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Está de moda considerar a Benet como un autor plúmbeo, continuador y creador de una tradición provinciana y elitista, que premiaba excesivamente los alardes formales y despreciaba olímpicamente al lector. Tal vez muchas de sus obras se ajusten milimétricamente a tan popular cliché, pero no “Una tumba” y “Numa”. Son dos relatos excepcionales, que demuestran el dominio de Benet sobre el género y, sobre todo, que podía modular a su antojo la distancia que mantenía con su querido, y con frecuencia desquiciante, oximorón. Es una pena que no utilizara el autocontrol con más frecuencia. En ambos relatos realiza un profundo estudio sobre dos de sus sentimientos más queridos: la espera y la perseverancia, que inevitablemente culminan en un honorable fracaso.
Descubrí a Benet hace unos quince años, de la mano de un viejo amigo, triste –o felizmente, eso nunca se sabe- alejado. El vigor poético de su prosa, tan ajeno a nuestra literatura, me deslumbró. Como todos los deslumbramientos continuados, terminó en ceguera y lentamente comencé a intuir sus debilidades: esa extraña manía por ocultar las peripecias y por exhibir su fortaleza estilística aun a costa de la propia obra. Leí Numa durante un viaje a Cáceres en autobús. Hacía mucho calor, tenía resaca y aunque las reflexiones del guardián sobre la importancia de su función, tan cercanas al absurdo, y la pausada evolución de la tumba me vencieran un par de veces nunca olvidaré –espero- la nitidez y contundencia del desenlace y la denodada insistencia del vigilante en el cumplimiento de su deber.
Recaredo Veredas es autor del libro de relatos “Pendiente” y del manual de escritura “Cómo escribir un relato y publicarlo”. Fue profesor de creación literaria en Escuela de Letras. Colaborador de “La tormenta en un vaso” y creador del blog “La línea recta”. Lector y corrector en numerosas editoriales.
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Todo esto es muy general y casi místico, lo sé; sin embargo, aplicado a Clarice Lispector funciona. La escritora brasileña escribió desde su sexo con exclusividad, y la región que logró alumbrar no es la de la sometida (entiendo lo de “sometida” en una doble acepción: la de la evidente y clásica esclava del marido, y la de la liberada mediante la asunción de roles masculinos), sino la de la libertad que pregona García Calvo, esa libertad ingobernable mediante las palabras (uno de los ejes de la narrativa de Lispector es precisamente el de los límites del lenguaje), y desde la que es posible vivir. Es decir: donde nadie arrebata el ser, ni lo categoriza.
Por lo demás, los cuentos de Clarice Lispector son, salvo algunos pasajes de Cerca del corazón salvaje y Aprendizaje o el libro de los placeres, lo mejor de su obra.
Elvira Navarro nació en Huelva en 1978. Desde los dieciocho años reside en Madrid, donde se licenció en Filosofía por la Universidad Complutense. Ganó el primer premio de narrativa en el Certamen de Jóvenes Creadores del Ayuntamiento de Madrid en el año 2004, y entre 2005 y 2008 disfrutó de una beca del Ayuntamiento de Madrid y la Residencia de Estudiantes. La editorial Caballo de Troya publicó en marzo de 2007 su primer libro, La ciudad en invierno, por el que fue elegida Nuevo Talento Fnac.
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Heredero directo de Chéjov y Maupassant, el narrador peruano Julio Ramón Ribeyro logró urdir a lo largo de su precaria existencia una admirable colección de cuentos sobre el fracaso que dio en llamar La palabra del mudo, en homenaje a quienes carecen de voz propia y deambulan como espectros por los márgenes de la realidad.
Sin duda, Ribeyro representa al escritor que uno querría ser: alguien desprovisto de vanidad, reacio a todo fulgor mediático, entregado con todas sus fuerzas a la composición de una obra emocionante y lúcida. Relatos como Silvio en El Rosedal, La juventud en la otra ribera o Sólo para fumadores merecen un silencioso aplauso de interminable duración.
Javier Puche es licenciado en Filología Hispánica. Ha trabajado como corrector de estilo, como crítico musical y como guionista de televisión. Sus cuentos han sido publicados en diversas revistas y antologías. Mantiene un blog literario llamado Puerta Falsa, dedicado principalmente a la ficción ultrabreve.
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En la actualidad se puede conseguir en la edición de bolsillo de Punto de Lectura, en la colección que sacó Alfaguara en 2004, coincidiendo con el 20 aniversario de su muerte, o integrado en colecciones de Cuentos Completos de Cortázar. Lo leí cuando tenía 14 años y me jodió la vida. Por suerte, creo. Cuentos como “La noche boca arriba” me envenenaron con la convicción de que había otras formas de narrar. Otros, del mismo libro, como “Continuidad de los parques”, me demostraron que las paradojas no sólo funcionaban en los relatos de ciencia ficción que por entonces yo leía sin discriminar, al peso y con esa persistencia de mula que sólo tienes a los 14. Casi cada cuento de ese libro (lo leí unas diez veces el mismo verano), me fue abriendo ventanas para lo que ya quería hacer. Y al mismo tiempo me asustaban esas ventanas, porque me hacían pensar que nunca podría hacerlo tan bien. Hablando de ventanas, mi cuento inolvidable de ese volumen es “No se culpe a nadie”, el del tipo que se pone el jersey y siente que al salir las manos por las mangas serán las de un monstruo. (No cuento más por si alguien no lo ha leído) Todavía hoy, 34 años más tarde, cuando llega el invierno y me pongo un jersey, siento durante unos segundos la misma inquietud: ¿Qué saldrá del otro lado?