Archivado en: Reseñas | Etiquetas: A. M Homes, Caballo de Troya, Mercedes Cebrián, Quim Monzó

“ Esquivar el tema, taparlo, impedir que se hable de ello equivale a convertirse en cómplice y contribuye a perpetuar la situación. Lo difícil es dar con una manera adecuada de hablar honestamente acerca de esas lacras.”
A.M. Homes
“En fin, a ver si lo que Dios ha unido con buena argamasa no lo separa el hombre” dice resumiendo lo que su autora llama “crueldad amable” el narrador del primer cuento de su debut, El malestar al alcance de todos. No deja de parecer curioso (y hasta bello) que la revolución venga por el lado más conservador y reaccionario: Cebrián, narradora periférica en un entorno de relatos mainstream que enturbian un panorama independiente lleno de autores insobornables, ha acudido a los Clásicos del Relato para tejer su debut. Desde John Cheever (ese lirismo del desencanto) hasta A. M. Homes (esa voz de provocación y denuncia siempre tuteladas por un compromiso con la inteligencia, a pesar de que a Cebrián le falte ese grado de brutalidad que sí tiene la norteamericana), este Malestar nos da lo que bien podría entenderse como un relevo (generacional, ¿narrativo?) a los cuentos de una sociedad absurda y quemada del Quim Monzó más negro y misántropo.
Si algo comparten las distintas generaciones perdidas de nuevos narradores breves, ignorados por la escena cultural reciente, es su exquisito dominio del lenguaje. El caso de Cebrián es igualmente admirable: mezclando expresiones coloquiales, trabaja una sintaxis digamos social, construyendo cada frase como un epitafio del consumismo. Sin embargo, hubiera deseado que todos los cuentos se parecieran a Dar posada al peregrino en el que el experimentalismo se hace más dueño de la narración (mezclando elementos del lenguaje burocrático, como si se tratara de una encuesta o un informe sobre un producto de marketing, al más puro estilo Foster Wallace del Señor Blandito, sin llegar ni por asomo al extremismo estilístico del narrador norteamericano) y el lector asiste casi impávido al talento de su narradora.
Los poemas insertados funcionan siempre como disertaciones independientes pero no parecen demasiado inteligentes más allá del tour de force: ni acotan la moraleja del cuento ni son digresiones lo suficientemente distintivas del resto de los relatos. Un ejemplo de ello es el díptico en verso de La fe revisitada / Urgencia de ser monja en los que los poemas logran una interconexión mayor, y hasta más interesante, que con el resto de narrativa presente. Y así todos los poemas: el libro presenta dos partes bien distinguidas (prosa y verso) y más allá del reproche no podemos quejarnos de poder disfrutar de las dos facetas de su autora.
Tempus fugit, excelente revisitación de Dorian Gray, propone de nuevo una nueva vuelta de tuerca al ámbito de las relaciones humanas esta vez desde la atmósfera: ese inicio ambientado en una época indeterminada pero concreta; ese adolescente esperando ávido de emoción a la reposición televisiva de Pesadilla en Elm Street es mucho más descriptivo que el resto de personajes que se nos aparecerán después. En una onda parecida, la descripción de una atmósfera ejemplificada en los muy líricos personajes de dos matrimonios que habían formado un grupo de folclore castellano, quiere instalarse Virgen de agosto, relato de pasión prohibida nabokoviana gracioso por su uso de la elipsis pero escaso en su perversidad. Ahí es dónde Cebrián falla: algunas (aunque, aclaro, que muy pocas) veces su crueldad es bastante escasa y su narrativa no sabe desprenderse de sus deudas. En el país de los ciegos es un relato completamente fallido, en el que uno tiene la certera y molesta sensación de que es una idea que daba para muchísimo más. De entrada, un concepto tan gracioso como un mundo dónde se celebran los Congresos para Libros de Oferta daba más para las escasas bromas que se gastan sobre el panorama editorial: Cebrián se conforma con trazar un relato cuyas líneas narrativas transcurren por una denuncia que no es lo suficientemente delirante ni lo bastante ácida. Material de oficina, Muebles auxiliares o El increíble poder de los faquires son relatos de evidente rastro monzoniano pero en los que sus personajes no logran transmitir la sinceridad y honestidad de sus referentes (y el maestro Cheever vuelve a ellos).
Y al final, Cebrián se descuelga again: Libro de família y Los cuatro jinetes son dos relatos estupendos, de lo mejor del conjunto: el primero funciona perfectamente como una novedosa reinvención del esquema de cuestionamiento hacia las famílias corrientes que propone durante todo el libro la autora y el segundo como una suerte de (post)Apocalipsis en formato de historia de desamor.
El resultado, a pesar de sus irregularidades, es bastante encomiable: estamos ante una narradora muy capaz de generar grandes obras, siempre y cuando sus próximos trabajos no se vean desvirtuado por ese aire de proyectos conceptuales (queda patente en el mismo título), una tarea ambiciosa para tratarse de un debut. A pesar de sus excesos, no cabe duda del talento de Cebrián, que sale victoriosa de su reto: el de debutar en un panorama saturado de retales, con un interés más que suficiente como para que su carrera sólo augure pasos mejores.
Alvy Singer nació en 1988 y presume de haber leído dos veces una novela de Don DeLillo. Estudia Periodismo en la UAB, aunque trata de evitarlo, y escribe sobre libros en El rincón de Alvy Singer. Actualmente trabaja en un proyecto ultrasecreto y se dedica a reivindicar el cine de vengadores en la revista Hermano Cerdo
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Ponme otro sol y sombra, Paco, que ahora tengo que hacer una reseña del libro de Mora con el estilo de los del Rock de Lux.
Comentario por Antonio Jiménez Morato Enero 2, 2008 @ 11:39 pm