Archivado en: Reflexiones | Etiquetas: Cristina Fernández Cubas, Edgard Allan Poe, Fernando Valls, Tusquets

En este volumen, que aparecerá en octubre en la editorial Tusquets, se recogen todos los cuentos que la autora había incluido en los cinco libros que ha publicado, de Mi hermana Elba (1980) a Parientes pobres del diablo (2006), con una propina extraordinaria: la continuación del cuento que Poe dejó sólo empezado, “El faro”. Pero lo extraordinario, en esta ocasión, es el modo en que la autora, partiendo de una historia apenas esbozada, acaba asumiéndola como propia, sin subvertir ni el estilo ni las propuestas estéticas del escritor norteamericano, trasformándola y enriqueciéndola, hasta sacarle el máximo partido posible.
Como decía, el lector se va a encontrar además con cuentos tan logrados como “Lúnula y Violeta”, “La ventana del jardín”, “Mi hermana Elba”, “El reloj de Bagdad”, “Los altillos de Brumal”, “La noche de Jezabel”, “Helicón”, “El ángulo del horror”, “Mundo”, “La mujer de verde”, “Ausencia” y bastantes más. Todos estos relatos, en suma, aparecen plagados de situaciones inquietantes, de vueltas de tuerca y sueños convulsos que a veces se convierten en pesadillas. Y en esos mundos de límites imprecisos, varias son las fuentes de inquietud: entre otras, la visión de la realidad desde perspectivas insólitas; el trastocamiento del tiempo y del espacio; la fatalidad; el viaje (o el desplazamiento) iniciático; pero también los espacios cerrados; el conflicto entre lo inexplicable y la razón; la otredad; los silencios tensos y agobiantes; las obsesiones y la duda sobre la identidad.
Fernando Valls es profesor de Literatura Española Contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona y director de la colección Reloj de arena de la editorial Menoscuarto. En otoño aparecerá, en Páginas de espuma, su libro Soplando vidrio y otros estudios sobre el microrrelato español.
Archivado en: Reflexiones | Etiquetas: Cuento, Inés Mendoza, Leonora Carrington, Siruela, Surrealismo

Partiendo de la idea de que tanto la lectura como la escritura de un texto vivo surgen de una necesidad de cambio, es difícil elegir un solo libro de cuentos que te haya “atravesado”, porque, obviamente, los textos que experimentas como una transformación están dispersos en varios libros. No sé, “Vera” de Villiers, “El balcón” de Felisberto Hernández, “Silvia”, “Ante la ley”, son, entre otros muchos, relatos dispersos que no sólo me han formado, sino que además me han revelado algo, que es, creo, lo que hace la verdadera literatura.
Y eso sin entrar en la vaguedad del término “cuento” (¿acaso el banquete de los Girondinos de Lamartine no es un relato?); pienso en “El Barón Rampante”, “Viaje al Centro de la Tierra”, “Bartleby”, “La Cruzada de los Niños”, que más que novelas son extraordinarios cuentos largos.
Sin embargo, hay un libro de relatos que, además de haber tenido en lo personal -y casi íntegramente- el valor de una revelación, se acerca bastante a aquel enunciado de Bataille de que “el arte, cuando es verdaderamente arte, procede (…) mediante sucesivas destrucciones”, entendiendo, por supuesto, destrucción como transformación. Me refiero a “El Séptimo Caballo” de Leonora Carrington.
Si –como supongo- todos nos hacemos preguntas al emprender una lectura, una de mis preguntas recurrentes es qué es lo que el autor quiso o quiere destruir/construir con su texto, sea escritura o no. Pues bien, según este baremo de Bataille que he hecho mío, “El Séptimo Caballo” es un libro que opera una “destrucción” de lo que conocemos como “realidad”. Y como toda propuesta verdaderamente vital, me atrevo a decir, esta destrucción surge acompañada de su correlato de elaboraciones simbólicas.
La sensibilidad única de Leonora Carrington (que hace poco ha cumplido 90 años) consigue que elementos tan divergentes como los del imaginario cristiano, oriental, medieval o contemporáneo, concurran a realizar la idea surrealista de la unión de los contrarios. Pero esta unión no ocurre sólo en el lenguaje, sino también en la estructura misma de la trama, una estructura fragmentaria. De esta manera, los cuentos de “El Séptimo Caballo”, como los de otros libros y también los cuadros de esta gran artista, logran una atmósfera fuertemente onírica, que se apoya en un lenguaje de exquisita factura.
Y aún así, ¿de qué tipo de “ensoñación” estamos hablando? Porque a estas alturas, pienso, no necesitamos más fantasía: el hombre actual ya tiene demasiado Imaginario. Tampoco, me parece, tiene mucho sentido el realismo “cinematográfico” en un mundo que promueve la escasez de pensamiento. Lejos de ello, las historias de este libro de incuestionable vigencia (aunque escrito entre 1937 y 1942) transcurren no en el espacio –un poco recetario últimamente- de “lo fantástico”, sino en el de lo onírico “pesadillesco”, aunque respiran también cierto aire de lo puramente maravilloso. No son, no obstante, cuentos “maravillosos” en el sentido de las clasificaciones de Todorov, a pesar de su atmósfera hermética; se trata más bien de textos de una fina ironía, a veces cruel, en los que los personajes, especie de elaboraciones simbólicas enraizadas en diversas tradiciones míticas (la Biblia, por ejemplo) giran alrededor del vacío humano, mientras van recorriendo lugares, atravesando paisajes, y destruyendo/recreando, en esa travesía, el mundo lamentable del “sentido común” que conocemos.
Inés Mendoza (Caracas, 1970) es escritora y arquitecta. Desde 1999 vive en Madrid. Ha colaborado con artículos, reseñas y relatos en medios de varios países. Premiada en el concurso de ensayos “El futuro es ya”, ha recibido igualmente el XI Premio de Narraciones Breves Villa de Torre Pacheco (2004) y el segundo premio en el Concurso Internacional casa de Teatro (2005), además de una mención en el Certamen Internacional de Letras Art Nalón (2006). Su trabajo como cuentista ha sido recogido en las antologías Tifoidea y otros cuentos, Voces Nuevas y Parábola de los talentos. Es miembro del colectivo surrealista La llave de los campos.
Archivado en: Reflexiones | Etiquetas: Ibán Zaldúa, Jokin Muñoz, Letargo, Premio Euskadi

(En realidad, el libro que más me apetecería recomendar es Umeek gezurra esaten dutenetik, de Uxue Apaolaza, una de las recopilaciones de relatos que más me han impactado estos últimos años. Pero, por desgracia, no está traducida al castellano –aún: a ver si alguien se anima–. Por dar una idea, y aunque son dos libros muy distintos, La ciudad en invierno de Elvira Navarro me dejo una sensación similar en la boca del estómago).
De manera que el libro que elijo es Letargo, del escritor navarro Jokin Muñoz (Alberdania 2005); es la traducción al español de Bizia lo, publicada en la misma editorial en el año 2003 y que ganó el Premio Euskadi de Literatura 2004. Son cinco cuentos sobre el (llamado) conflicto vasco, empezando por la postguerra (“El mecano”), y acabando en una especie de futuro o ucronía paralela (“El silencio de la nieve”) que se parece demasiado a la ucronía que vivimos ahora mismo. Y en medio, tres cuentos que nos hablan de la vida más o menos cotidiana en un mundo que aparentemente no está en guerra, pero está en guerra (o viceversa): “Silencios” (que me parece el mejor: un ejercicio de contención y elipsis), el evocativo “Chantillí” y “El examen”, el más irónico (sin dejar de ser triste) del lote.
Iban Zaldua (San Sebastián, 1966) es escritor e historiador. Ha publicado, entre otras cosas, los libros de cuentos Gezurrak, gezurrak, gezurrak (Erein, 2000; traducido como Mentiras, mentiras, mentiras, Lengua de Trapo 2006), Traizioak (Erein, 2001), La isla de los antropólogos (Lengua de Trapo 2002), Itzalak (Erein 2004) y Etorkizuna (Alberdania 2005; traducido como Porvenir, Lengua de Trapo 2007), así como la novela Si Sabino viviría (Lengua de Trapo 2005). Por otra parte, es miembro del consejo de redacción de la revista electrónica sobre literatura Volgako Batelariak.
Archivado en: Reflexiones | Etiquetas: Brett Easton Ellis, David Foster Wallace, Mcsweeneys, Relato, Ricardo Menéndez Salmón
En una entrevista para la revista Quimera, el escritor Ricardo Menéndez Salmón llamaba al orden por ciertos fratricidios contemporáneos y se situaba, sin dudarlo, en la tradición. De una declaración tan inteligente de un escritor dedicado a explorar temas muy similares a los de escritores como William Faulkner o Cormac McCarthy (o sea, las raíces del Mal) puede sacarse un mensaje equívoco: si la literatura es un plagio excelente, funciona y puede ser notable.
Seguramente por eso la recepción en España de David Foster Wallace ha sido, como siempre, injusta y exigente. Pero es lógico. Foster Wallace era, además de un novelista melvilleano, el mejor cuentista en activo de la nueva narrativa estadounidense. Su aportación fue incalculable porque se propuso agotar una tradición y acaso inventarse una, que empezara y terminara por él mismo. Seguramente es el único cuentista comprometido con la labor de su tiempo: contarlo, imaginarlo o al menos fingir reflejarlo. Sólo Lorrie Moore ha conseguido relatos que hablen con esa voz, rica y flexible, de las angustias de la era posindustrial, prácticamente invisibles para muchos narradores.
Hablaba Foster Wallace del problema del minimalismo y lo comparaba con la metaficción Decía que el minimalismo era falaz porque pretendía decir que no había narrador, que no existía. Defendía a Carver con una bella metáfora: I can hear the click. También lo hizo con otros excelentes cuentistas como Cortázar, Barthelme o Coover.
En los relatos de Foster Wallace uno puede oir el click. Incluso en los que parecen (meros) juegos posmodernos no son tales: el autor se hizo dueño de esas formas sólo para criticarlas. El escritor ya alertó del peligro y de lo idiota que suponen los movimientos, y si a Carver le tocó ser minimalista, a Foster Wallace le ha tocado ser posmoderno. Era muy crítico con el uso sistemático de Foucault y De Man en las universidades, decía que el juego posmoderno y trivial llevaba a Bret Easton Ellis y Duchamp era sólo el destino de la MTV. Foster Wallace quiso retar con sus relatos breves a todo una tradición y sólo desde el conocimiento exhaustivo pudo hacerlo. Quiso superar una estética y, sólo parcialmente, lo consiguió. El triunfo de McSweeney’s, de su cómplice Dave Eggers, ya le condenó a ser portavoz generacional.
Foster Wallace decidió agotar, antes de su trágica muerte con 46 años, al propio narrador, a la lengua y también a la elipsis. No esquivo la abstracción y la idea del relato como la composición detenida de un instante, con su magnífico Encarnación de una generación quemada. Supo hacer de la pirueta conceptual todo un relato, casi el más incontestable que ha escrito: Lyndon, en el que ahondaba en la figura más mediocre de todos los poderosos y obligaba a mirarla de frente. Pese a su innegable humor, Lyndon es un cuento sobre la banalidad demasiado trascendente. Una característica que se convirtió en el mayor pero de los críticos empeñados a tapar a Foster Wallace y en seguir destinando a otros propósitos, ignotos y centrales, a ratos aburridamente tradicionales, a la literatura. Con él, el relato pierde a uno de sus auténticos cultivadores, preocupado por cualquier asunto menos el de la eficacia y el canon, costumbre que, curiosamente, rodea a la mayoría de cuentistas.
Por ALVY SINGER
Archivado en: Uncategorized | Etiquetas: Marcelo Luján, Paola Kaufmann, Suma de letras

La primera edición de este libro salió a la luz en Madrid, en noviembre de 2002 ¾después de haber ganado el premio del Fondo Nacional de las Artes¾, cuando Paola todavía vivía y no había escrito aún El lago (Premio Planeta, Argentina), aunque sospecho que ya tenía entre manos esa excelente novela que es La hermana (Premio Casa de las Américas), obra basada en la vida de la poeta Emily Dickinson.
Sin ánimo a equivocarme, creo que esta colección de relatos es entrañable, amena y de altísimo vuelo literario: imperdible, diríase. Y colocó a su autora ¾para siempre¾ en un puesto privilegiado de la narrativa hispanoamericana.
Recuerdo que estaba yo deambulando por las oficinas de Punto de Lectura porque había cierto interés en publicar mi primer libro de cuentos. Rosa Ruocco ¾editora de Suma de Letras en ese entonces¾ me dijo toma, es de una paisana tuya: muy bueno, por cierto. Y me regaló El campo de golf del diablo. Y agregó mientras yo observaba la cubierta: a ver si es verdad y acabas siendo compañero de colección. Lo leí esa misma noche, desbordado y contradiciendo mi sonsa teoría de no más de un cuento por día de un mismo libro. Después quise contactar con Paola: no lo conseguí. Tampoco conseguí que el sello para el que trabajaba Rosa Ruocco ¾aunque ella sí lo quiso¾ me publicara Flores para Irene. A finales de ese año, Flores ganó su edición en Canarias. Después pasaron algunos años más. Leí La hermana e intenté volver a charlar con Paola. No lo conseguí. Y después ella murió. Murió de total imprevisto ¾al menos para mí¾ y el mismo día en que me anunciaron que mi segundo libro de relatos ganaba en Alcalá de Henares algo de dinero y su publicación. La noticia de esa muerte me impactó tanto que casi no tuve presente el galardón que había conseguido escribiendo cuentos. Qué crueles son a veces las coincidencias.
Más allá de que el libro la merece, valga esta recomendación como un breve homenaje a una de las pérdidas ¾por temprana y por absoluta¾ más terrible que sufrió la narrativa argentina contemporánea.
Marcelo Luján nació en Buenos Aires, en junio de 1973. Ha publicado Flores para Irene (Premio Santa Cruz de Tenerife 2003), En algún cielo (Premio Ciudad de Alcalá de Narrativa 2006), y El desvío (Premio Kutxa Ciudad de San Sebastián 2007). Reside en Madrid desde principios de 2001, donde coordina talleres de creación literaria.