Masacre en los jardines


El retorno del pagafantas

¡Ostiaputaabelenpastores!

Sorprendidos estamos. No hemos podido comernos el pastel de alacranes venenosos que estábamos preparando de la emoción que nos embarga en este instante religioso y epifánico.

Fuentes muy cercanas y fiables han proporcionado a Masacre nuevos datos que harán las delicias de las abuelas, las tías de provincias y los más pequeños de la casa. Reproducimos aquí párrafos del cuento titulado “La Soledad de las palmeras”, de Oscar Alonso Álvarez, finalista del Premio de Relatos Ciudad de Marbella. Nuestra abuela lo llama “intertextualidad cariñosa”, pero es que está muy mayor. Otro plagio de “Las Interioridades”, de Félix Palma (Ed Castalia, 2002) aún más torpe.

“Conocí a Ramiro Laiseca en la consigna del aeropuerto de Barajas, y francamente, al principio su aspecto descuidado de alimaña acorralada en su propia guarida, no me resultó muy amistosos. Yo había ido a dar allí por casualidad y lo último que esperaba al abrir la cancela de la taquilla 49 era encontrarme el cuerpo de un hombre austeramente plegado sobre sí mismo como una silla de playa. Después de unos segundos de desconcierto inicial, me hizo gestos nerviosos con la mano para que entrara en aquella angostura o cerrara la puerta de nuevo porque se estaba escapando el calor del mediodía. Nunca antes me había encontrado con nadie en una taquilla para equipajes así que obedecí”.

“Laiseca me fue explicando con abierto orgullo de huésped experimentado que todo era una cuestión de racionalizar el espacio, evitar los lujos superfluos a los que la gente se había atado y regresar a los pequeños placeres de la vida doméstica”.

“En aquella amistad provisional del primer día, a golpe de cigarrillo fui completando…”

Mención aparte merece el desarrollo de este otro plagio mal camuflado, donde el ecuestre y pedestre Oscar, una vez más, habla de la variopinta fauna que vive en las taquillas, compañero de universidad incluido y gozosamente encontrado por el protagonista años después. La desfachatez máxima consiste en terminar el cuento de idéntica manera a la que lo hace Félix J. Palma en Las interioridades.

“Llegué a la conclusión de que yo carecía del espíritu necesario para la vida en los armarios. No era digno de ella. Debía abandonar lo único que me hacía soportar mi existencia. Afortunadamente, existía otra alternativa. Bajo la cama de Julia Cuevas no se estaba mal del todo. El suelo era de cálida madera de haya y el somier se encontraba lo bastante alto como para que, al moverse, apenas descendiera sobre mi nariz. Allí conocí a Gómez. Era la primera vez que me encontraba con alguien debajo de una cama y, francamente, el verlo allí tumbado cuan largo era, limpiándose la cara de pelusas y evitando hacer demasiado ruido al utilizar el orinal, no hacía presagiar el comienzo de ninguna gran amistad”. 

Las interioridades, Félix J. Palma, Ed. Castalia, 2002

“Las estrecheces de la consigna no estaban hechas para un tipo como yo. Fue una locura de juventud. Es lo que me digo reconfortado cada noche antes de dormirme, cuando finalmente cierro los ojos y consigo plegar mis escualidad piernas contra las paredes de este desportillado buzón”.

La soledad de las palmeras, Oscar Alonso Álvarez, finalista del Premio de Relato Corto Ciudad de Marbella.

Desde Masacre en los Jardines animamos a que si, con suerte, cualquier entidad convocante de premios advierte que, por desgracia, en el pasado ha otorgado algún galardón a este señor por alguno de estos cuentos (“La soledad de las Palmeras”,Terapias” o algún título similar), nos lo haga llegar para hacerlo público.

Seguiremos informando.



Pagafantas en la viña del Señor

¡Ostias y Cristos! ¡Sátrapas! ¡Plutones!

En Masacre hoy queremos felicitar efusivamente a Félix J. Palma, insigne cuentista patrio -y admirado en este templo de mala leche y poción mágica-, por un reciente logro que está lejos de ser baladí. Sabemos por ciertas informaciones que más de uno y más de dos mamíferos concurseros han imitado su estilo con desigual pericia, pero el último caso es carne de cotolengo. El cuento premiado en  el pasado Premio Fernández Lema, uno de los más importantes que da la Institución y Madre Literaria de esta nuestra Iberia, es un plagio cagabancos, torpe, falaz y montopronto de su famoso cuento, Las Interioridades (Ed. Castalia, 2002). Nuestras felicitaciones para ti, Félix. Además de ser un referente del cuento, pasarás a los anales de la cuentística española por tener una estela más que nutrida de epígonos patosos.  Y para muestra, varios mordisquitos. No se vayan a la cama sin su ración de regaliz y porra de goma. 

“Conocí a Moncada en el armario de Silvia Pizarro. Era la primera vez que me encontraba con alguien dentro de un armario y, francamente, el verlo allí encogido, con el rostro medio cubierto por los faldones de una gabardina y tratando de no quemar nada con el cigarrillo, no hacía presagiar el comienzo de ninguna gran amistad. Pero así ocurrió. Una vez superé la tensión inicial y asimilé lo extraordinario del encuentro, Moncada y yo entablamos una conversación que si bien al principio resultó algo tópica, como esas que se mantienen con los barberos o los taxistas, no tardó en interesarnos. Dado que él ya se encontraba allí cuando yo llegué, Moncada asumió el papel de anfitrión de un armario que a ninguno de los dos pertenecía. Con una carta de amor que encontró en una caja con forma de corazón que no le dejaba estirar los pies, fabricó un cenicero, y luego me ofreció tabaco.”

Las interioridades, Félix J. Palma, Ed. Castalia, 2002

“Conocí a Julián Valdivieso un martes por la tarde en los alrededores de La Casa de Campo. Él estaba posado con displicencia sobre los restos de un viejo cable de teléfonos y, francamente, al principio su descuidado aspecto de alimaña desvalida, no me resultó muy amistoso. Yo había ido a dar allí por casualidad y lo último que esperaba al aparcar mi coche junto a la cuneta para orinar, era mirar hacia arriba y encontrarme a cinco metros de altura el cuerpo remiso de un hombre austeramente plegado sobre sí mismo como un gorrión, mirándome. Después de unos segundos de desconcierto inicial, en los que ninguno de los dos acertó a decir nada, me hizo gestos nerviosos con la mano para que subiera a su atalaya o me largara porque le estaba espantando la caza. Nunca antes me había encontrado con nadie posado tranquilamente sobre un cable como un funambulista sin público; ni había sido testigo de esa destreza para esquivar los designios de la gravedad como quien se remueve bajo las sábanas para retomar un último sueño; y por supuesto, nunca antes en mi vida me había topado con un hombre con alas. Así que, por si acaso, obedecí con el fervor de un monaguillo. Mi impericia inicial para mantener el equilibrio sobre aquella menguada superficie y el viento que soplaba a rachas del norte hicieron que diera con mis huesos en el suelo media docena de veces antes de conseguir cierto virtuosismo en el alambre. Entonces Julián Valdivieso se ahuecó la gabardina con un gesto de versado gavilán, plegó las alas, me ofreció un cigarrillo y enseguida comprendí que no estaba delante de un tipo cualquiera, sino ante un experto equilibrista que había conseguido crear un hospitalario hogar en aquel minúsculo limbo a merced de la naturaleza.”  

Terapias, Oscar Alonso Álvarez, Premio Fernández Lema 2007

“Moncada era un hombre experimentado en estas lides, una especie de sobreviviente de la espera. Como aquel armario no disponía de luz interior, le fui completando el rostro a golpe de mechero. Entre cigarrillo y cigarrillo, la llama del encendedor limpiaba de sombras un semblante anguloso, casi equino, donde relucían dos ojos negros y profundos en cuyo fondo parecía palpitar un furor aquietado, como una bala en la recámara. Era aquel brillo vagamente turbador el que evitaba que su rostro pudiera plasmarse en los cuadros de las iglesias, a los que un cabello rizado como el algodón de azúcar y unos labios infantiles parecían predestinarlo. En un momento de la velada, Moncada me pidió disculpas, extrajo un teléfono móvil de su chaqueta y se giró en lo posible, rebañando cierta intimidad en aquel universo ya de por sí bastante íntimo. Le oí hablar con su mujer, con quien cruzó un par de palabras que no logré entender antes de abandonarse a una letanía de arrumacos y embelecos tan infantiles que me hicieron creer que su cónyuge sufría algún tipo de discapacidad síquica, para después comprender que la mujer debía haberle pasado el auricular a su hijo”. 

Las interioridades, Félix J. Palma, Ed. Castalia, 2002

“En aquella amistad provisional del primer día, a golpe de cigarrillo fui completando la ornitológica imagen de Julián Valdivieso. Rondaría los cuarenta años. Su rostro pálido como una cebolla, prematuramente envejecido, la frente agostada y sus ojos negros de picaza me decían que estaba en presencia de un hombre triste; tal vez un ejemplar de una nueva especie en franca expansión por el mundo; también fui descubriendo que había sido técnico informático en una gran empresa, que había estado casado y que tenía dos niñas en algún lugar de Madrid. Frente a la luciérnaga de su cigarrillo, adiviné la fotografía de dos caritas con ojos chispeantes y pelo rubio ensortijado que sonreían a la cámara, y a su lado una mujer joven de mirada serena”. 

Terapias, Oscar Alonso Álvarez, Premio Fernández Lema 2007

“Tras ese primer encuentro, sin embargo, ya nada fue igual. Durante aquellas horas de charla, con los cigarrillos revoloteando como luciérnagas sobre el sentimental cenicero, Moncada me había confesado que, aparte del armario de Silvia Cotrina, él solía frecuentar otros. Y no le importó compartir conmigo sus descubrimientos. Me cantó las excelencias del armario de Elsa Puche, que me recomendó por lo acertado de su tamaño, unas dimensiones cálidas y confortables que parecían diseñadas expresamente para el disfrute de los hombres que se adentraban en su interior; me advirtió sobre el de Verónica Alonso, un vestidor enorme en el que uno se sentía desamparado, como precipitado al vacío, pugnando inútilmente por alcanzar su fondo o sus paredes. Entre calada y calada, me habló del de Carolina Pozo, tan oscuro y profundo como su apellido; del de Fátima Rivera, que olía a lavanda y flores secas; del de Leticia Burgos, henchido por la humedad. Me habló también del de Sonia María de la Cruz, que se movía insinuante al compás de tus movimientos, debido a la cojera de una de sus patas; del de Pilar Collado, que no podía contener un gemido de dolor cada vez que alguien se internaba en él, a causa de sus bisagras mal engrasadas; del de Yolanda Noriega, siempre tórrido y supuroso debido a la caldera que palpita al otro lado de la pared; del de Cristina Eugenia Ovejero, un armario virginal, que debido a una mudanza eternamente pospuesta, todavía atesoraba ese olor tan incitante de lo que aún está por estrenar; del de Virginia Ballesteros, que a pesar de su edad se antojaba tan imberbe como el de una niña, empapelado de un rosa pubescente y en cuyo fondo se apretaban los peluches que desterraba de su cama cuando recibía visita”.

Las interioridades, Félix J. Palma, Castalia, 2002 

“A partir de aquel día las cosas ya no fueron lo mismo para mí. Nunca imaginé que pudiera existir una raza de hombres con alas, alas de cóndor, alas de paloma, alas de buitre, alas de lechuza como las mías: ideales para el ataque nocturno, alas de alimoche, alas para la delación, para los malos augurios, incluso inútiles alas de gallina

[…]  No obstante, pronto averigüé por el propio Julián Valdivieso, que no era el único inquilino de aquellas alturas provisionales. En la azotea del edificio de Correos vivían desde hacía varias semanas los seis miembros de una familia de inmigrantes rumanos de piel cetrina que se ganaban la vida en la calle Recoletos fingiendo monstruosas malformaciones a los viandantes y que por la noche, en castrense orden de retreta, regresaban felices con el preciado botín de la piedad ajena para ocupar las angosturas de su cubil provisional; Sobre la torre de RTVE habitaba una joven estudiante de Biología, Verónica Carro, cimbreante y sensual como una grulla, a la que Valdivieso había invitado varias veces a pasar la tarde tomando café en su nido de Cazorla. En la cubierta del Santiago Bernabeu, un melenudo batería de un grupo de heavy-metal que respondía por Ángel Arregui y volaba como un estornino, le suministraba algo de hierba cuando la nostalgia le suplicaba un reposo. O en las torres KIO, que estaban ocupadas desde hacía varios años por el séquito de un viejo de costumbres hurañas y porte de gárgola románica que decía ser descendiente de un monarca europeo -el marqués del Guano, le apodaba Valdivieso- y que sólo esperaba el momento de recuperar lo que le pertenecía por ley y salir a la luz. La lista de tan curiosa caterva de inquilinos continuaba hasta hacerse abrumadora”.

Terapias, Oscar Alonso Álvarez, Premio Fernández Lema 2007

Pueden seguir leyendo el cuento plagiado en la web del Premio.



Rafael Reig, capullito de alhelí
Septiembre 18, 2007, 3:51 pm
Guardado en: Al paredón

Han sido vistas las diligencias seguidas contra Don Rafael Reig y ha sido probado y así se declara como:

HECHOS PROBADOS

1-. Que D. Rafael publicó hace tiempo un flatulento artículo sobre el cuento titulado El tamaño sí importa en la web de Lengua de trapo. Ítem más: que dicho artículo consta de una serie de opiniones más que cuestionables (por su imbecilidad manifiesta, chorreo mental y confusión de meandros con querubines y enanos de jardín), amén de tratar con sorna indigna a una serie de escritores de los que, afortunadamente, nunca llegará a oler ni la mitad de su talento.

2-. Que D. Rafael, aún expresando su docta opinión, demuestra una más que notable falta de lecturas cuentísticas, a tenor de su cabal y erudita clasificación de los tipos de cuentos existentes (para este señor no parece haber más que estos ejemplos); territorios narrativos amplios que, sin la menor duda, ha estudiado muchas noches en vela y mediante litros de café, y que, parece dejar a entender, le escuecen cerca de la rabadilla y le causan pesadillas con Papas sodomizantes por las noches:

Me provocan una gran incomodidad aquellos cuentos que adoptan un aire muy misterioso, sugerente o de gran intensidad dramática, todo ello por el sencillo expediente de escamotearnos algún elemento. El autor nos cuenta la consecuencia de una causa que el muy cuco se guarda en el último cajón de su escritorio. Hay una conversación telefónica, por ejemplo, pero como en realidad no sabemos a qué narices se refiere ni qué rayos ha podido pasar, todo suena rimbombante, lírico, ominoso, lo que le dé la gana al trapacero escritor o al lector papanatas”.

Peor todavía son los cuentos que se basan en un juego de palabras, un malentendido, un malabarismo conceptual y otros recursos tan fáciles como vistosos. El tipo de cuento en el que se relata una historia de amor contada a través de un atestado policial o un caso policiaco a través de un intercambio de e-mails. ¡Qué ocurrencia tan pistonuda, oiga, de verdad que sí!

Detesto con todas mis fuerzas los cuentos cuya gracia está toda en el final. Esa clase de cuentos que llevan incorporada una tecla de “auto-reverse”, que te obliga a rebobinar: ¡Oh, ah, pero si todo está contado desde el punto de vista de un calcetín guardado en el cajón! ¡Cáspita, si resulta que ya estaba muerta desde el principio! ¡Carambolas, pero si la víctima del crimen es el propio narrador! Todo esto me parece francamente pueril, habilidades manuales, prestidigitación, un truco que no deja de serlo por muy bien hecho que esté“.

“¿Y qué decir de las visitas a los clásicos, vueltas de tuerca y otras lindezas? Esos cuentos que le dan la vuelta a una historia de Kafka como si fuera un calcetín o en los que aparece el mito clásico contado desde otro punto de vista o en otro tiempo, pongamos por caso, el viaje de Ulises narrado por Penélope, sólo que Ulises es representante de productos farmacéuticos”.

En Masacre en los jardines nos preguntamos, por ejemplo, cómo le molesta tanto a este señor esa revisión de los motivos literarios clásicos en un tiempo distinto si tan gustoso ha aceptado hacer uno para 451 editores y su nueva colección 451 Re: ¿Será un chaquetero? ¿Un murmogallo? ¿Un linfapelos? ¿Las opiniones le vendrán tan cambiantes como viene la primavera, el precio de pan o el cometa Halley? Y ya atendiendo a su inteligentísima clasificación de los tipos de cuentos existentes en la larga tradición  (como si en el cuento o la novela esencialmente literaria —dejamos de lado que este señor confunde género con literatura— hubiera tipos, recetas de cocina o dietas de endocrino), el señor Reig debería saber que esos mismos ejemplos, para cualquier tipo medianamente avispado suelen responder a balbuceos de principiante o ejercicios desengrasantes de taller de literatura para neófitos. Los cuentistas consagrados, con sus excepciones, a partir de los primeros buenos cuentos han dejado atrás los falsos malabarismos y las revisiones “grasiosas”. Relatan, señor Reig, no rezan a Onán ni insultan a su lector con tonterías.

3-. Que dicho artículo contiene una serie de sentencias que moverían a cualquier buen lector a la risa, pena y oficiosa opinión al respecto (“Mamá -diría el buen lector- este señor es carne de cotolengo”). Esto es:

El problema viene de que los cuentos se proponen ser brillantes o ingeniosos. Brillo literario o ingeniosidad conceptual.” “Los cuentos los protagoniza siempre su autor, que nos impone su ingenio y su brillantez —una cosa malísima, señor Reig, oiga, leer a alguien brillante—. Por eso, en mi opinión, nada más parecido a un cuento de Chejov que cualquier otro cuento de Chejov. O Borges y otro cuento de Borges. O Quiroga o Carver o Cortázar o Monterroso o el sursuncorda

El señor Reig, sin duda buen conocedor de la literatura, está por tanto diciendo que, en contra de la natural y necesaria opción de los verdaderos escritores de expresar un mundo personal y la forja de un estilo (y la consecuente elección del lector de decidir si le gusta o no), es mejor narrar por una mera función mecánica y adocenarse como las patatas revenidas. ¡Que el escritor desaparezca! Oh, qué bonito parecido con los fontaneros, fabricantes de cubos de playa y moldes para figuritas de Lladró. ¡Hay que ausentarse en el texto, como los padres huidos a por tabaco! ¡Borrar el estilo! ¡Parecerse a todos los demás! ¡Como la novela es más larga y suplanta al mundo, es mejor, muchachote! Le recomendamos a D. Rafael que revise lo que él entiende por “obra póstuma”. Es más, tras una azotaina inmisericorde, insistimos en señalarle que piense en quién pasará a la historia por sobrados motivos: ¿Cortázar, Borges, Felisberto Hernández, Donald Barthelme, Katherine Mansfield, Richard Ford, Raymond Carver, Quim Monzó, Ray Bradbury y larguísimos etcéteras, o él? Parafraseando a Valle a nuestro aire: a ver si no resulta ser este tipo la deformación grotesca de algo.

4-. Que pese a su más que gratuita, faldera e ignorante perorata, el señor Reig escribe cuentos y así los ha publicado en una antología de su editorial: Contar las olas. Ítem más: que dicho cuento, titulado Las ganas de vivir, debería pasar a los anales de lo peor escrito jamás, por añoñante, tintadito de rosa, chulienvuelto y heredero directo de los primorosos y narcotizantes telefilms de Antena 3. Un resumen: padre amantísimo sin ganas de vivir y con cáncer terminal acaba su vida viviendo con varios ecuatorianos pobres y sin papeles, que le consuelan en un piso diminuto, sucio cual letrina, y le dan a sorber leche calentita en sus últimos estertores. D. Rafael ya podía haber incluido en su narración (por rellenar que no quede) que la hija del protagonista se hizo puta, su chulo la pegaba, fue contagiada de sida y nunca recibió el billete premiado en la lotería que su padre le dejó antes de morir. “Están verdes”. Esta opinión sobre sus propios cuentos la hemos sacado de su artículo, señor Reig, como bien recordará. Y puesto que no le gustan y, además, tiene serias limitaciones para escribirlos, no entendemos por qué acepta estos encargos.

FUNDAMENTOS DE DERECHO

Los hechos probados son constitutivos de un delito de verborrea idiotizante, chaqueterismo al mejor postor, ignorancia supina de la tradición cuentística y severa necesidad de Barrio Sésamo, con atención especial a las lecciones de Coco. “Desde que se puso de moda eso de que el tamaño no importa, es políticamente incorrecto decir que uno prefiere las novelas a los cuentos”. Si usted mayoritariamente ha escrito novelas, Don Rafael, es lícito decir que las prefiere. Dudamos seriamente que sus amigotes le miren mal por afirmar una cosa como esa (nosotros no le lanzaríamos esta jaculatoria si se limitara a opinar con respeto), pues los términos y chascarrillos de tasca de su artículo dejan claro en qué posición se encuentra cada cual. Y le corregimos por el bien común y el honor de los que nos dedicamos a la narración corta: el cuento goza de prestigio histórico, no eventual; amén de, por su extensión, ser campo abonado para la experimentación fructífera y el ensayo de nuevos modos de narrar, cosa que, en la novela y los términos de lo social y lo editorial que sufrimos, ahora es bastante inviable. Es más: las prácticas editoriales lesivas y maximizadoras del beneficio han ocasionado eso que usted considera una grandísima ventaja: “Los cuentos tienen a su favor que apenas se venden y gozan de la malevolencia de los editores: ¡miel sobre hojuelas! He aquí, señores, un artefacto literario realmente distinguido, a años luz de esas adocenadas novelas que gustan a cualquiera; un producto refractario al mercado, el auténtico favorito de los verdaderos gourmets”. Gran ventaja esa, señor Reig, está claro: la dificicultad de edición por imposición de los términos del mercado, aún cuando la calidad es incuestionable. Está usted que lo tira. Sin embargo, no es nuestro problema (solo el suyo, y su conciencia) que no conozca bien el movimiento en el cuento español que de unos años a esta parte viene dándose con fuerza en terrenos periféricos. Como usted ha leído poco cuento, y está más que probado que una falta de apuesta condiciona un público, le pedimos que cese las gratuidades. No pondremos en duda sus novelas, que seguramente tampoco le dan de comer, así que chanzas las justas. ¿Cree al lector medio tan inteligente como para realizar una búsqueda, una indagación, si no puede ver el libro en una mesa —no decimos ya en el centro de la librería, sino en una mesa que exista y se pueda tocar—?). ¿Qué necesidad hay, señor Reig, de hablar con sorna de una realidad editorial que impone serias desigualdades entre unos y otros para acceder al lector? El tono combativo de este caso, suponemos, le impedirá pensar en la palabra respeto para próximas declaraciones y discursos. Entenderá usted que en esos términos de desprecio, en Masacre nos mueva usted a la compasión y así le respondamos.

ACORDAMOS

Que debemos condenar y condenamos a D. Rafael, como autor de los delitos anteriormente citados, a la pena de apuntarse a un taller de escritura para preadolescentes y empezar a practicar esos mismos cuentos que, dice, son los únicos posibles, a fin de convecerse de que hay vida más allá de lo que una paja mental de viernes le ha sugerido sobre el noble arte del relato. Para empezar su adiestramiento, sugerimos los temas: Binomio fantástico (Escritor con bigote + pene gigantesco y furioso que arrasa Osaka); o El punto de vista (alguien descuartiza a un escritor con una sierra mecánica y lo deja todo perdido. Al final resulta ser su propia novela, que había cobrado vida y declara muy ufana a los agentes: “Es que no paraba de escribir gilipolleces encima de mí”.).

Así lo pronunciamos, mandamos y firmamos,

Los miembros de Masacre  



Siete mil ovejas con lacitos
Septiembre 9, 2007, 2:14 pm
Guardado en: Al paredón

En nuestra plácida Masacre en los jardines nos llama la atención, un año más,  lo acomodaticio de las apuestas del Premio Sietemil (se presentan todas, chica) para sus finalistas (si no nació atufante y chulibragas desde el principio, que todo puede ser). A pesar de que una gran mayoría de los libros de cuentos que se publican en España son apuestas de editoriales pequeñas o, en algunos casos, minúsculas, este premio evidencia su más que notable dependencia del discurso crítico de suplemento cultural envuelvepescado y el backstage de las palmaditas en la espalda y los jugadores de rugby hormonados de primera división, y en consecuencia su veredicto sólo apunta como notables a libros de editoriales más que asentadas (con pocas excepciones), aún sin ser los mejores. Faltan imprescindibles y eso clama al cielo. Aquí están los finalistas, y nuestro amable comentario (porque los hemos leído casi todos, yeah).

‘Tráeme las pilas cuando vengas‘, de Pepe Monteserín (Ediciones Trea)

No lo hemos leído. Bonita manera de comenzar.

‘Si te comes un limón sin hacer muecas’, de Sergi Pàmies (Anagrama).

Un libro en la medianía más detestable, y una gran pérdida, de momento, para el cuento aspañó, considerando que Pàmies era uno de los estandartes y se ha dormido en los laureles. Castigado. Debes chupar banquillo.

Alumbramiento‘, de Andrés Neuman (Páginas de Espuma).

En Masacre en los jardines consideramos a Neuman un más que solvente cuentista y teórico; sin embargo, no es este su mejor libro, ni este un año que se lo merezca.

‘La sombra del caimán’, de Manuel Moya (Editorial Onuba)

No lo hemos leído y no podemos opinar.

Sin ti‘ de Mara Torres (Aguilar).

Aunque respetamos la propuesta periodística de hacer un relato sobre el duelo de diferentes artistas ante la muerte de un ser querido, este es un libro intrascendente para la cuentística española y no debería estar aquí. Juega en terreno equivocado. 

‘La mujer sin memoria‘ de Silvia Sánchez Rog (Lengua de Trapo).

Pues bueno.  

Señores del Sietemil, considérense condenados a una sodomización a manos de  facoceros mutantes el día del fallo, a más tardar. Por su mala cabeza. Por su complacencia. Porque probablemente no se han leído ni el diez por ciento de los libros presentados, a tenor de sus cuestionables elecciones. Tonto el que no prediga desde ahora quién va a ganar. Uno empieza por la letrita N o por la letrita P. Apellidos notables, sí señor.

Musiquita

Let´s get out of this country, Camera Obscura