Archivado en: Reseñas

LA FE CIEGA
Gustavo Nielsen
Páginas de Espuma
Madrid, 2009
Ante todo, La fe ciega presenta un paisaje existencial lleno de vidas rotas, precarias y, en ciertos momentos, desleídas. Paisaje que en los cuentos de Gustavo Nielsen toma forma en Manhattan o en la vastedad de la Argentina, pero que podría suceder en la Barcelona de las protestas estudiantiles o en una granja colectiva húngara en tiempos postcomunistas. Porque en estas historias, de una manera sutil y elegante, se pone de manifiesto la fragilidad con la que se vive en la actualidad. Los personajes que habitan estas páginas están en una constante zozobra, en una tensión que no termina de liberarse.
El título encierra una redundancia, como bien indica el narrador de La fe ciega, y un deseo. Lo que a su vez conlleva una manera de afrontar las cosas. Dicho de otro modo, si primero hemos hablado de un lugar, ahora hablaremos del cómo se desenvuelven las personas que lo pueblan. La elección del título no es azarosa, pues de una u otra manera todos los personajes, desde Mariana y Joan en Adiós, Bob; pasando por Gustavo en Aniquilación de un poema; hasta el padre y el hijo de El café de los micros, afrontan su propia existencia con atisbos de esa fe ciega. De alguna manera saben, de esa forma imprecisa en que se conocen ciertas roturas, que lo suyo es puro insistir, un añadido redundante y que, bien mirado, la fe siempre es ciega, porque de lo contrario no sería tal. Pero esta redundancia que puede ser intuida como un poco absurda es la que aporta movimiento al deseo: «Una de las cosas en las que me gustaría tener fe ciega», dice el narrador. Y unos párrafos más arriba se puede leer: «Tampoco creo en nada, como Sofi. No creo en el matrimonio, ni creo en el amor. Creo solamente en mi trabajo, en los edificios que levanto, en las ventanas que abro, en los muros que derribo. En la construcción que tiene que hacer mi razón para no creer. Creer es fácil; no creer es complicado.»
La fe ciega es una lucha por ver el mundo con las manos.
Una manera, nunca alcanzada, de superar tanta hostilidad. Hay un deseo que no se identifica con la esperanza, y aquí radica lo interesante de la propuesta de Nielsen, a mi modo de ver. En estos cuentos nadie se rinde a la esperanza, bálsamo sanador para almas atormentadas, pero también veneno que anquilosa en la espera y la simple contemplación. En este momento se hace necesario hablar de esa tensión en los personajes que se citaba más arriba: un deseo que se endurece porque nunca se sacia, una piedra que roe y hiere, pero que se transforma en movimiento, en acción, en pensamiento. Es notable que esta tensión del contenido se traslade a la prosa, tanto en la idea como en la forma siempre tenemos la impresión de que algo va a explotar. Asistimos a la puesta en escena de un suspense perverso. Todo parece destinado al fuego artificial y al desenlace que devuelve los hilos narrativos a su cauce, pero los narradores que nos hablan en estos cuentos son unos hábiles gestores del veneno. En ningún final se produce una verdadera liberación de la potencia que ha venido impulsado el cuento, aunque, cosa extraña, el lector asume como válida esta situación: la trama asciende pero no termina de verse la cima, dicho de otro modo, ese deseo que es la fe ciega no se alcanza nunca. La tensión de los personajes se mantiene, pues la fe, por su misma forma de ser, se disolvería con su realización completa.
Esta textura es más densa en los que, a mi juicio, son los mejores cuentos del volumen: La fe ciega, El café de los micros y Aniquilación de un poema. En estas tres piezas es donde mejor toma forma esa sensación de fragilidad, fortaleza y deriva que significa vivir hoy en día. Un uniforme manchado de leche, el viento helado golpeando en la cara o el sexo a la hora de la comida son imágenes que expresan con justeza ese ambiente entre quebrado y rapaz, bello de ese modo triste y extraño con el que nos sorprenden las cosas en lo cotidiano.
El envés natural a este ambiente es el humor. Es necesario para que este ámbito cerrado de la fe respire, para que los personajes tengan una puerta trasera por la que gritar, un engranaje sin el que ese suspense perverso del que antes hablábamos no funcionaría tan bien. En este sentido, el humor funciona a nivel estructural y otorga movimiento interno a la unidad final del libro, porque donde un cuento se encierra en sí mismo y se adensa su paisaje emocional, viene otro que da aire al lector y proporciona una brisa leve, dando una sensación de proporción al conjunto. El humor recorre todos los cuentos, abriendo ventanas aquí y allá: unas veces abre una en un sótano viejo de película americana y nos deja ver el polvo que ha levantado, o señala el día gris que entra por el tragaluz; otras veces, sencillamente, nos empuja balcón abajo.
«Los dos eran súper modernos. Hablaban así, en raro, solamente cuando se trataba de literatura. Cuando hablaban de otra cosa eran normales.», se nos dice en Aniquilación de un poema. Aunque los dardos se dirigen a todas partes, parece que un objetivo del gusto de Nielsen es la propia literatura, el mundo de la poesía y la afectación que en muchas ocasiones conlleva. Es destacable cómo se mantiene el ritmo del diálogo en La vida cantada, Gombrowicz mediante, aunque tal vez peque de excesivo, casi de maniqueo, con esa figura detestable que encarna la poetisa consagrada.
Tenemos, de este modo, un espacio de incertidumbre (el paisaje del que hablamos al principio), un deseo nunca satisfecho que se articula en forma de fe y, por último, la presencia del humor que distribuye el peso del libro, el engranaje que lo hace caminar. Este libro cojea en el mejor sentido de la palabra o, mejor dicho, anda como los niños, tantea la realidad y busca sus esquinas más oscuras. Es muy posible que este modo de caminar contagie al lector. Al principio uno se siente reticente, el escenario es tan conocido, tan familiar, que lo natural parece caminar a paso rápido, erguido y enfadarse cuando alguien le impide el paso. Pero poco a poco el espíritu del libro, se si le permite, cala. Y uno comienza a caminar de una manera distinta, tropieza con las cosas y parece un hombre torpe.
Eso que producen, ya saben, los buenos libros.
Pablo Matilla (Oviedo, 1986) ha estudiado Filosofía en Barcelona, ciudad en la que reside desde 2004. A las preguntas del futuro responde con libros y evasivas. Cuando las cosas se ponen feas, escribe. Lleva el blog literario Los Ritos de Paso.
1 comentario por mucho
Deja un comentario
<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <pre> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>
Muy buen trabajo, Pablo, bien leído y bien expuesto. Añado tu reseña a los enlaces relacionados con mi deriva sobre La fe ciega, para que no se la pierda nadie.
Mis respetos a todo el coletivo de Masacre en los jardines, redactores, comisarios, delegados, subsubsecretarios y becarias.
Comentario por Sergi Bellver Abril 9, 2009 @ 12:28 pm