Archivado en: Reseñas | Etiquetas: Amor del bueno, Premio Caja España de libros de cuentos 2004, Quim Monzó, Sergi Pámies, Víctor García Antón

“Tenían sobre la mesa el café con leche del amor humilde, pero tenían también dentro del libro las maravillas todas del Universo, y se pusieron a deshojarlas con lentitud amorosa, como si en ello les fuera su felicidad, el sí o el no”.
EL ÁLBUM,
Medardo Fraile
Puede ser la decimoquinta vez que en Masacre leamos este “Amor del bueno”, con ese corazón, desarmado, lleno de fiebre, que se nos queda siempre al terminarlo. Es una fiebre de memoria, porque nos vienen a la cabeza las mujeres y hombres que han poblado nuestra vida, todas nuestras derrotas que son muchas y necesarias. En fin, la vida y sus cosas, suponemos, una urdimbre perfecta de deseo y falta (porque no hay seguridad cuando amamos). Sabe Amor del bueno a whisky solo y a congoja de domingo solitario. Por todos los monos de tres cabezas, sabe igual que cuando Meryl Streep mira por última vez al tío Clint desde el coche en Los puentes de Madison y cristaliza su deseo perdido, la ruina que la ha convertido en una “persona”, y por eso nos tenemos que ir a otra habitación, a riesgo de perder autoridad porque nuestras madres nos van a ver llorar y no queremos. Allí, apalizamos a nuestros peluches con un bate, para entretenernos un poco, ya ven, porque somos tipos duros. Chupicundi, amigos. Nos duele ver a la pobre Meryl tan jodida.
Amor del bueno desde el principio fue para nosotros -hace ya dos años que se publicó- una laparotomía de la sentimentalidad contemporánea, tan infectada en su discurso de base por los mecanismos de la publicidad y de la producción, entendiendo que ahora, en nuestro deseo corrompido, imaginamos y queremos para nosotros sujetos creados directamente en un departamento de ventas. Los personajes de García Antón, auteur de la cabeza a los pies, funcionan como arquetipos sentimentales —el hombre crisálida, las mujeres superiores, la mujer de vuelta de todo, el hombre que sueña con asaltar el tren del correo— y lo que con toda honestidad él se propone es fusilarlos ante nosotros, con suerte a veces dejándolo todo perdido de sangre y ternura. Formar ante el lector, en fin, sujetos vivos y por tanto enfermos de deseo, por cierto que bastante lejos de imitaciones de la escuela relatista catalana. Este libro no es sobre el deseo, sino que es la construcción misma del deseo y su pérdida, incluso en su propio narrador. Aunque con toda justicia Amor del bueno reactualiza la vía cuentística abierta por El porqué de las cosas hace ya una década, el artificio maravilloso de García Antón no es tan netamente monzoniano como se ha defendido estúpidamente por ahí, porque la revisitación de la asepsia corrosiva del catalán ha devenido en un narrador mutado hacia otros fines y querencias, igualmente para abrir llagas, lo que nos da mucho placer: forma, subtexto y muchas veces ausencia de trama clásica -como el amor- en un correlato objetivo notable. Señores, el narrador que cuenta los cuentos de este libro está, literalmente, enamorado, de la cabeza a los pies, sin medias tintas, y es capaz de jugarse el tipo por su deseo. Su lenguaje es festivo, febril, está lleno de redundancias pasionales propias de quien habla en un torrente y no enjuicia cabalmente sus sentimientos.
“Es verano, y la muchacha fértil y el hombre que tenía de niño los ojos como dos luceros, hacen el amor sobre las baldosas frescas de la cocina y se quieren mucho. No ha sido premeditado. Nada del tipo: me gustaría que algún día me hicieras el amor en el suelo de la cocina de mis padres. Nada de eso. Ha surgido como surgen ahora los amores, espontáneos, como los setos bien cortados o el zumo de naranja”.
Párrafos como este hacen que uno se muera de puro gusto y lea y relea este libro. Chispea como una hoguera. Es inteligente, es lúcido, es ingenioso. Es en sí mismo una construcción que sirve para desmontar ese arquetipo de consumo cuando el lector asiste a la “pérdida” de las mujeres y hombres que pueblan sus páginas. Aquí todos o casi todos pierden con una hostia final verdadera y magnífica: la durísima resignación de la mujer astronauta en Creced y multiplicaos, espejo de esta sociedad de vigilancia y castigo (un fin mayor exige el sacrificio y la felicidad de esta astronauta enamorada de su profesor de francés, que le da clases cada semana a través de una sala de transmisión de la NASA). Esa suerte de prince valiant que se desangra sobre la carretera en El príncipe azul, mientras una mujer que lo ha esperado mucho tiempo observa impasible. El maravilloso —MARAVILLOSO— Paulita y su tramo final, auténtico uppercut, digamos, a la manera de Michael Haneke y su forma de introducir la violencia en la calma del relato fílmico y enrarecerlo con un poso final. El pacto terrible del matrimonio de Un cisne de porcelana (o las mujeres francesas). Así las cosas, Amor del bueno lucha valientemente contra el concepto del éxito, la seguridad, el happy end mainstream venido directamente de las factorías culturales y todas esas ideas superbasura sobre las que se asientan multitud de construcciones ideológicas y literarias, ya en este tiempo de plena enfermedad del individuo, desierto y tragedia cultural. Uno —un posible sujeto acrítico de los muchos que hay— va ahora a la librería y “pide” un libro que calme su angustia, una aplaciente compilación de páginas, al más puro estilo cadena de hamburgueserías. Uno pide un libro a la medida de su cáncer, para que su incomodidad se extinga y donde el discurso quede rebajado a una narcosis práctica. Se quiere seguridad emocional, como lo es la económica y novelística -esto lo decía Umbral- en el mecanismo burgués, porque la incertidumbre des-produce, interrumpe. Nos gusta pensar que cuando García Antón escribió este libro lo sabía, y así se convirtió en un cabrón tan listo. Ay, amigos y amigas, los buenos escritores son unos cerdos cabrones —si la palabra es un arma, si la palabra construye lo inexplicable o violenta unos cimientos—, y por eso son tan incómodos para según qué gente. Atentos, porque la vaca del estupendísimo El amor es solo tiempo podría ser un espejo de una sociedad que vigila el deseo y lo anula con límites bien rígidos.
“De cuando en cuando, la mujer vuelve la cabeza hacia el hombre desnudo, nota su esfuerzo en el cuello tenso, en los brazos fuertes, y siente que ya lo ama. Luego mira hacia el otro lado para ver si avanzan, y ve el océano, todo el océano.
—Vamos a follar, cariño —dice el hombre mientras rema.
—No, que nos ve la vaca.”
Como en todo conjunto, siempre hay relatos mejores y peores, bajones de intensidad lo suficientemente leves para que no importen demasiado. Por algo este es uno de los mejores libros de cuentos de los últimos años. Con toda justicia hay que decirlo. Nosotros, la verdad, no vamos a tomar partido por los más prescindibles -si es que los hay-, queremos dejarles a ustedes su propia elección; en todo caso sorprende esa unidad técnica y temática tan bien medida del dispositivo de la enunciación, capaz de encadenar cuentos y cuentos que van superándose. Una voz tan unitaria —lo que podría restarle frescura, algo que sin embargo no ocurre— y a la vez tan deliciosa y maleable, llena de meandros; ese narrador enamorado y hasta bastante moña que a uno no puede más que dejarle rendido, feliz, esa tarde de domingo ya hermosa en que ha decidido —milagro no tan común— ponerse a leer cuentos, estos cuentos.
Nos da tristeza pensar que este libro no lo conoce tanta gente como debiera, simplemente porque no anda detrás de él una Major. Nunca la palabra “accesible” referida a un libro de relatos tuvo tanto sentido como ahora. Está muy lejos de ser difícil de comprender para el lector mediano, aplaciente, acrítico, que acabará su lectura con una sonrisa de oreja a oreja y la extraña sensación que ha leído algo pleno de autenticidad y alejado de las píldoras para dormir de setecientas páginas que suele consumir; y también para el lector indagador, que cuajará esa misma sonrisa y un segundo después se entristecerá por tanta lucidez corrosiva sobre el deseo, porque le han metido un gol por la escuadra, ahí donde radica la inteligencia perversa de García Antón al enmascarar la aparente seguridad del amor de laboratorio con la sosa cáustica. Estamos seguros de que en ese instante, ese lector vago y ese lector duro como el pedernal, levantándose de su sofá de domingo, con una sonrisa gigante, con una sonrisa de fiesta, gritarán con voz potente:
Qué hijo de puta.
Amor del bueno, Víctor García Antón (Caja España, 2005)
*Como no es fácil de encontrar, les recomiendo que lo pidan ustedes en la página web de Caja España. Solo les costará el precio del libro –es dolorosamente barato-, porque esta gente se lo envía gratis.
8 comentarios por mucho
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Ahora sí, por fin, lo he pedido.
Comentario por Palimp Noviembre 7, 2007 @ 6:11 amY, después de leer la crítica, si lo tienes apuntado en la lista de pendientes ¿Quíen puede no pedirlo?
Comentario por Arilena Noviembre 7, 2007 @ 8:37 amCuando Víctor Gª Antón presentó Amor del bueno, el salón de actos de la Biblioteca Regional Joaquín Leguina de Madrid estaba hasta la bandera, de gente que no podía haber leído el libro aún -en su mayoría-.
Eso hablaba de lo buena gente que es VGA (como los monitores, sí, más que lúcido, lumínico -mejor inteligente que ingenioso-).
Cuando leí “con calma” Amor del bueno pensé “qué cabrón”, que es lo que un juntaletras -como yo- piensa cuando lee algo bueno, cierto, potente.
Cuando releo ese libro me doy cuenta de que un editor -en ciernes, como yo, o curtido- debería graparse el escroto por no publicar libros así, de que un librero debería dedicarse a la alfarería por no difundir libros así, de que un lector, a poco que espabile y piense por sí mismo -¿como yo?-, tendrá ese libro como referente en el relato, porque es un libro etíope, fondista, ferozmente humilde, es decir, capaz de seguir brillando dentro de mucho, mucho tiempo.
Cuando he pensado en ese autor y ese libro, durante todo este tiempo, he esperado siempre un siguiente libro de relatos de VGA que nos salve del tedio, de los tiralevitas y demás gañanes del no-cuento.
Y cuando ese libro llegue (que no falta mucho…
os vais a cagar. Palabra.
pd: Qué hijos de puta.
Comentario por Sergi Bellver Noviembre 7, 2007 @ 7:06 pmSólo una observación en torno al rigor, para que la reseña -cualquier reseña- no pierda, digamos, credibilidad: para atreverse a escribir “aplaciente” -y dos veces, además-, primero habría que escribir con corrección estúpidamente, desangra y hostia (o las mujeres y los hombres, ya puestos).
Por otro lado, mi enhorabuena por la implicación y el apasionamiento, se agradece entre la asepsia general que uno encuentra en tantas reseñas.
Comentario por Corrector bujarrón Noviembre 7, 2007 @ 11:20 pmEstimado lector bujarrón:
Le agradecemos, por supuesto, la atenta lectura y el buen ánimo. El rigor siempre es importante, claro que sí. No obstante, no sea usted más papista que el Papa, ande: cuatro erratas fruto de la vista cansada -aunque ese “hostia”, sí, no nos lo perdonamos- no creemos que empañen una reseña, aunque cuestionable -como todas-, hecha desde el más profundo respeto y conocimiento del género cuento, y sobre todo, con horas de trabajo detrás. Descuide, que ya están corregidas.
Es usted absolutamente bienvenido en este jardín lleno de cabezas seccionadas.
Comentario por Masacre Noviembre 8, 2007 @ 12:47 pmHe intentado pedirlo varias veces pero por algún motivo la compra no llega a buen puerto. Lo que dices, escandalosamente barato.
Comentario por hombredebarro Noviembre 9, 2007 @ 9:28 amA mí me ocurre lo mismo que al hombre de barro. No consigo que me acepte la compra.
Comentario por Juan Carlos Noviembre 10, 2007 @ 7:30 amUn apunte para los que residan en Madrid:
El libro de relatos de Víctor se puede encontrar (o pedir, si no está disponible en ese momento) en la librería La Central, junto al MNCARS (Museo Reina Sofía), cerca de la glorieta de Carlos V. Ayer mismo había un ejemplar.
Aprovecho para compartir con los lectores de la Masacre esta iniciativa, por si puede interesarles, y que no es otra cosa que un juego en torno a nuestro amor al cuento:
I Premio de Relato mínimo Diomedea
Ya se han recibido 15 “microrrelatos” (máximo de 200 palabras o 1000 caracteres) y tenéis de plazo hasta el 10 de diciembre.
Suerte y fiebre. Escribid, escribid, malditos.
Comentario por Sergi Bellver Noviembre 17, 2007 @ 2:13 pm