Han sido vistas las diligencias seguidas contra Don Rafael Reig y ha sido probado y así se declara como:
HECHOS PROBADOS
1-. Que D. Rafael publicó hace tiempo un flatulento artículo sobre el cuento titulado El tamaño sí importa en la web de Lengua de trapo. Ítem más: que dicho artículo consta de una serie de opiniones más que cuestionables (por su imbecilidad manifiesta, chorreo mental y confusión de meandros con querubines y enanos de jardín), amén de tratar con sorna indigna a una serie de escritores de los que, afortunadamente, nunca llegará a oler ni la mitad de su talento.
2-. Que D. Rafael, aún expresando su docta opinión, demuestra una más que notable falta de lecturas cuentísticas, a tenor de su cabal y erudita clasificación de los tipos de cuentos existentes (para este señor no parece haber más que estos ejemplos); territorios narrativos amplios que, sin la menor duda, ha estudiado muchas noches en vela y mediante litros de café, y que, parece dejar a entender, le escuecen cerca de la rabadilla y le causan pesadillas con Papas sodomizantes por las noches:
“Me provocan una gran incomodidad aquellos cuentos que adoptan un aire muy misterioso, sugerente o de gran intensidad dramática, todo ello por el sencillo expediente de escamotearnos algún elemento. El autor nos cuenta la consecuencia de una causa que el muy cuco se guarda en el último cajón de su escritorio. Hay una conversación telefónica, por ejemplo, pero como en realidad no sabemos a qué narices se refiere ni qué rayos ha podido pasar, todo suena rimbombante, lírico, ominoso, lo que le dé la gana al trapacero escritor o al lector papanatas”.
“Peor todavía son los cuentos que se basan en un juego de palabras, un malentendido, un malabarismo conceptual y otros recursos tan fáciles como vistosos. El tipo de cuento en el que se relata una historia de amor contada a través de un atestado policial o un caso policiaco a través de un intercambio de e-mails. ¡Qué ocurrencia tan pistonuda, oiga, de verdad que sí!”
“Detesto con todas mis fuerzas los cuentos cuya gracia está toda en el final. Esa clase de cuentos que llevan incorporada una tecla de “auto-reverse”, que te obliga a rebobinar: ¡Oh, ah, pero si todo está contado desde el punto de vista de un calcetín guardado en el cajón! ¡Cáspita, si resulta que ya estaba muerta desde el principio! ¡Carambolas, pero si la víctima del crimen es el propio narrador! Todo esto me parece francamente pueril, habilidades manuales, prestidigitación, un truco que no deja de serlo por muy bien hecho que esté“.
“¿Y qué decir de las visitas a los clásicos, vueltas de tuerca y otras lindezas? Esos cuentos que le dan la vuelta a una historia de Kafka como si fuera un calcetín o en los que aparece el mito clásico contado desde otro punto de vista o en otro tiempo, pongamos por caso, el viaje de Ulises narrado por Penélope, sólo que Ulises es representante de productos farmacéuticos”.
En Masacre en los jardines nos preguntamos, por ejemplo, cómo le molesta tanto a este señor esa revisión de los motivos literarios clásicos en un tiempo distinto si tan gustoso ha aceptado hacer uno para 451 editores y su nueva colección 451 Re: ¿Será un chaquetero? ¿Un murmogallo? ¿Un linfapelos? ¿Las opiniones le vendrán tan cambiantes como viene la primavera, el precio de pan o el cometa Halley? Y ya atendiendo a su inteligentísima clasificación de los tipos de cuentos existentes en la larga tradición (como si en el cuento o la novela esencialmente literaria —dejamos de lado que este señor confunde género con literatura— hubiera tipos, recetas de cocina o dietas de endocrino), el señor Reig debería saber que esos mismos ejemplos, para cualquier tipo medianamente avispado suelen responder a balbuceos de principiante o ejercicios desengrasantes de taller de literatura para neófitos. Los cuentistas consagrados, con sus excepciones, a partir de los primeros buenos cuentos han dejado atrás los falsos malabarismos y las revisiones “grasiosas”. Relatan, señor Reig, no rezan a Onán ni insultan a su lector con tonterías.
3-. Que dicho artículo contiene una serie de sentencias que moverían a cualquier buen lector a la risa, pena y oficiosa opinión al respecto (“Mamá -diría el buen lector- este señor es carne de cotolengo”). Esto es:
“El problema viene de que los cuentos se proponen ser brillantes o ingeniosos. Brillo literario o ingeniosidad conceptual.” “Los cuentos los protagoniza siempre su autor, que nos impone su ingenio y su brillantez —una cosa malísima, señor Reig, oiga, leer a alguien brillante—. Por eso, en mi opinión, nada más parecido a un cuento de Chejov que cualquier otro cuento de Chejov. O Borges y otro cuento de Borges. O Quiroga o Carver o Cortázar o Monterroso o el sursuncorda”
El señor Reig, sin duda buen conocedor de la literatura, está por tanto diciendo que, en contra de la natural y necesaria opción de los verdaderos escritores de expresar un mundo personal y la forja de un estilo (y la consecuente elección del lector de decidir si le gusta o no), es mejor narrar por una mera función mecánica y adocenarse como las patatas revenidas. ¡Que el escritor desaparezca! Oh, qué bonito parecido con los fontaneros, fabricantes de cubos de playa y moldes para figuritas de Lladró. ¡Hay que ausentarse en el texto, como los padres huidos a por tabaco! ¡Borrar el estilo! ¡Parecerse a todos los demás! ¡Como la novela es más larga y suplanta al mundo, es mejor, muchachote! Le recomendamos a D. Rafael que revise lo que él entiende por “obra póstuma”. Es más, tras una azotaina inmisericorde, insistimos en señalarle que piense en quién pasará a la historia por sobrados motivos: ¿Cortázar, Borges, Felisberto Hernández, Donald Barthelme, Katherine Mansfield, Richard Ford, Raymond Carver, Quim Monzó, Ray Bradbury y larguísimos etcéteras, o él? Parafraseando a Valle a nuestro aire: a ver si no resulta ser este tipo la deformación grotesca de algo.
4-. Que pese a su más que gratuita, faldera e ignorante perorata, el señor Reig escribe cuentos y así los ha publicado en una antología de su editorial: Contar las olas. Ítem más: que dicho cuento, titulado Las ganas de vivir, debería pasar a los anales de lo peor escrito jamás, por añoñante, tintadito de rosa, chulienvuelto y heredero directo de los primorosos y narcotizantes telefilms de Antena 3. Un resumen: padre amantísimo sin ganas de vivir y con cáncer terminal acaba su vida viviendo con varios ecuatorianos pobres y sin papeles, que le consuelan en un piso diminuto, sucio cual letrina, y le dan a sorber leche calentita en sus últimos estertores. D. Rafael ya podía haber incluido en su narración (por rellenar que no quede) que la hija del protagonista se hizo puta, su chulo la pegaba, fue contagiada de sida y nunca recibió el billete premiado en la lotería que su padre le dejó antes de morir. “Están verdes”. Esta opinión sobre sus propios cuentos la hemos sacado de su artículo, señor Reig, como bien recordará. Y puesto que no le gustan y, además, tiene serias limitaciones para escribirlos, no entendemos por qué acepta estos encargos.
FUNDAMENTOS DE DERECHO
Los hechos probados son constitutivos de un delito de verborrea idiotizante, chaqueterismo al mejor postor, ignorancia supina de la tradición cuentística y severa necesidad de Barrio Sésamo, con atención especial a las lecciones de Coco. “Desde que se puso de moda eso de que el tamaño no importa, es políticamente incorrecto decir que uno prefiere las novelas a los cuentos”. Si usted mayoritariamente ha escrito novelas, Don Rafael, es lícito decir que las prefiere. Dudamos seriamente que sus amigotes le miren mal por afirmar una cosa como esa (nosotros no le lanzaríamos esta jaculatoria si se limitara a opinar con respeto), pues los términos y chascarrillos de tasca de su artículo dejan claro en qué posición se encuentra cada cual. Y le corregimos por el bien común y el honor de los que nos dedicamos a la narración corta: el cuento goza de prestigio histórico, no eventual; amén de, por su extensión, ser campo abonado para la experimentación fructífera y el ensayo de nuevos modos de narrar, cosa que, en la novela y los términos de lo social y lo editorial que sufrimos, ahora es bastante inviable. Es más: las prácticas editoriales lesivas y maximizadoras del beneficio han ocasionado eso que usted considera una grandísima ventaja: “Los cuentos tienen a su favor que apenas se venden y gozan de la malevolencia de los editores: ¡miel sobre hojuelas! He aquí, señores, un artefacto literario realmente distinguido, a años luz de esas adocenadas novelas que gustan a cualquiera; un producto refractario al mercado, el auténtico favorito de los verdaderos gourmets”. Gran ventaja esa, señor Reig, está claro: la dificicultad de edición por imposición de los términos del mercado, aún cuando la calidad es incuestionable. Está usted que lo tira. Sin embargo, no es nuestro problema (solo el suyo, y su conciencia) que no conozca bien el movimiento en el cuento español que de unos años a esta parte viene dándose con fuerza en terrenos periféricos. Como usted ha leído poco cuento, y está más que probado que una falta de apuesta condiciona un público, le pedimos que cese las gratuidades. No pondremos en duda sus novelas, que seguramente tampoco le dan de comer, así que chanzas las justas. ¿Cree al lector medio tan inteligente como para realizar una búsqueda, una indagación, si no puede ver el libro en una mesa —no decimos ya en el centro de la librería, sino en una mesa que exista y se pueda tocar—?). ¿Qué necesidad hay, señor Reig, de hablar con sorna de una realidad editorial que impone serias desigualdades entre unos y otros para acceder al lector? El tono combativo de este caso, suponemos, le impedirá pensar en la palabra respeto para próximas declaraciones y discursos. Entenderá usted que en esos términos de desprecio, en Masacre nos mueva usted a la compasión y así le respondamos.
ACORDAMOS
Que debemos condenar y condenamos a D. Rafael, como autor de los delitos anteriormente citados, a la pena de apuntarse a un taller de escritura para preadolescentes y empezar a practicar esos mismos cuentos que, dice, son los únicos posibles, a fin de convecerse de que hay vida más allá de lo que una paja mental de viernes le ha sugerido sobre el noble arte del relato. Para empezar su adiestramiento, sugerimos los temas: Binomio fantástico (Escritor con bigote + pene gigantesco y furioso que arrasa Osaka); o El punto de vista (alguien descuartiza a un escritor con una sierra mecánica y lo deja todo perdido. Al final resulta ser su propia novela, que había cobrado vida y declara muy ufana a los agentes: “Es que no paraba de escribir gilipolleces encima de mí”.).
Así lo pronunciamos, mandamos y firmamos,
Los miembros de Masacre