Masacre en los jardines


Lluvia en el cuarto, por Matías Candeira
Enero 30, 2008, 5:08 pm
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Museo de la soledad

Me resulta bastante difícil penetrar en la mitología de un autor como Carlos Castán habiendo leído primero y con alegría el que para mí es su mejor libro, Frío de vivir, y entrando ahora en Museo de la Soledad, que Tropo editores, una prometedora editorial afincada en Zaragoza, ha reeditado hace muy pocos meses. Mis sensaciones encontradas con el libro me remiten a una película para explicarme, esa modélica screwball que es Las tres noches de Eva. En ella, Preston Sturges rueda dos escenas memorables que son la constatación de una genialidad y virtud loable en el creador: la capacidad de emocionar y, más tarde, reformular esos mismos recursos de la épica amorosa para reírse de sí mismo. O dicho de otro modo, la consabida distancia irónica del ecriteur, muy necesaria según qué casos. En la primera de ellas, Henry Fonda, un ciclotímico millonario estudioso de las serpientes, declara a una bellísima Bárbara Stanwick su amor bajo el influjo de la luna, la cubierta de un crucero y ese espíritu de pomposidad y deliciosa sofisticación que predominaba en un género trágicamente en desuso. Ésa escena siempre me emociona de la misma manera. Mucho metraje después, el golpe de gracia de Sturges cae como una daga: Fonda vuelve a usar esas palabras frente a la misma mujer, ahora fingiendo ser una hermana gemela de la antigua, con mentiras y embustes familiares de por medio. Plano cerrado. Un caballo percherón mete la cabeza entre los dos tórtolos y se afana en lamer la cara de Fonda cada vez que intenta declararle su amor a la maravillosa chica. Ahí radica uno de los grandes aciertos de, por muchas otras cosas, una película estupenda: la misma escena que antes te atravesaba, ahora te entrega la posibilidad de reírte a carcajadas y sin ambages.

Creo que algo de esa pátina le hubiera venido bien en su momento de escritura a Museo de la Soledad, un conjunto de relatos con varios destellos de luz pero, también, arrebatos en exceso emocionales, una distancia tonal tristemente sacrificada en el correr de la historia y una pulsión sobre el dolor que se toma demasiado en serio a sí misma. Castán, bien lo sabe el cuentista, es un autor que escribe como Dios, y Museo de la soledad acuna varios destellos para tejer la densidad de de su imaginario, poderoso, y en Frío de vivir, talento verdadero para escribir sobre una asfixia provinciana –me viene a la cabeza Simenon y su Maigret-, oscura, donde discurre la sangre, el recuerdo, las cartas no escritas, la tristeza devastadora de los bulevares y los portales en penumbra, lo siniestro de la maldad, todo lo perdido. Cuentos sobre un viaje interior marcado por el dolor del pasado, en continuidad, sin recuperación posible.

Mi primera reticencia viene porque creo que Museo de la soledad es un verdadero under construction de Frío de vivir, que curiosamente se publicó antes, y lo que en el primero me parece evocación poética en siembra, con sus tanteos y bandazos, en el segundo alcanza cotas bastante más memorables. ¿Puedo explicármelo? Difícil. Yo, lo reconozco, soy más de este último, me parece de un autor mucho más maduro y sugerente en su escritura. Por esa razón estoy convencido de que el campo semántico utilizado en este volumen le hace flaco favor a los relatos, repletos de “lluvia”, “corazón”, “tinta”, “dolor”, “soledad”, “tristeza”, “amor” y demás palabras peligrosas como el amonal, lo que, per se, no necesariamente tendría que ir en detrimento de la calidad –mucho me cuido de afirmar algo así- pero que, me parece, derivan más de lo deseable en narraciones fallidas; en fin, un discurso hermoso y triste a un tiempo pero que, a la postre, lucha entre imágenes convencionales, texturas demasiado tópicas, evocación poética de segunda. Un ejemplo es Casi Marino, donde las virtudes estilísticas se rebajan con los desaciertos de la voz; hay aquí cierta melancolía tosca que deriva en pura nostalgia adolescente. El texto, eso sí, tiene un enorme acierto en su resolución: cuando uno de los protagonistas pretende reformarse hacia un hombre ideal y que ayuda a las ancianitas a cruzar la calle, es precisamente cuando la otra parte, una nostálgica chica apostada en la ventana, deja de quererle.

No hay luz en el camino para los protagonistas de cuentos como Con sangre entra ó Ola de frío: uno de los que me parece menos logrado, rozando lo kistch. La vista de ese paralítico mandando rosas todos los viernes y quedándose atascado en mitad de la nevada —que me perdone quien esto le suene a sorna cruel— me provoca cierto sonrojo, como esas narraciones sobre mujeres maltratadas, pizzeros sin futuro o inmigrantes, que tanto se comen en concursos de asociaciones pro-loquesea. Ni siquiera me ayuda el hecho de que este relato se base en una noticia del periódico. Quizá es que soy un chico desalmado que destripaba ranas de pequeño, no lo sé,  pero creo que, en literatura, si se usa la querencia de los personajes por no tomar distancia de su extremo dolor, hay que atemperar la sentimentalidad, hacer de la fiesta del lenguaje el manual de un cirujano y no una explosión de artillero, pues se corre el riesgo de convertir el cuento en involuntariamente cómico o desautorizarlo a través de un lenguaje sobre el amor y la tristeza que suena a doxa, enfermo de solemnidad, como los edificios con demasiado peso que se derrumban. Una cosa es una convicción construida sobre la no-esperanza, tristeza quizás de un pasado perpetuamente revivido, y otra no domar lo que en el relato tiene que sacar dentro de su propio corazón. Por usar una metáfora entre lo literario y lo sentimental, creo que la nostalgia es la reedición de la propia vida cuando ya nadie –ni uno mismo- tiene mucho interés en comprarse ese libro. Cierto que suenan auténticos, de dentro, pero no sé si podría entender como una virtud que el personaje que habla en muchos esté bastante más lejos de lo humanamente emotivo o sano –si es que alguno estamos sanos- y a kilómetros de esa contención que se precisa, o al menos yo preciso leer, para emocionar.

Ya se sabe que las lecturas son parciales, tendenciosas, volubles, y no por ello quiero dejar de decir que Museo de la Soledad contiene varios cuentos buenos o muy buenos. Me parece así Viaje de regreso, con el que comienza la compilación, soberbiamente escrito y con densidad, poética, de sugerencia, giro final interesante y asunción de una derrota tan cierta como terrible: el pasado es una construcción mental y puede vengarse de nosotros. Lo que hemos amado ha sido erigido desde la realidad, no obedece más que a una parcialidad en la percepción. Guardo un buen recuerdo de la primera vez que lo leí, hace años, en plenos exámenes de junio, biblioteca y aburrimiento mediante, y ahora también. Mencionaba antes mi querencia por la distancia irónica porque Castán también guarda unas cartas marcadas muy paladeables en esa liga. Muchas veces querida Ana, un  relato híbrido entre lo epistolar y la primera persona, contiene un juego de identidad muy interesante, y mientras la voz de la carta peca de la misma excesiva solemnidad y candidez prístina que a mí me lleva a mal traer, la segunda vibra suave, como música, como la verdad humana que es estar a la sombra de un hermano y saber contarlo bien. De la suerte y las cosas, que suena dulcemente a esas ceremonias tan íntimas, las de uno, intransferibles a otro tiempo que no sea la medianoche: la penumbra del cuarto como una crisálida vencida en el corazón, y escuchar, escuchar el patio vacío del edificio mientras suena alguna canción querida. Cenizas en los labios, comedido y hermoso con su narrador que se ve reflejado en otros, parte de una variedad de hombres fascinantes que viven en la sombra. La religión de los heterónimos, podría titularse.  

El título del libro se usa con acierto dentro una de las narraciones que más me seduce del volumen, El aroma de lo oscuro, con, ciertamente, aroma a toda esa filmografía y literatura del American Gothic, en su trasunto nacional. Pienso al leerlo en la primera versión de La matanza de Texas (Tobbe Hopper, 1974), en Museo de cera (André de Toth, 1953) en El Extraño Viaje (Fernando Fernán Gómez, 1964), alguna vena de la filmografía de Edgard Neville, ecos de Roal Dahl, y es una buena sensación. Digo distancia porque me parece que el cuento, de manera acertada, abraza el género siniestro, en una reflexión sobre la memoria y el dolor del ser enmarcada en ese misterioso personaje que es Pablo el francés. Aunque creo que al final el narrador cae otra vez en un exceso sentimental que devalúa un poco el texto, sigo pensando que es bueno, muy bueno.  

Creo que con Museo de la Soledad, en su momento de publicación, Castán fue sabio para las respuestas  —las derrotas de los personajes, su forma de asumirlas, saben a autenticidad— pero no para el uso de un discurso que estaba por emerger, domarse en todo su potencial, alejarse de ropajes cándidos. Para mí, cada nueva obra, independientemente de cuándo esté escrita, tiene su propio manual de interpretación, su personal diálogo que hay que extraer de ella; cada libro es una novia críptica, un poco rubia, que se maquilla mucho para nosotros y a la que hay que convencer para que hable. Este libro combina lo mejor y lo peor de su autor. Afortunadamente, Frío de vivir me dijo que no me equivocaba. Si un creador que me gusta tropieza, sólo hay que esperar que vuelva a bailar.

Matías Candeira (Madrid, 1984) lleva una vida académica éxtraña en una prisión espacial, Ciencias de la Información, para convertirse en comunicólogo. Por las noches, cuando la ciudad duerme, es cuentista. En los últimos años, ciertas operaciones pecaminosas le han permitido obtener algunos premios literarios por su trabajo, entre otros muchos, el Certamen de Jóvenes Creadores del Ayuntamiento de Madrid, Premio de Cuentos Salvador García Jiménez, Certamen Literario Pedro de Atarrabia o accésit en el Premio Mario Vargas Llosa NH de Relato. Ha publicado relatos en el fanzine Bar-sobia (La bella Varsovia, 2006),  en Noche de Relatos (NH ediciones, 2007) y en la antología Parábola de los talentos (Gens ediciones, 2007). En un futuro, le gustaría escribir largometrajes: tres fábulas trágicas de bajo presupuesto sobre un hurón ninja, tituladas “Madriguera de Sangre”, “El retorno del castor hacendoso” y “Comabunga III”. Su primer libro de cuentos, La soledad de los ventrílocuos, será publicado próximamente por Ediciones Irreverentes.



El retorno del pagafantas

¡Ostiaputaabelenpastores!

Sorprendidos estamos. No hemos podido comernos el pastel de alacranes venenosos que estábamos preparando de la emoción que nos embarga en este instante religioso y epifánico.

Fuentes muy cercanas y fiables han proporcionado a Masacre nuevos datos que harán las delicias de las abuelas, las tías de provincias y los más pequeños de la casa. Reproducimos aquí párrafos del cuento titulado “La Soledad de las palmeras”, de Oscar Alonso Álvarez, finalista del Premio de Relatos Ciudad de Marbella. Nuestra abuela lo llama “intertextualidad cariñosa”, pero es que está muy mayor. Otro plagio de “Las Interioridades”, de Félix Palma (Ed Castalia, 2002) aún más torpe.

“Conocí a Ramiro Laiseca en la consigna del aeropuerto de Barajas, y francamente, al principio su aspecto descuidado de alimaña acorralada en su propia guarida, no me resultó muy amistosos. Yo había ido a dar allí por casualidad y lo último que esperaba al abrir la cancela de la taquilla 49 era encontrarme el cuerpo de un hombre austeramente plegado sobre sí mismo como una silla de playa. Después de unos segundos de desconcierto inicial, me hizo gestos nerviosos con la mano para que entrara en aquella angostura o cerrara la puerta de nuevo porque se estaba escapando el calor del mediodía. Nunca antes me había encontrado con nadie en una taquilla para equipajes así que obedecí”.

“Laiseca me fue explicando con abierto orgullo de huésped experimentado que todo era una cuestión de racionalizar el espacio, evitar los lujos superfluos a los que la gente se había atado y regresar a los pequeños placeres de la vida doméstica”.

“En aquella amistad provisional del primer día, a golpe de cigarrillo fui completando…”

Mención aparte merece el desarrollo de este otro plagio mal camuflado, donde el ecuestre y pedestre Oscar, una vez más, habla de la variopinta fauna que vive en las taquillas, compañero de universidad incluido y gozosamente encontrado por el protagonista años después. La desfachatez máxima consiste en terminar el cuento de idéntica manera a la que lo hace Félix J. Palma en Las interioridades.

“Llegué a la conclusión de que yo carecía del espíritu necesario para la vida en los armarios. No era digno de ella. Debía abandonar lo único que me hacía soportar mi existencia. Afortunadamente, existía otra alternativa. Bajo la cama de Julia Cuevas no se estaba mal del todo. El suelo era de cálida madera de haya y el somier se encontraba lo bastante alto como para que, al moverse, apenas descendiera sobre mi nariz. Allí conocí a Gómez. Era la primera vez que me encontraba con alguien debajo de una cama y, francamente, el verlo allí tumbado cuan largo era, limpiándose la cara de pelusas y evitando hacer demasiado ruido al utilizar el orinal, no hacía presagiar el comienzo de ninguna gran amistad”. 

Las interioridades, Félix J. Palma, Ed. Castalia, 2002

“Las estrecheces de la consigna no estaban hechas para un tipo como yo. Fue una locura de juventud. Es lo que me digo reconfortado cada noche antes de dormirme, cuando finalmente cierro los ojos y consigo plegar mis escualidad piernas contra las paredes de este desportillado buzón”.

La soledad de las palmeras, Oscar Alonso Álvarez, finalista del Premio de Relato Corto Ciudad de Marbella.

Desde Masacre en los Jardines animamos a que si, con suerte, cualquier entidad convocante de premios advierte que, por desgracia, en el pasado ha otorgado algún galardón a este señor por alguno de estos cuentos (“La soledad de las Palmeras”,Terapias” o algún título similar), nos lo haga llegar para hacerlo público.

Seguiremos informando.



Pagafantas en la viña del Señor

¡Ostias y Cristos! ¡Sátrapas! ¡Plutones!

En Masacre hoy queremos felicitar efusivamente a Félix J. Palma, insigne cuentista patrio -y admirado en este templo de mala leche y poción mágica-, por un reciente logro que está lejos de ser baladí. Sabemos por ciertas informaciones que más de uno y más de dos mamíferos concurseros han imitado su estilo con desigual pericia, pero el último caso es carne de cotolengo. El cuento premiado en  el pasado Premio Fernández Lema, uno de los más importantes que da la Institución y Madre Literaria de esta nuestra Iberia, es un plagio cagabancos, torpe, falaz y montopronto de su famoso cuento, Las Interioridades (Ed. Castalia, 2002). Nuestras felicitaciones para ti, Félix. Además de ser un referente del cuento, pasarás a los anales de la cuentística española por tener una estela más que nutrida de epígonos patosos.  Y para muestra, varios mordisquitos. No se vayan a la cama sin su ración de regaliz y porra de goma. 

“Conocí a Moncada en el armario de Silvia Pizarro. Era la primera vez que me encontraba con alguien dentro de un armario y, francamente, el verlo allí encogido, con el rostro medio cubierto por los faldones de una gabardina y tratando de no quemar nada con el cigarrillo, no hacía presagiar el comienzo de ninguna gran amistad. Pero así ocurrió. Una vez superé la tensión inicial y asimilé lo extraordinario del encuentro, Moncada y yo entablamos una conversación que si bien al principio resultó algo tópica, como esas que se mantienen con los barberos o los taxistas, no tardó en interesarnos. Dado que él ya se encontraba allí cuando yo llegué, Moncada asumió el papel de anfitrión de un armario que a ninguno de los dos pertenecía. Con una carta de amor que encontró en una caja con forma de corazón que no le dejaba estirar los pies, fabricó un cenicero, y luego me ofreció tabaco.”

Las interioridades, Félix J. Palma, Ed. Castalia, 2002

“Conocí a Julián Valdivieso un martes por la tarde en los alrededores de La Casa de Campo. Él estaba posado con displicencia sobre los restos de un viejo cable de teléfonos y, francamente, al principio su descuidado aspecto de alimaña desvalida, no me resultó muy amistoso. Yo había ido a dar allí por casualidad y lo último que esperaba al aparcar mi coche junto a la cuneta para orinar, era mirar hacia arriba y encontrarme a cinco metros de altura el cuerpo remiso de un hombre austeramente plegado sobre sí mismo como un gorrión, mirándome. Después de unos segundos de desconcierto inicial, en los que ninguno de los dos acertó a decir nada, me hizo gestos nerviosos con la mano para que subiera a su atalaya o me largara porque le estaba espantando la caza. Nunca antes me había encontrado con nadie posado tranquilamente sobre un cable como un funambulista sin público; ni había sido testigo de esa destreza para esquivar los designios de la gravedad como quien se remueve bajo las sábanas para retomar un último sueño; y por supuesto, nunca antes en mi vida me había topado con un hombre con alas. Así que, por si acaso, obedecí con el fervor de un monaguillo. Mi impericia inicial para mantener el equilibrio sobre aquella menguada superficie y el viento que soplaba a rachas del norte hicieron que diera con mis huesos en el suelo media docena de veces antes de conseguir cierto virtuosismo en el alambre. Entonces Julián Valdivieso se ahuecó la gabardina con un gesto de versado gavilán, plegó las alas, me ofreció un cigarrillo y enseguida comprendí que no estaba delante de un tipo cualquiera, sino ante un experto equilibrista que había conseguido crear un hospitalario hogar en aquel minúsculo limbo a merced de la naturaleza.”  

Terapias, Oscar Alonso Álvarez, Premio Fernández Lema 2007

“Moncada era un hombre experimentado en estas lides, una especie de sobreviviente de la espera. Como aquel armario no disponía de luz interior, le fui completando el rostro a golpe de mechero. Entre cigarrillo y cigarrillo, la llama del encendedor limpiaba de sombras un semblante anguloso, casi equino, donde relucían dos ojos negros y profundos en cuyo fondo parecía palpitar un furor aquietado, como una bala en la recámara. Era aquel brillo vagamente turbador el que evitaba que su rostro pudiera plasmarse en los cuadros de las iglesias, a los que un cabello rizado como el algodón de azúcar y unos labios infantiles parecían predestinarlo. En un momento de la velada, Moncada me pidió disculpas, extrajo un teléfono móvil de su chaqueta y se giró en lo posible, rebañando cierta intimidad en aquel universo ya de por sí bastante íntimo. Le oí hablar con su mujer, con quien cruzó un par de palabras que no logré entender antes de abandonarse a una letanía de arrumacos y embelecos tan infantiles que me hicieron creer que su cónyuge sufría algún tipo de discapacidad síquica, para después comprender que la mujer debía haberle pasado el auricular a su hijo”. 

Las interioridades, Félix J. Palma, Ed. Castalia, 2002

“En aquella amistad provisional del primer día, a golpe de cigarrillo fui completando la ornitológica imagen de Julián Valdivieso. Rondaría los cuarenta años. Su rostro pálido como una cebolla, prematuramente envejecido, la frente agostada y sus ojos negros de picaza me decían que estaba en presencia de un hombre triste; tal vez un ejemplar de una nueva especie en franca expansión por el mundo; también fui descubriendo que había sido técnico informático en una gran empresa, que había estado casado y que tenía dos niñas en algún lugar de Madrid. Frente a la luciérnaga de su cigarrillo, adiviné la fotografía de dos caritas con ojos chispeantes y pelo rubio ensortijado que sonreían a la cámara, y a su lado una mujer joven de mirada serena”. 

Terapias, Oscar Alonso Álvarez, Premio Fernández Lema 2007

“Tras ese primer encuentro, sin embargo, ya nada fue igual. Durante aquellas horas de charla, con los cigarrillos revoloteando como luciérnagas sobre el sentimental cenicero, Moncada me había confesado que, aparte del armario de Silvia Cotrina, él solía frecuentar otros. Y no le importó compartir conmigo sus descubrimientos. Me cantó las excelencias del armario de Elsa Puche, que me recomendó por lo acertado de su tamaño, unas dimensiones cálidas y confortables que parecían diseñadas expresamente para el disfrute de los hombres que se adentraban en su interior; me advirtió sobre el de Verónica Alonso, un vestidor enorme en el que uno se sentía desamparado, como precipitado al vacío, pugnando inútilmente por alcanzar su fondo o sus paredes. Entre calada y calada, me habló del de Carolina Pozo, tan oscuro y profundo como su apellido; del de Fátima Rivera, que olía a lavanda y flores secas; del de Leticia Burgos, henchido por la humedad. Me habló también del de Sonia María de la Cruz, que se movía insinuante al compás de tus movimientos, debido a la cojera de una de sus patas; del de Pilar Collado, que no podía contener un gemido de dolor cada vez que alguien se internaba en él, a causa de sus bisagras mal engrasadas; del de Yolanda Noriega, siempre tórrido y supuroso debido a la caldera que palpita al otro lado de la pared; del de Cristina Eugenia Ovejero, un armario virginal, que debido a una mudanza eternamente pospuesta, todavía atesoraba ese olor tan incitante de lo que aún está por estrenar; del de Virginia Ballesteros, que a pesar de su edad se antojaba tan imberbe como el de una niña, empapelado de un rosa pubescente y en cuyo fondo se apretaban los peluches que desterraba de su cama cuando recibía visita”.

Las interioridades, Félix J. Palma, Castalia, 2002 

“A partir de aquel día las cosas ya no fueron lo mismo para mí. Nunca imaginé que pudiera existir una raza de hombres con alas, alas de cóndor, alas de paloma, alas de buitre, alas de lechuza como las mías: ideales para el ataque nocturno, alas de alimoche, alas para la delación, para los malos augurios, incluso inútiles alas de gallina

[…]  No obstante, pronto averigüé por el propio Julián Valdivieso, que no era el único inquilino de aquellas alturas provisionales. En la azotea del edificio de Correos vivían desde hacía varias semanas los seis miembros de una familia de inmigrantes rumanos de piel cetrina que se ganaban la vida en la calle Recoletos fingiendo monstruosas malformaciones a los viandantes y que por la noche, en castrense orden de retreta, regresaban felices con el preciado botín de la piedad ajena para ocupar las angosturas de su cubil provisional; Sobre la torre de RTVE habitaba una joven estudiante de Biología, Verónica Carro, cimbreante y sensual como una grulla, a la que Valdivieso había invitado varias veces a pasar la tarde tomando café en su nido de Cazorla. En la cubierta del Santiago Bernabeu, un melenudo batería de un grupo de heavy-metal que respondía por Ángel Arregui y volaba como un estornino, le suministraba algo de hierba cuando la nostalgia le suplicaba un reposo. O en las torres KIO, que estaban ocupadas desde hacía varios años por el séquito de un viejo de costumbres hurañas y porte de gárgola románica que decía ser descendiente de un monarca europeo -el marqués del Guano, le apodaba Valdivieso- y que sólo esperaba el momento de recuperar lo que le pertenecía por ley y salir a la luz. La lista de tan curiosa caterva de inquilinos continuaba hasta hacerse abrumadora”.

Terapias, Oscar Alonso Álvarez, Premio Fernández Lema 2007

Pueden seguir leyendo el cuento plagiado en la web del Premio.



Noventa ataúdes, por Patricia Esteban Erlés
Enero 18, 2008, 2:00 pm
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Ajuar funerario

Puede que como en el amor, también en el tema de los miedos humanos ya esté todo inventado y, por lo tanto, escrito. Puede ser, ya digo, pero esta intuición no le resta  ni un ápice de brillantez al Ajuar funerario de Fernando Iwasaki, quien parece aprovecharse justamente de esa certeza para dejar que el lector aficionado a los escalofríos elija en su libro, como en una de esas enormes cajas de galletas surtidas que nunca faltan en casa de las abuelas, cuál de entre todos es el temblor que prefiere experimentar en cada ocasión.

De más está decir que el libro de Iwasaki tiene mucho de  respetuoso homenaje a la literatura de terror. En él se  manejan  materiales heredados sin llegar a caer en el servilismo, al tiempo que se incorporan un conjunto de  obsesiones propias del autor y un modelo formal característico, el hiperbreve, equivalente literario del zapeo que parece específicamente diseñado para la proverbial inconstancia del lector moderno. Ya su prólogo encierra una declaración de intenciones, “Las historias que siguen quieren tener la brevedad de un escalofrío y la iniquidad de una gema perversa. Perlas turbias, malignos anillos, arras emputecidas… un ajuar funerario de negras y lóbregas bagatelas que brillan oscuras sobre los deshechos que roen los gusanos de la imaginación”. Concisión y efectismo, brevedad y desasosiego que logran sin duda muchas de las piezas que nos encontramos dentro de este singular joyero  donde cabe casi de todo. Noventa cuentos integran este breviario del pánico donde los  miedófilos clásicos se reencontrarán con vampiros y hombres lobos, fantasmas desorientados o monstruos de ciénaga, mientras que  los  amantes del terror moderno, ese que anida en lo cotidiano,  hallarán  páginas  por donde transitan mitos que empiezan a serlo justo ahora, a principios del siglo XXI.  Este espacio del horror estrictamente contemporáneo nos permite visitar la aterradora consulta del dentista, tropezar  en una solitaria autopista  con  la chica de la curva o espiar tras la tapia del convento la vida secreta de un monstruo antropomorfo y femenino, la monja,  que a buen seguro pobló la infancia de muchos de nosotros y gracias al cual  el autor consigue algunos de sus mejores relatos. 

Hay sitio en él para el miedo victoriano que inspiran las sombrías casas de muñecas y los daguerrotipos de bebés muertos hace un siglo. Miedo provocado por los avances tecnológicos, que facultan al hombre para fabricar artefactos siniestros, como la silla eléctrica.  También miedo que se respira en escenarios variados y siempre inquietantes, como el retrete de una gasolinera, la habitación de hotel, el hospital, el tanatorio. Miedos, miedos varios, a la muerte que acecha o que le viven dentro a uno, cuando  sospecha que es otro el que domina sus gestos y  le mira desde el espejo. Miedos externos, a seres  que nos van saliendo al paso, que existen desde el mismo instante en que los pensamos, sean reales o no.  Miedos que el hombre moderno puede incluso comprar, como esa llamada a una línea que nos ilustra acerca del infierno, al módico precio de 0’91 euros el minuto.Muchos de los microrrelatos de este libro se refugian en la primera persona, apelando, desde el más puro clasicicismo a la complicidad del lector, que debe aceptar el trato y convertirse así en protagonista, resucitar o morir de pronto contándolo, descubrir la monstruosidad que anida en uno mismo, incluso. Iwasaki combina lo aprendido de Poe o Lovecraft, esto es, lo terrorífico que ya no asusta tanto, por conocido de sobras, con unos materiales propios, con sus fobias de hombre moderno. ese temor a lo siniestro que habita en nuestro entorno más doméstico, debajo de la cama,  escondido en el armario o entre las páginas de un inocente álbum de comunión…

Se nos ocurre que tal vez pueda utilizarse en contra de Iwasaki esa tendencia a depositar toda la fuerza de sus microcuentos (ninguna de las prendas de este ajuar supera la carilla, y las hay incluso que no sobrepasan las cinco líneas, como ese primer y contundente Día de Difuntos) en la frase que les pone punto final. Sí,  la naturaleza previsible de ese cierre es un gaje del lector moderno, que sospecha en muchas ocasiones, guiado por su conocimiento de la tradición, cómo va a acabar el cuento. Sin embargo, vaya en defensa del buen hacer de Iwasaki su talento para crear atmósferas turbadoras en unas pocas palabras, “En el baño no había espejo ni luz, y el chapoteo de mis pasos delataba dos o tres dedos de un líquido sin nombre”, situaciones a caballo entre lo humorístico y lo terrible como la del protagonista aquejado de retortijones que entra en el retrete de una gasolinera, “caminando de baldosa en baldosa, como un equilibrista que no quiere que el público descubra que lleva las mallas descosidas”, o la de la amable aparición fantasma que recibe una brutal paliza en La mujer de blanco.

En definitiva, un lujo muy recomendable este pequeño frasco de cristal velado y sus 90 píldoras, que el lector no podrá evitar ingerir en una sola dosis de lectura,  si es que de vez en cuando gusta de pasar miedo del bueno. 

Fernando Iwasaki, Ajuar funerario (Páginas de espuma, Madrid, 2004)

Por PATRICIA ESTEBAN ERLÉS



EL GRITO DEL HOMBRE, por Masacre
Enero 3, 2008, 12:41 am
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Gritar 

 ”Una y otra vez, la estupidez mental que había sido implantada en él, como en todos los demás, le afirmaba con toda seguridad que el mundo real y verdadero era el que podía verse y palparse, un mundo en el que copiar cartas con fidelidad y buena letra era intercambiable por cierta cantidad de pan, carne y vivienda, y en el que el hombre que copiaba bien, no golpeaba a su mujer y no malgastaba el dinero, era un hombre que estaba cumpliendo el objetivo para el que había sido hecho”.

ARTHUR MACHEN

Un fragmento de vida

En Masacre andábamos estos días pensando si lanzar una jaculatoria furibunda a los decaloguistas del cuento, ahora que empieza el nuevo año —abundan aquí y al otro lado del océano, y merecen tantos castigos corporales como se nos puedan ocurrir— o hacerle justicia a Gritar, de Ricardo Menéndez Salmón, que leemos con placer estos días. Nos hemos decidido por lo segundo, porque creemos que los decaloguistas, dodecaloguistas, furbys y carveritos del cuento también tienen derecho a consomé con picadillo, e incluso algunos nos caen bien. Oh, gingle bells… 

Como aquí no nos la cogemos con papel de fumar cuando se trata de alabar o dar collejas, hágannos caso: Gritar es, desde luego, una buena noticia para el cuento español, tan necesitado ahora mismo de estandartes. No sólo porque el conjunto es, en general, de una calidad alta; también porque el relato que da título a la compilación puede considerarse desde ya mismo una especie de luminaria, inédita en su brillante idea de base, reveladora, como pocos cuentos tienen el privilegio de ser en este panorama. ¿Exageramos? A lo mejor, pero se van a jorobar. Creemos que en el futuro tendrá el mismo papel que se han ganado en el imaginario común del short tale patrio relatos como Las interioridades, Sucedáneo de Pez Volador, Velocidad de los jardines, Siempre hay un perro al acecho, Los aéreos y otros escogidos. No se impacienten, que ya habrá tiempo para dedicarle su espacio. 

El volumen abre con uno de los mejores textos de la colección, La vida en llamas, auténtica declaración de principios de Menéndez Salmón sobre algunas de sus obsesiones, suerte entre un Cheever arrebatado, de tono solemne, y el poder onírico y elegante de ciertas imágenes bien escogidas. Una de las bases fundamentales del libro ya se teje desde el principio: la irrupción de lo extraño en la cotidianeidad de la pareja, en nuestro saber estar en el mundo, ahora ya incomprensible y más perturbador que cualquier territorio fantástico de saldo con elfos. Un hecho sorprendente al que asistimos y nos enfrenta a la perplejidad, y del que no se facilitan respuestas, como buen moroso narrativo que es Salmón. La vida en llamas autentifica a un narrador dentro de una épica íntima, que el autor maneja con soltura y oficio al tejer tres núcleos aparentemente alejados (y bellos, bellos de verdad): el campo simbólico de la muerte —la del padre—, el de la vida —el nacimiento del hijo de la vecina misteriosa— y la propia perplejidad ante la realidad —el hombre envuelto en llamas—, que no admite certezas, que es un constructo con fallas, espejo deformante. Este cuento nos arrebata, no nos explica. 

Dentro del evidente interés de Menéndez Salmón por la historia y el origen del mal, nos ha resultado interesante leer El placer de los extraños. Aunque con un principio, quizás, demasiado largo en su presentación de personajes, la reflexión que el relato plantea es excelente: la belleza de nuestros semejantes, las maravillas de la naturaleza, los invisibles hilos que gobiernan algunos pasos de la humanidad y su historia o incluso el horror más indescriptible, precisamente por estar a la vista, pasan desapercibidos ante nosotros con la mayor naturalidad. Un relato con las cartas boca arriba —el mecanismo visible— que al final del propio cuento revela lo otro, escapismo a la manera de Houdini, en ese final tan contundente que no vamos a desvelar.  

Es curioso cómo, paradójicamente, su buen hacer para extraer lo extraño y poético de una materia tan sobada como la intimidad (lo poético es lo familiar disolviéndose en lo extraño, que decía Bataille) se ve rebajado en algún caso a la hora de abordar la vía puramente fantástica. Aunque Hablemos de Joyce si quiere es un cuento competente (la tensión está bien construida y sabe cuándo cerrar, además de tener un aire donniedarkiano muy placentero) podría decirse que se adivina el desenlace mucho antes del cierre —esto no es malo, pero hace al texto demasiado autoconclusivo— y desfallece frente a otras historias de altos vuelos presentes en el conjunto.

Esto es lo que ocurre con Las noches de la Condesa Bruni, otro texto arrebatado y enigmático, en la línea del fantástico más lujoso y burgués,  y que —ahora sí— funciona. Se lo avisamos: el sobrino del relato es un personaje cargante en ocasiones, resabido (un repipi intelectual de los de paliza con bate), pero a pesar de todo éste es un cuento que usa y no abusa los recursos del relato oral y el narrador testigo, muy bien llevado, llegando a emocionarnos en el tramo final.  

El horror, una de las variaciones temáticas que Salmón ejecuta sobre la pareja como estamento (también en otros textos como Gritar, La vida en llamas o A nuestros amores) nos permite ese placer tan propio de los lectores de cuentos como es desentrañar, desbrozar, leer entre líneas una aparente maraña de detalles y hechos inconexos (una pareja que asiste a un circo deprimente, operístico y hasta excesivo; una llamada desesperada en mitad de la noche, un televisor y sus imágenes) que finalmente inoculan un significado perturbador sobre el fin de una unión. Aunque sobre este tema parejil ya se han dicho demasiadas cosas en el terreno del cuento, tanto la prosa, de una exactitud notable en el dibujo, como lo seductor de algunas imágenes y el poso onírico que deja el texto, nos entregan una buena historia de aires norteamericanos, un relato que es un suceso secreto en sí mismo. D. Lynch estaría orgulloso de Don Ricardo por esta narración. 

Creemos que la principal rebaba de Gritar es el relato con el que el libro cierra, Para una historia privada de la literatura, descompensado, y muchísimo, respecto a los demás. Nos sorprende incluso que un fragmento del mismo corone la contraportada. Bien que sentimos en Masacre sacarle desconchados —por usar la textura del propio cuento— a un libro que nos ha gustado, pero este texto es, simple y llanamente, un relato vigoréxico. Nos recuerda a Arnold Swacheneger intentando ponerse un tutú de bailarina y pegándose un costalazo (fíjense qué símil, vamos sobraos). Para una historia privada de la literatura podría perfectamente leerse como la narración metafórica, en clave de manuscrito encontrado, de esa obsesión de los escritores por remozar, retocar y maquillar continuamente sus obras. Si bien es cierto que la capacidad expresiva y riqueza de lenguaje es enorme, el artefacto es excesivo, y ya desde el primer párrafo deja sin aliento al lector con su sobredosis retórica, adjetivación marciana y acumulación de imágenes, como si Gabriel Aresti, que en paz descanse, se hubiera tomado una rula, hubiera abierto el cajón de su escritorio y, tras sacar papel y lápiz, machacara la hoja hasta que le sobreviniesen un par de infartos. Olvidable, vaya. 

Nos interesaba cerrar esta reseña dedicándonos con amor y buenos ojos al texto por excelencia del conjunto, Gritar, al que haría falta dedicar más espacio del que nosotros disponemos (créannos, no queremos que nos manden al comando Somalia por infartarlos con tanta palabrería). Pasaremos por alto esa errata (“Valdivia” en lugar de “Balboa”) de la página 38, que nos sugiere muchos comentarios ácidos sobre las dioptrías, el interés o la naturaleza fantasmal de los correctores de pruebas de Lengua de Trapo. 

¿Por qué un cuento puede ser tan importante? Precisamente porque Gritar revela, y de manera inédita y sorprendente, un modo de ser de lo humano, el instante lleno de sentido en que se explican ciertas cosas que importan con un lenguaje de puro bisturí, o como últimamente le dicen a Salmón, ganar en hueso y perder en músculo. Creemos bastante acertado que no sacrifique su formación filosófica y se permita ilustrar en el propio texto reflexiones sobre el grito que enriquecen el sentido de la historia y la dotan de vigor (aunque lo de “falansterios del grito” nos recuerda a una especie de club de alcohólicos anónimos o solteras haciendo calceta algo ridículo). Gritar, escúchennos por una vez, nos transforma como lectores. Gritar nos revela que a estas alturas de humanidad el grito es un privilegio, y que Balboa, nuestro protagonista, es listo al alejarse de la habitación que él mismo contrató para vocear y hacerlo en su casa. La riqueza de lecturas sobre este cuento admite larguísimas disquisiciones: que la propia habitación, el negocio secreto, genera, al principio, la mercancía del grito —el pago por la libertad, la esclavitud de la transacción—; que el protagonista supera incluso esa fase, de manera plenamente consciente, y hace bien alejándose de ella; que el rígido código de lo social, este modo de vida que nos hemos ganado a pulso —especulación inmobiliaria, eliminación de espacios de juego, intervención estatal en la intimidad, cultura dirigida, discurso oficial, narcosis— ya no nos permite esto mismo que el relato testifica: gritar; gritar hasta rompernos los huesos, hasta elevarnos, hasta volver a eso que alguna vez hemos sido y nos dice

Nos estamos emocionando, así que se van a fastidiar ustedes, lo van a comprar y luego nos hablan, indignados o no, sobre este cuento, esta historia de gritos, amores, y en el final —en ese magnifico final— el silencio de ser otros. 

Se lo hemos avisado y les ponemos un flim”. No se quejen.

Por MASACRE

Ricardo Menéndez Salmón, Gritar (Lengua de Trapo, 2007)