Masacre en los jardines


VENGANZA, por Pepe Cervera.
Septiembre 28, 2007, 11:20 am
Guardado en: Reflexiones

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Llegué hasta Jim Harrison hace unos cuantos años, a través de una crítica que firmó Carver en 1979 y en la que se apuntaba que Legends of the fall era un libro redondo, un tríptico capaz de iluminar nuestras propias vidas. Confieso que siento una inclinación tal vez excesiva hacia Raymond Carver. Durante mucho tiempo incluso rastreé sus lecturas para nutrirme de sus mismos gustos, y aunque en ciertas ocasiones —Barry Hannah, Grace Paley… — seguir sus consejos me ha ocasionado algún que otro sentimiento contradictorio muy próximo a la decepción, con el libro de Harrison, publicado por primera vez en España en 1981, he de reconocer que acertó de pleno. 

“Leyendas de otoño” reúne tres novelas cortas de una altura envidiable —la adaptación de una de sus historias, dirigida por Edward Zwick, con Brad Pitt y Anthony Hopkins en el reparto, se tituló “Leyendas de pasión”—, las tres apasionantes. La primera y la que yo prefiero se titula “Venganza” —aunque no la he visto porque Kevin Costner no es santo de mi devoción, sé que en 1990 protagonizó junto con Anthony Quinn la película cuyo argumento se basa en este relato—, y en ella el protagonista, Cochran, un ex piloto norteamericano de 41 años, hombre inteligente, temerario, mujeriego y seguro de sí mismo, se enamora como un colegial de Miryea, esposa de Baldassaro Méndez, más conocido como Tibey (tiburón), un mexicano cuya inmensa fortuna se apoya en el proxenetismo y la droga, y con quien Cochran ha establecido una reciente amistad. Esta es una historia intensa, ágil, rápida —la sucesión de acontecimientos posee un ritmo fulminante—, escrita con puntualidad cinematográfica, efecto potenciado sobre todo cuando el narrador se torna confidente y su voz adquiere una familiaridad a la que no podemos negarnos, confundiéndose con la de un amigo que te invita a situarte en un ángulo desde el cual se tiene mejor perspectiva de la escena, y allí, agazapados, seguir observando sin que nadie advierta nuestra presencia.     

“Ahora tenemos que alejarnos de los amantes y dejarlos descansar, aunque sea por un brevísimo instante. Posémonos en la repisa de la chimenea como un impasible grifo de ojos de piedra, porque es mejor tener ojos de piedra para ver lo que vamos a ver”.  

Los detalles enriquecen hasta tal punto las descripciones, son de tal precisión, que no resulta complicado visualizar el episodio que se está leyendo. En este sentido, a nuestra imaginación, se le ha facilitado el itinerario. Podemos dejarnos llevar, cerrar los ojos sin desconfianza, el autor nos conduce por el filo de un acantilado con paso seguro, siguiendo el rastro de una técnica narrativa que en ningún momento nos hará perder el equilibrio. Harrison acierta con la evolución de la historia —a excepción de un flashback que se inicia hacia la sexta página y finaliza treinta después, el relato posee una estructura lineal que nos impide abandonar su lectura hasta alcanzar la última palabra— y acierta con el diseño de los protagonistas, incluso en cada una de las ocasiones que estos son colocados al límite: Cuando Tibey descubre la infidelidad de su flamante amigo y su esposa, decide apalear al primero hasta darle por muerto y —a sabiendas que esta decisión será una de las que jamás le permitirán volver a conciliar el sueño— desfigurar el rostro de Miryea con un cuchillo y abandonarla luego en el peor prostíbulo de Durango.  

Cochran sobrevive y a partir de entonces su único propósito será matar a Tibey y rescatar a su amada. Los personajes se rigen por un código de honor atávico —es preferible morir que cargar con una afrenta— que tal vez carecería de credibilidad si la historia no se desarrollara en ese territorio fronterizo y salvaje que se sitúa entre México y los Estados Unidos. El antagonismo que se aprecia entre Cochran y Tibey es necesario cuando se trata de una historia entre buenos y malos, particularidad que podríamos considerar peligrosa por el abuso de tópicos que tal vez exija. No obstante las contradicciones que el autor atribuye a cada uno de los protagonistas consiguen alejarlos de esos lugares comunes para inyectar un componente seductor a su personalidad: —Matar a tus enemigos produce un placer justo y adecuado—. Llegado el momento ninguno de los dos encuentra el valor para matar al otro. O no se trata tanto de valor como del profundo respeto que ambos se profesan. Tibey acabará por reconocer que el amor de Miiryea pertenece a Cochran. 

La escena con que se inicia “Venganza” describe de forma cruenta a un hombre inconsciente y desnudo que se desangra al sol entre la maleza de un denso chaparral. Tiene un pómulo aplastado, el brazo izquierdo roto, los testículos reventados y dos costillas fracturadas. Se encuentra al borde del coma. Los buitres lo acechan, esperan con paciencia a que expire para repartirse la carroña.  ¿Quién no se ha imaginado en alguna ocasión a la muerte como un espectro con capucha portando una guadaña? ¿Quién no se la imagina como una fea y desdentada calavera? Bien, pues una vez acabado el primer párrafo de “Venganza” —no más de treinta líneas— cualquiera podrá imaginar que la muerte posee un rostro del que no resulta difícil enamorarse, cualquiera empezará a convencerse de que la barbarie descrita con tal capacidad también puede resultar atractiva, y empezará entonces a preguntarse qué demonios ocurre en este país para que un autor como Jim Harrison (1937, Grayling, Michigan; autor de siete libros de poesía, tres colecciones de relatos, seis novelas)  pase totalmente desapercibido.

Pepe Cervera (Alfafar -Valencia - 1965) es autor de El tacto de un Billete Falso, libro de relatos publicado recientemente por la editorial Denes. Su trayectoria ha sido reconocida con diversos premios literarios, entre otros, el Premio Miguel Hernández de Poesía, convocado por la Generalitat Valenciana (1989); o el Literatura breve de cuentos en 1992. Asimismo, ha sido finalista en el Concurso de Cuentos Ciudad de Villajoyosa (2007) y en el Concurso de Relatos Juan Martín Sauras (2007).

Ha publicado relatos en revistas de literatura como “Renacimiento”,  “El Coloquio de los Perros” o “Narrativas”.

Mantiene el blog http://eltactodeunbilletefalso.blogspot.com/ 



Rafael Reig, capullito de alhelí
Septiembre 18, 2007, 3:51 pm
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Han sido vistas las diligencias seguidas contra Don Rafael Reig y ha sido probado y así se declara como:

HECHOS PROBADOS

1-. Que D. Rafael publicó hace tiempo un flatulento artículo sobre el cuento titulado El tamaño sí importa en la web de Lengua de trapo. Ítem más: que dicho artículo consta de una serie de opiniones más que cuestionables (por su imbecilidad manifiesta, chorreo mental y confusión de meandros con querubines y enanos de jardín), amén de tratar con sorna indigna a una serie de escritores de los que, afortunadamente, nunca llegará a oler ni la mitad de su talento.

2-. Que D. Rafael, aún expresando su docta opinión, demuestra una más que notable falta de lecturas cuentísticas, a tenor de su cabal y erudita clasificación de los tipos de cuentos existentes (para este señor no parece haber más que estos ejemplos); territorios narrativos amplios que, sin la menor duda, ha estudiado muchas noches en vela y mediante litros de café, y que, parece dejar a entender, le escuecen cerca de la rabadilla y le causan pesadillas con Papas sodomizantes por las noches:

Me provocan una gran incomodidad aquellos cuentos que adoptan un aire muy misterioso, sugerente o de gran intensidad dramática, todo ello por el sencillo expediente de escamotearnos algún elemento. El autor nos cuenta la consecuencia de una causa que el muy cuco se guarda en el último cajón de su escritorio. Hay una conversación telefónica, por ejemplo, pero como en realidad no sabemos a qué narices se refiere ni qué rayos ha podido pasar, todo suena rimbombante, lírico, ominoso, lo que le dé la gana al trapacero escritor o al lector papanatas”.

Peor todavía son los cuentos que se basan en un juego de palabras, un malentendido, un malabarismo conceptual y otros recursos tan fáciles como vistosos. El tipo de cuento en el que se relata una historia de amor contada a través de un atestado policial o un caso policiaco a través de un intercambio de e-mails. ¡Qué ocurrencia tan pistonuda, oiga, de verdad que sí!

Detesto con todas mis fuerzas los cuentos cuya gracia está toda en el final. Esa clase de cuentos que llevan incorporada una tecla de “auto-reverse”, que te obliga a rebobinar: ¡Oh, ah, pero si todo está contado desde el punto de vista de un calcetín guardado en el cajón! ¡Cáspita, si resulta que ya estaba muerta desde el principio! ¡Carambolas, pero si la víctima del crimen es el propio narrador! Todo esto me parece francamente pueril, habilidades manuales, prestidigitación, un truco que no deja de serlo por muy bien hecho que esté“.

“¿Y qué decir de las visitas a los clásicos, vueltas de tuerca y otras lindezas? Esos cuentos que le dan la vuelta a una historia de Kafka como si fuera un calcetín o en los que aparece el mito clásico contado desde otro punto de vista o en otro tiempo, pongamos por caso, el viaje de Ulises narrado por Penélope, sólo que Ulises es representante de productos farmacéuticos”.

En Masacre en los jardines nos preguntamos, por ejemplo, cómo le molesta tanto a este señor esa revisión de los motivos literarios clásicos en un tiempo distinto si tan gustoso ha aceptado hacer uno para 451 editores y su nueva colección 451 Re: ¿Será un chaquetero? ¿Un murmogallo? ¿Un linfapelos? ¿Las opiniones le vendrán tan cambiantes como viene la primavera, el precio de pan o el cometa Halley? Y ya atendiendo a su inteligentísima clasificación de los tipos de cuentos existentes en la larga tradición  (como si en el cuento o la novela esencialmente literaria —dejamos de lado que este señor confunde género con literatura— hubiera tipos, recetas de cocina o dietas de endocrino), el señor Reig debería saber que esos mismos ejemplos, para cualquier tipo medianamente avispado suelen responder a balbuceos de principiante o ejercicios desengrasantes de taller de literatura para neófitos. Los cuentistas consagrados, con sus excepciones, a partir de los primeros buenos cuentos han dejado atrás los falsos malabarismos y las revisiones “grasiosas”. Relatan, señor Reig, no rezan a Onán ni insultan a su lector con tonterías.

3-. Que dicho artículo contiene una serie de sentencias que moverían a cualquier buen lector a la risa, pena y oficiosa opinión al respecto (“Mamá -diría el buen lector- este señor es carne de cotolengo”). Esto es:

El problema viene de que los cuentos se proponen ser brillantes o ingeniosos. Brillo literario o ingeniosidad conceptual.” “Los cuentos los protagoniza siempre su autor, que nos impone su ingenio y su brillantez —una cosa malísima, señor Reig, oiga, leer a alguien brillante—. Por eso, en mi opinión, nada más parecido a un cuento de Chejov que cualquier otro cuento de Chejov. O Borges y otro cuento de Borges. O Quiroga o Carver o Cortázar o Monterroso o el sursuncorda

El señor Reig, sin duda buen conocedor de la literatura, está por tanto diciendo que, en contra de la natural y necesaria opción de los verdaderos escritores de expresar un mundo personal y la forja de un estilo (y la consecuente elección del lector de decidir si le gusta o no), es mejor narrar por una mera función mecánica y adocenarse como las patatas revenidas. ¡Que el escritor desaparezca! Oh, qué bonito parecido con los fontaneros, fabricantes de cubos de playa y moldes para figuritas de Lladró. ¡Hay que ausentarse en el texto, como los padres huidos a por tabaco! ¡Borrar el estilo! ¡Parecerse a todos los demás! ¡Como la novela es más larga y suplanta al mundo, es mejor, muchachote! Le recomendamos a D. Rafael que revise lo que él entiende por “obra póstuma”. Es más, tras una azotaina inmisericorde, insistimos en señalarle que piense en quién pasará a la historia por sobrados motivos: ¿Cortázar, Borges, Felisberto Hernández, Donald Barthelme, Katherine Mansfield, Richard Ford, Raymond Carver, Quim Monzó, Ray Bradbury y larguísimos etcéteras, o él? Parafraseando a Valle a nuestro aire: a ver si no resulta ser este tipo la deformación grotesca de algo.

4-. Que pese a su más que gratuita, faldera e ignorante perorata, el señor Reig escribe cuentos y así los ha publicado en una antología de su editorial: Contar las olas. Ítem más: que dicho cuento, titulado Las ganas de vivir, debería pasar a los anales de lo peor escrito jamás, por añoñante, tintadito de rosa, chulienvuelto y heredero directo de los primorosos y narcotizantes telefilms de Antena 3. Un resumen: padre amantísimo sin ganas de vivir y con cáncer terminal acaba su vida viviendo con varios ecuatorianos pobres y sin papeles, que le consuelan en un piso diminuto, sucio cual letrina, y le dan a sorber leche calentita en sus últimos estertores. D. Rafael ya podía haber incluido en su narración (por rellenar que no quede) que la hija del protagonista se hizo puta, su chulo la pegaba, fue contagiada de sida y nunca recibió el billete premiado en la lotería que su padre le dejó antes de morir. “Están verdes”. Esta opinión sobre sus propios cuentos la hemos sacado de su artículo, señor Reig, como bien recordará. Y puesto que no le gustan y, además, tiene serias limitaciones para escribirlos, no entendemos por qué acepta estos encargos.

FUNDAMENTOS DE DERECHO

Los hechos probados son constitutivos de un delito de verborrea idiotizante, chaqueterismo al mejor postor, ignorancia supina de la tradición cuentística y severa necesidad de Barrio Sésamo, con atención especial a las lecciones de Coco. “Desde que se puso de moda eso de que el tamaño no importa, es políticamente incorrecto decir que uno prefiere las novelas a los cuentos”. Si usted mayoritariamente ha escrito novelas, Don Rafael, es lícito decir que las prefiere. Dudamos seriamente que sus amigotes le miren mal por afirmar una cosa como esa (nosotros no le lanzaríamos esta jaculatoria si se limitara a opinar con respeto), pues los términos y chascarrillos de tasca de su artículo dejan claro en qué posición se encuentra cada cual. Y le corregimos por el bien común y el honor de los que nos dedicamos a la narración corta: el cuento goza de prestigio histórico, no eventual; amén de, por su extensión, ser campo abonado para la experimentación fructífera y el ensayo de nuevos modos de narrar, cosa que, en la novela y los términos de lo social y lo editorial que sufrimos, ahora es bastante inviable. Es más: las prácticas editoriales lesivas y maximizadoras del beneficio han ocasionado eso que usted considera una grandísima ventaja: “Los cuentos tienen a su favor que apenas se venden y gozan de la malevolencia de los editores: ¡miel sobre hojuelas! He aquí, señores, un artefacto literario realmente distinguido, a años luz de esas adocenadas novelas que gustan a cualquiera; un producto refractario al mercado, el auténtico favorito de los verdaderos gourmets”. Gran ventaja esa, señor Reig, está claro: la dificicultad de edición por imposición de los términos del mercado, aún cuando la calidad es incuestionable. Está usted que lo tira. Sin embargo, no es nuestro problema (solo el suyo, y su conciencia) que no conozca bien el movimiento en el cuento español que de unos años a esta parte viene dándose con fuerza en terrenos periféricos. Como usted ha leído poco cuento, y está más que probado que una falta de apuesta condiciona un público, le pedimos que cese las gratuidades. No pondremos en duda sus novelas, que seguramente tampoco le dan de comer, así que chanzas las justas. ¿Cree al lector medio tan inteligente como para realizar una búsqueda, una indagación, si no puede ver el libro en una mesa —no decimos ya en el centro de la librería, sino en una mesa que exista y se pueda tocar—?). ¿Qué necesidad hay, señor Reig, de hablar con sorna de una realidad editorial que impone serias desigualdades entre unos y otros para acceder al lector? El tono combativo de este caso, suponemos, le impedirá pensar en la palabra respeto para próximas declaraciones y discursos. Entenderá usted que en esos términos de desprecio, en Masacre nos mueva usted a la compasión y así le respondamos.

ACORDAMOS

Que debemos condenar y condenamos a D. Rafael, como autor de los delitos anteriormente citados, a la pena de apuntarse a un taller de escritura para preadolescentes y empezar a practicar esos mismos cuentos que, dice, son los únicos posibles, a fin de convecerse de que hay vida más allá de lo que una paja mental de viernes le ha sugerido sobre el noble arte del relato. Para empezar su adiestramiento, sugerimos los temas: Binomio fantástico (Escritor con bigote + pene gigantesco y furioso que arrasa Osaka); o El punto de vista (alguien descuartiza a un escritor con una sierra mecánica y lo deja todo perdido. Al final resulta ser su propia novela, que había cobrado vida y declara muy ufana a los agentes: “Es que no paraba de escribir gilipolleces encima de mí”.).

Así lo pronunciamos, mandamos y firmamos,

Los miembros de Masacre  



El invierno humano, por Masacre
Septiembre 13, 2007, 7:31 am
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“Los peores miedos, hijo mío, son los miedos inexplicables, los miedos sin causa ni razón, los miedos sin pies ni cabeza, los miedos que vienen de dentro a afuera, que nacen en la sangre y no en el aire: el miedo a la oscuridad, el miedo a la soledad, el miedo al tiempo; los miedos que no se pueden evitar porque su substancia es nuestra propia y más íntima substancia”

 Camilo José Cela

Mrs. Cadwell habla con su hijo 

Nos hemos encontrado con esta Ciudad en invierno (Elvira Navarro, Caballo de Troya, 2007) y no nos caen los anillos al decir que ya era hora. ¿De qué?, exclamará el profano. Copien: de que una escritora  —presumiblemente grande como siga así— haya por fin soltado su “puto rollo”, que diría un buenísimo amigo de este blog; un rollo bien contado, inteligente, punzante, de picador de hielo atravesando un órgano vital. Esta ciudad de Navarro es un libro que omite certeramente en lo contado —para dejar al lector hacer su trabajo— y no lo hace en su función de espejo ardiendo, puesto que no hay medias tintas en ninguna página. No les mentimos, de verdad. Decíamos que ya era hora, nos acordamos. Hora feliz (nos ponemos asiáticos) de que a una escritora no haya que adscribirla a esa especie de inmundicia intelectual que perpetran año sí año también las Emilia Pardo Bazán de la literatura española. Esas adorables y coquetas pregaldosianas, por ponernos folklóricos. 

 ¿Por qué hemos elegido este libro como primera reseña genuina de nuestra Masacre en los jardines, si no es estrictamente un libro de cuentos? Porque aquí no nos consideramos radicales suicidas, ni nos da vergüenza declararnos fans fatales de las hibridaciones genéricas, las inclasificaciones, el territorio a caballo entre dos géneros que se guardan su frasquito de veneno en la túnica para cuando llegue el momento de usarlo con su hermano mayor o menor (no de calidad ni edad, pese a lo que digan algunos). La ciudad en invierno tiene una interesante virtud estructural: puede leerse unitariamente, dentro de su antizoologismo (bonito palabro, oigan: no está en la jaula de la novela, tampoco del cuento; está probablemente en la jaula del texto vivo, que no es jaula tal); o como un caleidoscopio de instantes plenos de sentido e intuición psicológica.  

Viajamos con Clara, la protagonista, en su crecimiento. Algunas veces, sí, desde las alturas, en ese narrador que ofrece sus meandros, sus vericuetos (y personalmente diremos que nos gusta cuando un narrador opera un trabajo visible y no formulario), en una suerte de informe científico de la gestación de la culpa. En Expiación, el primer texto, se apunta la inminencia de Clara hacia lo oscuro de la futura ciudad, del invierno, del callejón vivo y tan en sombras (terribles siempre en su mirada, porque Clara es hipersensible a los detalles). Pero en Expiación Clara está lejos de la ciudad invernal aún, solo se abisma a su primer sentimiento de culpa por una tía que la hace sentir sucia, mala por estar quieta en una piscina y abandonarse a no hacer nada “de provecho”. Culpa, siempre culpa en Clara, a la que secuestran del instinto natural del juego por la vía expeditiva. Hay que agradecerle a Navarro su buen hacer con la mirada para los detalles, de ese saber hablar de la niña (o el niño, todos hemos sentido ese gusano de la angustia) que se siente otra.  

“El agua deja sobre la burbuja de corcho gotas muy pequeñas, de forma ovalada, que apenas resisten el vaivén imperceptible con el que la niña procura mantenerse a flote”. 

 Este libro salta. Este libro (en otro de sus aciertos) deja huecos para completar. Es honesta y deliberadamente antiestructural, con la maravilla de poder ver que una autora sabe elegir sus instantes de fuego y no se entrega a la intrascendencia. En Cabeza de huevo, el segundo texto, el lector ha rellenado el territorio entre el antes y el ahora. Cualquiera afirmaría honestamente: Clara era una niña mala (habría que ver cómo se usa ese término y en según qué lugares) pero yo no siento aversión por ella, yo he sido así. La culpa, sin embargo, no se ha borrado de su cuerpo adolescente: desde ese querer impuesto a su tía del primer relato, a la lucha en el conocimiento de sus propios límites, a huir de la culpa inducida por el otro (la tía, el sistema social, el rígido código racionalista de reglas, directrices, pautas, prohibiciones que atrapan al ciudadano). Así que Clara, as de la baraja, clave de sol, cierra ese texto huyendo ante el horror de lo privado, de lo que ocurre en el invierno de la ciudad. Porque La ciudad en invierno es lo que no se ve de toda ciudad: un mendigo, un callejón, una cuchillada, esa habitación con poca luz donde alguien toca el piano quedamente o está llorando, la pobreza; todo lo que Clara percibe nauseabunda y hermosamente al mismo tiempo. Aquí ha sentido asco por ese ciego carnívoro, que además de ser un punto de giro muy interesante, especifica lo terrible de su poder de percepción. Lo social no entra en el invierno —tomado como lugar vedado a las normas, lo escondido—; lo social no controla a Clara en ese piso. Clara, junto a su amiga, ha buscado la culpa consciente, saberse mala por sus propios méritos, el poder de uno en lo ilimitado: nadie ve a las dos amigas dar el punto y final, amarse en un fragor sexual aún por gestarse; nadie la culpa. No conviene desvelar el final.   

“Clara permanecía callada. Sentía un profundo asco por haber estado gozando con aquella voz cuyo cuerpo, con solo mirarlo, le producía arcadas. Deseaba herir a aquel cretino; herirlo con la misma rabia con que en otro tiempo había estrellado huevos en las cabezas de las viejas desde su azotea”. 

El invierno y La ciudad, las dos partes del tercer texto La ciudad en invierno, presumiblemente el más capital del libro, nos han hecho recordar que en las noticias, cuando uno se atreve a mirarlas, apenas se dan noticias de violaciones. Si el hecho deriva en muerte de la víctima, se da cuenta de ello someramente. Es como si ciertas variantes del horror se pusieran de moda. Ahora mola escuchar noticias de violencia de género, son el top ten del mal social (ya somos mayorcitos para malinterpretarnos, aviso). Lo social no introduce en el imaginario colectivo la violación, ahorra, cauteriza al espectador. Si solo es una mujer o una chica violada, lo social omite narrativizar precisamente por ahorrar el horror del invierno, porque la violación se constituye como una cosa que es imposible nombrar en términos explicables. No permite acotaciones. En el horror humano hay cosas así: la violación resulta complicada –por no decir inútil- de significar, como lo fue Autswitch o el genocidio de Ruanda. El índice de horror de La ciudad en invierno llega a un punto álgido en estos dos textos: ahora la función estructural se invierte, el texto se proclama misterioso y elusivo a un tiempo (Clara sueña con un bosque de coníferas, un espacio vacío para constituirse después de “eso” sin nombre, su propio invierno). Navarro construye una malla de representación inteligente, de pequeños detalles, que anuncian la inminencia de una Clara al otro lado de una barrera infranqueable, el punto de formación final de su mirada hacia el mundo: esas alimañas del campo por las que le pide a sus padres no dormir sola; ese cuadro con la caza de los ciervos; o la luz y la cabaña del bosque, una reproducción casi siniestra de esa otra escena en las huertas de Valencia, frente a su violador, como un bucle condenado a repetirse en ella. Cuando en La ciudad se nos habla de cómo Clara cayó del pretil asistimos a la significación de lo vacío, de ese lugar sin asideros donde ya no hay nada (Navarro, muy acertadamente, ha introducido un fallo en la memoria de la adolescente). Lugar sin suceso, tiempo terrible ese que ni Clara cuando despierta en el hospital, ni nosotros, sabemos lo que ha pasado. La caída del pretil es un salto hiperbólico, por exceso, a la vida (a lo invisible y perturbador de ella), una mirada escindida para siempre, un hielo en las manos. En el invierno de la ciudad, en lo que Clara puede percibir y está vedado a la media, también hay fallas, hay callejones por los que ella cae, como una trapecista en formación. Clara no tiene camino de vuelta. Nadie lo tiene.  

No hay mejor manera de hablar de Amor, el último trozo de existencia de nuestra Clara, que mostrándoles un fragmento con el que el libro hace la cuadratura del círculo. El camino de Clara hacia un territorio otro de vida, una suerte de amor o iniciación ya demasiado antiguo, un deseo que ha nacido con moho. 

 “Clara sale del barrio viejo, atraviesa el río y los nuevos bulevares, y se encamina hacia la autopista. Cuando al fin se gira, él ya no está”.  

Al lector le toca decidir exactamente, sin efectismos morales, quién es Clara: una víctima, una infeliz, la hermosura, el mal, un azar biológico abocado a la incapacidad de aceptarse, un espejo de lo que la narcosis colectiva no quiere ver, oír y escuchar. Navarro ha hecho de Clara un caleidoscopio terrible; su mosaico incompleto de lo humano. Eso es lo grande de La ciudad en invierno.   

La ciudad en Invierno (Elvira Navarro, Caballo de Troya, 2007)

  

 



Siete mil ovejas con lacitos
Septiembre 9, 2007, 2:14 pm
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En nuestra plácida Masacre en los jardines nos llama la atención, un año más,  lo acomodaticio de las apuestas del Premio Sietemil (se presentan todas, chica) para sus finalistas (si no nació atufante y chulibragas desde el principio, que todo puede ser). A pesar de que una gran mayoría de los libros de cuentos que se publican en España son apuestas de editoriales pequeñas o, en algunos casos, minúsculas, este premio evidencia su más que notable dependencia del discurso crítico de suplemento cultural envuelvepescado y el backstage de las palmaditas en la espalda y los jugadores de rugby hormonados de primera división, y en consecuencia su veredicto sólo apunta como notables a libros de editoriales más que asentadas (con pocas excepciones), aún sin ser los mejores. Faltan imprescindibles y eso clama al cielo. Aquí están los finalistas, y nuestro amable comentario (porque los hemos leído casi todos, yeah).

‘Tráeme las pilas cuando vengas‘, de Pepe Monteserín (Ediciones Trea)

No lo hemos leído. Bonita manera de comenzar.

‘Si te comes un limón sin hacer muecas’, de Sergi Pàmies (Anagrama).

Un libro en la medianía más detestable, y una gran pérdida, de momento, para el cuento aspañó, considerando que Pàmies era uno de los estandartes y se ha dormido en los laureles. Castigado. Debes chupar banquillo.

Alumbramiento‘, de Andrés Neuman (Páginas de Espuma).

En Masacre en los jardines consideramos a Neuman un más que solvente cuentista y teórico; sin embargo, no es este su mejor libro, ni este un año que se lo merezca.

‘La sombra del caimán’, de Manuel Moya (Editorial Onuba)

No lo hemos leído y no podemos opinar.

Sin ti‘ de Mara Torres (Aguilar).

Aunque respetamos la propuesta periodística de hacer un relato sobre el duelo de diferentes artistas ante la muerte de un ser querido, este es un libro intrascendente para la cuentística española y no debería estar aquí. Juega en terreno equivocado. 

‘La mujer sin memoria‘ de Silvia Sánchez Rog (Lengua de Trapo).

Pues bueno.  

Señores del Sietemil, considérense condenados a una sodomización a manos de  facoceros mutantes el día del fallo, a más tardar. Por su mala cabeza. Por su complacencia. Porque probablemente no se han leído ni el diez por ciento de los libros presentados, a tenor de sus cuestionables elecciones. Tonto el que no prediga desde ahora quién va a ganar. Uno empieza por la letrita N o por la letrita P. Apellidos notables, sí señor.

Musiquita

Let´s get out of this country, Camera Obscura 

 



LO QUE SOMOS
Septiembre 5, 2007, 12:07 pm
Guardado en: Se hace saber

Este blog nace para atender una pasión natural y desoída, un incendio de proporciones invisibles, un margen vivo en el discurso dominante, ese fleco hermoso y suelto del gigantesco vestido social, la espina inextraíble que nos eleva.

El cuento, el relato, la narrativa breve.

El cuento nos acoge, nos guía, mata la pereza de la incontinuidad, destruye la ambición del todo. El cuento fogonea, infecta de la maravilla, es rayo, fruta del infierno, es algo ahí, al fondo del hielo gigantesco de los glaciares. Este es un blog sobre cuento. Vamos a escribir sobre él.