Masacre en los jardines


Sr. Molina recomienda “Los demonios del lugar”, de Ángel Olgoso
Diciembre 22, 2008, 12:51 pm
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Los demonios del lugar es un libro insondable: no por la profundidad de sus planteamientos, sino por la de sus emociones. Ángel Olgoso juega con los miedos y los deseos con una sabiduría exasperante, como si hubiese transitado por todas y cada una de las sensaciones que su libro provoca.

 

Esta colección de relatos se aleja de cualquier referente clásico, aunque beba de muchos, y abre una senda fresca en la “cuentística” española de nuestros días. Olgoso coquetea con el relato de terror lovecraftiano, con el Richard Matheson más puro, pero tiene una manera de afrontar el relato tan propia como genial. Los personajes del escritor granadino siempre están desamparados y perdidos, siempre sucumben ante lo que les persigue. Sin embargo, no siempre es un terror físico lo que acecha: en muchas ocasiones son los recuerdos, los miedos, las dudas y los remordimientos los que están tras la puerta, gruñendo y dejando un rastro de saliva.

 

La grandeza de Olgoso en la elección de sus temas y tramas se completa con una prosa que roza la poesía: tan trabajada está que parece sencilla. Pero el autor se luce en cada adjetivo, en cada frase escueta que define en pocas palabras todo un universo de desesperanzas y terrores.

 

Es una delicia leer a Ángel Olgoso, y algunos de los cuentos de “Los demonios del lugar” se encuentran, sin duda, entre lo mejorcito de la literatura española de los últimos tiempos. No busquen a Cheever, ni a Carver, ni a Chéjov; no los van a encontrar. Ni falta que hace.

 

 

Sr. Molina es uno de los dos componentes de Solodelibros, página dedicada a las reseñas literarias.



La ambición del relato breve
Diciembre 17, 2008, 10:26 am
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LA AMBICIÓN DEL RELATO BREVE

Por Steven Millhauser

 

Publicado en The New York Times: 3 de Octubre de 2008

Traducción de David Condés.


El relato breve: ¡qué porte modesto! ¡qué maneras humildes! Se sienta ahí, en silencio, con la mirada baja, casi como si tratara de pasar desapercibido. Y si de algún modo ha de atraer tu atención, dice con rapidez, en un tono valiente de ligero auto-reproche, consciente de todas las posibilidades de la decepción: “no soy una novela, sabes. Ni siquiera una corta. Si es eso lo que estás buscando, no me quieres a mí”. Rara vez una forma ha dominado tanto a otra. Y nosotros lo comprendemos, asentimos con complicidad: aquí en América, el tamaño es poder. La novela es el Wal-Mart, el increíble Hulk, el avión jumbo de la literatura. La novela es insaciable: quiere devorar el mundo. ¿Qué le queda por hacer al pobre relato breve? Puede cultivar su jardín, practicar la meditación, regar los geranios en la jardinera de la ventana. Puede asistir a un curso de literatura creativa no novelesca. Puede hacer lo que más le guste, siempre y cuando no olvide cuál es su sitio: siempre y cuando permanezca callado y se mantenga al margen. “¡gresca!” grita la novela. “¡Aquí llego!” El relato breve siempre anda ocultando la cabeza para cobijarse. La novela acapara el terreno, corta los árboles, levanta los bloques de pisos. El relato breve se escabulle entre el pasto, se cuela por debajo de la cerca.

 

Por supuesto que existen virtudes asociadas a lo pequeño. Incluso la novela lo reconocerá. Las cosas grandes tienden a ser inmanejables, pesadas, toscas; lo pequeño es el reino de la elegancia y de la gracia. Es incluso el reino de la perfección. La novela es exhaustiva por naturaleza; pero el mundo es inagotable; por lo tanto la novela, ese batallador de Fausto, nuca consigue alcanzar su deseo. Por contraste el relato breve es inherentemente selectivo. Al excluir prácticamente todo, puede dar una forma perfecta a lo que queda. Y el relato breve incluso revindica un tipo de compleción que la novela elude: tras el acto inicial de exclusión radical, puede incluirlo todo de lo poco que queda. La novela, cuando se acuerda del relato breve, se complace en ser generoso. “Te admiro”, dice, colocando su basta mano sobre el corazón. “En serio. Eres así –eres así-” ¡Tan bello! ¡tan sutil! ¡de tan alta categoría! E inteligente también. La novela difícilmente consigue contenerse. Al fin y al cabo ¿qué importancia tiene? No es más que palabrería. Lo que a la novela le importa es la inmensidad, es el poder. En el fondo de su corazón desprecia al relato breve, que se las compone con tan poco. No soporta la austeridad del relato breve, su inhibición del apetito, sus negaciones y renuncias. La novela quiere cosas. Quiere territorio. Quiere el mundo entero. La perfección es el consuelo de quienes no tienen nada más.

 

Ese es el valor del relato breve. Modesto en sus pretensiones, tímidamente orgulloso de sus pequeñas virtudes, algo inquieto con relación a su presuntuoso rival, se conforma con volver a sentarse y dejar que la novela se encargue del gran mundo. Sin embargo, sin embargo. La pose modesta –¿me equivoco, o es un poco exagerada? Esas miradas de soslayo- ¿contienen un toque de malicia? ¿Puede ser que el pequeño relato breve se atreva a tener sus propias ambiciones? Si es así, nunca las admitirá abiertamente, debido a un agudo instinto de autoprotección, un dilatado hábito de secretismo nacido de la opresión. En un mundo regido por las jactanciosas novelas, lo pequeño ha aprendido a abrirse paso con cautela. Tendremos que intuir su secreto. Imagino al relato breve protegiendo un deseo. Imagino al relato breve diciéndole a la novela: Puedes tenerlo todo –todo- lo que yo pido es un simple grano de arena. La novela, con un encogimiento de hombros despreocupado, en un gesto a la vez jovial y despectivo, concede el deseo.

 

Pero el grano de arena es la vía de escape del relato. El grano de arena es la salvación del relato. Sigo el ejemplo de William Blake: “Ver el mundo en un grano de arena”. Piensa en ello: el mundo en un grano de arena; lo que es igual que decir: cada parte del mundo, por pequeña que sea, contiene el mundo por entero. O por decirlo de otro modo: si concentras tu atención en una porción aparentemente insignificante del mundo, encontrarás, en las profundidades de su interior, nada menos que el propio mundo. En ese sencillo grano de arena yace la playa que contiene al grano de arena. En ese sencillo grano de arena yace el océano que rompe contra la playa, el barco que navega el océano, el sol que brilla sobre el barco, los vientos interestelares, una cucharilla en Kansas, la estructura del universo. Y ahí tienes la ambición del relato breve, la terrible ambición que subyace a su modestia fraudulenta: dar cuerpo al mundo entero. El relato breve cree en la transformación. Cree en los poderes ocultos. La novela prefiere las cosas a plena vista. No tiene paciencia con los granos de arena individualmente, que brillan pero son difíciles de ver. La novela quiere barrerlo todo con su poderoso abrazo: orillas, montañas, continentes. Pero nunca puede tener éxito, porque el mundo es más extenso que una novela. El mundo se escapa corriendo en cada punto. La novela salta sin descanso de un lugar a otro, siempre hambrienta, siempre insatisfecha, siempre temerosa de llegar a un final: porque cuando ella se pare, exhausta pero nunca en paz, el mundo se la habrá escapado. El relato breve se concentra en su grano de arena, en la creencia apasionada de que ahí -justo ahí, en la palma de su mano- yace el universo. Busca conocer ese grano de arena de la manera en que un enamorado busca conocer la cara de su amada. Espera el momento en que el grano de arena revele su verdadera naturaleza. En ese momento de expansión mística, cuando la flor macrocósmica rompe de la semilla microcósmica, el relato breve siente su poder. Se hace más grande que él mismo. Se hace más grande que la novela. Se hace tan grande como el universo. Ahí dentro yace la inmodestia del relato breve, su agresividad secreta. Su método es la revelación. Su pequeñez es la mediación de su poder. La poderosa masa de la novela se descubre como la imagen irrisoria de la debilidad. El relato breve se disculpa por nada. Se regocija en su brevedad. Quiere ser incluso más breve. Quiere ser una única palabra. Si pudiera encontrar esa palabra, si pudiera pronunciar esa sílaba, todo el universo reventaría con un bramido. Esta es la exorbitante ambición del relato breve, que es su fe más profunda, que es la grandeza de su pequeñez.



Ignacio Ferrando recomienda “Animales tristes”, de Jordi Puntí
Diciembre 8, 2008, 12:35 pm
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Llegué a Jordi Puntí casi por casualidad, precisamente con “Animales tristes”. Recuerdo que abrí sus páginas en la librería y casi desde el principio me interesó su prosa. «Siempre me ha disgustado la plácida forma de morir que tienen los recuerdos…». Así comienza Perro que se lame las heridas, uno de los seis relatos que conforman esta colección. Se trata de un libro muy compensado, de un monolitismo que a veces sobrecoge. De hecho, si no fuera por la obsoleta tradición de los géneros y por la disposición lineal de los textos, podríamos llegar a pensar que estamos ante una novela secuencial constituida por seis hilos narrativos que se trenzan alrededor de la pareja. El tema recurrente son las separaciones, las nostalgias, la mujer a la que se creía conocer y se desconoce, textos en los que la voz narrativa siempre se mantiene a una distancia prudencial preservando, en cada escena, la emotividad de sus personajes, de sus gestos y de sus palabras; historias que miman la trama y jamás se regodean en la llantina del solitario o el tremendismo de las situaciones que describe. La escritura es meticulosa, de una ironía muy fina e inteligente. Y sobre todo, y esto es una confesión más que un hecho objetivo, se trata de esa literatura que, después de muchos años, sigue dejando su sedimento, su sabor, la llama viva e intacta.

 

Ignacio Ferrando (Trubia, Asturias, 1972) es escritor y profesor de relato y lectura en la Escuela de Escritores de Madrid. Es autor de los libros de relatos: Sicilia, invierno (JdeJ, 2008), Ceremonias de interior (2006, Castalia) e Historias de la mediocridad (2003, Comala Ediciones). En los últimos tres años ha recibido importantes premios de narrativa entre los que destacan: el premio Hucha de Oro, el Juan Rulfo, el premio de narrativa de la UNED, el Ciudad de San Sebastián, el NH Vargas Llosa o el José Nogales, entre otros.