Masacre en los jardines


EL CUENTISTA DICE, AL CUENTISTA LE DICEN
Abril 12, 2008, 10:32 am
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Ni lo intentes con Hojas de Creamshave (1). Pasan de leérselo / Así que cuentos… ¿para niños? / El día que Aenpunto publique a alguien de menos de sesenta tacos, abriremos una botella de champán / “Hola, me llamo G. Y soy cuentista”. “Hooooola, G” / ¿Cuartillas de crema? ¿Apostar por nuevos talentos? Desengáñate, llevan siete años viviendo de los autores que sacaron en esa antología/ ¿De veras soportas los decálogos, dodecálogos y suputamadrecálogos? / ¿Relatos? Pero eso es como la poesía, ¿no? / Te has vendido a la novela, infraser. No queremos verte la jeta por nuestro selecto club/ Ese cuento apesta a taller / Deja de imitar a Quim Monzó / He pedido Velocidad de los jardines (blasfemia entrecortada) y me han mirado como si fuera tuberculosa / Sí, fui decimoquinto accésit en Calasparras. Vaya mierda de cuento que ganó, ¿eh? / El cuento entraña mayor dificultad que la novela/ Yo sólo escribo novelas para descansar de los cuentos / Una colección de relatos que augura grandes frutos para este joven autor… / Como me has pedido que publique algo, tenía por ahí estos cuentos…/  He quemado los relatos de verano de El País. Dios mío, esa gente debería ser gaseada

* Pues sí, los nombres tienen truco. Leer Masacre es más entretenido que los crucigramas.

* Si como lectores, escritores de cuentos o ambas cosas recuerdan alguna sentencia de similar bizarrismo, nos la pueden enviar y la añadiremos gustosamente.

* Hemos buscado en google la palabra “cuentista” para ilustrar la entrada con alguna foto. La primera imagen que aparece es una mujer introduciéndose un objeto pequeño en esa zona que ha dado tanta literatura.


Homeland: los mil hogares de John Cheever.
Marzo 28, 2008, 12:41 pm
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 New yorker 

Francis Scott Fitzgerald tenía muy claro en el Gran Gatsby que el hogar no existe, o al menos es una fiesta cuyos invitados van a marcharse (a otra fiesta mejor) de un momento a otro. O que es una fiesta en la que es posible que llegue un día en el que ya no estés invitado.  ¿Soluciones? Pocas, así a bote pronto.

J.D. Salinger, seguidor confeso de Fitzgerald, ya nos enseñó que ninguna parte es, sorpresa, ningún lugar. Y mientras Kerouac se lanzaba a la crónica de una generación sin rumbo (¡y sin todavía una guerra, que Corea estaba por venir!), John Updike le escribió una coda deliciosa. O al menos así me gusta pensar en Corre Conejo, como en una novela experimental.  No por lo que roba de Robbe-Griillet (un experimentalismo que podría traducirse en un prólogo narrando ¡un partido de béisbol! Nunca antes, ni siquiera después, su autor se sometería a tan loco tour de force) sino por lo que tiene de contemporánea. Está ese hogar por llegar. Harry “Conejo” Angstrom sabe que lo que le ocurre junto a Janice, novia de instituto deformada por la bebida y, tal vez, por el paso de los días, no tiene mucho de lo que sé como casa. Y Updike reserva hasta el final el principio de su, podríamos argumentar, kerouaquiana huida, en busca de nuevos sitios, aunque se traten de ningún hogar verdadero. Luego, Updike nos describió cómo Rabbit descubría que esta juventud sin juventud podía ser contagiosa y hasta terriblemente degenerativa. Las miles de acepciones de “ninguna parte”.

En este maremoto está John Cheever. En sus historias están los solitarios viajeros de Kerouac pero consumidos por la antiépica y seducidos por la exquisita y elegante decadencia italiana. Tampoco esquiva cierta contemporaneidad con el mejor Salinger, el cuentista abrupto que abrió una brecha demasiado perdurable con A perfect day for bananafish. No puedo pensar que todo Updike parte de ese cuento fantástico que es El Ladrón de Shady Hill (publicado en el New Yorker, magazine que compartían Updike y Cheever, cuatro años del debut novelístico del primero): un morador que consigue su gloria en ese momento en el que puede sentirse a sus anchas en los hogares del otro. El Voyeur Robbe-Grilletiano atrapado en el microcosmos del suburbio, ese lugar Dantesco —como nos enseñaría también Richard Yates— que con Vía Revolucionaria explicaba con todo lujo de detalles el rostro terrorífico que se esconde detrás de las casas con jardín que encandilaron a tantos espectadores en The Dick Van Dyke Show.

También de voyeurs con cierto tono profético habló Cheever en La Enorme Radio (publicado también en el New Yorker, en 1947) capaz de hablar con lucidez de entonces y también de ahora: “Son personas tan buenas ¿verdad? Tienen rostros tan amables.” La radio, empieza a emitir entonces la vida de los otros y lo que al principio es divertido para su matrimonio protagonista, Los Wescott, pronto deviene en adicción a la desgracia, esbozos mínimo de compasión, forma discreta de apartar la vista sobre la propia vida y jactarse de la ajena (¿acaso hay metáfora mejor del reality show?).

De repente, surgen las preguntas y ya conocemos su respuesta. “Somos felices ¿verdad?” 

POR ALVY SINGER 



VENGANZA, por Pepe Cervera.
Septiembre 28, 2007, 11:20 am
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Llegué hasta Jim Harrison hace unos cuantos años, a través de una crítica que firmó Carver en 1979 y en la que se apuntaba que Legends of the fall era un libro redondo, un tríptico capaz de iluminar nuestras propias vidas. Confieso que siento una inclinación tal vez excesiva hacia Raymond Carver. Durante mucho tiempo incluso rastreé sus lecturas para nutrirme de sus mismos gustos, y aunque en ciertas ocasiones —Barry Hannah, Grace Paley… — seguir sus consejos me ha ocasionado algún que otro sentimiento contradictorio muy próximo a la decepción, con el libro de Harrison, publicado por primera vez en España en 1981, he de reconocer que acertó de pleno. 

“Leyendas de otoño” reúne tres novelas cortas de una altura envidiable —la adaptación de una de sus historias, dirigida por Edward Zwick, con Brad Pitt y Anthony Hopkins en el reparto, se tituló “Leyendas de pasión”—, las tres apasionantes. La primera y la que yo prefiero se titula “Venganza” —aunque no la he visto porque Kevin Costner no es santo de mi devoción, sé que en 1990 protagonizó junto con Anthony Quinn la película cuyo argumento se basa en este relato—, y en ella el protagonista, Cochran, un ex piloto norteamericano de 41 años, hombre inteligente, temerario, mujeriego y seguro de sí mismo, se enamora como un colegial de Miryea, esposa de Baldassaro Méndez, más conocido como Tibey (tiburón), un mexicano cuya inmensa fortuna se apoya en el proxenetismo y la droga, y con quien Cochran ha establecido una reciente amistad. Esta es una historia intensa, ágil, rápida —la sucesión de acontecimientos posee un ritmo fulminante—, escrita con puntualidad cinematográfica, efecto potenciado sobre todo cuando el narrador se torna confidente y su voz adquiere una familiaridad a la que no podemos negarnos, confundiéndose con la de un amigo que te invita a situarte en un ángulo desde el cual se tiene mejor perspectiva de la escena, y allí, agazapados, seguir observando sin que nadie advierta nuestra presencia.     

“Ahora tenemos que alejarnos de los amantes y dejarlos descansar, aunque sea por un brevísimo instante. Posémonos en la repisa de la chimenea como un impasible grifo de ojos de piedra, porque es mejor tener ojos de piedra para ver lo que vamos a ver”.  

Los detalles enriquecen hasta tal punto las descripciones, son de tal precisión, que no resulta complicado visualizar el episodio que se está leyendo. En este sentido, a nuestra imaginación, se le ha facilitado el itinerario. Podemos dejarnos llevar, cerrar los ojos sin desconfianza, el autor nos conduce por el filo de un acantilado con paso seguro, siguiendo el rastro de una técnica narrativa que en ningún momento nos hará perder el equilibrio. Harrison acierta con la evolución de la historia —a excepción de un flashback que se inicia hacia la sexta página y finaliza treinta después, el relato posee una estructura lineal que nos impide abandonar su lectura hasta alcanzar la última palabra— y acierta con el diseño de los protagonistas, incluso en cada una de las ocasiones que estos son colocados al límite: Cuando Tibey descubre la infidelidad de su flamante amigo y su esposa, decide apalear al primero hasta darle por muerto y —a sabiendas que esta decisión será una de las que jamás le permitirán volver a conciliar el sueño— desfigurar el rostro de Miryea con un cuchillo y abandonarla luego en el peor prostíbulo de Durango.  

Cochran sobrevive y a partir de entonces su único propósito será matar a Tibey y rescatar a su amada. Los personajes se rigen por un código de honor atávico —es preferible morir que cargar con una afrenta— que tal vez carecería de credibilidad si la historia no se desarrollara en ese territorio fronterizo y salvaje que se sitúa entre México y los Estados Unidos. El antagonismo que se aprecia entre Cochran y Tibey es necesario cuando se trata de una historia entre buenos y malos, particularidad que podríamos considerar peligrosa por el abuso de tópicos que tal vez exija. No obstante las contradicciones que el autor atribuye a cada uno de los protagonistas consiguen alejarlos de esos lugares comunes para inyectar un componente seductor a su personalidad: —Matar a tus enemigos produce un placer justo y adecuado—. Llegado el momento ninguno de los dos encuentra el valor para matar al otro. O no se trata tanto de valor como del profundo respeto que ambos se profesan. Tibey acabará por reconocer que el amor de Miiryea pertenece a Cochran. 

La escena con que se inicia “Venganza” describe de forma cruenta a un hombre inconsciente y desnudo que se desangra al sol entre la maleza de un denso chaparral. Tiene un pómulo aplastado, el brazo izquierdo roto, los testículos reventados y dos costillas fracturadas. Se encuentra al borde del coma. Los buitres lo acechan, esperan con paciencia a que expire para repartirse la carroña.  ¿Quién no se ha imaginado en alguna ocasión a la muerte como un espectro con capucha portando una guadaña? ¿Quién no se la imagina como una fea y desdentada calavera? Bien, pues una vez acabado el primer párrafo de “Venganza” —no más de treinta líneas— cualquiera podrá imaginar que la muerte posee un rostro del que no resulta difícil enamorarse, cualquiera empezará a convencerse de que la barbarie descrita con tal capacidad también puede resultar atractiva, y empezará entonces a preguntarse qué demonios ocurre en este país para que un autor como Jim Harrison (1937, Grayling, Michigan; autor de siete libros de poesía, tres colecciones de relatos, seis novelas)  pase totalmente desapercibido.

Pepe Cervera (Alfafar -Valencia - 1965) es autor de El tacto de un Billete Falso, libro de relatos publicado recientemente por la editorial Denes. Su trayectoria ha sido reconocida con diversos premios literarios, entre otros, el Premio Miguel Hernández de Poesía, convocado por la Generalitat Valenciana (1989); o el Literatura breve de cuentos en 1992. Asimismo, ha sido finalista en el Concurso de Cuentos Ciudad de Villajoyosa (2007) y en el Concurso de Relatos Juan Martín Sauras (2007).

Ha publicado relatos en revistas de literatura como “Renacimiento”,  “El Coloquio de los Perros” o “Narrativas”.

Mantiene el blog http://eltactodeunbilletefalso.blogspot.com/