Francis Scott Fitzgerald tenía muy claro en el Gran Gatsby que el hogar no existe, o al menos es una fiesta cuyos invitados van a marcharse (a otra fiesta mejor) de un momento a otro. O que es una fiesta en la que es posible que llegue un día en el que ya no estés invitado. ¿Soluciones? Pocas, así a bote pronto.
J.D. Salinger, seguidor confeso de Fitzgerald, ya nos enseñó que ninguna parte es, sorpresa, ningún lugar. Y mientras Kerouac se lanzaba a la crónica de una generación sin rumbo (¡y sin todavía una guerra, que Corea estaba por venir!), John Updike le escribió una coda deliciosa. O al menos así me gusta pensar en Corre Conejo, como en una novela experimental. No por lo que roba de Robbe-Griillet (un experimentalismo que podría traducirse en un prólogo narrando ¡un partido de béisbol! Nunca antes, ni siquiera después, su autor se sometería a tan loco tour de force) sino por lo que tiene de contemporánea. Está ese hogar por llegar. Harry “Conejo” Angstrom sabe que lo que le ocurre junto a Janice, novia de instituto deformada por la bebida y, tal vez, por el paso de los días, no tiene mucho de lo que sé como casa. Y Updike reserva hasta el final el principio de su, podríamos argumentar, kerouaquiana huida, en busca de nuevos sitios, aunque se traten de ningún hogar verdadero. Luego, Updike nos describió cómo Rabbit descubría que esta juventud sin juventud podía ser contagiosa y hasta terriblemente degenerativa. Las miles de acepciones de “ninguna parte”.
En este maremoto está John Cheever. En sus historias están los solitarios viajeros de Kerouac pero consumidos por la antiépica y seducidos por la exquisita y elegante decadencia italiana. Tampoco esquiva cierta contemporaneidad con el mejor Salinger, el cuentista abrupto que abrió una brecha demasiado perdurable con A perfect day for bananafish. No puedo pensar que todo Updike parte de ese cuento fantástico que es El Ladrón de Shady Hill (publicado en el New Yorker, magazine que compartían Updike y Cheever, cuatro años del debut novelístico del primero): un morador que consigue su gloria en ese momento en el que puede sentirse a sus anchas en los hogares del otro. El Voyeur Robbe-Grilletiano atrapado en el microcosmos del suburbio, ese lugar Dantesco —como nos enseñaría también Richard Yates— que con Vía Revolucionaria explicaba con todo lujo de detalles el rostro terrorífico que se esconde detrás de las casas con jardín que encandilaron a tantos espectadores en The Dick Van Dyke Show.
También de voyeurs con cierto tono profético habló Cheever en La Enorme Radio (publicado también en el New Yorker, en 1947) capaz de hablar con lucidez de entonces y también de ahora: “Son personas tan buenas ¿verdad? Tienen rostros tan amables.” La radio, empieza a emitir entonces la vida de los otros y lo que al principio es divertido para su matrimonio protagonista, Los Wescott, pronto deviene en adicción a la desgracia, esbozos mínimo de compasión, forma discreta de apartar la vista sobre la propia vida y jactarse de la ajena (¿acaso hay metáfora mejor del reality show?).
De repente, surgen las preguntas y ya conocemos su respuesta. “Somos felices ¿verdad?”
POR ALVY SINGER