Masacre en los jardines


Sexo, mentiras y relatos cortos
Noviembre 27, 2008, 5:10 pm
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Vivimos en una época en la que los engranajes narrativos son una parte exigible e indisociable de nuestra forma de consumir ciertas formas de cultura. En el caso del cuento, casi siempre aluden a una corriente de espíritu artesanal. Lo primero que nos apetece sentenciar es que aunque, como a cualquiera, nos gusta y nos seduce, para nosotros el relato de construcción modélica está sobrevalorado. Muchos de los que lo defienden a punta de lanza, maldiciendo sobre todo el espectro de procedimientos narrativos posibles, son un auténtico coñazo como escritores y no digamos como personas. ¡Laceración testicular para ellos! Contados cuentistas españoles se permiten el lujo de dejarse ir. Porque derivar, sucumbir a la imprevisibilidad de la escritura, a ese “no sé muy bien qué quiero decir”, es una forma de abordaje del cuento que se estigmatiza con gratuita facilidad. El cuentista clásico, como el fan salvajemente fiel que no acepta travesuras en su obra –o género- de referencia, reclama un sentido, un saber valorizado, y pilla una rabieta en cuanto te descuidas. Pero una cosa es cierta: si algo tiene de triste la artesanía es que muchas veces propicia resultados tan solo correctos, allí donde el sentido corresponde a una certeza categórica. No hay desfallecimientos. Nuestro material es, digámoslo así, consciente. Priman los principios básicos de orden: un indicio va antes de otro, hay clímax, vueltas de tuerca, informantes y esas cosas de los tiempos en los que Sócrates daba conferencias sobre la droga por los poblados chabolistas helénicos. Captarán la ironía del asunto.

 

La primera característica notable de Como una historia de terror, del asturiano Jon Bilbao, es que hay un equilibrio muy elegante entre género, construcción dramática y disolución del sentido, el lugar donde el cuento no puede explicarse pero atrae oscuramente toda mirada. Hay que hacer una lectura muy particular de esta colección. Es aconsejable que obvien por un momento esos preceptos tan meapilas del canon acerca de la economía narrativa y acepten aquí otro tipo de seducción, que usa procedimientos cercanos a la nouvelle y las empresas de largo aliento, esto es: gusto por la descripción de ambientes (en ocasiones cercana a un manierismo excesivo, en la línea de Michael Chabon en Jóvenes hombres lobo. Se nota que estos dos tipos han leído muchas revistas de Casa y jardín); tramas paralelas, simultáneos puntos de vista, prolegómenos temporales y distractores, entre otros. El autor posee un estilo descarnadamente preciso, propio de los narradores cámara, y que sin embargo no obvia la riqueza del lenguaje. Eso es muy de agradecer, aunque el resultado suele variar entre lo excelente y cierta artificiosidad forense, sobre todo en la voz de los relatos en primera persona. Como en Prolegómenos, historia de una pareja emocionalmente estéril que quiere llevar sus fantasías a un nivel distinto.  Su protagonista a veces se merecería un buen puñetazo en la boca. Debemos ser solidarios ante todo, porque Prolegómenos es un cuento que tiene ciertas imágenes potentísimas y un gozoso uso del cliffthanger para su resolución, o hablando en cristiano, to be continued.

 

Lo importante es que estamos ante unos cuentos escritos con gusto exquisito. Y Bilbao se toma un tiempo que es precioso para poner en pie sus historias, con rigor y gusto por la melodía estructural. Las piezas de un reloj que va a su hora y tañen su emoción en el segundo preciso. Pongan atención, por ejemplo, en Rata, un cuento brillante en el que un ejecutivo celebra una fiesta para que sus empleados le tomen en cuenta y, sorpresivamente, alguien introduce uno de esos encantadores animales con un lazo en mitad del cocktail. Si se imaginan la estampa no llegarán ni a la mitad de las cosas que el cuento da.

 

Hay en otros relatos querencia por una oscura pulsión sexual, como en Hambre en los alrededores del lago, historia de un ayuno voluntario en mitad de ninguna parte. Es uno de los cuentos que menos nos ha seducido. Aunque de nuevo está muy bien escrito y Bilbao juega muy hábilmente –en su línea perturbadora- con los puntos de vista de los dos personajes principales, a medida que se avanza en la lectura el estilo se vuelve tan taxativo, tan puramente telegráfico, que parece que estemos ante el cambio a tiempo pasado de un guión de cine. La historia, sin embargo, merece la pena degustarse con tal de asistir al mejor polvo sucio que hemos tenido el gusto de leer hasta la fecha. Y eso es de mucho, muchísimo valor, si tenemos en cuenta que en las novelas de ahora es fácil deducir que el autor folla poco (sexo lírico, cursi y con retraso mental) o está mintiendo (epígonos de Bukowski).

 

En la línea voyeurista, que no podía faltar, menos explícito es El ladrón de lencería, la historia de un hombre con la cara marcada que se configura como sujeto y ejecuta un plan maestro robando la lencería de sus vecinos. Un muy buen cuento que, a pesar de todo, peca esta vez de un excesivo peso estructural. Todo está tan bien atado y de una manera tan visible que, paradójicamente, uno se queda con un extraño bouquet al final. Eso sí, funciona como un tiro.

 

El paisaje es otro elemento que actúa de motor emocional. Bilbao es un narrador opuesto a los paisajes funcionales. Los convierte así en territorios psíquicos, proyecciones milimétricas de una aridez emocional, de un oscuro secreto. Pensamos muchas veces al leer el cuento que da título al volumen en Picnic en Hanging rock, la estupenda y añeja cinta de Peter Weir. Esto es algo que le proporciona al libro una textura fascinante: arquitecturas polvorientas, lejanías a las que no se llega, casas transparentes dejadas de la mano de Dios, bosques tenebrosos. Lugares en los que no importa tanto ver como sí internarse en sus huecos.

 

Al igual que Charles Burns en Agujero negro (magnífica historieta sobre el desarraigo teen en clave mutante), o Ballard en Crash, Jon Bilbao trufa sus narraciones de la potencia visual y sensorial de la repulsión: personajes que son a través de sus taras, de sus deseos sucios, de su esterilidad emocional. Gente, en fin, a la que no queremos mirar. Entendemos también que una de las influencias más evidentes proviene del cine (el autor insiste en que no, pero bueno, los chiquillos también suelen decirle a su madre que no han robado chocolate). Particularmente, de los mismos materiales que usaba Hitchcock para ejecutar la representación del suspense. Por más que los relatos estén bien horneados, la costura del clasicismo (vuelta de tuerca, pistas falsas, suspense) a menudo nos parece menos interesante (que no válida, atentos) que la propia penetración en el inconsciente que hace el autor, una de sus características más interesantes. Es permanente y seductora. En este libro casi todo tiene sabor de símbolo. Cada imagen, como en las películas del gordito, es una operación metafórica que no evita los aspectos más descarnados e inquietantes del comportamiento humano. Hay muchas y muy buenas imágenes en un principio rechazables que se hacen pis en la verosimilitud (como le gustaba a don Alfred) y que, insertadas en la lógica precisión y orden que les da el asturiano, funcionan para llevar al relato al terreno de lo sensorial, del desorden mental, de la inquietud a fuego lentísimo.

 

Si inicia la lectura de este estimable libro, lector, va usted a pisar un terreno sin luz. Las ramas han comenzado a crujir bajo sus pies y al fondo, en una casa abandonada y llena de malas hierbas, se puede ver a un hombre deformado haciendo el amor con una mujer, dentro de una chimenea. Se arañan. Parecen felices.

 

¿Verdad que ponemos unos ejemplos cojonudos?   

¿Les parecen pocos argumentos para comprarlo?

 

Como una historia de terror, Jon Bilbao

(Salto de Página, Madrid, 2008)

 

Por MASACRE


3 comentarios por mucho
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Por desgracia, en la vida se folla poco y los (escasos) polvos son escrupulosamente limpios.
Así pues, pura ciencia-ficción el polvo sucio de El hombre en los alrededores del lago.
Me gustó mucho el libro.

Comment por David B.

[...] reseñas en los blogs (sin ningún orden particular): El tacto de un billete falso, Solodelibros, Masacre en los jardines, La tormenta en un vaso, Papel en blanco, Relataduras, La biblioteca imaginaria, El desván de los [...]

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Ahora que he parido ya, señores de Masacre, y que mi no-reseña del libro de Bilbao ya es autónoma, debo decir algo: después de leerme dos veces el libro, de revisar las reseñas de muchas otras páginas, digitales y presas de la papiroflexia también, he de decir que la suya me ha parecido de las mejores, en fondo (lectura del libro) y forma (capacidad del crítico para interesar al lector en el libro por el propio texto de la reseña). Ahora bien, disiento en lo de “género, construcción dramática y disolución del sentido”. Jon Bilbao desgrana una artesanía exquisita, sí, algo de género hay en sus cuentos, sí, la construcción dramática es impecable, sí, pero ¿dónde ven ustedes “disolución del sentido” en esos cuentos, más allá de algunas imágenes casi totémicas de nuestro acerbo acervo?

Comment por Sergi Bellver




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