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“La memoria es la espina dorsal de toda la literatura respetable”.
WG SEBALD
El debut extended and uncut de Ricardo Piglia reeditado con Anagrama tiene demasiado en común con el Alien (director’s cut) de Ridley Scott, en el sentido de que son reescrituras de obras primerizas desde la veteranía más absoluta, por eso el resultado es aún más desconcertante porqué la pulsión adolescente propia de cualquier obra primeriza queda barnizada a ojos del receptor. Ridley Scott se acercaba más a la sabiduría del autor, en una maniobra de impostura por parte de un cineasta caracterizado por su artesania du prestige, al añadir escenas restauradas como los planos de la luna o las luces en los cascos de Dallas, Kane o Lambert. A pesar de ello, Alien sigue siendo una obra maestra por su inesperada reunión de talentos, entre los que Scott es, tal vez, el más funcional de ellos: sólo la unión de unos talentos tan grandes como los de Dan O’Bannon, Carlo Rambaldi o H. R. Giger potenció el resultado. Piglia prefiere en cambio dar al libro un cariz antagónico: los cambios están en el cuento de La invasión, que marca el ecuador del libro y sus dos partes, y añade un epílogo a modo de relato que deja claro que su rumbo sigue abierto. La invasión nueva, como dice Vicente Luis Mora, tiene mucho que ver con la idea de la prisión de Michel Foucault: el mejor cuento del libro, el que le da título, habla de esa sociedad de vigilancia y castigo desde la anécdota más escalofriante, desde esa concisión trazada a partir de un territorio sórdido: el protagonista, encerrado en una celda, contempla el encuentro sexual mas aterrador jamás concebido no por el acto sino por el entorno.
¿Está Piglia enmarcado en el realismo? Si es así, lo está en una idea del realismo muy propia de Vila-Matas: la realidad es una construcción del lenguaje en sí misma, por ello la literatura se ocupa de investigar estos territorios. La aparición de Emilio Renzi también es la aparición defintiva de la metaliteratura en Piglia, de forma obvia aclaro, del diálogo literario presente en su obra que le un íntimamente a escritores con Vila-Matas (con el que comparte ese gusto por la memoria inventada, por la desaparición de la figura del escritor por los callejones del recuerdo) o Sebald (que podría parecer un padre de este modelo de escritor europeísta, pero nada más lejos: fue un contemporáneo). Los paseos y anotaciones de Renzi por un mundo imaginario, lleno de hoteles y citas de autores célebres, son los que cierran el libro pero su debut no es otro que el del relato que da título al libro.
En El Joyero, su narrador se lamenta: “Ése era su problema, no podía parar de pensar”. No hay forma más concisa de definir esta extraña Invasión nueva pero antigua: una obra que nace del impulso, corregida. ¿Qué hay entonces? Una constante: Piglia define siempre la novela como un complot. Pues su idea del libro de relatos es la de la sospecha: en Mata-Hari, donde la tensión y la intriga dominan todo el ritmo del relato. Hay una historia pero lejos de la narrativa: Piglia cuenta siempre las cosas desde lo dramático de la incerteza, desde la memoria, que asocia a un ejercicio de reconstrucción.
“Lo que ustedes no saben es que ya estaba muerto desde antes. Por eso yo quiero contar desde el principio. Para que no se piense que ando arrepentido de lo que hice. Que una cosa es la tristeza y otra el arrepentimiento. Y lo hice ya estaba hecho y no fue más que un favor, algo que sólo se hace para aliviar. Algo que no le importa a nadie. Ni al General. Porque para nosotros estaba muerto desde antes…”
En Las actas del juicio la historia empieza como el mejor cine negro, al que Piglia referencia con un conocimiento icónico mayor y más juguetón del que admite (¿o acaso no es El Joyero una versión acelerada e irreal, más bien redundante, de los climas y espacios de El tercer hombre, ese mano a mano de Greene con si mismo?), para terminar siendo una crónica de las trastiendas de los dictadores mucho más eficaz que otros ejemplos más célebres (pensar en la novela La fiesta del chivo) y en el que Piglia se emparenta con el universo de Estrella Distante: la excentricidad y la humanidad más pasmosa como partes inevitables, tristísimos, de las figuras que se erigen en señores del espanto.
Jean-François Fogel dice, en un tono irónico, que es prematuro asegurar que esta nueva Invasión es al fin una obra excelente: mejor sería esperarse al 2047. ¿Es La Invasión una obra definitiva, la perfecta jugada de reedición de un trabajo anterior a través de la ampliación, que se revela refinamiento? Tal vez en la broma de Fogel resida la clave: en una realidad tan marcada como la memoria como la de Piglia sería antiético no esperar hasta 2047 para examinar, al fin, la última de nuestras invasiones.
La invasión, Ricardo Piglia (Anagrama, 2007)
