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EL GRAN SUEÑO DEL PARAÍSO
Sam Shepard
Editorial Anagrama
En literatura, a los lugares comunes, como a las alimañas de un jardín, hay que exterminarlos antes de que empiecen a reproducirse y se conviertan en una plaga. La pauta más perniciosa del tópico es justo esa: la reproducción. Así pues, para erradicar lo previsible cuando todavía estamos a tiempo, hace falta identificarlo en su estado larvario: Sam Shepard no ejerce de «chico listo» que prueba a hacer muchas cosas, sino que, como artista, expresa y enriquece su visión del mundo y de la vida con cada una de ellas.
Cada vez que se presenta al autor de El gran sueño del paraíso se suele mencionar su variado currículum: actor que alterna el cine «de autor» con el salario y los peajes del comercial; guionista y cómplice de aquel delicioso «crimen» que fue París, Texas ―viaje del antihéroe fugitivo de sí mismo, también presente en los textos de Crónicas de motel―; marido de Jessica Lange ―haber tenido todos los días a Kora en casa y reventar con ella unos cuantos sacos de harina tiene que dar por fuerza otra perspectiva sobre la vida―; músico ―batería, para más señas― y secuaz de Sus Satánicas Majestades ―además de a los Stones también echó una mano a Bob Dylan o Patti Smith―; poeta y, sobre todo, dramaturgo. Sí, suele mencionarse todo eso ―acabo de reincidir, además: luego, el jardín está infestado―, pero debiera despertar mayor interés detectar la influencia de cada una de esas realidades en sus cuentos, o mirar a trasluz las diferentes caras del diamante que nos revela esa visión del artista sobre el mundo, y no detenerse tanto en el retrato fragmentado de Shepard como personaje, cuando es un creador poliédrico e inclasificable ―quién necesita etiquetas, me pregunto―. Y es que todas y cada una de esas facetas, lejos de trazar paralelas que no llegan a tocarse, ayudan a que sus cuentos sean, por lo general, piezas magistrales que se iluminan justo donde la literatura y la vida hallan un punto de intersección.
La exactitud y la viveza de sus diálogos no sería la misma sin la dilatada experiencia de Shepard como actor y guionista. La contención estilística y la síntesis de lo esencial ―de lo que de veras cuenta― en sus historias perderían el equilibrio sin las tablas que ha ganado como dramaturgo. El sentido del ritmo y la finísima utilización constante de engarces y reiteraciones en su prosa ―el autor al servicio de la narración, y no al revés― se desbaratarían si el oído literario de Shepard no se hubiera curtido en la pulcritud de lo poético y hasta en la fuerza, la cadencia o la mesura con la que las baquetas golpean la batería ―metáfora perfecta del buen narrador y sus recursos―. Y si me apuran, ni siquiera encontraríamos esa rara insolencia de la belleza que en los cuentos de Shepard late siempre bajo una piel erizada de extrañamiento, si el autor no contemplara la vida con los ojos de quien pudo amasar a Kora ―a la de verdad, no al simulacro, como Jack Nicholson― sobre la mesa de la cocina como el pan de cada día. Todo lo que hacemos nos define y nos construye, y la escritura no es otra cosa que derramar ese vaso ya colmado ―Ray Bradbury lo sabe bien― o convocar lo que nos falta con otro, vacío, empuñando nuestra sed como un arma al servicio de una revolución.
A veces los lugares comunes se alternan, y vienen a sucederse con la obstinación del péndulo o la plaga, y así como de un tiempo a esta parte los imitadores de los grandes cuentistas norteamericanos han llegado a superpoblar nuestro jardín, ahora se considera «de buen tono» abominar un poco de esa herencia y masacrar a nuestros padrastros. Es verdad, en castellano también se ha escrito demasiadas veces emulando ―mal― a Carver ―o a sus traductores―, pero hay una razón por la que esos enormes cuentistas siguen teniendo una influencia tan evidente en autores del ahora, empezando por los españoles: desde el inicio, y en su entorno anglosajón, aquellos tuvieron el apoyo de medios, críticos y editores, y por lo tanto visibilidad, y finalmente el respeto de los lectores. ¿Cómo no íbamos a beber entonces de ese vaso, si lo teníamos tan a la vista? ¿Cómo no íbamos a empuñar las armas y las palabras ―«revolución», «revelación», «relevo»―, si en España apenas comenzamos a atisbar ahora la gestación de un cambio y hemos tenido que cavar zanjas en los jardines para desenterrar ―muertos vivientes, criaturas invisibles― a nuestros cuentistas?
Raymond Carver, Richard Ford o John Cheever, cada uno con su personal estética de la concisión, con su manejo particular y distintivo de la simbología y la elipsis, y apuntando a objetivos diferentes cada vez que estalla una carga de profundidad en sus cuentos, han construido una memoria literaria colectiva de la que echamos mano todos los que nos sentamos a escribir y leer relatos con una mínima conciencia de lo que es el criterio, el trabajo y el talento. Somos tan hijos ―putativos― de estos gringos como de Aldecoa, Fraile, Aub, Cortázar, Quiroga o Borges, como nietos somos de Poe, Melville, Maupassant, Kafka o Chéjov. Nuestro «libro de familia» es extenso y diverso, afortunadamente, y en él caben todavía muchos hijos ―de puta, incluso―, siempre y cuando hagan honor a este linaje bastardo y, con todo lo divertida que puede llegar a ser, se tomen en serio la escritura de cuentos de una buena vez.
Pero aunque parece que Carver, Ford o Cheever tienen más predicamento entre lectores y autores, es inevitable que lo subjetivo intervenga en nuestras afinidades, y hay algo en los cuentos de Shepard que me parece verdad, más honesto y de raíz, y al mismo tiempo más sutil y abierto a una interpretación alejada de lo unívoco. El del escritor suele ser un oficio solitario e introspectivo, una reelaboración mental de la percepción y la memoria, entre otras muchas cosas, pero el cine, y muy especialmente el teatro o la música en directo obligan, cuanto menos, a una relación constante con el afuera, a una interacción inmediata con el otro. Eso favorece la visibilidad y la verosimilitud de todos esos detalles que luego Shepard, con la naturalidad de un maestro o la sabiduría de un niño ―digo bien―, vuelca y perfila en sus textos, donde nada es gratuito ni hay desidia o soberbia a la hora de contar.
Y es que en El gran sueño del paraíso cada uno de los narradores elegidos por el autor nos cuenta siempre de manera precisa cada historia, pero diciendo más allá de lo explicado, mostrando matices y significados que no se hacen obvios ni caen en lo retórico, pero que, tras cualquiera de esos magníficos finales ―Shepard es un genio en terminar la tarea, con el punto justo entre la conclusión y la sugerencia―, permanecen de manera nítida e intensa en el lector, tiempo después, dejándole la sensación de que ha estado leyéndose a sí mismo, de que esos cuentos no le son ajenos.
«Convulsión» es un fogonazo kafkiano que traslada el motivo al ámbito y al tiempo de Shepard, pero que aborda una significación atemporal que logra el mismo efecto en el lector, remitiendo a los mejores breves del praguense ―maravillas de una página como «El pasajero» o «El deseo de ser un indio»―. «No era Proust» se puede leer como una pequeña obra teatral ―con apuntador incluido―, o como el script de un ácido cortometraje. La voz de «Concepción» no es tanto la de una infancia asombrada como la de un inminente adulto que comienza a entrever algunas de las ¿certezas? de la vida tras lo mistérico y lo absurdo de la experiencia. «Todos los árboles están desnudos» es una de esas piezas magistrales sobre la expectativa del deseo y su caducidad, a cuento del cine y la pareja, o emparejando cine y cuento en una narración que, como todas las que forman El gran sueño del paraíso ―léanlas y se leerán, créanme, todas son valiosas: «El ojo parpadeante», «Coalinga a medio camino», «El gran sueño del paraíso», «La puerta hacia las mujeres», etcétera―, huye del tópico y sanea nuestro jardín. Un jardín que, de repente, vuelve a oler a mañana de domingo en faena, a bendito sudor en la frente y a terrones de vida entre los dedos.
Sergi Bellver (Barcelona, 1971) es escritor de narrativa ―se dedica al cuento, la novela y la literatura de viajes―, ejerce como editor de un sello literario independiente y es también profesor de Escritura creativa y Literatura de viajes en la Escuela de Escritores de Madrid, centro para el que prepara un nuevo temario. En la actualidad trabaja en su primer libro de cuentos y en una narración ―permeable a varios géneros― sobre su experiencia en la Patagonia chilena. Su Bitácora es desde hace tiempo un espacio para la creación, la crítica y el debate en torno a la literatura en general y al cuento en particular.
En el blog de nuestro querido Sergi Bellver se ha establecido un fructífero y –a la vista está- largo debate sobre cuáles han sido las mejores propuestas en cuento del pasado 2008. De forma tangencial, pero siempre interesante, este debate ha orbitado sobre el lugar al que se dirige, o puede dirigirse, este género que, poco a poco, va derribando los tabiques históricos, editoriales y económicos –incluso generados desde el propio discurso del cuentista patrio- que se le han impuesto. En Masacre en los jardines queremos contribuir a ese “cuento futuro” con estas pequeñas vías de pensamiento que nos ha remitido Ángel Zapata, y que suscribimos de mil amores.
QUINCE APUNTES EN TORNO AL CUENTO
Aparecido en “Escribir un cuento (5 propuestas)”. Ed. Asociación cultural Mucho Cuento, Córdoba 2008.
El cuento debe conmover, herir, maravillar; algo en el cuento debe llamar por su nombre al lector: forzarlo a que despierte.
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Como los individuos, como las sociedades, un cuento no debe “funcionar”, sino existir.
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Las tramas narrativas no reflejan el modo en que las cosas ocurren “en la realidad”, sino las redes que empleamos para apresar lo que ocurre. El cuento indaga precisamente aquello que las tramas convencionales no sabrían captar: es el intento de rodear un resto siempre inaprensible.
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En la novela la trama es causa. En el relato, mero efecto.
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El cuento debe parecerse a la vida en esa cualidad que tiene la vida de no parecerse a nada.
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Es verdad que el avance del cuento debe ir despertando en el lector el deseo de saber, a condición de que el deseo no se vea realizado sino de un modo irónico: a condición de que el cuento desemboque en eso que el lector sabía sin querer.
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El cuento es una ética de la escritura, y por eso un buen cuento siempre deja algo que desear: le hace un sitio al deseo del Otro.
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En la novela (o por lo menos en la gran novela clásica, burguesa) la escritura se subordina a la historia, sirve a la historia: las partes trabajan en beneficio de un todo, que les es exterior y heterogéneo. En el cuento la escritura emerge, la producción textual no resulta alienada como producto en el todo de la representación: el trabajo es soberano, y hace su historia.
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El despliegue del universo novelesco exige la constancia de lo positivo y lo dado; el cuento nace de un rechazo, devuelve el acto de narrar a la pregunta por sus condiciones.
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El realismo desvía al cuento de su vocación. Al igual que el poema, el cuento no apunta a la realidad, sino a lo real en tanto lo imposible de decir.
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Dentro del cuento, no se trata tanto de escribir una historia, como de inscribir aquello que la interrumpe.
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El cuento no debe ayudarnos a soportar la realidad (esta es la exigencia falsamente benévola a la que apelan todos los conformismos), sino a situar en nuestra realidad lo insoportable, y a situarnos frente a ello.
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En cierto modo, el cuento no es una narración en la que se ha eliminado todo lo insignificante, sino una narración en la que se ha eliminado todo menos lo insignificante, esto es: aquello que aún debía reapropiarse su potencia de significar.
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La novela clásica tiende a la acumulación (de referencias, de hechos, de sentido); se apuntala sobre el imaginario de la totalidad y la riqueza. El cuento sabe de la castración, de la pobreza de la realidad, y es —como el Eros platónico— hijo de la escasez y del recurso.
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El rechazo a llegar, la pasión de ir, son distintivos tanto del cuento como del cuentista. El cuento es lo que siempre está en camino. En un cuento, lo único falso o engañoso ha de ser, justamente, su brevedad.
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UN DRAMA MUY PARISINO
Alphonse Allais, 1890
CAPÍTULO I: DONDE TRABAMOS CONOCIMIENTO CON UN SEÑOR Y UNA SEÑORA QUE HUBIERAN PODIDO SER FELICES SIN SUS CONSTANTES MALENTENDIDOS.
En la época donde da comienzo esta historia, Raúl y Margarita (un bonito nombre para el amor) estaban casados desde hacía aproximadamente cinco meses.
Un matrimonio de amor, naturalmente.
Raúl, una hermosa noche, oyendo cantar a Margarita la bella romanza del coronel Henry D´Erville, Raúl, decíamos, se había jurado que la divina margarita (diva Margarita) no pertenecería nunca a otro hombre que no fuera él mismo.
El matrimonio habría sido el más feliz de todos los matrimonios, sin el condenado carácter de los dos conyuges.
Por un quítame allá esas pajas, ¡crac!, un plato roto, una bofetada, una patada en el culo.
Ante tales ruidos, Amor huía desconsolado, esperando, en la esquina de un gran parque, la hora siempre cercana de la reconciliación.
Entonces llegaban los besos innumerables, las caricias sin fin, tiernas y bien informadas, los ardores infernales.
Se hubiera podido decir que aquellos dos cerdos se peleaban para tener la ocasión de hacer las paces.
CAPÍTULO II: SIMPLE EPISODIO QUE, SIN RELACIONARSE DIRECTAMENTE CON LA ACCIÓN, DARÁ A LA CLIENTELA UNA IDEA SOBRE LA FORMA DE VIVIR DE NUESTROS HÉROES.
Un día, sin embargo, fue más grave que de costumbre.
Una noche más bien.
Habían ido al Teatro de la Aplicación, donde representaban, entre otras obras, la infiel, del sr. Puerto rico.
-Cuando hayas visto bastante a Claudio el Gordo –gruñó Raúl-, me lo dices.
-Y tú –vituperó Margarita-, cuando te sepas a la señorita Moreno de memoria, me pasas los gemelos.
Inaugurada en este tono, la conversación no podía acabar sino con las más lamentables violencias recíprocas.
En el cupé que los llevaba a casa, Margarita se complació en arañar el amor propio de Raúl como si fuera una vieja mandolina estropeada.
Así apenas hubieron llegado a su casa, los beligerantes tomaron sus posiciones respectivas.
Con la mano alzada, la mirada dura, el bigote igual que el de un gato furioso, Raúyl se abalanzó sobre Margarita, que empezó desde ese momento a no tenerlas todas consigo.
La pobrecilla escapó, furtiva y rápida, como hace la cierva en los grandes bosques.
Raúl iba a alcanzarla.
Entonces, la luz genial de la suprema angustia fulguró en el cerebro de Margarita.
Volviéndose bruscamente, se echó en los brazos de Raúl exclamando.
-¡Te lo ruego, Raulito mío, defiéndeme!
CAPÍTULO 3: DONDE NUESTROS AMIGOS SE RECONCILIAN COMO ME GUSTARÍA QUE OS RECONCILIASEIS VOSOTROS A MENUDO. YA SABÉIS A QUÉ ME REFIERO.
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CAPÍTULO IV: DONDE PODREMOS CONSTATAR QUE LAS PERSONAS QUE SE METEN EN LO QUE NO LES IMPORTA HARÍAN MUCHO MEJOR QUEDÁNDOSE QUIETAS.
Una mañana, Raúl recibió la nota siguiente:
“Si quiere usted ver por una vez a su mujer de buen humor, entonces vaya el jueves al baile de los incoherentes, en el Moulin Rouge. Allí estará, enmascarada y disfrazada de piragua congoleña. ¡A buen entendedor, hasta luego!.
Un amigo”.
La misma mañana, Margarita recibió la nota siguiente:
“Si quiere usted ver por una vez a su marido de buen humor, entonces vaya el jueves al baile de los Incoherentes, en el Moulin-Rouge. Allí estará, enmascarado y disfrazado de templario fin de siglo. ¡A buena entendedora, hasta luego!
Una amiga.”
Estas cartitas no cayeron en saco roto.
Disimulando admirablemente sus designios, cuando llegó el día fatal.
-Mi querida amiga –dijo Raúl con su aire más inocente-, voy a verme obligado a abandonarla a usted hasta mañana. Intereses de la mayor importancia me reclaman en Durquenque.
-Me viene de perlas –contestó Margarita, deliciosamente cándida-; acabo de recibir un telegrama de mi tía Aspasia, que me llama, entre grandes sufrimientos, junto a su lecho.
CAPÍTULO V: DONDE VEMOS A LA LOCA JUVENTUD DE HOY LANZÁNDOSE A LOS MÁS QUIMÉRICOS Y PASAJEROS PLACERES, EN VEZ DE PREOCUPARSE POR LA ETERNIDAD.
Los ecos del diablo cojo estuvieron de acuerdo en proclamar que el baile de los Incoherentes se revistió aquel año de un brillo desacostumbrado.
Muchos hombros y bastantes piernas, sin contar los accesorios.
Dos asistentes parecían no tomar parte en la locura general: un Templario fin de siglo y una Piragua congoleña, ambos herméticamente enmascarados.
Al dar las tres de la mañana, el Templario se acercó a la Piragua y la invitó a ir a cenar con él.
Por toda respuesta, la Piragua apoyó su manecita sobre el robusto brazo del Templario, y la pareja se alejó.
CAPÍTULO VI: DONDE LA SITUACIÓN SE COMPLICA
-Déjenos solos un momento –dijo el Templario al mozo del restaurante-, vamos a elegir el menú y ya le llamaremos.
El mozo se retiró y el Templario echó el cerrojo cuidadosamente a la puerta del reservado.
Entonces, con un movimiento brusco, tras haberse liberado de su casco, arrancó el antifaz de la piragua.
Los dos exhalaron, a la vez, un grito de estupor, al no reconocerse ni el uno ni la otra.
Él no era Raúl.
Ella no era Margarita.
Se presentaron mutuamente sus excusas, y no tardaron en trabar conocimiento con la ayuda de una cena ligera. Ya no os cuento más.
CAPÍTULO VII: DESENLACE FELIZ PARA TODO EL MUNDO, EXCEPTO PARA LOS DEMÁS.
Este pequeño contratiempo sirvió de lección a Raúl y Margarita.
A partir de ese momento, no se pelearon nunca más y fueron perfectamente felices.
Todavía no tienen muchos niños, pero todo se andará.