Masacre en los jardines


Big Macs

 

 

 

 

OH, BLANCA NAVIDAD

David Sedaris

Debolsillo, 2005

 

Conozco varias formas de abordar la Navidad en función de cómo combinar las variables consumo y valores humanos:

 

a) Avatar Católico («el consumo no es lo que se dice lo más correcto; de cualquier modo: Ama a tu prójimo por encima de todo»); b) Avatar Punk. O aquellos Soziedad Alkoholika desgañitándose las cuerdas vocales contra el espíritu del Kapital y sus incongruencias morales. (No les culpen demasiado, los noventa empezaban su andadura); c) Avatar Corte Inglés («Id a misa si queréis, pero, ¡¡eh!!, ¡¡nosotros también abrimos!!); y —tal vez el más interesante— d) Avatar Consumo Punk – Sé-todo-lo-cínico-que-puedas-y-compra-como-un-bad-motherf*ck*r-peligroso. Ultimísima síntesis entre lo mejorcito del punto b) y el c), o qué hacer si es el propio Ronald McDonald quien afirma que zamparse un Bic Mac en Nochebuena es un gesto subversivo (de hecho, lo que los mozos de SA decían era «Turrón, un pavo y champán/ eso no, no nos puede faltar» (!): nunca se habló de hamburguesas mundializadas). Qué hacer, decimos, cuando los pícaros muchachos de Argos instan al espectador a regalar lo que siempre quiso para sus seres queridos: líquido anticongelante, repuestos; esas cosas. Y qué hacer cuando la cadena de centros comerciales Tesco reniega del exceso de empalagosa simpatía que se supone hay que destilar en estas fechas, si bien, no obstante, semejante detalle no ha de ser glosado como impedimento a la hora de comprar, comprar, comprar.

 

Y esta introducción, ¿pa’ quéee?

 

Oh, Blanca Navidad… se trata de una colección de seis textos del siempre descacharrante David Sedaris —autor perteneciente a la ornada de Brillantes Narradores Norteamericanos nacidos a partir de los sesenta, aunque, extraña – punible – inexplicablemente, de los menos mencionados aquí entre nuestras fronteras— cuyo objeto de estudio comprende ese Pretty American Republican Avatar Corte Inglés, al que Sedaris persigue, machetea y mordisquea como quien tañe un arpa disfrazado de clown (¡!). Ácido. Negro. Exquisito. Y al igual que en el célebre Algo supuestamente divertido que no volveré a hacer, Sedaris expone en el primero de los textos de la colección, titulado “Crónicas desde Santaland”, el bad trip derivado de una experiencia pop en una pieza a caballo entre el ensayo y la ficción. Para el caso, el paso del narrador por los grandes almacenes Macy’s como elfo cooperante de Santa en plena campaña de navidad.

 

Bien es cierto que el misceláneo “Crónicas desde Santaland” no se anda precisamente con sutilezas; digamos, no hay que indagar demasiado ni buscar explicaciones en la Cábala judía para hallar el mensaje último del texto —como ya advertíamos anteriormente, el hecho de que todos nos estemos volviendo un pelín subnormales—:

 

Al mediodía, un grupo de retrasados mentales vino a ver a Santa y tuvo que cruzar mi pequeña isla. Eran personas aquejadas de un retraso mental muy profundo: giraban los ojos en redondo, chasqueaban la lengua y avanzaban tambaleantes en dirección a la casa de Santa. […] después de observarlos durante unos minutos, me fue imposible distinguir dónde acababa la fila de retrasados y dónde comenzaba de nuevo la de ciudadanos normales

 

Dice el bueno de Sedaris que, en contraposición, es incapaz de redactar tres párrafos seguidos en este relato sin provocar que el lector deforme su rictus en cómico. Y he aquí, curiosamente, donde radica uno de los puntos flacos de Oh, Blanca Navidad…, a saber, el hecho de que la agudeza termine siendo registro estándar, y de ahí a la anulación del efecto humorístico conforme avanzan las páginas más y más —particularidad irremediable en cualquier buen libro de humor que se precie—.

 

Entronca igualmente el trabajo del estadounidense con la idea de Cédric Klapisch según la cual «lo complicado en el tópico es que siempre contiene una pequeña parte de verdad»; manifiesto de intenciones en donde lo más sencillo es despeñarse por el camino, si bien Sedaris cumple con las expectativas. Así, figuran en Oh, Blanca Navidad… vietnamitas bastardas de ex combatientes norteamericanos y orgullosos padres de familia, ahora vestidas con «una falda no mayor que la etiqueta de una botella de cerveza, una chaqueta corta y peluda, y, sobre la cara, suficiente colorete, sombra de ojos y carmín como para pintar toda nuestra casa por dentro y por fuera» (“Con nuestros mejores deseos”). O un arrogantísimo productor televisivo que aterriza en un pequeño pueblo de paletos para conseguir los derechos de una historia real y melodramática, y al que no le tiembla la voz cuando de lo que se trata es de dirigirse a los vecinos en un registro próximo al de cualquier agente comercial chusco y sin escrúpulos, hurgando con la uña en las ronchas de envidia que mueven a la masas hacia el disparate (“Basado en una historia real”). O, el más hiperbólico de todos los estereotipos, un torero llamado Juan Carlos Ponce de Velásquez (!), en “Navidad significa dar”; simpático remake de aquella parábola bíblica protagonizada por Abraham, en donde la ansiedad por el estatus —devenida ahora maléfico demiurgo— y la psicosis por la imagen personal («Miento todo el tiempo, y eso me ha inmunizado contra los cumplidos», que diría el protagonista de “Crónicas desde Santaland”) consiguen que una próspera familia entregue sus hijos a un vagabundo.

 

David Sedaris constituye además un taller de escritura en sí mismo. Agudiza al máximo la exploración de la situación acorralando así cualquier posibilidad de duda que pudiera surgir en el espectador; verbigracia: «Fue entonces cuando me fijé en una mella que tenía en el lado izquierdo de la frente. Podrías guardar una bellota en un hueco como ese», «Mi muestra [de orina] presentaba zonas escarchadas y pedúnculos flotantes», «Con sonrisas tan tensas como cuerdas de violín.»

 

En Nochebuena: Leer a Sedaris mientras se hace cola en el McAuto, ese es el plan. Porque “Es Navidad, y hay justicia en el mundo”.

 

 

Antonio J. Rodríguez (1987) es, a ratos, Ibrahim B.; Ibrahim B. estudia periodismo en la UCM de Madrid y semanalmente colabora como crítico literario en el suplemento El Día Cultural. Ha trabajado como periodista local en distintos medios y escrito para publicaciones como Quimera o Notodo.com. En su haber figura el I premio de poesía que otorga el Certamen de Jóvenes Artistas en Castilla-La Mancha (2007).

 

 



Dicen…

 

Para el interesado cuentista, lector-cuentista, silente observador y demás especies afines a este espacio, nos gustaría abrir un pequeño debate sobre el monográfico de Babelia de este sábado dedicado al relato breve y el resurgir del cuento hispánico. Decía el amico Antonio que habría ojos y garras verdes esperando acribillar con pegas, enmiendas y puntillas bordadas al artículo. Por nuestra parte, sólo una: ¿por qué no se nos menciona en el listado de páginas digitales dedicadas al género cuando por esta, precisamente, se pasea para leer y opinar casi toda la intelligentsia en activo (Internet, papel y otros mediante)? Y aunque no entendamos la omisión (si no es por descuido), es justo felicitar a varios amigos de esta Masacre que sí han sido mencionados.

 

En fin, hagan sus enmiendas, sus halagos, sus enconados mordiscos.

O callen y disfruten, que para una vez que hablan de los nuestros…

 

Aquí el artículo.

 

 

 



Medardo Fraile recomienda “88 Mill lane”, de Juan Jacinto Muñoz Rengel
Enero 15, 2009, 11:10 am
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Leo traducido el primer libro de relatos de John J. Rengel, titulado 88 Mill Lane, y descubro que a este escritor inglés le voy a seguir leyendo en adelante. A sus relatos, los califica el escritor argentino Pablo de Santis de “fantásticos”; sí, pero encierran una lucha tenaz y bien ganada para ser verosímiles, porque el primer intrigado por lo que en ellos ocurre es el que los escribe. Estos cuentos de Londres, sin embargo, no son de John J. Rengel, sino de un malagueño que tiene aire becqueriano, habla como un suspiro y se llama Juan Jacinto Muñoz Rengel, y publicó 88 Mill Lane cuando cumplía los treinta años, de los que todavía anda cerca. Sus relatos son diez blancos en la diana, muy bien escritos, entre los que yo destacaría “La sociedad secreta del sueño”, “La marquesa de Sieteiglesias”, “Las dos navajas”, “La casa de Strawbrooke” y “El desván de Thomas Carlyle”, sin olvidar los otros.

 

88 Mill Lane no nos ofrece esa fantasía que, al no insinuarse por ninguna parte si entramos o salimos de casa o entramos o salimos de nosotros mismos, nos da igual, aunque merezca elogios por inusitada, por su riqueza o por estar bien escrita. En los relatos de Muñoz Rengel hay mucho más. “La Sociedad Secreta del Sueño”, expresa, in extremis, nuestros sueños secretos irrealizados y nuestra querencia a admirar o acercarnos a los que consiguieron hacerlos realidad. “La marquesa de Sieteiglesias” tiene toda la garra de esas leyendas de Artemio de Valle-Arizpe sobre la dominación española en México, a las que el lector, pese a todo, recuerda como si las hubiera vivido en otro tiempo. La degeneración de esa aristócrata es el mejor exponente de una sociedad saturnina con olor a molusco eclesial putrefacto saturado de incienso y enloquecida por supersticiones y un martilleo incesante de campanas. “Las dos navajas” lleva a cabo lo más sensato que pueda hacer jamás un español: inmolar a los dos bandos de la Guerra Civil, matando a navaja a dos de sus iniciadores más palmarios en un bando y otro. “La casa de Strawbrooke”, en fin, es una historia de amor singularísima, muy compleja y cruel que, por fraguarse en un caletre femenino, no parece imposible. Y “El desván de Thomas Carlyle” es, sencillamente, un prodigio de invectiva, equilibro y control. Pero no hay que olvidarse de las otras historias –lo dije antes– que componen el libro.

 

Medardo Fraile (Madrid, 13 de marzo de 1925) es un escritor español a menudo adscrito a la llamada “generación del medio siglo” y uno de los principales exponentes del cuento español de la segunda mitad del siglo XX. Ha publicado también teatro, novela, ensayo y crítica literaria.

   



Lo real
Enero 2, 2009, 1:03 pm
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Proyectos de pasado, Ana Blandiana

Editorial Periférica

Cáceres, 2008

 

Encontrarse de sopetón, aunque tras alguna recomendación fiable, en el último estante de una librería literaria –al resto ni ha llegado ni se la espera- con la obra una auténtica escritora constituye una sorpresa digna, cuando menos, de una lipotimia. Ana Blandiana es una gran escritora en el sentido más convencional y rancio —palabra que, salvo en su aplicación culinaria, posee indudables connotaciones positivas— del término. Sabe combinar el dominio del lenguaje de los mejores poetas, el amor por el detalle, por la descripción de las emociones más ocultas y complejas con la exhibición de una auténtica mirada sobre el mundo. La suya es una narrativa escrita desde la represión que sabe escapar a la mera descripción de las cadenas y utiliza la tiranía para elevar el vuelo, como la palanca que permite la exhibición de su poética. Su crítica contra la inmensa miseria que la rodea es dura pero, al mismo tiempo, distante, no quiere conceder al agresor el privilegio de conseguir su dignidad. Su mirada precisa, doliente y siempre orgullosa parece emplazada en un curioso punto intermedio entre el humanismo y la desesperanza: no cree demasiado en las virtudes del ser humano pero no puede remediar amarlo. Habla de las vidas perdidas con una resignación típicamente eslava.

 

La obra de Blandiana es desconocida en España, no tanto por causas políticas —que en realidad sólo podrían haber impulsado su lectura— sino por lo difícil que resulta publicar un libro de una lengua minoritaria fuera de sus fronteras. El prejuicio resulta en este caso doblemente injusto: Proyectos de pasado (Editorial Periférica, 2008) posee la virtud, extrañamente denostada, de la trascendencia. No resulta necesario conocer la Historia o la realidad rumana, excepto algún dato elemental, al alcance de cualquiera, para disfrutar plenamente de este libro. Porque es la suya una literatura plenamente imbricada en la tierra, en anhelos y fracasos comunes a todos los seres humanos. Su mirada sobre el relato está alejada de los cánones actuales, que priman la eficacia, lo práctico, la creación de una corriente de fondo que en pocas ocasiones suele poseer vigor suficiente. El lenguaje de Blandiana posee una tremenda precisión. Escribe con un ritmo pausado, pero nunca lento, siempre sostenido por un dominio del ritmo, sea en aceleración o en ralentización, casi perfecto. Lo consigue gracias a su peculiar fraseo, capaz de bruscas variaciones cuando son necesarias, pero dotado de un aliento, de una solemnidad —ausente de grandilocuencia— casi bíblica: «Todo se movía, todo estaba en efervescencia y, empujados por todas partes, los granos de maíz, atraídos por lo más hondo o expulsados hacia la superficie, parecían también vivos y dotados de capacidad propia para desplazarse. Se agitaban poseídos por una especie de frenesí, dejándose digerir y macerándose solos…» Su tremenda seguridad —sabe de lo que escribe y conoce cuáles son los caminos que conducen a la verosimilitud— y su excelente técnica narrativa provoca que no ocurra la fuga hacia lo increíble o lo impreciso. Y eso posee un doble mérito, ya que pasea sobre territorios emplazados en el límite de lo grotesco, de lo sobrenatural («Recuerdo que, por un instante, se me pasó por la cabeza que a nadie le habría extrañado si de aquellas cabezas, de pronto, hubieran empezado a surgir ictiosaurios, con largos cuellos acabados en cómicas cabezas minúsculas y cuerpos opulentos, que desplazaran con su movimientos olas de lodo»). Su atracción por las fronteras de lo onírico no es casual. Posee una auténtica teoría sobre el tema, articulada en torno a la voluble distancia que mantienen la realidad y los sueños. Pocas veces se ha mezclado el realismo social con una narración auténticamente fantástica y pocos autores han narrado los sueños, ya desde una perspectiva puramente técnica, con tanta credibilidad. Lo onírico también queda definido por la posesión de una peculiar mirada sobre el tiempo, sobre el espacio, similar a la que puede hallarse en obras plenamente situadas en el territorio de los sueños, como Los inconsolables de Kazuo Ishiguro.

En la frontera de lo onírico también se encuentra el propio título del libro: la destrucción en la conciencia individual que provoca toda dictadura obliga a la reconstrucción del pasado, a reconstruir las fronteras que separan la verdad y la mentira, lo real y lo ficticio, arrasadas por la utopía totalitaria. Así ocurre en el relato titulado Lo soñado, donde la protagonista bucea a duras penas en su memoria, buscando las causas que la han conducido hasta un paisaje sucio, desolador. Ese mismo cuento delata la influencia de Borges y de otros exploradores de los límites del inconsciente, como los austriacos Hoffsmanthal o Kubin. Como afirma en el inicio de su relato La iglesia fantasma, «Existen tantas modalidades de lo fantástico que no es extraño que algunas de ellas puedan dar en ocasiones el salto a la realidad».

 

Además los personajes poseen la calidad y la sencilla complejidad de la mejor narrativa realista. Las tramas no son obvias pero tampoco confusas, evolucionan lentamente, a veces de manera arbitraria, pero siempre coherente. Es una artista capaz de encontrar algo donde muchos no ven nada. Y sabe llenarlo de trascendencia, de verdad. La similitud de los registros, aunque los narradores cambien, no satura al lector ­—gracias, además, a las muy diversas extensiones de los distintos relatos—. Mas bien al contrario, consigue que el lector se encuentre frente a una obra plenamente coherente. Frente a un auténtico libro de relatos, muy diferente a los habituales sacos de cuentos, que consigue cierto tono memorialístico, aunque no tan marcado como para que el lector añore una historia única y fluida.

 

Posee un espléndido tratamiento del espacio, del correlato objetivo causado por el efecto de los torrentes, las lluvias interminables, los espacios hostiles, sobre los infortunados personajes. Es el suyo un paisaje, como los personajes que atraviesan sus relatos, irremediablemente dolorido. Su prosa consigue que la difícil flotación de las toneladas de basura que descienden por el Danubio parezca majestuosa. Su capacidad para la descripción es insuperable, similar a la de autores sumamente alejados a su narrativa, como John Dos Pasos. También sabe conceder profundidad a las imágenes, desplazándolas de su sentido habitual, pero logrando que la coherencia, la capacidad de interpretación, y a la vez de sorpresa, se mantengan. Además, cuando lo precisa, cuando cree que el lector debe conocer con nitidez y contundencia los datos que asientan el relato, utiliza con soltura la información directa.

 

Es fácil afirmar que la literatura de Blandiana es kafkiana, porque toda obra que refleje los confusos criterios de una dictadura termina siéndolo. En verdad no es que sea kafkiana —término que demasiadas veces define cómo un acto banal, intrascendente, cotidiano, termina causando consecuencias brutales, muchas veces definitivas para el personaje que los provoca—. Más bien podría afirmarse que ambas obras beben de la misma fuente, nacida mucho antes de la obra del checo. Es el suyo un lirismo esencial, que encaja con el mejor Gamoneda, con la helada dignidad de Ajmátova y Brodsky (auténticos creadores de una « poesía popular», en la que la sencillez no está reñida con la calidad, como ocurre demasiadas veces), con el eterno cansancio que sienten los antihéroes de Chéjov. Su prosa trasluce una lucidez esperanzada, alejada del minimalismo, que cree en la esperanza, incluso la anhela, pero la contempla con distancia, sin explosiones de júbilo innecesarias.

 

Por RECAREDO VEREDAS