Masacre en los jardines


El viaje vertical, por Alvy Singer
Noviembre 19, 2007, 11:45 pm
Guardado en: Reseñas | Etiquetas: , , , , , ,

Photo Sharing and Video Hosting at Photobucket

“La memoria es la espina dorsal de toda la literatura respetable”.

 WG SEBALD 

El debut extended and uncut de Ricardo Piglia reeditado con Anagrama tiene demasiado en común con el Alien (director’s cut) de Ridley Scott, en el sentido de que son reescrituras de obras primerizas desde la veteranía más absoluta, por eso el resultado es aún más desconcertante porqué la pulsión adolescente propia de cualquier obra primeriza queda barnizada a ojos del receptor. Ridley Scott se acercaba más a la sabiduría del autor, en una maniobra de impostura por parte de un cineasta caracterizado por su artesania du prestige, al añadir escenas restauradas como los planos de la luna o las luces en los cascos de Dallas, Kane o Lambert. A pesar de ello, Alien sigue siendo una obra maestra por su inesperada reunión de talentos, entre los que Scott es, tal vez, el más funcional de ellos: sólo la unión de unos talentos tan grandes como los de Dan O’Bannon, Carlo Rambaldi o H. R. Giger potenció el resultado. Piglia prefiere en cambio dar al libro un cariz antagónico: los cambios están en el cuento de La invasión, que marca el ecuador del libro y sus dos partes, y añade un epílogo a modo de relato que deja claro que su rumbo sigue abierto. La invasión nueva, como dice Vicente Luis Mora, tiene mucho que ver con la idea de la prisión de Michel Foucault: el mejor cuento del libro, el que le da título, habla de esa sociedad de vigilancia y castigo desde la anécdota más escalofriante, desde esa concisión trazada a partir de un territorio sórdido: el protagonista, encerrado en una celda, contempla el encuentro sexual mas aterrador jamás concebido no por el acto sino por el entorno.  

¿Está Piglia enmarcado en el realismo? Si es así, lo está en una idea del realismo muy propia de Vila-Matas: la realidad es una construcción del lenguaje en sí misma, por ello la literatura se ocupa de investigar estos territorios. La aparición de Emilio Renzi también es la aparición defintiva de la metaliteratura en Piglia, de forma obvia aclaro, del diálogo literario presente en su obra que le un íntimamente a escritores con Vila-Matas (con el que comparte ese gusto por la memoria inventada, por la desaparición de la figura del escritor por los callejones del recuerdo) o Sebald (que podría parecer un padre de este modelo de escritor europeísta, pero nada más lejos: fue un contemporáneo). Los paseos y anotaciones de Renzi por un mundo imaginario, lleno de hoteles y citas de autores célebres, son los que cierran el libro pero su debut no es otro que el del relato que da título al libro.  

En El Joyero, su narrador se lamenta: “Ése era su problema, no podía parar de pensar”. No hay forma más concisa de definir esta extraña Invasión nueva pero antigua: una obra que nace del impulso, corregida. ¿Qué hay entonces? Una constante: Piglia define siempre la novela como un complot. Pues su idea del libro de relatos es la de la sospecha: en Mata-Hari, donde la tensión y la intriga dominan todo el ritmo del relato. Hay una historia pero lejos de la narrativa: Piglia cuenta siempre las cosas desde lo dramático de la incerteza, desde la memoria, que asocia a un ejercicio de reconstrucción.  

“Lo que ustedes no saben es que ya estaba muerto desde antes. Por eso yo quiero contar desde el principio. Para que no se piense que ando arrepentido de lo que hice. Que una cosa es la tristeza y otra el arrepentimiento. Y lo hice ya estaba hecho y no fue más que un favor, algo que sólo se hace para aliviar. Algo que no le importa a nadie. Ni al General. Porque para nosotros estaba muerto desde antes…” 

En Las actas del juicio la historia empieza como el mejor cine negro, al que Piglia referencia con un conocimiento icónico mayor y más juguetón del que admite (¿o acaso no es El Joyero una versión acelerada e irreal, más bien redundante, de los climas y espacios de El tercer hombre, ese mano a mano de Greene con si mismo?), para terminar siendo una crónica de las trastiendas de los dictadores mucho más eficaz que otros ejemplos más célebres (pensar en la novela La fiesta del chivo) y en el que Piglia se emparenta con el universo de Estrella Distante: la excentricidad y la humanidad más pasmosa como partes inevitables, tristísimos, de las figuras que se erigen en señores del espanto. 

Jean-François Fogel dice, en un tono irónico, que es prematuro asegurar que esta nueva Invasión es al fin una obra excelente: mejor sería esperarse al 2047. ¿Es La Invasión una obra definitiva, la perfecta jugada de reedición de un trabajo anterior a través de la ampliación, que se revela refinamiento? Tal vez en la broma de Fogel resida la clave: en una realidad tan marcada como la memoria como la de Piglia sería antiético no esperar hasta 2047 para examinar, al fin, la última de nuestras invasiones.

La invasión, Ricardo Piglia (Anagrama, 2007)

ALVY SINGER



Dulcemente enamorados, dulcemente rotos, por Masacre

Photo Sharing and Video Hosting at Photobucket

“Tenían sobre la mesa el café con leche del amor humilde, pero tenían también dentro del libro las maravillas todas del Universo, y se pusieron a deshojarlas con lentitud amorosa, como si en ello les fuera su felicidad, el sí o el no”.

EL ÁLBUM,

      Medardo Fraile  

Puede ser la decimoquinta vez que en Masacre leamos este “Amor del bueno”, con ese corazón, desarmado, lleno de fiebre, que se nos queda siempre al terminarlo. Es una fiebre de memoria, porque nos vienen a la cabeza las mujeres y hombres que han poblado nuestra vida, todas nuestras derrotas que son muchas y necesarias. En fin, la vida y sus cosas, suponemos, una urdimbre perfecta de deseo y falta (porque no hay seguridad cuando amamos). Sabe Amor del bueno a whisky solo y a congoja de domingo solitario. Por todos los monos de tres cabezas, sabe igual que cuando Meryl Streep mira por última vez al tío Clint desde el coche en Los puentes de Madison y cristaliza su deseo perdido, la ruina que la ha convertido en una “persona”, y por eso nos tenemos que ir a otra habitación, a riesgo de perder autoridad porque nuestras madres nos van a ver llorar y no queremos. Allí, apalizamos a nuestros peluches con un bate, para entretenernos un poco, ya ven, porque somos tipos duros. Chupicundi, amigos. Nos duele ver a la pobre Meryl tan jodida. 

Amor del bueno desde el principio fue para nosotros -hace ya dos años que se publicó- una laparotomía de la sentimentalidad contemporánea, tan infectada en su discurso de base por los mecanismos de la publicidad y de la producción, entendiendo que ahora, en nuestro deseo corrompido, imaginamos y queremos para nosotros sujetos creados directamente en un departamento de ventas. Los personajes de García Antón, auteur de la cabeza a los pies, funcionan como arquetipos sentimentales —el hombre crisálida, las mujeres superiores, la mujer de vuelta de todo, el hombre que sueña con asaltar el tren del correo— y lo que con toda honestidad él se propone es fusilarlos ante nosotros, con suerte a veces dejándolo todo perdido de sangre y ternura. Formar ante el lector, en fin, sujetos vivos y por tanto enfermos de deseo, por cierto que bastante lejos de imitaciones de la escuela relatista catalana. Este libro no es sobre el deseo, sino que es la construcción misma del deseo y su pérdida, incluso en su propio narrador. Aunque con toda justicia Amor del bueno reactualiza la vía cuentística abierta por El porqué de las cosas hace ya una década, el artificio maravilloso de García Antón no es tan netamente monzoniano como se ha defendido estúpidamente por ahí, porque la revisitación de la asepsia corrosiva del catalán ha devenido en un narrador mutado hacia otros fines y querencias, igualmente para abrir llagas, lo que nos da mucho placer: forma, subtexto y muchas veces ausencia de trama clásica -como el amor- en un correlato objetivo notable.  Señores, el narrador que cuenta los cuentos de este libro está, literalmente, enamorado, de la cabeza a los pies, sin medias tintas, y es capaz de jugarse el tipo por su deseo. Su lenguaje es festivo, febril, está lleno de redundancias pasionales propias de quien habla en un torrente y no enjuicia cabalmente sus sentimientos.  

“Es verano, y la muchacha fértil y el hombre que tenía de niño los ojos como dos luceros, hacen el amor sobre las baldosas frescas de la cocina y se quieren mucho. No ha sido premeditado. Nada del tipo: me gustaría que algún día me hicieras el amor en el suelo de la cocina de mis padres. Nada de eso. Ha surgido como surgen ahora los amores, espontáneos, como los setos bien cortados o el zumo de naranja”. 

Párrafos como este hacen que uno se muera de puro gusto y lea y relea este libro. Chispea como una hoguera. Es inteligente, es lúcido, es ingenioso. Es en sí mismo una construcción que sirve para desmontar ese arquetipo de consumo cuando el lector asiste a la “pérdida” de las mujeres y hombres que pueblan sus páginas. Aquí todos o casi todos pierden con una hostia final verdadera y magnífica: la durísima resignación de la mujer astronauta en Creced y multiplicaos, espejo de esta sociedad de vigilancia y castigo (un fin mayor exige el sacrificio y la felicidad de esta astronauta enamorada de su profesor de francés, que le da clases cada semana a través de una sala de transmisión de la NASA). Esa suerte de prince valiant que se desangra sobre la carretera en El príncipe azul, mientras una mujer que lo ha esperado mucho tiempo observa impasible. El maravilloso —MARAVILLOSO— Paulita y su tramo final, auténtico uppercut, digamos, a la manera de Michael Haneke y su forma de introducir la violencia en la calma del relato fílmico y enrarecerlo con un poso final. El pacto terrible del matrimonio de Un cisne de porcelana (o las mujeres francesas). Así las cosas, Amor del bueno lucha valientemente contra el concepto del éxito, la seguridad, el happy end mainstream venido directamente de las factorías culturales y todas esas ideas superbasura sobre las que se asientan multitud de construcciones ideológicas y literarias, ya en este tiempo de plena enfermedad del individuo, desierto y tragedia cultural. Uno —un posible sujeto acrítico de los muchos que hay— va ahora a la librería y “pide” un libro que calme su angustia, una aplaciente compilación de páginas, al más puro estilo cadena de hamburgueserías. Uno pide un libro a la medida de su cáncer, para que su incomodidad se extinga y donde el discurso quede rebajado a una narcosis práctica. Se quiere seguridad emocional, como lo es la económica y novelística -esto lo decía Umbral- en el mecanismo burgués, porque la incertidumbre des-produce, interrumpe. Nos gusta pensar que cuando García Antón escribió este libro lo sabía, y así se convirtió en un cabrón tan listo. Ay, amigos y amigas, los buenos escritores son unos cerdos cabrones —si la palabra es un arma, si la palabra construye lo inexplicable o violenta unos cimientos—, y por eso son tan incómodos para según qué gente. Atentos, porque la vaca del estupendísimo El amor es solo tiempo podría ser un espejo de una sociedad que vigila el deseo y lo anula con límites bien rígidos. 

“De cuando en cuando, la mujer vuelve la cabeza hacia el hombre desnudo, nota su esfuerzo en el cuello tenso, en los brazos fuertes, y siente que ya lo ama. Luego mira hacia el otro lado para ver si avanzan, y ve el océano, todo el océano.

—Vamos a follar, cariño —dice el hombre mientras rema.

—No, que nos ve la vaca.” 

Como en todo conjunto, siempre hay relatos mejores y peores, bajones de intensidad lo suficientemente leves para que no importen demasiado. Por algo este es uno de los mejores libros de cuentos de los últimos años. Con toda justicia hay que decirlo. Nosotros, la verdad, no vamos a tomar partido por los más prescindibles -si es que los hay-, queremos dejarles a ustedes su propia elección; en todo caso sorprende esa unidad técnica y temática tan bien medida del dispositivo de la enunciación, capaz de encadenar cuentos y cuentos que van superándose. Una voz tan unitaria —lo que podría restarle frescura, algo que sin embargo no ocurre— y a la vez tan deliciosa y maleable, llena de meandros; ese narrador enamorado y hasta bastante moña que a uno no puede más que dejarle rendido, feliz, esa tarde de domingo ya hermosa en que ha decidido  —milagro no tan común— ponerse a leer cuentos, estos cuentos.

Nos da tristeza pensar que este libro no lo conoce tanta gente como debiera, simplemente porque no anda detrás de él una Major. Nunca la palabra “accesible” referida a un libro de relatos tuvo tanto sentido como ahora. Está muy lejos de ser difícil de comprender para el lector mediano, aplaciente, acrítico, que acabará su lectura con una sonrisa de oreja a oreja y la extraña sensación que ha leído algo pleno de autenticidad y alejado de las píldoras para dormir de setecientas páginas que suele consumir; y también para el lector indagador, que cuajará esa misma sonrisa y un segundo después se entristecerá por tanta lucidez corrosiva sobre el deseo, porque le han metido un gol por la escuadra, ahí donde radica la inteligencia perversa de García Antón al enmascarar la aparente seguridad del amor de laboratorio con la sosa cáustica. Estamos seguros de que en ese instante, ese lector vago y ese lector duro como el pedernal, levantándose de su sofá de domingo, con una sonrisa gigante, con una sonrisa de fiesta, gritarán con voz potente: 

Qué hijo de puta. 

Amor del bueno, Víctor García Antón (Caja España, 2005)  

*Como no es fácil de encontrar, les recomiendo que lo pidan ustedes en la página web de Caja España. Solo les costará el precio del libro –es dolorosamente barato-, porque esta gente se lo envía gratis.