Masacre en los jardines


Noventa ataúdes, por Patricia Esteban Erlés
Enero 18, 2008, 2:00 pm
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Ajuar funerario

Puede que como en el amor, también en el tema de los miedos humanos ya esté todo inventado y, por lo tanto, escrito. Puede ser, ya digo, pero esta intuición no le resta  ni un ápice de brillantez al Ajuar funerario de Fernando Iwasaki, quien parece aprovecharse justamente de esa certeza para dejar que el lector aficionado a los escalofríos elija en su libro, como en una de esas enormes cajas de galletas surtidas que nunca faltan en casa de las abuelas, cuál de entre todos es el temblor que prefiere experimentar en cada ocasión.

De más está decir que el libro de Iwasaki tiene mucho de  respetuoso homenaje a la literatura de terror. En él se  manejan  materiales heredados sin llegar a caer en el servilismo, al tiempo que se incorporan un conjunto de  obsesiones propias del autor y un modelo formal característico, el hiperbreve, equivalente literario del zapeo que parece específicamente diseñado para la proverbial inconstancia del lector moderno. Ya su prólogo encierra una declaración de intenciones, “Las historias que siguen quieren tener la brevedad de un escalofrío y la iniquidad de una gema perversa. Perlas turbias, malignos anillos, arras emputecidas… un ajuar funerario de negras y lóbregas bagatelas que brillan oscuras sobre los deshechos que roen los gusanos de la imaginación”. Concisión y efectismo, brevedad y desasosiego que logran sin duda muchas de las piezas que nos encontramos dentro de este singular joyero  donde cabe casi de todo. Noventa cuentos integran este breviario del pánico donde los  miedófilos clásicos se reencontrarán con vampiros y hombres lobos, fantasmas desorientados o monstruos de ciénaga, mientras que  los  amantes del terror moderno, ese que anida en lo cotidiano,  hallarán  páginas  por donde transitan mitos que empiezan a serlo justo ahora, a principios del siglo XXI.  Este espacio del horror estrictamente contemporáneo nos permite visitar la aterradora consulta del dentista, tropezar  en una solitaria autopista  con  la chica de la curva o espiar tras la tapia del convento la vida secreta de un monstruo antropomorfo y femenino, la monja,  que a buen seguro pobló la infancia de muchos de nosotros y gracias al cual  el autor consigue algunos de sus mejores relatos. 

Hay sitio en él para el miedo victoriano que inspiran las sombrías casas de muñecas y los daguerrotipos de bebés muertos hace un siglo. Miedo provocado por los avances tecnológicos, que facultan al hombre para fabricar artefactos siniestros, como la silla eléctrica.  También miedo que se respira en escenarios variados y siempre inquietantes, como el retrete de una gasolinera, la habitación de hotel, el hospital, el tanatorio. Miedos, miedos varios, a la muerte que acecha o que le viven dentro a uno, cuando  sospecha que es otro el que domina sus gestos y  le mira desde el espejo. Miedos externos, a seres  que nos van saliendo al paso, que existen desde el mismo instante en que los pensamos, sean reales o no.  Miedos que el hombre moderno puede incluso comprar, como esa llamada a una línea que nos ilustra acerca del infierno, al módico precio de 0’91 euros el minuto.Muchos de los microrrelatos de este libro se refugian en la primera persona, apelando, desde el más puro clasicicismo a la complicidad del lector, que debe aceptar el trato y convertirse así en protagonista, resucitar o morir de pronto contándolo, descubrir la monstruosidad que anida en uno mismo, incluso. Iwasaki combina lo aprendido de Poe o Lovecraft, esto es, lo terrorífico que ya no asusta tanto, por conocido de sobras, con unos materiales propios, con sus fobias de hombre moderno. ese temor a lo siniestro que habita en nuestro entorno más doméstico, debajo de la cama,  escondido en el armario o entre las páginas de un inocente álbum de comunión…

Se nos ocurre que tal vez pueda utilizarse en contra de Iwasaki esa tendencia a depositar toda la fuerza de sus microcuentos (ninguna de las prendas de este ajuar supera la carilla, y las hay incluso que no sobrepasan las cinco líneas, como ese primer y contundente Día de Difuntos) en la frase que les pone punto final. Sí,  la naturaleza previsible de ese cierre es un gaje del lector moderno, que sospecha en muchas ocasiones, guiado por su conocimiento de la tradición, cómo va a acabar el cuento. Sin embargo, vaya en defensa del buen hacer de Iwasaki su talento para crear atmósferas turbadoras en unas pocas palabras, “En el baño no había espejo ni luz, y el chapoteo de mis pasos delataba dos o tres dedos de un líquido sin nombre”, situaciones a caballo entre lo humorístico y lo terrible como la del protagonista aquejado de retortijones que entra en el retrete de una gasolinera, “caminando de baldosa en baldosa, como un equilibrista que no quiere que el público descubra que lleva las mallas descosidas”, o la de la amable aparición fantasma que recibe una brutal paliza en La mujer de blanco.

En definitiva, un lujo muy recomendable este pequeño frasco de cristal velado y sus 90 píldoras, que el lector no podrá evitar ingerir en una sola dosis de lectura,  si es que de vez en cuando gusta de pasar miedo del bueno. 

Fernando Iwasaki, Ajuar funerario (Páginas de espuma, Madrid, 2004)

Por PATRICIA ESTEBAN ERLÉS


2 comentarios por mucho
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Aunque reconozco su cuidado por el lenguaje, Iwasaki no me interesa demasiado. Le falta capacidad narrativa, le pierden los aciertos parciales. Tal vez el microrrelato sea su género. Saludos.

Comentario por Recaredo Veredas Enero 19, 2008 @ 11:20 am

Patri, como siempre brillante.

Comentario por ana Enero 20, 2008 @ 1:30 am



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