CUADROS QUE MIRAN A LOS HOMBRES
julio 26, 2009, 11:43 am
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MIRAR AL AGUA
Javier Sáez de Ibarra
Páginas de Espuma
Madrid, 2009
Hay una tipología bastante frecuente en el género de la narrativa breve fundamentada en la voluntad por agotar las posibilidades formales a lo largo de la colección, esto es, ensayar voces, personas, tiempos, estructuras…; y Mirar el agua parte de esta premisa. En principio, Sáez de Ibarra no cuenta con ninguna rúbrica personal reconocible que distinga su escritura, salvo, aquí, cierto interés por la reflexión en torno a las artes plásticas, que sirve como punto de fuga a partir del cual arrojar parte de las piezas recogidas. De modo que el premio internacional Ribera del Duero experimenta con la fragmentación de la prosa en narraciones más reducidas (“Un hombre pone un cuadro”), la exposición de la acción a partir solo de diálogos organizados de un modo bastante simpático (“Las meninas”), el coqueteo con los registros más meticulosos (“Una ventana en Via Speranzella” o “La superstición de narciso”), el patchwork (“Amores” e “Hiperrealismo / Surrealismo”), la nota a pie (“La superstición de narciso”), el esquema (“Escribir mientras Palestina”) o la convergencia de varias historias sin relación aparente entre sí (“El disfrute de la palabra”).
La versatilidad estilística de Ibarra, qué duda cabe, es el aliciente número uno que el libro nos ofrece para justificar su lectura; a ello seguiría la simpatía con el lector conseguida mediante la mención a debates o ideas muy presentes en nuestra cultura, a saber, la aproximación al arte contemporáneo como mero instrumento para la integración en la multiplicidad de células sociales vigentes o el romance: “Íbamos a la exposición para ligar con aquellas tías, ahora ellos se las estaban trabajando y yo allí solo perdiendo el tiempo”, dice el narrador del cuento que da título al libro, temerario en la medida que no le importa desafiar el exceso de abstracción característico en el arte contemporáneo, aun a riesgo de perder la sintonía que lo vincula a su acompañante. Siguiendo con lo anterior, Ibarra disemina con acierto reflexiones colectivas sobre las relaciones humanas, un leitmotiv bastante agotado —no deja de ser complicado que a estas alturas de época postindustrial alguien pueda arrojar luz nueva sobre la economía de los sentimientos—, aunque, como decimos, asegura a la audiencia en la medida que esta atribuye al cuento cierta funcionalidad terapéutica; por ejemplo, cabe pensar que el repulsivo personaje de “La superstición” que explica el arte de seducir[1] encuentra su utilidad en el alivio de advertir cómo la instrumentalización de las relaciones es hoy moneda corriente, si bien, como posteriormente veremos, a Ibarra no parece satisfacerle demasiado cierto tipo de glosas.
En contraposición a lo anteriormente dicho, Mirar el agua cuenta con una serie de anticlímax que denotan nulo interés por atribuir un mínimo de sofisticación a los lugares comunes. “Una ventana en Via Speranzella” bucea con registro preciosista en la erótica de los artistas geniales pero desconocidos, hasta que topa con términos tan vulgares como “prestigiosas academias”, “renombrados artistas” o “círculos más exquisitos”; un modo demasiado perezoso para construir el aura de complejidad pretendida. Tampoco ayuda el pedantísimo nombre de la protagonista, Petra Menardi, que obliga al lector a preguntarse si lo que lee es un relato o un anuncio de perfumes low cost. Seguimos: “Escribir mientras Palestina” cuenta con cotas de verosimilitud insuficientes. El relato en primera persona de una periodista llegada a la geografía mediterránea (el arranque del texto es, de nuevo, formalmente muy prometedor) aparece contaminado por una afectación apabullante, una solidaridad de calado institucional, por tanto, impostada[2], que bebe del imaginario popular más superficial[3], e incluso se permite el conato de modernidad con un guiño a las nuevas tecnologías: “antes de salir del viaje, consulté en el buscador de Google esta referencia ‘mujer muerta por tanque Palestina’: 108 000 entradas”. He aquí los dos ejemplos más estridentes.
COSAS QUE HACEN BUM
Partamos de un ejemplo sonado: Roland Barthes. S/ Z constituye un caso épico de mofa entre los lectores pragmáticos, aquellos que rehúyen de las jergas universitarias y las interpretaciones obsesivas: ¿A qué demonios estaba jugando el semiótico cuando dedicó más de doscientas páginas a desmontar un relato corto? Su investigación sobre “Sarrasine” da pie a los críticos de la posmodernidad para denunciar eso que Zizek llama la tentación hermenéutica y la pirotecnia verbal de sus intelectuales. Todo un clásico del pensamiento contemporáneo (deslegitimar la pretensión de ciertos escritores por acosar e intimidar a su público) que recorre de Sebreli a Bricmont y Sokal o Bunge. Paradójicamente, el presunto posmoderno por antonomasia, David Foster Wallace, fue uno de los autores más brutales a la hora de hundir recursos como el relato self-consciousness. Dan cuenta de ello cuentos como “Octeto”, donde llega a admitir que la recepción probablemente ya haya abandonado el texto a causa de la pirueta formal, o el emblemático “Hacia el oeste, el avance del imperio continúa”, asedio al también barroquísimo “Perdido en la casa encantada”, de John Barth. Sáez de Ibarra se suma a la función en un progresivamente hostil relato titulado “La superstición de Narciso o aprender del que enseña”. Originalmente el cuento plantea la duda de si nos encontramos ante un ejercicio artesano/ mimético de Barth y compañía, o de un salivazo a los mismos. “La superstición” cuenta con varias herramientas definitorias para concretar los objetivos de Sáez: guiños a la obsesión intertextual (aunque no referencias a producciones contemporáneas, sino a Fernando de Rojas o el Arcipreste de Hita) + apelaciones que van de Baudrillard a Foucault o Wittgenstein (por si fuera poco, también hay cabida para profesores universitarios con nombres tan enigmáticos como E. Fernández) + notas a pie + jerga característica de la teoría literaria + autoconsciencia materializada en el juego de narradores empotrados, es decir, un crítico cuya identidad desconocemos interpreta un cuento de Javier Sáez, ocupando un ensayo que desafía la extensión del original. Y de nuevo: los enfrentamientos entre críticos y autores. La diversión del juego radica entonces en el recorrido hasta descifrar la ironía del crítico cabrón. Finalmente los bizantinismos se diluyen y encontramos cosas tales como “el pasado encuentro internacional sobre ‘El nuevo último cuento español reciente’ (Nanclares de Oca, 15-16 de julio)”, o las palabras finales del hermeneuta:
“Lo que no puedo consentir […] es que se organicen encuentros de especialistas […] para perder el tiempo acumulando comentarios nimios e insustanciales, fruto de aproximaciones apresuradas que no sirven al lector común y corriente más que para hacerle perder el tiempo, y que no contribuyen sino al acrecentamiento para unos pocos de su incorregible pedantería y su afán de notoriedad.”
Una reflexión al respecto: ¿Por qué la relación entre críticos y autores tiende a ser difícil, cuando cabría esperar un afán colaborador en beneficio de sortear al verdadero enemigo, la ansiedad de la influencia?
[1] “en determinados momentos debes sorprenderla tomando iniciativas que hagan cambiar el clima; es fundamental para que comprenda que tú tienes el dominio; el tío eres tú, cojones, y eso a ella la tiene que seducir”
[2] También característica del presidiario que escribe ficción en “Jerónimo G.”, que destila aroma a compasión cristianísima
[3] “Un policía apunta cuidadosamente a la cabeza de un chiquillo de once años, dispara”
POR ANTONIO J. RODRÍGUEZ (a.k.a IBRAHÍM BERLÍN
Como la vida misma
Queda demostrado que Paco Alcázar es la pera limonera. Lo hemos pillado de su muy recomendable blog.

ALGUNAS CONSIDERACIONES SOBRE EL PREMIO SETENIL
julio 11, 2009, 11:44 am
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*Aquí está la lista de libros que se han presentado a la convocatoria. La mayoría siguen perteneciendo a la apuesta y el riesgo de editoriales pequeñas, al contrario que las grandes, que cada vez publican menos relato. Si excepcionalmente lo hacen, como Seix Barral o Alfaguara, es con autores muy conocidos. Fíjense: Anagrama con un solo título. Mondadori, ninguno. Tampoco Tusquets. Conclusión: es una verdadera pena que se den tan pocas oportunidades al género en las grandes ligas.
* Hay un generoso aumento los candidatos, lo cual es bastante bueno, si descontamos los que son autoedición encubierta.
* Hasta ahora se sabe que Aeropuerto de Funchal, el libro de Martínez de Pisón, parece no cumplir las bases de la convocatoria. Varios de los relatos recopilados en ese libro han sido editados previamente en libros anteriores, además de ser bien conocidos en su trayectoria. Es extraño que lo hayan admitido, porque en las bases hay una cláusula que lo prohíbe expresamente. Ya que estamos, no se priven de leer “Siempre hay un perro al acecho”, un relato extraordinario de Pisón.
* Dice la discutida nota de la organización.
[…] En esta sexta edición se ha batido el récord de participantes, que asciende a 74 títulos presentados, lo que demuestra la gran acogida por parte tanto de editoriales como de autores de todo el país (hasta ahora la media de participación rondaba los 50 títulos).
Entre los autores que optan a este VI Premio Setenil se encuentran algunos tan conocidos como Ignacio Martínez de Pisón, Juan Bonilla, Juan José Millás, José María Merino, Espido Freire, Vicente Molina Foix, José Luis Borau, Albert Sánchez Piñol o Miguel Ángel Muñoz.
Un premio supuestamente limpio no puede permitirse estos deslices. Cualquiera de los otros escritores de la lista, menos famosos, con menos pompa, menos talento o menos suerte, diría que esta nota de prensa del premio es algo canallesca, sospechosa y, sobre todo, de pésimo gusto.
* Sepan que el año pasado, Enrique Vila Matas pilló una buena rabieta porque no llegó a la final.
E.B.: —¿En Exploradores del abismo jugó con claves más cercanas a lo cotidiano, o simplemente le tendió una trampa a los lectores para que descifraran la complejidad que encierra el día a día?
V.M.: —Simulé que me había vuelto un ser normal, como me pedían algunos cretinos. De ese libro destacaría el ensayo final, el relato con Sophie Calle y la creación del misterioso funambulista que cruza toda la obra. El lobby del cuento en España ha opuesto una clarificadora resistencia a aceptarlo como un libro de cuentos perteneciente a un clan ortodoxo. Ha sido muy significativo. He roto con los esquemas del libro de cuentos que “se ha de hacer” en España cuando escribes un libro de cuentos y quieres que te den el aprobado los del Premio Setenil.<
Tan metaliterario y gallardo como es, ¿se habrá presentado este año con un seudónimo? ¿Ese seudónimo será el de su gemelo malvado, además de una treta vital-literaria? ¿Estará en la lista con el nombre de algún personaje de su obra? Estamos libres de cabronismo singermonrnig, porque es verdad que a nosotros Vila Matas nos gusta un montón-del-bueno. Palabra.
Enrique, hombre, hacen cátedras sobre tu obra en las universidades, te dan premios por toda Europa, seguramente seas doctor honoris causa de algo. No se puede ganar en todo. Hay que admitir que se es mortal.
* Como la pugna será terrible y hay candidatos estupendos, se agradecerá que digan sus favoritos, que meen fuera del tiesto con ganas, que se metan con los autores, que digan que el cuento está muerto.
Lento aprendizaje
julio 9, 2009, 8:10 pm
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ÓRBITA
Miguel Serrano Larraz
Candaya, 2009
I
En el prólogo de este libro de cuentos, el interesante debut literario del zaragozano Miguel Serrano Larraz, Manuel Vilas habla de un Kafka ajustado al siglo XXI. Tal afirmación tiene algo de trampa o de descuido: es Don DeLillo ese kafka ajustado a la contemporaneidad y sería él pues el mayor referente kafkiano. Hay en Ratner’s Star, historia de obsesión numérica que pronto deviene descubrimiento de inteligencia más allá del o humano, la clave de DeLillo, el escritor que lee a Kafka siempre después de Walter Benjamin y encuentra en los métodos científicos un orden inesperado y profundo a todo cuanto le rodea y que llegaría a clásicos de la comedia paranoide postkafkiana como la perfecta Ruido de Fondo, un cuento de horror humano en el que el matrimonio, el nazismo y el poderío nuclear de una nación construyen el paisaje de nuestra postmodernidad.
DeLillo releva a Kafka y también sirve para entender gran parte de la importancia del autor en la literatura reciente: su lenguaje perfecto y todavía insuperado para captar el terror, el misterio de lo humano y de aquellos lugares a los que todavía no ha accedido. Serrano Larraz no es tanto como un continuador de la kafkiana propuesta e iniciada por DeLillo como un kafkiano mucho más histérico que obsesivo, más aterrorizado que puramente paranoide. En “Y así sucesivamente” el descubrimiento de Dios se hace a través de las matrículas, pero no invocando a la posibilidad de encontrar un significado o una verdad en el método científico, sino usando la mera confusión y poniendo en evidencia al narrador.
“Hay quien piensa que el universo es aleatorio. Hay quien piensa que el universo es arbitrario. Hay quien piensa que el universo es caótico. Yo voy a morir, porque encontré un orden al universo, una clave, en las matrículas de los coches de mi pueblo”
Lo sugerente del asunto es que Serrano Larraz no convierte el relato en una parodia o en una comedia ya con un punto existencialista, sino que mantiene el tono de confusión desde una seriedad casi profunda. El humor transita desde una paranoia creíble, verosímil, desde una ironía casi imperceptible, desde un tono que convierte la confusión en un equívoco inocente de su protagonista.
II
Manny Farber ha explicado el problema del arte moderno en Negative Space, aquí traducido por José Luis Guarner bajo el título de Arte elefante contra Arte termita, de paso el mejor y más significativo ensayo del libro y el que mejor recoge el pensamiento de Farber, un crítico de arte antes que un cinéfilo, un pintor antes que un ávido académico y teórico. Farber insiste que vivimos en una época excesiva de obras maestras y que el Arte Termita, el que no se dirige a ningún lugar concreto, es la opción no ya coherente, sino superior, porque está liberada de muchas de las convenciones.
Uno se siente tentado de leer este debut de Miguel Serrano Larraz como un ejemplar menor, pero absolutamente prometedor, de Arte Termita. El único ejemplar cercano sería el del chileno Alejandro Zambra, cuyas novelas-bónsai le han convertido en un continuador nada previsible de Proust. Bien, pues Serrano Larraz se propone lo mismo y propone esquivar la tentación de escribir Arte Elefante, lo que Farber calificó de sobreproducción de obras maestras.
Hay relatos donde la ironía mundana de Serrano Larraz parece enterrar el patetismo de sus personajes, como en ‘Zaragoza, a 8 de Noviembre de 2002 (Segundo premio)’, demasiado veloz para atenuar el patetismo de su narrador y demasiado sintéticio para recalar en un relato que mucho tiene en común con el juego de Roberto Bolaño con la escritura, pero siempre desde una perspectiva sumergida, sin toda visceralidad que Bolaño aplicó a sus mejores relatos, ni tampoco la fiera ironía del Bolaño de La literatura nazi en América que da origen a Estrella Distante.
Y la influencia de Bolaño es latente, como señala con habilidad el prologuista. Pero en el relato, la excusa de la parodia a costa de Bryce Echenique empaña (y a ratos entristece) cualquier atisbo de contar una historia cercana de una esquizofrenia peculiar o de describir un estado de ensimismamiento que si logra con asombrosa fluidez en ‘Últimas señales’.
III
Órbita no es un debut literario de gran magnitud, uno destinado a ocupar los grandes titulares de las revistas especializadas o de los mejores reseñistas de los suplementos culturales. Esto no se debe a la miopía de estos, puesto que tanto Vicente Luis Mora como Antonio J. Rodríguez han escrito astutas observaciones sobre el libro.
Se debe al carácter de Serrano Larraz de forjar un libro de cuentos absolutamente honesto, desde una falta de ambiciones que no se desvela nada reprochable cuando el autor es capaz de deslumbrar en territorios que el lector no espera. Serrano Larraz escribe tras los pasos de Bolaño, Kafka, DeLillo y Benjamin, aunque no siempre los iguale, pero desde una voz propia, desde la afonía de una ciudad prosaica como Zaragoza, desde el gesto de la perplejidad que puede conceder cierta perspectiva científica, y desde la voluntad de despojarse del lenguaje, de despojarlo incluso del relato y regresar a ese terreno misterioso, gravitante sobre el cual se construyen algunos de los mejores hallazgos de Kafka.
‘Últimas señales’ no termina. El final es una elipsis, una interrupción constante en todo el relato. Alcanza gestos de una poética casi personal, nunca desde la melancolía sino desde la voluntariosa afonía de sus personajes, de las emociones de los mismos:
“También la tarta, más de media tarta, ha quedado en la nevera, sin tocar. Eso los padres tampoco pueden entenderlo, tendrán que tirarla a la basura en un par de días. Había unas letras de chocolate que decían:
FELIZ
ANIVERSARIO
Pero ya no más, ahora hay una L y una R al borde del abismo, y de ahí para la derecha todo ha desaparecido, se lo ha tragado el paso del tiempo, se lo han comido entre los cuatro
FEL en el centro de la nevera
ANIVER desplomándose”
El mejor relato del libro es el que le da título. Es un relato escrito con una sinceridad que conduce a cierta autobiografía, pero también que desvela la extraña precisión de su autor para crear una historia de desencuentros científicos que son desvelos metafísicos. Justamente como el primer DeLillo, pero con una ingenuidad mayor, con un lenguaje todavía menos afectado y obsesionado.
“Pensaba: no quiero morirme nunca, no quiero que nadie se muera nunca, no quiero saber qué cosa es la muerte.
Pensaba: todavía no he hecho nada en mi vida que merezca la pena.“
Es ahí cuando Serrano Larraz brilla más. Hay en el libro relatos románticos carentes de interés, entre Cortázar y homenajes, más o menos velados, a cierto Ginsberg y Kerouac, filtrados siempre por viejos temas de rock y hay mucha ironía en las referencias pop y en las literarias, con pequeñas disputas y vicios que sirven para destacar el frenesí adolescente de sus protagonistas. Pero también hay un autor interesante, con un lenguaje extrañado y en busca del despojamiento, sin dirigirse a ningún lugar, pero consiguiendo captar lo sublime mediante un estilo que busca desnudarse continuamente y llegar a Kafka desde una perspectiva contemporánea, sin imposturas.
No queda claro si Serrano Larraz accederá a Kafka desde lo que (d)escribió David Foster Wallace, desde una comicidad sutil y anti-sutil a la vez y una persectiva sólo parcialmente actual, o se inclinara por ser una versión anómala de la fructífera y olvidada primera etapa de DeLillo, pero parece evidente que estamos ante un talento al que leer.
Por PABLO MUÑOZ (AKA ALVY SINGER)