de la Condesa Bruni, otro texto arrebatado y enigmático, en la línea del fantástico más lujoso y burgués,  y que —ahora sí— funciona. Se lo avisamos: el sobrino del relato es un personaje cargante en ocasiones, resabido (un repipi intelectual de los de paliza con bate), pero a pesar de todo éste es un cuento que usa y no abusa los recursos del relato oral y el narrador testigo, muy bien llevado, llegando a emocionarnos en el tramo final.  

El horror, una de las variaciones temáticas que Salmón ejecuta sobre la pareja como estamento (también en otros textos como Gritar, La vida en llamas o A nuestros amores) nos permite ese placer tan propio de los lectores de cuentos como es desentrañar, desbrozar, leer entre líneas una aparente maraña de detalles y hechos inconexos (una pareja que asiste a un circo deprimente, operístico y hasta excesivo; una llamada desesperada en mitad de la noche, un televisor y sus imágenes) que finalmente inoculan un significado perturbador sobre el fin de una unión. Aunque sobre este tema parejil ya se han dicho demasiadas cosas en el terreno del cuento, tanto la prosa, de una exactitud notable en el dibujo, como lo seductor de algunas imágenes y el poso onírico que deja el texto, nos entregan una buena historia de aires norteamericanos, un relato que es un suceso secreto en sí mismo. D. Lynch estaría orgulloso de Don Ricardo por esta narración. 

Creemos que la principal rebaba de Gritar es el relato con el que el libro cierra, Para una historia privada de la literatura, descompensado, y muchísimo, respecto a los demás. Nos sorprende incluso que un fragmento del mismo corone la contraportada. Bien que sentimos en Masacre sacarle desconchados —por usar la textura del propio cuento— a un libro que nos ha gustado, pero este texto es, simple y llanamente, un relato vigoréxico. Nos recuerda a Arnold Swacheneger intentando ponerse un tutú de bailarina y pegándose un costalazo (fíjense qué símil, vamos sobraos). Para una historia privada de la literatura podría perfectamente leerse como la narración metafórica, en clave de manuscrito encontrado, de esa obsesión de los escritores por remozar, retocar y maquillar continuamente sus obras. Si bien es cierto que la capacidad expresiva y riqueza de lenguaje es enorme, el artefacto es excesivo, y ya desde el primer párrafo deja sin aliento al lector con su sobredosis retórica, adjetivación marciana y acumulación de imágenes, como si Gabriel Aresti, que en paz descanse, se hubiera tomado una rula, hubiera abierto el cajón de su escritorio y, tras sacar papel y lápiz, machacara la hoja hasta que le sobreviniesen un par de infartos. Olvidable, vaya. 

Nos interesaba cerrar esta reseña dedicándonos con amor y buenos ojos al texto por excelencia del conjunto, Gritar, al que haría falta dedicar más espacio del que nosotros disponemos (créannos, no queremos que nos manden al comando Somalia por infartarlos con tanta palabrería). Pasaremos por alto esa errata (“Valdivia” en lugar de “Balboa”) de la página 38, que nos sugiere muchos comentarios ácidos sobre las dioptrías, el interés o la naturaleza fantasmal de los correctores de pruebas de Lengua de Trapo. 

¿Por qué un cuento puede ser tan importante? Precisamente porque Gritar revela, y de manera inédita y sorprendente, un modo de ser de lo humano, el instante lleno de sentido en que se explican ciertas cosas que importan con un lenguaje de puro bisturí, o como últimamente le dicen a Salmón, ganar en hueso y perder en músculo. Creemos bastante acertado que no sacrifique su formación filosófica y se permita ilustrar en el propio texto reflexiones sobre el grito que enriquecen el sentido de la historia y la dotan de vigor (aunque lo de “falansterios del grito” nos recuerda a una especie de club de alcohólicos anónimos o solteras haciendo calceta algo ridículo). Gritar, escúchennos por una vez, nos transforma como lectores. Gritar nos revela que a estas alturas de humanidad el grito es un privilegio, y que Balboa, nuestro protagonista, es listo al alejarse de la habitación que él mismo contrató para vocear y hacerlo en su casa. La riqueza de lecturas sobre este cuento admite larguísimas disquisiciones: que la propia habitación, el negocio secreto, genera, al principio, la mercancía del grito —el pago por la libertad, la esclavitud de la transacción—; que el protagonista supera incluso esa fase, de manera plenamente consciente, y hace bien alejándose de ella; que el rígido código de lo social, este modo de vida que nos hemos ganado a pulso —especulación inmobiliaria, eliminación de espacios de juego, intervención estatal en la intimidad, cultura dirigida, discurso oficial, narcosis— ya no nos permite esto mismo que el relato testifica: gritar; gritar hasta rompernos los huesos, hasta elevarnos, hasta volver a eso que alguna vez hemos sido y nos dice

Nos estamos emocionando, así que se van a fastidiar ustedes, lo van a comprar y luego nos hablan, indignados o no, sobre este cuento, esta historia de gritos, amores, y en el final —en ese magnifico final— el silencio de ser otros. 

Se lo hemos avisado y les ponemos un flim”. No se quejen.

Por MASACRE

Ricardo Menéndez Salmón, Gritar (Lengua de Trapo, 2007)



Mujeres que no vuelan, por Patricia Esteban Erlés
octubre 27, 2007, 6:48 pm
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Siento decir que las mujeres (las pocas mujeres) que aparecen en este libro no vuelan. Ya es lástima, ya, que se pierda un título tan evocador y una portada llena de azafatas azules con alas de mariposa, pero es lo que pasa cuando una se deja llevar y confía en que sus  expectativas se cumplan. También siento que este libro no me entusiasme, en primer y egoísta lugar porque me lo he comprado (17,90 eurelios, nada menos, pagué por él, y eso que está plagado de erratas, así que no creo que su elevado precio incluya la revisión de un corrector de pruebas). Después, porque supone el debut del autor y digo yo que Rodríguez habrá depositado toda la ilusión del mundo en él. Lástima. 

Respecto al asunto del título, se me puede replicar que el autor le pone a su niño el nombre que le da la gana, sin reparar antes en si le pega o no llamarse de esta o aquella manera. Yo, alma de cántaro, creía que el título debía ser una señal, el reguero de miguitas que nos lleva a coger ese ejemplar y no el de al lado en el estante de la librería. Que Olivia o Bruna no se puede llamar cualquiera. Yo imaginaba un libro con historias de aeropuertos, de aviones que se cruzan en el cielo, de azafatas inolvidables y gente que se conoce en un vuelo barato a Lisboa, donde contra todo pronóstico sirven lenguado y cava al pasaje. Peor para mí, porque está claro que el autor no me ha leído la mente. En vez de eso, ha optado por apropiarse de un título estupendo (mierda, no haber llegado primero), el de su primer relato, para publicar un puñado de cuentos escritos que debía de tener guardados en el cajón.  Y no, no sobra lo de “escritos”, porque los relatos de Joaquín Rodríguez se presentan casi en su totalidad como textos insertos dentro de otro texto, utilizando la primera persona  y asumiendo sucesivamente el molde de la confesión de un asesinato (tenemos un deslenguamiento, un atentado aéreo, un tiroteo, un incendio de estafeta de correos…), la conferencia erudita acerca de epicureísmo versus cristianismo, el diario de viaje de vuelta a los orígenes tipo “Los pasos perdidos”, las memorias de un emigrante español en Alemania, etc.  En mi opinión, y si uno/a no se llama Borges, debería procurar no cometer excesos con la metaliteratura, porque lo del texto dentro del texto no siempre funciona, y en concreto a Rodríguez se le ha ido un poco la mano. Por otra parte sus cuentos, tal vez condicionados por ese molde que parece ser la marca de agua del autor, se valen muchas veces de una adjetivación excesiva (En este lugar recóndito y remoto, dice una vez, cae una noche profunda y profusa de estrellas, dice otra), junto con una reiteración de estructuras que no añade un ápice de visibilidad al personaje o el relato de los hechos, pero en cambio dificulta terriblemente su lectura. La forma en que los personajes principales, totalmente opacos para esta lectora, narran vivencias se supone que propias, peca de retórica, y el triste resultado es que ninguno de los crímenes, penurias o viajes iniciáticos que se nos cuenta obtiene el menor crédito. A modo de ejemplo, el párrafo inicial de La incandescente luz de la noche, dice así:   

“No me gusta la noche, me oprime, me pesa, me apelmaza los sentidos y me enturbia los pensamientos, y no me importa declararlo y saber que no servirá de atenuante ni de coartada, pero yo quiero echarlo fuera, expulsarlo de mí y dejar testimonio de ello. La noche me fue perturbando, oscureciendo, ofuscando, hasta el punto de no desear otra cosa que una vigilia permanente a la luz del día, con los ojos bien abiertos, absorbiendo toda la claridad que la noche me negaba, con un hambre de luminosidad que me llevó a hacer lo que hice.” 

Añado, por si a alguien le interesa, que lo que hizo la propietaria de tan melodramático discurso es quemar a lo bonzo a su superior, un viejo verde encargado de la estafeta de correos donde la chica se ve condenada a ordenar, noche tras noche, la correspondencia de toda la ciudad. Y es que el malvado arranca de la pared el calendario en el que ella podía solazarse contemplando un amanecer de esos playeros que traen de serie  todas las catequesis del mundo. Cumba ya. 

No me creo los cuentos de Rodríguez, por las razones ya señaladas, y alguna más. Así llegamos a los finales. Ay. Rodríguez parece haber aplicado una plantilla a la hora de construir su conjunto de relatos, no sólo en el plano estructural, sino también en lo que al desenlace se refiere. Sus cuentos, que en realidad cuentan tan poco a lo largo de páginas y más páginas, como si el propio autor hubiera perdido el norte narrativo, se precipitan de pronto, casi siempre en el último párrafo, en un cierre abrupto, un abismo por el que toda la historia cae rodando sin más ni más, dejando al lector asomado al precipicio, con un rictus de incredulidad bastante poco alentador en el careto. 

Respecto a la temática de conjunto, pues ya hemos adelantado algo más arriba, y resumiré diciendo que no existe tal cosa en el libro de Joaquín Rodríguez. Tal vez el autor ha tratado de ofrecer un repertorio variado de historias, pero el resultado ha sido un totum revolutum que no hay por donde cogerlo. La diversidad de épocas, escenarios y personajes no se aprecia como una cualidad en este caso, sobre todo porque todos los protagonistas parecen compartir la misma voz, por diferente que sea el episodio narrado. Se expresa igual la veinteañera retraída que trabaja en el turno de noche de Correos que el explorador australiano empeñado en acercarse a los nativos de Nueva Guinea, o esa Eva (sí, sí la de Adán) que parece haberse reunido con sus nueras bajo un chopo, para oficiar como presentadora en una reunión de la Termomix.  

Quizás alguno de los relatos de Joaquín Rodríguez  podría haber dado lugar una buena historia, si hubieran sabido aprovecharse algunos de sus elementos. Es el caso de Amor a quemarropa, donde aparece totalmente configurada como negocio una empresa que gestiona finales no traumáticos para historias de amor que no dan más de sí. Lástima que el autor haya creado una pareja protagonista tan de cartón piedra, Amanda y Armando, política ella, guardaespaldas él,  y se haya empeñado en adjuntar la lista numerada de las 110 razones que uno/a puede alegar en esa delicada situación de darle la boleta a alguien). 

Puede que alguno de los relatos parta de una ocurrencia feliz, como La atormentada vida del ganador, donde se juega con la literalidad y se identifica como sospechosa la desaparición de todos esos escritores, flor de un día, que ganan un premio importante y de los que nunca más vuelve a saberse nada. Este cuento entraría a formar parte de un subgénero, el cuentodeconcursodentrodeuncuentodeconcurso, que en ocasiones ha dado sus frutos (véase aquel de Bolaño, donde el concursante neófito pedía asesoría espiritual al anciano aspirante, experto en esas lides, o el polémico “El hombre que mató a Juan Manuel de Prada”). Lamento decir que ni siquiera en esta historia jocosa, plagada de referencias cifradas del mundillo literario me ha convencido.  Rodríguez, que se empeña en escribir mucho rato de lo mismo y en concluir sus cuentos de un plumazo. También en encabezarlos con citas que prometen mucho más de lo que luego da, como aquella de Lichtenberg, “Os entrego este librito, no como una lente para ver a los demás, sino como un espejo”.

Con espejos como este, una reivindica más que nunca la existencia de las ventanas, que pueden abrirse a placer y permiten el lanzamiento catártico de libros malos.

Las mujeres que vuelan, Joaquín Rodríguez (Lengua de Trapo, 2007)

Patricia Esteban Erlés (Zaragoza, 1972) compagina como buenamente puede su extraña adicción al papel manchado de tinta, propio y ajeno, con una existencia trágica de becaria mileurista en la Universidad de Zaragoza. Ambas circunstancias, asegura, la han convertido en la hábil ladrona de libros de cuentos que es hoy en día. Ella esgrime los siguientes argumentos para justificar un latrocinio tan especializado: “elemental, queridos, los libros de relatos son más fáciles de ocultar en  el bolsillo de un abrigo e infinitamente mejores que las novelas que se escriben actualmente en  aqueste país”. Espera  poder robar su primer libro publicado, “Manderley en venta”, en cualquier gran superficie o pequeña librería de viejo, a principios del próximo año.




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