Masacre en los jardines


FRONTERA
abril 21, 2009, 11:54 pm
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EL EXPERIMENTO WOLBERG

Manuel Moyano

Editorial Menoscuarto

Palencia, 2009.

No siempre me resulta fácil escribir sobre un cabeza de cartel en el cuento fantástico, como es Manuel Moyano. Puedo (y pueden ustedes) dar gracias por tener entre nosotros a estos alquimistas de la otredad –de seguro, Félix Palma y José María Merino formarían parte del mismo claustro-, devotos del fogonazo corto, plenos de orfebrería clásica pero también de brecha. Eso precisa lo contemporáneo. Lo mismo que el relato por venir para estar entre nosotros.

Siete oberturas componen este Experimento Wolhberg. El autor ha variado su habitual gusto por la narración perfectamente cerrada (en el pasado, aunque modélicas en forma y estructura, mucho me temo que a veces demasiado diseñadas; asesinas de la evocación que da lo imperfecto). Sus piezas, como las de un miniaturista encerrado en un taller de materiales misteriosos, basculaban casi siempre entre los tonos épicos del suceso fantástico sin resolución, el sentido de la maravilla y, en ocasiones, pulsiones oscuras y mórbidas, en aquellas más apegadas al género. El número de cuentos aquí es infrecuente para lo acostumbrado. Siete pulsiones oscuras. Siete tragedias. Siete atmósferas, pues Moyano es ciertamente un esteta de la voz solemne para sostener la “imposibilidad”, limpísimo y eficaz en el lenguaje pero, de igual modo, rico en la representación del misterio.

Dar las gracias por un libro bien escrito no está de más, con la que está cayendo.

El cordobés ha decidido en esta nueva colección de relatos abandonar cualquier imaginario amable en el que lo fantástico pudiera derivar en happy ending, como sí podía suceder con la calidez poética de algunos de sus otros libros. Estoy convencido que al lector que se acerque a este libro le resultará interesante ir descubriendo el stimmung trágico que atraviesa todo el conjunto, generalmente en torno a una causa mayor, por encima de la terrenalidad del hombre y sus limitadas capacidades. Estos seres arrastrados a la destrucción mandan sobre nuestra pena o nuestra risa. Conmueven, en esencia, por su desarraigo. Cualquiera convendrá conmigo en que hay un placer morboso en saber que algo no acabará bien y estar ahí para verlo. ¿Se trata entonces de inevitabilidad? ¿Es ese el hilo?

Nada está narrado con escepticismo. Son estos relatos cuajados de peones a los que una fuerza arrebatadora impele. Personajes que son comas, aunque su deseo los arrastre al intento de convertirse en puntos finales. Ahí está Ortuño, el protagonista de El día de los dones, que asiste a la obtención continuada de sus deseos durante una extraña jornada. Un cuento donde el suspense se ejecuta de manera brillante y los elementos que rompen de la representación realista funcionan de miedo; y miedo del bueno hay, efectivamente, porque hay construcción, indicios, eso siniestro que se camufla cuando el autor escribe bien e inocula el gozo y la incertidumbre. En cuanto al dispositivo formal, quizás hubiera resultado más adecuado un narrador más subjetivo; el discurso entrecortado de un equisciente roto, refractado. Puede resultar difícil conciliar la frontera onírica con la premeditación discursiva y el párrafo perfecto. El final algo tópico, sin embargo, induce cabalmente al escepticismo. ¿Es que esto ya me lo han contado? No obstante, se aprecian aquí suficientes logros como para avanzar en la lectura, porque El día de los dones contiene un poderoso magma interno y el lector espera una y otra vez que algo salga mal. Una factura de desasosiego notable.

Decía que proyectar esa riqueza en tono a la tragedia fantástica me parece un buen acierto, aunque en ocasiones las texturas no casen demasiado bien. El relojero judío usa un tono historicista adecuado para contar la historia de ese relojero aficionado a las maquetas y seducido por un particular Mefistófeles, aunque el corte abrupto al final, con su resolución anticlimática, rebaje algunos enteros la idea de gesta. El dispositivo épico es desmentido. No sé si podría ser un intento de combinar la narración de orfebre, modélica en acumulación de indicios y siembra de claves de interpretación, con esa técnica contemporánea de frustración de la expectativa. A gusto de este crítico, este final devalúa bastante el resultado. Y en esa mirada escéptica al anticlimax orbitan mis reservas a otra pieza del conjunto: La bestia en su guarida. Se debe sembrar para recoger. En ese camino, una vía inédita o sorprendente –como generación de significado necesaria en todo texto- debe tener lugar. El relato promete un resultado para acabar cumpliéndolo con tiralíneas, sin aristas, con la previsibilidad de una receta. Su desarrollo cuenta además con algunos giros sumamente caprichosos (modos del personaje, en realidad) para favorecer el avance anunciado por la adivina callejera del comienzo. La bestia en su guarida posee evocación cortazariana, stimmung, tragedia y locura que, al final, se saben demasiado convencionales. Una lástima.

Pongan el ojo en Confesiones, de nuevo un relato de una construcción modélica, algo tópico en la elección de los motivos –ese “siempre te querré” visto y oído tantas veces antes de que el avión se estrelle-. ¿La narración de relojero funciona en todos los casos? Es posible que haya incluso excesiva premeditación en la estructura, que goza de una buena idea –en ese aspecto, Moyano no decepciona- para que podamos creer el imposible tramo final de este relato.

Algunos críticos han visto en este libro un acercamiento de Moyano a la frontera realista, postulado que yo rechazaría. Entiendo que existe ese secreto hilo conductor que impele a los personajes a situarse frente a lo extraordinario y luchar contra ese destino para el que han sido colocados, y que, por lo mismo, eso desmiente lo mundano –y lo poético y lo vital y lo azaroso- del efecto de realidad. Me atrevería a recomendarles que lean desprejuiciadamente y con los ojos abiertos los que, a gusto de este crítico, son los tres mejores relatos del volumen: La voz de la tierra, Corsini contrariado y El experimento Wolberg.

Corsini contrariado nos permite hallar a un Moyano embebido de un humor que funciona desde las esquinas, abrupto, basto, incómodo en su descompensación, pero también muy fresco. Ese Moyano con retranca y lupa deformante, menos interesado en enfocar los bordes de la verosimilitud o armar el cubículo donde vive la historia; y sí más contento con el puro juego de texturas, que da como resultado una narración con aires de cómic de los entresijos de la política local, sondas anales, extraterrestres, ovnis, sueños y un pelele que renuncia a la posibilidad de ser la llave para el contacto con otros mundos. Claro que puede resultar extraño y desigual (Miguel Ángel Muñoz dixit) y difícilmente ubicable en un solo tono, pero fíense, fíense: tocado por las alas. Quedamos todos agradecidos.

Hablaba antes del tono historicista con tintes épicos, y de eso hay también en El experimento Wolberg, que cierra esta colección. Otra vez una causa mayor. De nuevo pérdida, locura, desarraigo y peregrinaje. Pero si las otras historias se trufaban de solemnidad estructural, aquí tenemos un relato que funciona precisamente por su falta de solemnidad y su amor, nunca de más, por la maravilla y el pastiche. El lector tiene entre manos otro excelente artefacto de ficción que, en sus mejores tramos, genera la idea de que todo puede suceder con sus abruptas texturas. Una mezcolanza que nos permite pasear por el encuentro con un mad doctor despojado de pulp, una odisea norteamericana, gramos de ucronía, sátira, el savoir faire de las amazing stories –en clave racional- y la locura de las space óperas más libres, tan deliciosas por su condición de objeto antiverosímil. No está de más decir que este cuento puede bordear con peligro la extensión inmodesta y la descompensación estructural, pero está en él la gracia extraña de un escritor que está explorando, que divierte, que conmueve al deformar y hacer estallar la idea de orden y lógica. No es una narración, es la narración y la bomba de potencia que nos da. Un cierre magnífico que cumple con creces lo dicho por ese loco poético.

Hay otros mundos, pero están en este.

Tienen ustedes delante una colección bien horneada con algunos enormes destellos, y que también es, por qué no decirlo, una reconciliación con la literatura.

Por MATÍAS CANDEIRA




Nosotros, todos nosotros quisiéramos ser un escritor como Víctor García Antón

 


Confesaba un reputado editor -cuyo nombre obviaré por la confidencia- que su editorial sólo publica libros de cuentos, cuando:

 

a).- la colección reúne dos relatos antológicos (para posteriores antologías del género),

b).- a los que se vinculan otros cinco relatos excelentes (que el lector fiel recuerda con devoción),

c).- que se suman a tres o cuatro muy buenos relatos (que le dan unidad al libro),

d).- que se alzan por encima de uno o dos relatos tan sólo buenos (que son los que los críticos nombran al final para que su sesuda reseña no parezca una felación al autor).

 

Pues bien. Nosotros, todos nosotros, el segundo -y esperado- libro de cuentos de Víctor García Antón (Teruel, 1967) cumple muchos de estos axiomas. Si no, relean -como yo- esta colección de relatos y luego me comentan en petit comité. Además, García Antón, con este reciente libro, comienza a mostrarnos algo sustancial en su obra: su obsesión, ese tema que lo define como escritor, que no es otra que la IMPOSIBILIDAD, esa otra cara del deseo. O como él mismo lo definía en una entrevista de hace dos años: “Cuando empezamos a escribir estamos muy preocupados con encontrar nuestros temas, nuestro estilo, nuestra voz”. Creo que, con éste, su segundo parto, García Antón, ha encontrado esa voz.

 

Dicho esto, abordo el libro. Y me es difícil hablar de Nosotros, todos nosotros, porque en el prólogo del gran maestro cuentista Medardo Fraile está dicho todo. No hay forma de eludir las palabras de Fraile cuando dice que está tan bien escrito que, por eso, es tan verdadero. Leyendo estas palabras liminares de Fraile, a uno se le queda cara de cacatúa cuando intenta mejorarlas o tan sólo emularlas.

 

Nosotros, todos nosotros es una decena de cuentos en las que el autor turolense camina por senderos más simbólicos que su anterior colección. En Amor del bueno (Premio Caja España, 2004) García Antón ficcionaba historias de amor bajo una estructura claramente monzoniana: Quim Monzó ponía el marco y García Antón pintaba el lienzo. Eran, aquéllos, relatos tiernos, absurdos, cargados de lirismo, pero que siempre mantenían latente la eterna guerra de sexos bajo el epicentro del deseo. García Antón, en Amor del bueno, plasmaba que entre hombres y mujeres enamorados el único obstáculo es el TIEMPO: ellas quieren ahora; y ellos, tal vez, después.

 

En su nuevo libro Nosotros, todos nosotros, el Deseo sigue ahí, pero los obstáculos son otros. Si somos lo que deseamos, también somos lo que nos impiden SER -quizás por ese motivo el título del libro se conjuga en primera persona del plural-. Ahora, las barreras son la autoridad, la muerte, la ambición, la falta de reconocimiento; y, sobre todo, en ciertos relatos, emerge el PADRE, algo tan freudiano. Lean, si no, el microcuento Canasta.

 

Si en Amor del Bueno, García Antón estaba ya experimentando relatos de voz, como La mujer que viene a cenar esta noche, por ejemplo, en Nosotros, todos… ha dejado de experimentar y, con esta su manera de narrar, se lanza al vacío, donde lo importante no es quién -o qué se dice-, sino CÓMO SE DICE.

 

El escritor turolense es honesto en este sentido. Él forma parte del grupo surrealista La llave de los campos. Él también participa de los 22 dogmas en torno al cuento breve que dicho colectivo enuncia. Cito uno de ellos: “La escritura de un cuento deberá transparentar sus influencias”. De la primera página a la última, García Antón muestra su honestidad: nombra a Samuel Beckett y a Thomas Bernhard. Del primero, filtra lo simbólico de su escritura; del segundo, la digresión como arte de contar historias. De ahí que Nosotros, todos... sea un libro de voz en el que cada historia la podemos interpretar desde un punto de vista subjetivo, en que cada lector codifica el mensaje a su manera, participando, haciéndola suya.

 

Así, encontramos relatos como El gobierno del solar -para mí el mejor de la colección, junto con Un tigre de Bengala-, donde un operario con chaleco reflectante se ocupa de abrir las puertas a los camiones que vuelcan tierra en los cimientos de un solar. La autoridad a la que estamos sometidos por imperativo laboral se simboliza en este relato como algo absurdo y reprochable. También leeremos, como digo, Un tigre de Bengala, como el cuento en el que su protagoniza intenta practicar para convertirse en ese animal tan idolatrado: ¿es el deseo de ser tigre de Bengala, el deseo de ser un gran escritor? Cada uno que lo interprete a su manera. Pero, además, divisamos relatos tan descarnados como Últimas palabras a mi padre, la historia de angustia de un hijo que teme que los funcionarios de un cementerio se equivoquen a la hora de grabar el deseado epitafio en la lápida del progenitor fallecido. O La estela de las mujeres, quizás el relato más cercano a Amor del Bueno.

 

Y así podría seguir hasta reseñar cada uno de estos diez cuentos -quizás el primero es el menos certero, por su temática intimista y por su ubicación, abriendo el libro-. En estos relatos dominan las sinécdoques, que les imprimen una fuerte carga simbólica, el surrealismo le da un toque onírico y la lírica de las metáforas de cada línea nos regalan costuras poéticas y sensoriales de las que nunca debería adolecer un buen cuento.

 

Es una pena que este libro de García Antón no se encarame entre los libros más vendidos, que no se coloque junto a los pijamas de rayas, las sombras del viento o los pilares de la tierra. Es una pena que la editorial que lo publica no le de más visibilidad o que García Antón no hubiera tenido paciencia para dar el salto hacia mejores posiciones en los anaqueles de las librerías (¿lineales los llaman las editoriales medianas?) Pero, claro, como dice un reputado escritor, los libros no son para comprarlos, sino para leerlos.

 

Yo estoy seguro que Nosotros, todos nosotros se convertirá en una colección de cuentos que pasará de mano en mano, del que hablará gracias al boca boca. Éste es un libro -y esto lo digo sin temor a equivocarme- que se convertirá en un título de culto para futuros cuentistas que merodeen los caminos simbolistas. Será como un objeto de fetiche, una colección con la que cabalgar hacia nuevos territorios literarios, un título que debería estar, por ello, en todas las alforjas. Nosotros, todos nosotros es, en definitiva, el libro que todos quisiéramos escribir, como así lo ha escrito Víctor García Antón.

 

NOSOTROS, TODOS NOSOTROS

Víctor García Antón

Gens, 2008

 

David González Torres (Santa Cruz de Tenerife, 1970) es periodista y escritor -inédito, si descontamos ciertas antologías-. Reside en Madrid desde 1998 y es fundador y director de la revista de curiosidad literaria Aviondepapel.com desde 2000 y del cuaderno de bitácora o blog literario El Hueco del Viernes desde 2007. Ahora mismo tiene marcado en su calendario de 2008 el lanzamiento de una televisión literaria on line. Entre sus escasos galardones, recibió el Premio Comunicación 2004 de la Fundación General de la Universidad Complutense de Madrid por el CD Multimedia PROYECTO CORTÁZAR, UN VIAJE LITERACTIVO, proyecto on line que aún está vivo en la Red.

 



David Condes recomienda “Queremos tanto a Glenda” de Julio Cortázar
octubre 28, 2008, 2:28 pm
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Volver a Cortazar en otoño, sí, aun sin haberme alejado nunca de él. Alejarse de Cortazar es imposible. Diferenciaba el vetusto Ortega y Gasset entre ideas y creencias en cuanto que, según él, las ideas se tienen, y en las creencias se está. Cortazar, en este sentido, es una creencia. En Cortazar se está. Hoy, igual quien comienza a dar sus primeros pasos literarios, como quien camina con una incierta seguridad, busca al avanzar, así lo creo, la mano cercana de Cortazar. Volver a él sea quizá como repasar el significado y el valor de las propias creencias, reconocer dónde, como lector o como escritor, se está. Por eso en cualquier momento es bueno y terapéutico Cortazar. Así que ¿Por qué no este otoño? Es ya una cuestión de apetencia el haber escogido aquí “Queremos Tanto a Glenda”.

 

El contenido de la colección:  Orientación de los gatos, Queremos tanto a Glenda, Historia con migalas, Texto en una libreta, Recortes de prensa, Tango de vuelta, Clone, Graffiti, Historias que me cuento y Anillo de Moebius. Son diez cuentos magistrales con los que volver al otoño, aun sin haberse alejado nunca de él.

 

David Condés es politólogo, cuentista amateur y autor del blog “Peter el Rojo”, espacio dedicado a algunas esquinas del mundo de la literatura, especialmente del relato breve, y, puesto que no puede ser de otra manera, la política como parte indisociable de cualquier manifestación humana.

 

 




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