Masacre en los jardines


Mujeres que no vuelan, por Patricia Esteban Erlés
Octubre 27, 2007, 6:48 pm
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Siento decir que las mujeres (las pocas mujeres) que aparecen en este libro no vuelan. Ya es lástima, ya, que se pierda un título tan evocador y una portada llena de azafatas azules con alas de mariposa, pero es lo que pasa cuando una se deja llevar y confía en que sus  expectativas se cumplan. También siento que este libro no me entusiasme, en primer y egoísta lugar porque me lo he comprado (17,90 eurelios, nada menos, pagué por él, y eso que está plagado de erratas, así que no creo que su elevado precio incluya la revisión de un corrector de pruebas). Después, porque supone el debut del autor y digo yo que Rodríguez habrá depositado toda la ilusión del mundo en él. Lástima. 

Respecto al asunto del título, se me puede replicar que el autor le pone a su niño el nombre que le da la gana, sin reparar antes en si le pega o no llamarse de esta o aquella manera. Yo, alma de cántaro, creía que el título debía ser una señal, el reguero de miguitas que nos lleva a coger ese ejemplar y no el de al lado en el estante de la librería. Que Olivia o Bruna no se puede llamar cualquiera. Yo imaginaba un libro con historias de aeropuertos, de aviones que se cruzan en el cielo, de azafatas inolvidables y gente que se conoce en un vuelo barato a Lisboa, donde contra todo pronóstico sirven lenguado y cava al pasaje. Peor para mí, porque está claro que el autor no me ha leído la mente. En vez de eso, ha optado por apropiarse de un título estupendo (mierda, no haber llegado primero), el de su primer relato, para publicar un puñado de cuentos escritos que debía de tener guardados en el cajón.  Y no, no sobra lo de “escritos”, porque los relatos de Joaquín Rodríguez se presentan casi en su totalidad como textos insertos dentro de otro texto, utilizando la primera persona  y asumiendo sucesivamente el molde de la confesión de un asesinato (tenemos un deslenguamiento, un atentado aéreo, un tiroteo, un incendio de estafeta de correos…), la conferencia erudita acerca de epicureísmo versus cristianismo, el diario de viaje de vuelta a los orígenes tipo “Los pasos perdidos”, las memorias de un emigrante español en Alemania, etc.  En mi opinión, y si uno/a no se llama Borges, debería procurar no cometer excesos con la metaliteratura, porque lo del texto dentro del texto no siempre funciona, y en concreto a Rodríguez se le ha ido un poco la mano. Por otra parte sus cuentos, tal vez condicionados por ese molde que parece ser la marca de agua del autor, se valen muchas veces de una adjetivación excesiva (En este lugar recóndito y remoto, dice una vez, cae una noche profunda y profusa de estrellas, dice otra), junto con una reiteración de estructuras que no añade un ápice de visibilidad al personaje o el relato de los hechos, pero en cambio dificulta terriblemente su lectura. La forma en que los personajes principales, totalmente opacos para esta lectora, narran vivencias se supone que propias, peca de retórica, y el triste resultado es que ninguno de los crímenes, penurias o viajes iniciáticos que se nos cuenta obtiene el menor crédito. A modo de ejemplo, el párrafo inicial de La incandescente luz de la noche, dice así:   

“No me gusta la noche, me oprime, me pesa, me apelmaza los sentidos y me enturbia los pensamientos, y no me importa declararlo y saber que no servirá de atenuante ni de coartada, pero yo quiero echarlo fuera, expulsarlo de mí y dejar testimonio de ello. La noche me fue perturbando, oscureciendo, ofuscando, hasta el punto de no desear otra cosa que una vigilia permanente a la luz del día, con los ojos bien abiertos, absorbiendo toda la claridad que la noche me negaba, con un hambre de luminosidad que me llevó a hacer lo que hice.” 

Añado, por si a alguien le interesa, que lo que hizo la propietaria de tan melodramático discurso es quemar a lo bonzo a su superior, un viejo verde encargado de la estafeta de correos donde la chica se ve condenada a ordenar, noche tras noche, la correspondencia de toda la ciudad. Y es que el malvado arranca de la pared el calendario en el que ella podía solazarse contemplando un amanecer de esos playeros que traen de serie  todas las catequesis del mundo. Cumba ya. 

No me creo los cuentos de Rodríguez, por las razones ya señaladas, y alguna más. Así llegamos a los finales. Ay. Rodríguez parece haber aplicado una plantilla a la hora de construir su conjunto de relatos, no sólo en el plano estructural, sino también en lo que al desenlace se refiere. Sus cuentos, que en realidad cuentan tan poco a lo largo de páginas y más páginas, como si el propio autor hubiera perdido el norte narrativo, se precipitan de pronto, casi siempre en el último párrafo, en un cierre abrupto, un abismo por el que toda la historia cae rodando sin más ni más, dejando al lector asomado al precipicio, con un rictus de incredulidad bastante poco alentador en el careto. 

Respecto a la temática de conjunto, pues ya hemos adelantado algo más arriba, y resumiré diciendo que no existe tal cosa en el libro de Joaquín Rodríguez. Tal vez el autor ha tratado de ofrecer un repertorio variado de historias, pero el resultado ha sido un totum revolutum que no hay por donde cogerlo. La diversidad de épocas, escenarios y personajes no se aprecia como una cualidad en este caso, sobre todo porque todos los protagonistas parecen compartir la misma voz, por diferente que sea el episodio narrado. Se expresa igual la veinteañera retraída que trabaja en el turno de noche de Correos que el explorador australiano empeñado en acercarse a los nativos de Nueva Guinea, o esa Eva (sí, sí la de Adán) que parece haberse reunido con sus nueras bajo un chopo, para oficiar como presentadora en una reunión de la Termomix.  

Quizás alguno de los relatos de Joaquín Rodríguez  podría haber dado lugar una buena historia, si hubieran sabido aprovecharse algunos de sus elementos. Es el caso de Amor a quemarropa, donde aparece totalmente configurada como negocio una empresa que gestiona finales no traumáticos para historias de amor que no dan más de sí. Lástima que el autor haya creado una pareja protagonista tan de cartón piedra, Amanda y Armando, política ella, guardaespaldas él,  y se haya empeñado en adjuntar la lista numerada de las 110 razones que uno/a puede alegar en esa delicada situación de darle la boleta a alguien). 

Puede que alguno de los relatos parta de una ocurrencia feliz, como La atormentada vida del ganador, donde se juega con la literalidad y se identifica como sospechosa la desaparición de todos esos escritores, flor de un día, que ganan un premio importante y de los que nunca más vuelve a saberse nada. Este cuento entraría a formar parte de un subgénero, el cuentodeconcursodentrodeuncuentodeconcurso, que en ocasiones ha dado sus frutos (véase aquel de Bolaño, donde el concursante neófito pedía asesoría espiritual al anciano aspirante, experto en esas lides, o el polémico “El hombre que mató a Juan Manuel de Prada”). Lamento decir que ni siquiera en esta historia jocosa, plagada de referencias cifradas del mundillo literario me ha convencido.  Rodríguez, que se empeña en escribir mucho rato de lo mismo y en concluir sus cuentos de un plumazo. También en encabezarlos con citas que prometen mucho más de lo que luego da, como aquella de Lichtenberg, “Os entrego este librito, no como una lente para ver a los demás, sino como un espejo”.

Con espejos como este, una reivindica más que nunca la existencia de las ventanas, que pueden abrirse a placer y permiten el lanzamiento catártico de libros malos.

Las mujeres que vuelan, Joaquín Rodríguez (Lengua de Trapo, 2007)

Patricia Esteban Erlés (Zaragoza, 1972) compagina como buenamente puede su extraña adicción al papel manchado de tinta, propio y ajeno, con una existencia trágica de becaria mileurista en la Universidad de Zaragoza. Ambas circunstancias, asegura, la han convertido en la hábil ladrona de libros de cuentos que es hoy en día. Ella esgrime los siguientes argumentos para justificar un latrocinio tan especializado: “elemental, queridos, los libros de relatos son más fáciles de ocultar en  el bolsillo de un abrigo e infinitamente mejores que las novelas que se escriben actualmente en  aqueste país”. Espera  poder robar su primer libro publicado, “Manderley en venta”, en cualquier gran superficie o pequeña librería de viejo, a principios del próximo año.



Ácido resplandeciente, por Alvy Singer
Octubre 15, 2007, 9:01 pm
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“ Esquivar el tema, taparlo, impedir que se hable de ello equivale a convertirse en cómplice y contribuye a perpetuar la situación. Lo difícil es dar con una manera adecuada de hablar honestamente acerca de esas lacras.” 

A.M. Homes

“En fin, a ver si lo que Dios ha unido con buena argamasa no lo separa el hombre” dice resumiendo lo que su autora llama “crueldad amable” el narrador del primer cuento de su debut, El malestar al alcance de todos. No deja de parecer curioso (y hasta bello) que la revolución venga por el lado más conservador y reaccionario: Cebrián, narradora periférica en un entorno de relatos mainstream que enturbian un panorama independiente lleno de autores insobornables, ha acudido a los Clásicos del Relato para tejer su debut. Desde John Cheever (ese lirismo del desencanto) hasta A. M.  Homes (esa voz de provocación y denuncia siempre tuteladas por un compromiso con la inteligencia, a pesar de que a Cebrián le falte ese grado de brutalidad que sí tiene la norteamericana), este Malestar nos da lo que bien podría entenderse como un relevo (generacional, ¿narrativo?) a los cuentos de una sociedad absurda y quemada del Quim Monzó más negro y misántropo.  

Si algo comparten las distintas generaciones perdidas de nuevos narradores breves, ignorados por la escena cultural reciente, es su exquisito dominio del lenguaje. El caso de Cebrián es igualmente admirable: mezclando expresiones coloquiales, trabaja una sintaxis digamos social, construyendo cada frase como un epitafio del consumismo. Sin embargo, hubiera deseado que todos los cuentos se parecieran a Dar posada al peregrino en el que el experimentalismo se hace más dueño de la narración (mezclando elementos del lenguaje burocrático, como si se tratara de una encuesta o un informe sobre un producto de marketing, al más puro estilo Foster Wallace del Señor Blandito, sin llegar ni por asomo al extremismo estilístico del narrador norteamericano) y el lector asiste casi impávido al talento de su narradora. 

Los poemas insertados funcionan siempre como disertaciones independientes pero no parecen demasiado inteligentes más allá del tour de force: ni acotan la moraleja del cuento ni son digresiones lo suficientemente distintivas del resto de los relatos. Un ejemplo de ello es el díptico en verso de La fe revisitada / Urgencia de ser monja en los que los poemas logran una interconexión mayor, y hasta más interesante, que con el resto de narrativa presente. Y así todos los poemas: el libro presenta dos partes bien distinguidas (prosa y verso) y más allá del reproche no podemos quejarnos de poder disfrutar de las dos facetas de su autora.  

Tempus fugit, excelente revisitación de Dorian Gray, propone de nuevo una nueva vuelta de tuerca al ámbito de las relaciones humanas esta vez desde la atmósfera: ese inicio ambientado en una época indeterminada pero concreta; ese adolescente esperando ávido de emoción a la reposición televisiva de Pesadilla en Elm Street es mucho más descriptivo que el resto de personajes que se nos aparecerán después. En una onda parecida, la descripción de una atmósfera ejemplificada en los muy líricos personajes de dos matrimonios que habían formado un grupo de folclore castellano, quiere instalarse Virgen de agosto, relato de pasión prohibida nabokoviana gracioso por su uso de la elipsis pero escaso en su perversidad. Ahí es dónde Cebrián falla: algunas (aunque, aclaro, que muy pocas) veces su crueldad es bastante escasa y su narrativa no sabe desprenderse de sus deudas. En el país de los ciegos es un relato completamente fallido, en el que uno tiene la certera y molesta sensación de que es una idea que daba para muchísimo más. De entrada, un concepto tan gracioso como un mundo dónde se celebran los Congresos para Libros de Oferta daba más para las escasas bromas que se gastan sobre el panorama editorial: Cebrián se conforma con trazar un relato cuyas líneas narrativas transcurren por una denuncia que no es lo suficientemente delirante ni lo bastante ácida. Material de oficina, Muebles auxiliares o El increíble poder de los faquires son relatos de evidente rastro monzoniano pero en los que sus personajes no logran transmitir la sinceridad y honestidad de sus referentes (y el maestro Cheever vuelve a ellos).  

Y al final, Cebrián se descuelga again: Libro de família y Los cuatro jinetes son dos relatos estupendos, de lo mejor del conjunto: el primero funciona perfectamente como una novedosa reinvención del esquema de cuestionamiento hacia las famílias corrientes que propone durante todo el libro la autora y el segundo como una suerte de (post)Apocalipsis en formato de historia de desamor. 

El resultado, a pesar de sus irregularidades, es bastante encomiable: estamos ante una narradora muy capaz de generar grandes obras, siempre y cuando sus próximos trabajos no se vean desvirtuado por ese aire de proyectos conceptuales (queda patente en el mismo título), una tarea ambiciosa para tratarse de un debut. A pesar de sus excesos, no cabe duda del talento de Cebrián, que sale victoriosa de su reto: el de debutar en un panorama saturado de retales, con un interés más que suficiente como para que su carrera sólo augure pasos mejores. 

Alvy Singer nació en 1988 y presume de haber leído dos veces una novela de Don DeLillo. Estudia Periodismo en la UAB, aunque trata de evitarlo, y escribe sobre libros en El rincón de Alvy Singer. Actualmente trabaja en un proyecto ultrasecreto y se dedica a reivindicar el cine de vengadores en la revista Hermano Cerdo



Un hombre con ojos de pez en la espalda
Octubre 8, 2007, 10:46 am
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El dinosaurio estaba ya hasta las narices 

Hipólito G. Navarro    

Es muy de agradecer que José María Merino acabe de regalarnos su corpus completo de minificciones. Por fin, La glorieta de los fugitivos ha caído en nuestras manos. Estamos contentos. No lo vamos a usar para calzar una puerta, como hemos hecho hace poco con el libro de un conocido anagramista. Tampoco fabricaremos pajaritas con él. Esto resulta ser un alivio, porque una necesidad perentoria de ir al vomitorio nos embarga con esa tendencia cada vez más mainstream de los cuentistas españoles con nombre —realismo comercialmente correcto, doxa, paja mañanera— y, por otro lado, porque hemos dejado de fiarnos de esas editoriales que se han adjudicado la etiqueta “paladines del cuento aspañó, pa servirle a usté”, y que ejemplifican más que ninguna otra esa falta de búsqueda de autores nuevos, además de una línea editorial involutiva, esto —no se lleven a engaño— en el sentido más literal del término. Paralelamente, con la micronarrativa ocurre un poco lo mismo: el chiste de tasca, grasioseo, papanatismo ingenioso  y paradoja abusiva domina una buena parte de lo editado en antologías varias, y sólo unos pocos, entre los que Merino se encuentra, han forjado un firmamento cuajado de buenas piezas y una cierta autoridad moral sobre el género. Páginas de Espuma ya había publicado algunos libros notables de microrrelatos (también otros malos de solemnidad, justo es decirlo, como el reciente Venidos del miedo, de Julián Sánchez Caramazana). Recordamos por ejemplo Temporada de Fantasmas, de Ana María Shua, ese extrañamiento de largo alcance bastante ajeno a ese canon sosomanta que se cultiva a menudo en micronarrativa; o Ajuar funerario, de Iwasaki, una suerte de horror vacui pop muy estimable. 

Esta Glorieta de Merino ha de verse como se miraría una catedral imponente en el horizonte de un desierto cubierto de bruma azul (por meternos en esa atmósfera fantástica que impregna el volumen). Es el largo recorrido de un cometa, de obligada ingesta a sorbos pequeños y espaciados. Un artefacto, además, extremadamente útil para desnaturalizar ese realismo falso de cada día y dominado por el mandato agresivo de la utilidad. Gran parte del entramado Merinense se adscribe al fantástico clásico y con predilección por temas universalmente misteriosos: el doble, la ausencia de control del cuerpo, el espacio incierto entre sueño y vigilia, lo onírico, la fusión con la naturaleza. Un fantástico inequívocamente de umbral, donde hay un espacio vacío entre lo real y eso otro, puerta del deseo, del miedo, de nuestro interior indecible. Bebe La glorieta de los fugitivos, a la par, de esa falta de asideros que domina el terror postmoderno —nada justifica la realidad, la razón es inútil y ningún sistema de creencias puede decir sobre lo que ocurre—, si tomamos como momento clave, por ejemplo, la primera explosión de una bomba atómica sobre una población [1]. Merino es experto en trazar una línea luminosa entre las dos experiencias de extrañeza que suponen nuestra propia vida y su escisión en un mismo plano de realidad, duplicada como artefacto misterioso. 

“Fijarse durante un tiempo en la propia imagen del espejo intentando entender lo que se ve ya habría bastado para que alguien se volviera completamente loco” [2] 

El mundo real (pero desnaturalicemos lo más pronto posible ese término, por favor) puede ser más extraño que el presuntamente fantástico, y en el terror contemporáneo ha dejado de ser perversión para constituirse como reinterpretación de un ámbito del ser vedado por los códigos de la moral. Eso Merino lo sabe, y sus piezas a menudo abrazan la sugerencia de otro mundo invasivo, mezclado con sutileza, pocas veces disociado; son también un recorrido psicológico preciso de los estados de la mente próximos a la fusión con lo otro. Hay microrrelatos magníficos en este libro: De fauna doméstica, Terapia, Un despertar, Sorpresas astrales (con su textura visual de tebeo y capitalismo salvaje de índole kafkiana), Andrómeda, Ojos, La otra parte, Vida de hotel, El castillo secreto, El final de Lázaro, Revelación, Caracola, Las cinco, Casa pintada… Del mismo modo, el lector puede apreciar claramente —no es poco— una riquísima comprensión del amplio mundo del microrrelato y un trabajo continuado durante años, íntegro pero arriesgado (por otro lado, le respalda una major como Alfaguara, que no es poco), pues el fantástico en España, como el cuento, es esa niña gorda del cole a la que la industria inepta ahorca con la cuerda de saltar a la comba.

Como en toda antología amplia, también hay una serie de piezas, si no prescindibles, que evidencian desfallecimientos —los menos, la verdad—  y donde el libro paga algunos peajes. A menudo se dice que el microcuento es, probablemente, uno de los géneros más libres; pero esto parece contradecirse con ciertos vicios, determinados esquemas estructurales que embargan a muchos autores, entre ellos, la reinterpretación de los mitos clásicos, sean religiosos, literarios o de otro tipo. A priori, no es que la reinvención del sustrato clásico sea mala, pero a estas alturas ya embrutece si no se hace muy bien, y aburre a las ovejas tanta Dulcinea recuperada en una farmacia, Sherezade neurastémica o Perseo vestido de mecánico. Sus excepciones, claro, las hay [3] Dentro de lo menos bueno,  a nuestro juicio hay una parte, La glorieta miniatura, que desmerece al conjunto de una manera un poco preocupante. Tal recorrido, mezcla de micronarrativa y teoría sobre el género a raíz de un congreso sobre minificción, peca varias veces de ser tan cándido como una abuelilla con caramelos en los bolsillos [4]. No negamos que pueda haber algún momento de lucidez, y hasta varios, resultado de largos años de reflexión; pero —esperamos también que alguien nos contradiga— es una parte con un grado de interés mucho menor, incluso con algunos homenajes privados a otros microrrelatistas militantes que, la verdad, serían más útiles en un correo electrónico personal, y no en un libro de estas características. Con todo, no es motivo suficiente para empañar el conjunto, ni mucho menos. El microrrelato, mal que nos pese, está derivando poco a poco a la tiniebla y el estancamiento —un hastío técnico, más que otra cosa-, y este libro, no nos queda la menor duda, es un lucero muy paladeable en el centro de esa oscuridad.

La glorieta de los Fugitivos, José María Merino (Páginas de Espuma, 2007)

[1] VV. AA, Paura, volumen II, Antología de terror contemporáneo; Blibiópolis, 2005.

[2] Citando a Julio Cortázar.

[3] Véase el estupendo El Jardín de las delicias, de Marco Denevi (Thule Ediciones)

[4] Microrrelato se casó con Minificción y tuvieron muchos minicuentos, pero todos les salieron bobos, menos uno al que llamaron cuentín ( Genética, p. 225)