Masacre en los jardines


Pagafantas en la viña del Señor

¡Ostias y Cristos! ¡Sátrapas! ¡Plutones!

En Masacre hoy queremos felicitar efusivamente a Félix J. Palma, insigne cuentista patrio -y admirado en este templo de mala leche y poción mágica-, por un reciente logro que está lejos de ser baladí. Sabemos por ciertas informaciones que más de uno y más de dos mamíferos concurseros han imitado su estilo con desigual pericia, pero el último caso es carne de cotolengo. El cuento premiado en  el pasado Premio Fernández Lema, uno de los más importantes que da la Institución y Madre Literaria de esta nuestra Iberia, es un plagio cagabancos, torpe, falaz y montopronto de su famoso cuento, Las Interioridades (Ed. Castalia, 2002). Nuestras felicitaciones para ti, Félix. Además de ser un referente del cuento, pasarás a los anales de la cuentística española por tener una estela más que nutrida de epígonos patosos.  Y para muestra, varios mordisquitos. No se vayan a la cama sin su ración de regaliz y porra de goma. 

“Conocí a Moncada en el armario de Silvia Pizarro. Era la primera vez que me encontraba con alguien dentro de un armario y, francamente, el verlo allí encogido, con el rostro medio cubierto por los faldones de una gabardina y tratando de no quemar nada con el cigarrillo, no hacía presagiar el comienzo de ninguna gran amistad. Pero así ocurrió. Una vez superé la tensión inicial y asimilé lo extraordinario del encuentro, Moncada y yo entablamos una conversación que si bien al principio resultó algo tópica, como esas que se mantienen con los barberos o los taxistas, no tardó en interesarnos. Dado que él ya se encontraba allí cuando yo llegué, Moncada asumió el papel de anfitrión de un armario que a ninguno de los dos pertenecía. Con una carta de amor que encontró en una caja con forma de corazón que no le dejaba estirar los pies, fabricó un cenicero, y luego me ofreció tabaco.”

Las interioridades, Félix J. Palma, Ed. Castalia, 2002

“Conocí a Julián Valdivieso un martes por la tarde en los alrededores de La Casa de Campo. Él estaba posado con displicencia sobre los restos de un viejo cable de teléfonos y, francamente, al principio su descuidado aspecto de alimaña desvalida, no me resultó muy amistoso. Yo había ido a dar allí por casualidad y lo último que esperaba al aparcar mi coche junto a la cuneta para orinar, era mirar hacia arriba y encontrarme a cinco metros de altura el cuerpo remiso de un hombre austeramente plegado sobre sí mismo como un gorrión, mirándome. Después de unos segundos de desconcierto inicial, en los que ninguno de los dos acertó a decir nada, me hizo gestos nerviosos con la mano para que subiera a su atalaya o me largara porque le estaba espantando la caza. Nunca antes me había encontrado con nadie posado tranquilamente sobre un cable como un funambulista sin público; ni había sido testigo de esa destreza para esquivar los designios de la gravedad como quien se remueve bajo las sábanas para retomar un último sueño; y por supuesto, nunca antes en mi vida me había topado con un hombre con alas. Así que, por si acaso, obedecí con el fervor de un monaguillo. Mi impericia inicial para mantener el equilibrio sobre aquella menguada superficie y el viento que soplaba a rachas del norte hicieron que diera con mis huesos en el suelo media docena de veces antes de conseguir cierto virtuosismo en el alambre. Entonces Julián Valdivieso se ahuecó la gabardina con un gesto de versado gavilán, plegó las alas, me ofreció un cigarrillo y enseguida comprendí que no estaba delante de un tipo cualquiera, sino ante un experto equilibrista que había conseguido crear un hospitalario hogar en aquel minúsculo limbo a merced de la naturaleza.”  

Terapias, Oscar Alonso Álvarez, Premio Fernández Lema 2007

“Moncada era un hombre experimentado en estas lides, una especie de sobreviviente de la espera. Como aquel armario no disponía de luz interior, le fui completando el rostro a golpe de mechero. Entre cigarrillo y cigarrillo, la llama del encendedor limpiaba de sombras un semblante anguloso, casi equino, donde relucían dos ojos negros y profundos en cuyo fondo parecía palpitar un furor aquietado, como una bala en la recámara. Era aquel brillo vagamente turbador el que evitaba que su rostro pudiera plasmarse en los cuadros de las iglesias, a los que un cabello rizado como el algodón de azúcar y unos labios infantiles parecían predestinarlo. En un momento de la velada, Moncada me pidió disculpas, extrajo un teléfono móvil de su chaqueta y se giró en lo posible, rebañando cierta intimidad en aquel universo ya de por sí bastante íntimo. Le oí hablar con su mujer, con quien cruzó un par de palabras que no logré entender antes de abandonarse a una letanía de arrumacos y embelecos tan infantiles que me hicieron creer que su cónyuge sufría algún tipo de discapacidad síquica, para después comprender que la mujer debía haberle pasado el auricular a su hijo”. 

Las interioridades, Félix J. Palma, Ed. Castalia, 2002

“En aquella amistad provisional del primer día, a golpe de cigarrillo fui completando la ornitológica imagen de Julián Valdivieso. Rondaría los cuarenta años. Su rostro pálido como una cebolla, prematuramente envejecido, la frente agostada y sus ojos negros de picaza me decían que estaba en presencia de un hombre triste; tal vez un ejemplar de una nueva especie en franca expansión por el mundo; también fui descubriendo que había sido técnico informático en una gran empresa, que había estado casado y que tenía dos niñas en algún lugar de Madrid. Frente a la luciérnaga de su cigarrillo, adiviné la fotografía de dos caritas con ojos chispeantes y pelo rubio ensortijado que sonreían a la cámara, y a su lado una mujer joven de mirada serena”. 

Terapias, Oscar Alonso Álvarez, Premio Fernández Lema 2007

“Tras ese primer encuentro, sin embargo, ya nada fue igual. Durante aquellas horas de charla, con los cigarrillos revoloteando como luciérnagas sobre el sentimental cenicero, Moncada me había confesado que, aparte del armario de Silvia Cotrina, él solía frecuentar otros. Y no le importó compartir conmigo sus descubrimientos. Me cantó las excelencias del armario de Elsa Puche, que me recomendó por lo acertado de su tamaño, unas dimensiones cálidas y confortables que parecían diseñadas expresamente para el disfrute de los hombres que se adentraban en su interior; me advirtió sobre el de Verónica Alonso, un vestidor enorme en el que uno se sentía desamparado, como precipitado al vacío, pugnando inútilmente por alcanzar su fondo o sus paredes. Entre calada y calada, me habló del de Carolina Pozo, tan oscuro y profundo como su apellido; del de Fátima Rivera, que olía a lavanda y flores secas; del de Leticia Burgos, henchido por la humedad. Me habló también del de Sonia María de la Cruz, que se movía insinuante al compás de tus movimientos, debido a la cojera de una de sus patas; del de Pilar Collado, que no podía contener un gemido de dolor cada vez que alguien se internaba en él, a causa de sus bisagras mal engrasadas; del de Yolanda Noriega, siempre tórrido y supuroso debido a la caldera que palpita al otro lado de la pared; del de Cristina Eugenia Ovejero, un armario virginal, que debido a una mudanza eternamente pospuesta, todavía atesoraba ese olor tan incitante de lo que aún está por estrenar; del de Virginia Ballesteros, que a pesar de su edad se antojaba tan imberbe como el de una niña, empapelado de un rosa pubescente y en cuyo fondo se apretaban los peluches que desterraba de su cama cuando recibía visita”.

Las interioridades, Félix J. Palma, Castalia, 2002 

“A partir de aquel día las cosas ya no fueron lo mismo para mí. Nunca imaginé que pudiera existir una raza de hombres con alas, alas de cóndor, alas de paloma, alas de buitre, alas de lechuza como las mías: ideales para el ataque nocturno, alas de alimoche, alas para la delación, para los malos augurios, incluso inútiles alas de gallina

[…]  No obstante, pronto averigüé por el propio Julián Valdivieso, que no era el único inquilino de aquellas alturas provisionales. En la azotea del edificio de Correos vivían desde hacía varias semanas los seis miembros de una familia de inmigrantes rumanos de piel cetrina que se ganaban la vida en la calle Recoletos fingiendo monstruosas malformaciones a los viandantes y que por la noche, en castrense orden de retreta, regresaban felices con el preciado botín de la piedad ajena para ocupar las angosturas de su cubil provisional; Sobre la torre de RTVE habitaba una joven estudiante de Biología, Verónica Carro, cimbreante y sensual como una grulla, a la que Valdivieso había invitado varias veces a pasar la tarde tomando café en su nido de Cazorla. En la cubierta del Santiago Bernabeu, un melenudo batería de un grupo de heavy-metal que respondía por Ángel Arregui y volaba como un estornino, le suministraba algo de hierba cuando la nostalgia le suplicaba un reposo. O en las torres KIO, que estaban ocupadas desde hacía varios años por el séquito de un viejo de costumbres hurañas y porte de gárgola románica que decía ser descendiente de un monarca europeo -el marqués del Guano, le apodaba Valdivieso- y que sólo esperaba el momento de recuperar lo que le pertenecía por ley y salir a la luz. La lista de tan curiosa caterva de inquilinos continuaba hasta hacerse abrumadora”.

Terapias, Oscar Alonso Álvarez, Premio Fernández Lema 2007

Pueden seguir leyendo el cuento plagiado en la web del Premio.


12 comentarios por mucho
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Yo, si fuera Félix J. Palma y tuviera abogados, esto lo ponía en manos de mis abogados.

Comentario por Juan Carlos Márquez Enero 22, 2008 @ 3:16 pm

Como diría hace años mi tocayo Sergi Mas, embutido en la caracterización ad hoc de J.M. Lara: “Fanta-sbuloso”.

¿Y no habrá sido un “error informático”?

Qué gente, por Chéjov, qué gente…

Comentario por Sergi Bellver Enero 22, 2008 @ 3:26 pm

Vamos, que es el copy-paste más rentable de la Historia. Juer, qué face.

Comentario por Pat Enero 22, 2008 @ 3:54 pm

Pues sí, no queda otra que los juzgados. Y la cosa no es fácil. Un caso, tan patético aunque menos exitoso(el presunto y torpe plagiador solamente fue accesitado), se dio en el I Concurso de Relatos Villa de Fuente de Cantos, donde el relato “Mayor de edad”, de J.M. Cano, presuntamente, fusilaba -con balas de saldo- “La tristeza del animal omega”, de Sánchez Robles (Premio Alberto Lista). ¡Qué abismo!¡Qué espantoso ridículo! En fin, ¡qué pena!

Félix, si estás por ahí, un abrazo; y haz lo que se pueda, que muchas veces no coincide con lo que se debe.

Comentario por Dick Red Enero 22, 2008 @ 4:44 pm

Hola. Para que una demanda por plagio tenga posibilidades de prosperar, aunque la ley no establezca un criterio cerrado, suele exigirse una reproducción literal. Creo que, aunque el acto sea moralmente repulsivo, lo tiene muy difícil. Por otro lado, creo que la actitud de autoras como Lucía Echevarría y su posterior impunidad anima e incita a los ladrones. Saludos.

Comentario por Recaredo Veredas Enero 22, 2008 @ 6:14 pm

Parece, por lo que apunta Recaredo, que la vía legal nace muerta.

Comentario por Juan Carlos Márquez Enero 22, 2008 @ 7:00 pm

Pues el caso es más grave de lo que parece, porque con ese mismo cuento el amigo Alonso se llevó 6.000 euros en el Premio Vivir, convocado por la Asociación Pro Salud Mental Vivir, de Cuenca. Y lo grave es que se puede descargar de internet íntegramente. Yo no sé mucho de estas cosas y no tengo tiempo, pero ya que por plagio no se le va a pillar, lo que sí se puede hacer es ponerse en contacto con la organización del Premio Fernández Lema para poner en su conocimiento que el cuento premiado ya lo estaba. http://www.asociacionvivir.com

Comentario por Qué sinvergüenza Enero 22, 2008 @ 7:57 pm

Claro, luego yo que soy despistadísima leo algo y ando por ahí con sensación de déjà vu, y de eso nada, puro copieteo. Qué cosa tan indigna.

Comentario por Marsu Enero 22, 2008 @ 8:48 pm

¡Lo qué hay que ver (o leer)!
Y lo peor de todo es que un relato en el que se nota descaradamente el plagio haya merecido ganar un concurso.
En fin…

Comentario por Arilena Enero 22, 2008 @ 9:18 pm

Para mí, esto solo demuestra que el autor de este relato es un fracaso como escritor. ¿Qué sentido tiene ganar un premio en estas condiciones? Yo creo que ninguno.

Comentario por Ignacio Enero 23, 2008 @ 8:09 am

¡Que horror y que pena! Aunque yo creo que el delito es por plagiario malo y demasiado notorio. Porque hay buenos y apenas se les nota. A veces mucho más (demasiada influencia le llaman los críticos benignos). ¿Sí no hubiera dinero y fama de por medio, sería igual el horror y la pena?

Comentario por David Aduna Enero 23, 2008 @ 6:21 pm

Me he quedado alucinada con la cara dura que tiene la gente. Y el tipo se habrá quedado a gusto con el premio y lo habrá cantado a los cuatro vientos.
Está claro que este hombre no es escritor, ni lo va a ser en su vida.

Comentario por Paula Enero 23, 2008 @ 6:33 pm



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