Masacre en los jardines


Lluvia en el cuarto, por Matías Candeira
Enero 30, 2008, 5:08 pm
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Museo de la soledad

Me resulta bastante difícil penetrar en la mitología de un autor como Carlos Castán habiendo leído primero y con alegría el que para mí es su mejor libro, Frío de vivir, y entrando ahora en Museo de la Soledad, que Tropo editores, una prometedora editorial afincada en Zaragoza, ha reeditado hace muy pocos meses. Mis sensaciones encontradas con el libro me remiten a una película para explicarme, esa modélica screwball que es Las tres noches de Eva. En ella, Preston Sturges rueda dos escenas memorables que son la constatación de una genialidad y virtud loable en el creador: la capacidad de emocionar y, más tarde, reformular esos mismos recursos de la épica amorosa para reírse de sí mismo. O dicho de otro modo, la consabida distancia irónica del ecriteur, muy necesaria según qué casos. En la primera de ellas, Henry Fonda, un ciclotímico millonario estudioso de las serpientes, declara a una bellísima Bárbara Stanwick su amor bajo el influjo de la luna, la cubierta de un crucero y ese espíritu de pomposidad y deliciosa sofisticación que predominaba en un género trágicamente en desuso. Ésa escena siempre me emociona de la misma manera. Mucho metraje después, el golpe de gracia de Sturges cae como una daga: Fonda vuelve a usar esas palabras frente a la misma mujer, ahora fingiendo ser una hermana gemela de la antigua, con mentiras y embustes familiares de por medio. Plano cerrado. Un caballo percherón mete la cabeza entre los dos tórtolos y se afana en lamer la cara de Fonda cada vez que intenta declararle su amor a la maravillosa chica. Ahí radica uno de los grandes aciertos de, por muchas otras cosas, una película estupenda: la misma escena que antes te atravesaba, ahora te entrega la posibilidad de reírte a carcajadas y sin ambages.

Creo que algo de esa pátina le hubiera venido bien en su momento de escritura a Museo de la Soledad, un conjunto de relatos con varios destellos de luz pero, también, arrebatos en exceso emocionales, una distancia tonal tristemente sacrificada en el correr de la historia y una pulsión sobre el dolor que se toma demasiado en serio a sí misma. Castán, bien lo sabe el cuentista, es un autor que escribe como Dios, y Museo de la soledad acuna varios destellos para tejer la densidad de de su imaginario, poderoso, y en Frío de vivir, talento verdadero para escribir sobre una asfixia provinciana –me viene a la cabeza Simenon y su Maigret-, oscura, donde discurre la sangre, el recuerdo, las cartas no escritas, la tristeza devastadora de los bulevares y los portales en penumbra, lo siniestro de la maldad, todo lo perdido. Cuentos sobre un viaje interior marcado por el dolor del pasado, en continuidad, sin recuperación posible.

Mi primera reticencia viene porque creo que Museo de la soledad es un verdadero under construction de Frío de vivir, que curiosamente se publicó antes, y lo que en el primero me parece evocación poética en siembra, con sus tanteos y bandazos, en el segundo alcanza cotas bastante más memorables. ¿Puedo explicármelo? Difícil. Yo, lo reconozco, soy más de este último, me parece de un autor mucho más maduro y sugerente en su escritura. Por esa razón estoy convencido de que el campo semántico utilizado en este volumen le hace flaco favor a los relatos, repletos de “lluvia”, “corazón”, “tinta”, “dolor”, “soledad”, “tristeza”, “amor” y demás palabras peligrosas como el amonal, lo que, per se, no necesariamente tendría que ir en detrimento de la calidad –mucho me cuido de afirmar algo así- pero que, me parece, derivan más de lo deseable en narraciones fallidas; en fin, un discurso hermoso y triste a un tiempo pero que, a la postre, lucha entre imágenes convencionales, texturas demasiado tópicas, evocación poética de segunda. Un ejemplo es Casi Marino, donde las virtudes estilísticas se rebajan con los desaciertos de la voz; hay aquí cierta melancolía tosca que deriva en pura nostalgia adolescente. El texto, eso sí, tiene un enorme acierto en su resolución: cuando uno de los protagonistas pretende reformarse hacia un hombre ideal y que ayuda a las ancianitas a cruzar la calle, es precisamente cuando la otra parte, una nostálgica chica apostada en la ventana, deja de quererle.

No hay luz en el camino para los protagonistas de cuentos como Con sangre entra ó Ola de frío: uno de los que me parece menos logrado, rozando lo kistch. La vista de ese paralítico mandando rosas todos los viernes y quedándose atascado en mitad de la nevada —que me perdone quien esto le suene a sorna cruel— me provoca cierto sonrojo, como esas narraciones sobre mujeres maltratadas, pizzeros sin futuro o inmigrantes, que tanto se comen en concursos de asociaciones pro-loquesea. Ni siquiera me ayuda el hecho de que este relato se base en una noticia del periódico. Quizá es que soy un chico desalmado que destripaba ranas de pequeño, no lo sé,  pero creo que, en literatura, si se usa la querencia de los personajes por no tomar distancia de su extremo dolor, hay que atemperar la sentimentalidad, hacer de la fiesta del lenguaje el manual de un cirujano y no una explosión de artillero, pues se corre el riesgo de convertir el cuento en involuntariamente cómico o desautorizarlo a través de un lenguaje sobre el amor y la tristeza que suena a doxa, enfermo de solemnidad, como los edificios con demasiado peso que se derrumban. Una cosa es una convicción construida sobre la no-esperanza, tristeza quizás de un pasado perpetuamente revivido, y otra no domar lo que en el relato tiene que sacar dentro de su propio corazón. Por usar una metáfora entre lo literario y lo sentimental, creo que la nostalgia es la reedición de la propia vida cuando ya nadie –ni uno mismo- tiene mucho interés en comprarse ese libro. Cierto que suenan auténticos, de dentro, pero no sé si podría entender como una virtud que el personaje que habla en muchos esté bastante más lejos de lo humanamente emotivo o sano –si es que alguno estamos sanos- y a kilómetros de esa contención que se precisa, o al menos yo preciso leer, para emocionar.

Ya se sabe que las lecturas son parciales, tendenciosas, volubles, y no por ello quiero dejar de decir que Museo de la Soledad contiene varios cuentos buenos o muy buenos. Me parece así Viaje de regreso, con el que comienza la compilación, soberbiamente escrito y con densidad, poética, de sugerencia, giro final interesante y asunción de una derrota tan cierta como terrible: el pasado es una construcción mental y puede vengarse de nosotros. Lo que hemos amado ha sido erigido desde la realidad, no obedece más que a una parcialidad en la percepción. Guardo un buen recuerdo de la primera vez que lo leí, hace años, en plenos exámenes de junio, biblioteca y aburrimiento mediante, y ahora también. Mencionaba antes mi querencia por la distancia irónica porque Castán también guarda unas cartas marcadas muy paladeables en esa liga. Muchas veces querida Ana, un  relato híbrido entre lo epistolar y la primera persona, contiene un juego de identidad muy interesante, y mientras la voz de la carta peca de la misma excesiva solemnidad y candidez prístina que a mí me lleva a mal traer, la segunda vibra suave, como música, como la verdad humana que es estar a la sombra de un hermano y saber contarlo bien. De la suerte y las cosas, que suena dulcemente a esas ceremonias tan íntimas, las de uno, intransferibles a otro tiempo que no sea la medianoche: la penumbra del cuarto como una crisálida vencida en el corazón, y escuchar, escuchar el patio vacío del edificio mientras suena alguna canción querida. Cenizas en los labios, comedido y hermoso con su narrador que se ve reflejado en otros, parte de una variedad de hombres fascinantes que viven en la sombra. La religión de los heterónimos, podría titularse.  

El título del libro se usa con acierto dentro una de las narraciones que más me seduce del volumen, El aroma de lo oscuro, con, ciertamente, aroma a toda esa filmografía y literatura del American Gothic, en su trasunto nacional. Pienso al leerlo en la primera versión de La matanza de Texas (Tobbe Hopper, 1974), en Museo de cera (André de Toth, 1953) en El Extraño Viaje (Fernando Fernán Gómez, 1964), alguna vena de la filmografía de Edgard Neville, ecos de Roal Dahl, y es una buena sensación. Digo distancia porque me parece que el cuento, de manera acertada, abraza el género siniestro, en una reflexión sobre la memoria y el dolor del ser enmarcada en ese misterioso personaje que es Pablo el francés. Aunque creo que al final el narrador cae otra vez en un exceso sentimental que devalúa un poco el texto, sigo pensando que es bueno, muy bueno.  

Creo que con Museo de la Soledad, en su momento de publicación, Castán fue sabio para las respuestas  —las derrotas de los personajes, su forma de asumirlas, saben a autenticidad— pero no para el uso de un discurso que estaba por emerger, domarse en todo su potencial, alejarse de ropajes cándidos. Para mí, cada nueva obra, independientemente de cuándo esté escrita, tiene su propio manual de interpretación, su personal diálogo que hay que extraer de ella; cada libro es una novia críptica, un poco rubia, que se maquilla mucho para nosotros y a la que hay que convencer para que hable. Este libro combina lo mejor y lo peor de su autor. Afortunadamente, Frío de vivir me dijo que no me equivocaba. Si un creador que me gusta tropieza, sólo hay que esperar que vuelva a bailar.

Matías Candeira (Madrid, 1984) lleva una vida académica éxtraña en una prisión espacial, Ciencias de la Información, para convertirse en comunicólogo. Por las noches, cuando la ciudad duerme, es cuentista. En los últimos años, ciertas operaciones pecaminosas le han permitido obtener algunos premios literarios por su trabajo, entre otros muchos, el Certamen de Jóvenes Creadores del Ayuntamiento de Madrid, Premio de Cuentos Salvador García Jiménez, Certamen Literario Pedro de Atarrabia o accésit en el Premio Mario Vargas Llosa NH de Relato. Ha publicado relatos en el fanzine Bar-sobia (La bella Varsovia, 2006),  en Noche de Relatos (NH ediciones, 2007) y en la antología Parábola de los talentos (Gens ediciones, 2007). En un futuro, le gustaría escribir largometrajes: tres fábulas trágicas de bajo presupuesto sobre un hurón ninja, tituladas “Madriguera de Sangre”, “El retorno del castor hacendoso” y “Comabunga III”. Su primer libro de cuentos, La soledad de los ventrílocuos, será publicado próximamente por Ediciones Irreverentes.


13 Comentarios hasta ahora
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La crítica parte de un dato equivocado: “Museo de la soledad” no es el primer libro de Castán, sino el segundo, y su ópera prima es “Frío de vivir”. Un saludo y enhorabuena por la web.

Comentario por Anónimo Enero 31, 2008 @ 7:06 am

Anda, leche, tienes razón, anónimo. Voy a mandarlo debidamente corregido. Esta cabeza mía…

Un abrazo y gracias

Comentario por M Enero 31, 2008 @ 7:42 am

Muchas gracias, Matías, por el esfuerzo y por dar la oportunidad a una editorial que empieza, en el año de cierre de más de 40. Pero los libros, como las mujeres, van con los gustos y yo soy fan de Museo de la soledad.

Comentario por oscar Enero 31, 2008 @ 8:07 am

Felicidades por el trabajado comentario, M. Veo que en lo fundamental sí estábamos de acuerdo, aunque la discusión se centrase en lo accesorio. Muy acertado eso de “en literatura, si se usa la querencia de los personajes por no tomar distancia de su extremo dolor, hay que atemperar la sentimentalidad, hacer de la fiesta del lenguaje el manual de un cirujano y no una explosión de artillero”, que suscribo en su totalidad.
Conste que Castán me parece un escritor lleno de recursos, imaginativo para el lenguaje y arriesgado con su estilo, por lo que espero leer ese próximo libro que publicará en Destino dentro de poco.
Me alegro de que el señor Óscar Sipán piense que le has dado una oportunidad a su editorial, y ojalá hubiera aplicado el mismo rasero (”los libros, como las mujeres, van con los gustos y yo soy fan de ‘Museo de la soledad’” ;) a la hora de juzgar mi opinión en solodelibros, en lugar de hostigar en privado y en público a los dos responsables de la página.
Como he dicho, felicidades por el comentario, que me parece estupendo.
Un saludo a todos.

Comentario por Sr. Molina Enero 31, 2008 @ 9:46 am

La diferencia está, Sr. Molina, que Matías escribe una crítica “de verdad”, argumentando, de corazón, y la suya es una suma de “hostilidades sin fundamento”. Por cierto, yo me dirigí a Matías para enviarle el libro. Guardo sus emails de “encantador de serpientes”, de bondadoso salvador de editoriales que comienzan. Gracias por los cubos de mierda gratuitos.

Oscar

Comentario por oscar Enero 31, 2008 @ 11:39 am

Lo que es impepinable es que Castán, por encima de preferencias personales, es un escritor noble, de raza, algo que escasea, y que un escritor de raza sea publicado es un acontecimiento que merece celebración, así que mi enhorabuena al escritor, al editor y a Matías.

Comentario por Juan Carlos Márquez Enero 31, 2008 @ 12:48 pm

Tengo pendiente la lectura obligada de Carlos Castán. Aún no puedo emitir opiniones. Sin embargo, veo que en Solo de Libros aparece mi nombre y el enlace a mi blog El Hueco del Viernes, como si alguien tomara una máscara y me citara. He reclamado a Solo de Libros que compruebe la identidad de quien escribe en nombre de los demás bloggers. Ponen nuestros nombres, dan sus opiniones enmascaradas con nuestros nombres y blogs y se quedan tan anchos. ¿Quién es el responsable? Solamente Solo de Libros lo sabe. Pasen por su blog y miren si han dejado opiniones no vertidas… No creo que mi caso sea el único.
Saludos y enhorabuena por la reseña Matías…
Comenzaré la lectura de Castán en breve.

Qué desfachatez. En fin.

Comentario por David González Febrero 2, 2008 @ 10:53 am

En esta mañana descubro, con alegría, una crítica a Museo de la soledad. Tras leerla sólo puedo decir como lectora: un día me topé con un libro de una editorial minúscula (Zócalo), de Zaragoza, muy humilde. Tenía un título rotundo que me atrapó. Se llamaba Frío de vivir y ocupa un lugar privilegiado en mi estantería. Al poco tiempo Castán publicó Museo de la soledad y estuve apunto de hacer cola, como los seguidores de Harry Potter. Tengo ya unos años y puedo asegurar que no abundan los autores de la clase y el estilo propio de Carlos Castán. ¿He leido por ahí sentimental? Eso que detectan en sus frase y que no les gusta se llama VIDA. Hay más literatura en una frase de Frío de vivir o de Museo de la soledad que en todas las librerías de mi barrio.

Comentario por elena Febrero 3, 2008 @ 10:52 am

“La soledad de los ventrílocuos”, qué buena pinta. Avisá cuando salga.
Y aprovecho para saludarte, Matías.

Comentario por Marcelo Febrero 4, 2008 @ 4:19 am

Creo que es una buen libro de relatos. Posee una coherencia interna poco frecuente y un notable estilo. Saludos.

Comentario por Recaredo Veredas Febrero 5, 2008 @ 5:21 pm

Matías, muy buen texto sobre Castán, toda una lección de crítica y de escritura creativa, difícil ecuación.
A mí me pasó lo mismo: “Frío de vivir” me pareció mucho mejor y más contenido que su segundo libro de relatos.
Cuando leía sus cuentos, pensaba en “El sur” de Erice o en páginas y frases de Landero, no para comparar, sino para engrandecer los sentimientos, sí, atemperados, a lo Carver. Y sí, en el segundo libro se le escapa por los bordes la sentimentalidad fácil. Lo dejo, que me lío.
Saludos.
Antonio (Militeraturas).

Comentario por Antonio Febrero 9, 2008 @ 7:06 am

Esto sí es una crítica, hombre, esto sí es entrar en un libro y hablar de él, dialogar con él ante los ojos del lector. Mi admiración, Matías, y mi inmediata recomendación.

Comentario por Francisco Ortiz Febrero 19, 2008 @ 9:02 am

http://www.clubcultura.com/culturafnac/eventos_dia.php?tienda=2&dia=2008-02-26

estás invitado, mr. m

Comentario por ana m. Febrero 24, 2008 @ 8:21 pm



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