Archivado en: Reseñas | Etiquetas: Alfred Hitchcock, Charles Burns, cliffthanger, Cuento, J. G. Ballard, Jon Bilbao, Relato, Salto de Página

Vivimos en una época en la que los engranajes narrativos son una parte exigible e indisociable de nuestra forma de consumir ciertas formas de cultura. En el caso del cuento, casi siempre aluden a una corriente de espíritu artesanal. Lo primero que nos apetece sentenciar es que aunque, como a cualquiera, nos gusta y nos seduce, para nosotros el relato de construcción modélica está sobrevalorado. Muchos de los que lo defienden a punta de lanza, maldiciendo sobre todo el espectro de procedimientos narrativos posibles, son un auténtico coñazo como escritores y no digamos como personas. ¡Laceración testicular para ellos! Contados cuentistas españoles se permiten el lujo de dejarse ir. Porque derivar, sucumbir a la imprevisibilidad de la escritura, a ese “no sé muy bien qué quiero decir”, es una forma de abordaje del cuento que se estigmatiza con gratuita facilidad. El cuentista clásico, como el fan salvajemente fiel que no acepta travesuras en su obra –o género- de referencia, reclama un sentido, un saber valorizado, y pilla una rabieta en cuanto te descuidas. Pero una cosa es cierta: si algo tiene de triste la artesanía es que muchas veces propicia resultados tan solo correctos, allí donde el sentido corresponde a una certeza categórica. No hay desfallecimientos. Nuestro material es, digámoslo así, consciente. Priman los principios básicos de orden: un indicio va antes de otro, hay clímax, vueltas de tuerca, informantes y esas cosas de los tiempos en los que Sócrates daba conferencias sobre la droga por los poblados chabolistas helénicos. Captarán la ironía del asunto.
La primera característica notable de Como una historia de terror, del asturiano Jon Bilbao, es que hay un equilibrio muy elegante entre género, construcción dramática y disolución del sentido, el lugar donde el cuento no puede explicarse pero atrae oscuramente toda mirada. Hay que hacer una lectura muy particular de esta colección. Es aconsejable que obvien por un momento esos preceptos tan meapilas del canon acerca de la economía narrativa y acepten aquí otro tipo de seducción, que usa procedimientos cercanos a la nouvelle y las empresas de largo aliento, esto es: gusto por la descripción de ambientes (en ocasiones cercana a un manierismo excesivo, en la línea de Michael Chabon en Jóvenes hombres lobo. Se nota que estos dos tipos han leído muchas revistas de Casa y jardín); tramas paralelas, simultáneos puntos de vista, prolegómenos temporales y distractores, entre otros. El autor posee un estilo descarnadamente preciso, propio de los narradores cámara, y que sin embargo no obvia la riqueza del lenguaje. Eso es muy de agradecer, aunque el resultado suele variar entre lo excelente y cierta artificiosidad forense, sobre todo en la voz de los relatos en primera persona. Como en Prolegómenos, historia de una pareja emocionalmente estéril que quiere llevar sus fantasías a un nivel distinto. Su protagonista a veces se merecería un buen puñetazo en la boca. Debemos ser solidarios ante todo, porque Prolegómenos es un cuento que tiene ciertas imágenes potentísimas y un gozoso uso del cliffthanger para su resolución, o hablando en cristiano, to be continued.
Lo importante es que estamos ante unos cuentos escritos con gusto exquisito. Y Bilbao se toma un tiempo que es precioso para poner en pie sus historias, con rigor y gusto por la melodía estructural. Las piezas de un reloj que va a su hora y tañen su emoción en el segundo preciso. Pongan atención, por ejemplo, en Rata, un cuento brillante en el que un ejecutivo celebra una fiesta para que sus empleados le tomen en cuenta y, sorpresivamente, alguien introduce uno de esos encantadores animales con un lazo en mitad del cocktail. Si se imaginan la estampa no llegarán ni a la mitad de las cosas que el cuento da.
Hay en otros relatos querencia por una oscura pulsión sexual, como en Hambre en los alrededores del lago, historia de un ayuno voluntario en mitad de ninguna parte. Es uno de los cuentos que menos nos ha seducido. Aunque de nuevo está muy bien escrito y Bilbao juega muy hábilmente –en su línea perturbadora- con los puntos de vista de los dos personajes principales, a medida que se avanza en la lectura el estilo se vuelve tan taxativo, tan puramente telegráfico, que parece que estemos ante el cambio a tiempo pasado de un guión de cine. La historia, sin embargo, merece la pena degustarse con tal de asistir al mejor polvo sucio que hemos tenido el gusto de leer hasta la fecha. Y eso es de mucho, muchísimo valor, si tenemos en cuenta que en las novelas de ahora es fácil deducir que el autor folla poco (sexo lírico, cursi y con retraso mental) o está mintiendo (epígonos de Bukowski).
En la línea voyeurista, que no podía faltar, menos explícito es El ladrón de lencería, la historia de un hombre con la cara marcada que se configura como sujeto y ejecuta un plan maestro robando la lencería de sus vecinos. Un muy buen cuento que, a pesar de todo, peca esta vez de un excesivo peso estructural. Todo está tan bien atado y de una manera tan visible que, paradójicamente, uno se queda con un extraño bouquet al final. Eso sí, funciona como un tiro.
El paisaje es otro elemento que actúa de motor emocional. Bilbao es un narrador opuesto a los paisajes funcionales. Los convierte así en territorios psíquicos, proyecciones milimétricas de una aridez emocional, de un oscuro secreto. Pensamos muchas veces al leer el cuento que da título al volumen en Picnic en Hanging rock, la estupenda y añeja cinta de Peter Weir. Esto es algo que le proporciona al libro una textura fascinante: arquitecturas polvorientas, lejanías a las que no se llega, casas transparentes dejadas de la mano de Dios, bosques tenebrosos. Lugares en los que no importa tanto ver como sí internarse en sus huecos.
Al igual que Charles Burns en Agujero negro (magnífica historieta sobre el desarraigo teen en clave mutante), o Ballard en Crash, Jon Bilbao trufa sus narraciones de la potencia visual y sensorial de la repulsión: personajes que son a través de sus taras, de sus deseos sucios, de su esterilidad emocional. Gente, en fin, a la que no queremos mirar. Entendemos también que una de las influencias más evidentes proviene del cine (el autor insiste en que no, pero bueno, los chiquillos también suelen decirle a su madre que no han robado chocolate). Particularmente, de los mismos materiales que usaba Hitchcock para ejecutar la representación del suspense. Por más que los relatos estén bien horneados, la costura del clasicismo (vuelta de tuerca, pistas falsas, suspense) a menudo nos parece menos interesante (que no válida, atentos) que la propia penetración en el inconsciente que hace el autor, una de sus características más interesantes. Es permanente y seductora. En este libro casi todo tiene sabor de símbolo. Cada imagen, como en las películas del gordito, es una operación metafórica que no evita los aspectos más descarnados e inquietantes del comportamiento humano. Hay muchas y muy buenas imágenes en un principio rechazables que se hacen pis en la verosimilitud (como le gustaba a don Alfred) y que, insertadas en la lógica precisión y orden que les da el asturiano, funcionan para llevar al relato al terreno de lo sensorial, del desorden mental, de la inquietud a fuego lentísimo.
Si inicia la lectura de este estimable libro, lector, va usted a pisar un terreno sin luz. Las ramas han comenzado a crujir bajo sus pies y al fondo, en una casa abandonada y llena de malas hierbas, se puede ver a un hombre deformado haciendo el amor con una mujer, dentro de una chimenea. Se arañan. Parecen felices.
¿Verdad que ponemos unos ejemplos cojonudos?
¿Les parecen pocos argumentos para comprarlo?
Como una historia de terror, Jon Bilbao
(Salto de Página, Madrid, 2008)
Por MASACRE
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Está editado por Tusquets, en su colección Cuadernos Mínimos. Es de 1980. El libro es de un amigo mío. Me lo dejó y no se lo he devuelto. Es más, creo que ya no se lo voy a devolver, con lo que mejor hubiera sido empezar esta confesión diciendo: el libro “era” de un amigo mío.
No es que esté justificando un hurto, que también. Lo que estoy haciendo expresamente, es indicar una de las formas más adecuadas, de entre las varias que podríamos encontrar a la hora de acercarnos a la obra literaria de Woody Allen.
Y es que a los relatos de Allen que se recogen en Perfiles, hay que acercarse a lo zaino, de través, con el ánimo un tanto retorcido y el espíritu de fiesta. No hay otra manera de hacerlo, pues una vez inmerso en su lectura, es el propio autor el que, gracias a su natural locuacidad, su constante y frenético ritmo, y a su depuradísimo y singular sentido del humor, fomenta un perenne ánimo bufo y una suerte de juerga literaria, página a página y título a título, con lo que si no se acudió a la cita debidamente disfrazado y dispuesto, al instante uno tiene la sensación de encontrarse como desubicado, ajeno, y compelido por mor de su estupidez como lector, a ser el que repone el ponche, mientras ve como el resto de invitados a la fiesta, baila y se divierte.
En Perfiles, antología de relatos publicados entre 1975 y 1980, en diarios como The New York Times o The New Republic, se recogen todas aquellas obsesiones de juventud -las actuales son las mismas pero algo más taimadas por la fama y la edad- que uno espera encontrar en todo lo que provenga de este señor. Sus archiconocidas neuras, sus dilemas morales, su penuria sexual, su filosófico enfrentamiento con la muerte; todo ello se encuentra escondido, tras cada una de las palabras de esta colección de dieciséis relatos tan ágiles y gamberros, como profundos e imprescindibles.
Raúl Ariza Pallarés. (Benicàssim. Castellón, 1968). Es abogado y escritor ocasional e inédito. Ha colaborado con alguna que otra revista literaria, realizado pequeños artículos para periódicos de ámbito provincial, y ha obtenido discretas menciones en concursos literarios. Es autor del blog El alma difusa, en el que presenta sus colecciones de microrrelatos, inspirados, la mayoría de las veces, en el cine clásico; otra de sus reconocidas pasiones.
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Si la nieve se puede definir como unos cristales de hielo formados alrededor de partículas diminutas de la atmósfera cuando el vapor de agua se condensa a temperaturas inferiores a la de solidificación, entonces no debería extrañarnos que este libro de relatos de Kawabata se derrita en nuestras manos cuando lo leemos. Tal vez sea porque hay algo de la estructura atómica y bien ordenada del cristal en estos relatos. O quizá porque también sus historias necesitan de las partículas diminutas de la condición humana alrededor de las cuales formar sus tramas. O, simplemente, porque sus personajes se hallan a temperaturas inferiores a las del cambio de estado de una ignorancia plena a una rebeldía propia. No importan las causas sino el efecto, y el resultado es un libro que se derrite entre los dedos y nos empapa la piel y se cuela bajo las uñas y forma un charco en la palma de nuestras manos calientes.
Carlos Mateos López (Zaragoza, 1970) encuentra al azar pliegues en la conducta de las personas y, también, momentos donde las máscaras se deslizan. Es entonces cuando su inquietud le lleva a escribir un relato. Luego, lo manda a un concurso literario. A veces hay suerte (Ciudad de Zaragoza, Valentín Andrés, Villa de Benasque para autores aragoneses), otras veces no. Pero mientras el destino le permita descubrir pliegues y máscaras, su inquietud le llevará a escribir un nuevo relato.
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Hace unos diez años, a la salida de clase yo solía aterrizar con frecuencia en Hermanos Vidal, una librería muy conocida de Zaragoza que queda a dos patadas del campus y huele siempre a papel viejo. Entonces la regentaba el inolvidable Antonio, su fundador, un librero genial que cuando pagabas en caja ponía tu libro en una bolsita pequeña y te recitaba un par de versos a modo de despedida. Allí me pasaba yo horas hurgando entre los anaqueles, porque no era raro darse de bruces con textos descatalogados y rarísimos, como los de un estudiante de Filología, llamado Gonzalo, que un buen día aparecieron sobre una de las mesas de la trastienda. A juzgar por la cantidad de libros desparramados que llevaban su nombre escrito en la primera página, daba la sensación de que Gonzalo se había desprendido de golpe de toda su biblioteca universitaria, con el mismo gesto de quien se quita un abrigo de piedras cuyo peso le resultara insoportable cargar un segundo más. Junto a una edición amarillenta del manual de Lapesa y la Morfología del cuento de Propp, encontré, entre otros, los Cuentos de la becada de Maupassant y dos libros de la Peri Rossi que me llevé a casa por el módico precio de 400 pesetas, después de leer sus títulos: La tarde del dinosaurio e Indicios pánicos. El primero, en su diminuta edición de Plaza & Janés del año 1984, se convirtió enseguida en uno de mis favoritos, porque atesoraba un conjunto magnífico de relatos, agrupados en torno a un nombre insuperable. Y es que los nombres (me cuesta llamarlos títulos) de los libros son así de importantes. Cuántos leemos y cuántos desechamos gracias a ellos.
La tarde del dinosaurio es, para mi gusto, uno de los mejores cuentos del volumen, de hecho es tan bueno que hasta la propia Cristina Peri Rossi quedó hipnotizada por la imagen de aquel bicharraco grisáceo que emergía de entre las olas, sacando su enorme cabeza como con miedo de lo que pudiera encontrarse en la superficie, y decidió llamar así a su libro. Julio Cortázar compartió asombro con ella y le escribió un prólogo, Invitación a entrar en una casa.
Como no podía rehusarse semejante ofrecimiento, viniendo del maestro, yo también me apresuré a cruzar el umbral. Y después de leer la formidable historia del niño que sufre los efectos secundarios de tener dos padres tan distintos como la cara A y la cara B de una cinta de cassette que debe escuchar a diario, habría querido poder arrancar las páginas de ese cuento y convencerme de que era mío. Lo mismo o muy parecido me sucedió con el bradburiano cuento espacial Simulacro, donde el desesperado narrador se pasa el tiempo persiguiendo por toda la galaxia a Patricia, una astronauta esquiva y deshumanizada que le da calabazas siderales siempre que tiene ocasión, o con el maravilloso En la playa, ejemplar en su uso ágil e ingenioso del diálogo y que protagonizan una pareja de aburridos recién casados y una niña extraña, de esas que te hacen pensar inevitablemente en criaturas de ojos acharolados, como los de Ana Torrent en las películas de Saura.
Los niños. Los niños son importantes en este libro, ya lo señaló Cortázar, al afirmar que aquí cumplen el papel de testigos, víctimas, jueces, de quienes los inmolan a fin de obtener de sus cenizas un adulto. Y es cierto. La infancia es el periodo de la verdad y la sabiduría en los cuentos de Peri Rossi, sus niños son filósofos intuitivos y sujetos autosuficientes, que miran con algo de compasión severa a sus mayores. Niños que salen disfrazados a ganar el pan de cada día, mocosos como la niña que surge del atardecer en la playa y sostiene una larga charla con la pareja de adultos que nuncan olvida llevar en el bolso un jersey, por si refresca: “Si yo me voy ustedes se quedan toda la noche solos”, les dice. Y que termina sentenciando, “Aunque les deje a mi gato, estarán completamente solos”.
Hay otro tema en La tarde del dinosaurio, que en realidad para mí es el tema. El mar. El mar como dinosaurio que el hombre juega a extinguir en favor de una especie más evolucionada, las playas mansas de un mundo maquillado de civilizacion, pero que en realidad permanece como elemento idiota, en el sentido griego de un individualismo egoísta, de una incapacidad para tomar contacto con su alrededor. Porque el mar nunca se limita a asumir el papel de simple telón de fondo en este volumen de relatos, sino que, aun vuelto de espaldas, amenaza a cada historia, las vigila y asedia, casi puede decirse que incluso las condiciona.
Y es que, ¿se atrevería ese narrador enamorado a mostrar lo que siente por su hermana Alina, delante incluso de su novio, si no estuvieran los tres junto al mar, tomando fotos en la arena?, o ¿acaso la niña misteriosa podría aparecer de la nada en cualquier otro escenario que no fuera en esa orilla dócil? Creo que no. El mar está casi siempre, es el otro lado del espejo que un padre inhábil para la edad adulta y su viejísima hija de siete años atraviesan al exiliarse en La influencia de Edgar A. Poe en la poesía de Raimundo Arias, y se transfigura en espacio galáctico, que no es otra cosa sino el océano moderno, remoto e inexplorado, en el primer Simulacro.
Pese al desconcierto que puede generar en el lector la inclusión de cuentos como el suntuoso Gambito de reina, en un libro que posee de forma innata una atmósfera tonal, esa que tantas veces nos empeñamos en buscar en obras propias y ajenas, esta tarde de dinosaurios, de deseos condenados a convertirse en animales estériles y adultos desvalidos que olvidan la verdadera lógica vital, merece la pena, sobre todo porque uno ya no tiene que dejarse la vida buscándolo en vano por las librerías, ni tampoco los ojos, si es que finalmente lo encuentra por casualidad en una librería de viejo, como me pasó a mí. La obra de Peri Rossi merecía unas hechuras distintas al formato aquejado de enanismo de Plaza & Janés, y en Tropo Editores se las han dado este año, junto con una portada maravillosa del gran Óscar Sanmartín y un prólogo a cargo de la propia autora. Una última sugerencia, si pueden, y aunque el verano ha acabado, léanlo sentados junto al mar.
La tarde del dinosario, Cristina Peri Rossi (Tropo editores, 2008)
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Está de moda considerar a Benet como un autor plúmbeo, continuador y creador de una tradición provinciana y elitista, que premiaba excesivamente los alardes formales y despreciaba olímpicamente al lector. Tal vez muchas de sus obras se ajusten milimétricamente a tan popular cliché, pero no “Una tumba” y “Numa”. Son dos relatos excepcionales, que demuestran el dominio de Benet sobre el género y, sobre todo, que podía modular a su antojo la distancia que mantenía con su querido, y con frecuencia desquiciante, oximorón. Es una pena que no utilizara el autocontrol con más frecuencia. En ambos relatos realiza un profundo estudio sobre dos de sus sentimientos más queridos: la espera y la perseverancia, que inevitablemente culminan en un honorable fracaso.
Descubrí a Benet hace unos quince años, de la mano de un viejo amigo, triste –o felizmente, eso nunca se sabe- alejado. El vigor poético de su prosa, tan ajeno a nuestra literatura, me deslumbró. Como todos los deslumbramientos continuados, terminó en ceguera y lentamente comencé a intuir sus debilidades: esa extraña manía por ocultar las peripecias y por exhibir su fortaleza estilística aun a costa de la propia obra. Leí Numa durante un viaje a Cáceres en autobús. Hacía mucho calor, tenía resaca y aunque las reflexiones del guardián sobre la importancia de su función, tan cercanas al absurdo, y la pausada evolución de la tumba me vencieran un par de veces nunca olvidaré –espero- la nitidez y contundencia del desenlace y la denodada insistencia del vigilante en el cumplimiento de su deber.
Recaredo Veredas es autor del libro de relatos “Pendiente” y del manual de escritura “Cómo escribir un relato y publicarlo”. Fue profesor de creación literaria en Escuela de Letras. Colaborador de “La tormenta en un vaso” y creador del blog “La línea recta”. Lector y corrector en numerosas editoriales.