Masacre en los jardines


EL CUENTISTA DICE, AL CUENTISTA LE DICEN
Abril 12, 2008, 10:32 am
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Ni lo intentes con Hojas de Creamshave (1). Pasan de leérselo / Así que cuentos… ¿para niños? / El día que Aenpunto publique a alguien de menos de sesenta tacos, abriremos una botella de champán / “Hola, me llamo G. Y soy cuentista”. “Hooooola, G” / ¿Cuartillas de crema? ¿Apostar por nuevos talentos? Desengáñate, llevan siete años viviendo de los autores que sacaron en esa antología/ ¿De veras soportas los decálogos, dodecálogos y suputamadrecálogos? / ¿Relatos? Pero eso es como la poesía, ¿no? / Te has vendido a la novela, infraser. No queremos verte la jeta por nuestro selecto club/ Ese cuento apesta a taller / Deja de imitar a Quim Monzó / He pedido Velocidad de los jardines (blasfemia entrecortada) y me han mirado como si fuera tuberculosa / Sí, fui decimoquinto accésit en Calasparras. Vaya mierda de cuento que ganó, ¿eh? / El cuento entraña mayor dificultad que la novela/ Yo sólo escribo novelas para descansar de los cuentos / Una colección de relatos que augura grandes frutos para este joven autor… / Como me has pedido que publique algo, tenía por ahí estos cuentos…/  He quemado los relatos de verano de El País. Dios mío, esa gente debería ser gaseada

* Pues sí, los nombres tienen truco. Leer Masacre es más entretenido que los crucigramas.

* Si como lectores, escritores de cuentos o ambas cosas recuerdan alguna sentencia de similar bizarrismo, nos la pueden enviar y la añadiremos gustosamente.

* Hemos buscado en google la palabra “cuentista” para ilustrar la entrada con alguna foto. La primera imagen que aparece es una mujer introduciéndose un objeto pequeño en esa zona que ha dado tanta literatura.


Un sueño realizado
Marzo 30, 2008, 7:59 pm
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Una noche, soñó Antón Chèjov que, en un siglo brumoso, un dependiente despachaba un libro suyo con olor a mandarina. El comprador del sueño —por lo demás, un hombre de nariz ganchuda y que hacía pausas roncas al respirar y decía en voz baja “ojalá le guste y me quiera, ojalá”— tenía referencias de un cuento de aquel libro ajado, donde dos jóvenes amantes se deslizaban por una ladera de nieve montados en un trineo. Mientras el dependiente consultaba un fichero, el comprador entornó los ojos quedamente. Había detenido la mirada en una estantería de aquella tienda soñada en un dibujo firme, con olor a barniz, que llegaba hasta el techo. Un segundo después preguntaba asombrado.

—¿Y todos estos libros?

Son cuentos —respondió el dependiente—. Todos los libros de cuentos que usted sueñe.

Este sueño ya tiene lugar, tiempo y soñadores que nos lo abran ante los ojos como una flor extraña y maravillosa.  La única librería de España especializada en relato. Ahí que lo vamos a gozar. 

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 San Vicente Ferrer, 34 (cerca de la Plaza del Dos de Mayo)

Metros Tribunal, Noviciado y Bilbao.

Aunque ya pueden ir a comprar si quieren, la inauguración será el día 10 de abril, a las ocho de la tarde. Es posible que aparezcamos vestidos de hijos de putilla y quememos una mala novela junto al respetable –y cuentista- público.



Homeland: los mil hogares de John Cheever.
Marzo 28, 2008, 12:41 pm
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 New yorker 

Francis Scott Fitzgerald tenía muy claro en el Gran Gatsby que el hogar no existe, o al menos es una fiesta cuyos invitados van a marcharse (a otra fiesta mejor) de un momento a otro. O que es una fiesta en la que es posible que llegue un día en el que ya no estés invitado.  ¿Soluciones? Pocas, así a bote pronto.

J.D. Salinger, seguidor confeso de Fitzgerald, ya nos enseñó que ninguna parte es, sorpresa, ningún lugar. Y mientras Kerouac se lanzaba a la crónica de una generación sin rumbo (¡y sin todavía una guerra, que Corea estaba por venir!), John Updike le escribió una coda deliciosa. O al menos así me gusta pensar en Corre Conejo, como en una novela experimental.  No por lo que roba de Robbe-Griillet (un experimentalismo que podría traducirse en un prólogo narrando ¡un partido de béisbol! Nunca antes, ni siquiera después, su autor se sometería a tan loco tour de force) sino por lo que tiene de contemporánea. Está ese hogar por llegar. Harry “Conejo” Angstrom sabe que lo que le ocurre junto a Janice, novia de instituto deformada por la bebida y, tal vez, por el paso de los días, no tiene mucho de lo que sé como casa. Y Updike reserva hasta el final el principio de su, podríamos argumentar, kerouaquiana huida, en busca de nuevos sitios, aunque se traten de ningún hogar verdadero. Luego, Updike nos describió cómo Rabbit descubría que esta juventud sin juventud podía ser contagiosa y hasta terriblemente degenerativa. Las miles de acepciones de “ninguna parte”.

En este maremoto está John Cheever. En sus historias están los solitarios viajeros de Kerouac pero consumidos por la antiépica y seducidos por la exquisita y elegante decadencia italiana. Tampoco esquiva cierta contemporaneidad con el mejor Salinger, el cuentista abrupto que abrió una brecha demasiado perdurable con A perfect day for bananafish. No puedo pensar que todo Updike parte de ese cuento fantástico que es El Ladrón de Shady Hill (publicado en el New Yorker, magazine que compartían Updike y Cheever, cuatro años del debut novelístico del primero): un morador que consigue su gloria en ese momento en el que puede sentirse a sus anchas en los hogares del otro. El Voyeur Robbe-Grilletiano atrapado en el microcosmos del suburbio, ese lugar Dantesco —como nos enseñaría también Richard Yates— que con Vía Revolucionaria explicaba con todo lujo de detalles el rostro terrorífico que se esconde detrás de las casas con jardín que encandilaron a tantos espectadores en The Dick Van Dyke Show.

También de voyeurs con cierto tono profético habló Cheever en La Enorme Radio (publicado también en el New Yorker, en 1947) capaz de hablar con lucidez de entonces y también de ahora: “Son personas tan buenas ¿verdad? Tienen rostros tan amables.” La radio, empieza a emitir entonces la vida de los otros y lo que al principio es divertido para su matrimonio protagonista, Los Wescott, pronto deviene en adicción a la desgracia, esbozos mínimo de compasión, forma discreta de apartar la vista sobre la propia vida y jactarse de la ajena (¿acaso hay metáfora mejor del reality show?).

De repente, surgen las preguntas y ya conocemos su respuesta. “Somos felices ¿verdad?” 

POR ALVY SINGER 



Marzo 16, 2008, 12:50 pm
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Oh, Leoncio, oh… 

Nuestra promesa es que no nos hemos ido, pese a que Masacre huela a cadáver y los vecinos anden aporreando la puerta. Lo que tan tristemente sucede es que llevamos dos meses sin encontrar un libro de cuentos que nos sea posible amar u odiar sin ambages.  

Oh, Leoncio, oh… 

Pero vamos a volver, se lo aseguramos.



Lluvia en el cuarto, por Matías Candeira
Enero 30, 2008, 5:08 pm
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Museo de la soledad

Me resulta bastante difícil penetrar en la mitología de un autor como Carlos Castán habiendo leído primero y con alegría el que para mí es su mejor libro, Frío de vivir, y entrando ahora en Museo de la Soledad, que Tropo editores, una prometedora editorial afincada en Zaragoza, ha reeditado hace muy pocos meses. Mis sensaciones encontradas con el libro me remiten a una película para explicarme, esa modélica screwball que es Las tres noches de Eva. En ella, Preston Sturges rueda dos escenas memorables que son la constatación de una genialidad y virtud loable en el creador: la capacidad de emocionar y, más tarde, reformular esos mismos recursos de la épica amorosa para reírse de sí mismo. O dicho de otro modo, la consabida distancia irónica del ecriteur, muy necesaria según qué casos. En la primera de ellas, Henry Fonda, un ciclotímico millonario estudioso de las serpientes, declara a una bellísima Bárbara Stanwick su amor bajo el influjo de la luna, la cubierta de un crucero y ese espíritu de pomposidad y deliciosa sofisticación que predominaba en un género trágicamente en desuso. Ésa escena siempre me emociona de la misma manera. Mucho metraje después, el golpe de gracia de Sturges cae como una daga: Fonda vuelve a usar esas palabras frente a la misma mujer, ahora fingiendo ser una hermana gemela de la antigua, con mentiras y embustes familiares de por medio. Plano cerrado. Un caballo percherón mete la cabeza entre los dos tórtolos y se afana en lamer la cara de Fonda cada vez que intenta declararle su amor a la maravillosa chica. Ahí radica uno de los grandes aciertos de, por muchas otras cosas, una película estupenda: la misma escena que antes te atravesaba, ahora te entrega la posibilidad de reírte a carcajadas y sin ambages.

Creo que algo de esa pátina le hubiera venido bien en su momento de escritura a Museo de la Soledad, un conjunto de relatos con varios destellos de luz pero, también, arrebatos en exceso emocionales, una distancia tonal tristemente sacrificada en el correr de la historia y una pulsión sobre el dolor que se toma demasiado en serio a sí misma. Castán, bien lo sabe el cuentista, es un autor que escribe como Dios, y Museo de la soledad acuna varios destellos para tejer la densidad de de su imaginario, poderoso, y en Frío de vivir, talento verdadero para escribir sobre una asfixia provinciana –me viene a la cabeza Simenon y su Maigret-, oscura, donde discurre la sangre, el recuerdo, las cartas no escritas, la tristeza devastadora de los bulevares y los portales en penumbra, lo siniestro de la maldad, todo lo perdido. Cuentos sobre un viaje interior marcado por el dolor del pasado, en continuidad, sin recuperación posible.

Mi primera reticencia viene porque creo que Museo de la soledad es un verdadero under construction de Frío de vivir, que curiosamente se publicó antes, y lo que en el primero me parece evocación poética en siembra, con sus tanteos y bandazos, en el segundo alcanza cotas bastante más memorables. ¿Puedo explicármelo? Difícil. Yo, lo reconozco, soy más de este último, me parece de un autor mucho más maduro y sugerente en su escritura. Por esa razón estoy convencido de que el campo semántico utilizado en este volumen le hace flaco favor a los relatos, repletos de “lluvia”, “corazón”, “tinta”, “dolor”, “soledad”, “tristeza”, “amor” y demás palabras peligrosas como el amonal, lo que, per se, no necesariamente tendría que ir en detrimento de la calidad –mucho me cuido de afirmar algo así- pero que, me parece, derivan más de lo deseable en narraciones fallidas; en fin, un discurso hermoso y triste a un tiempo pero que, a la postre, lucha entre imágenes convencionales, texturas demasiado tópicas, evocación poética de segunda. Un ejemplo es Casi Marino, donde las virtudes estilísticas se rebajan con los desaciertos de la voz; hay aquí cierta melancolía tosca que deriva en pura nostalgia adolescente. El texto, eso sí, tiene un enorme acierto en su resolución: cuando uno de los protagonistas pretende reformarse hacia un hombre ideal y que ayuda a las ancianitas a cruzar la calle, es precisamente cuando la otra parte, una nostálgica chica apostada en la ventana, deja de quererle.

No hay luz en el camino para los protagonistas de cuentos como Con sangre entra ó Ola de frío: uno de los que me parece menos logrado, rozando lo kistch. La vista de ese paralítico mandando rosas todos los viernes y quedándose atascado en mitad de la nevada —que me perdone quien esto le suene a sorna cruel— me provoca cierto sonrojo, como esas narraciones sobre mujeres maltratadas, pizzeros sin futuro o inmigrantes, que tanto se comen en concursos de asociaciones pro-loquesea. Ni siquiera me ayuda el hecho de que este relato se base en una noticia del periódico. Quizá es que soy un chico desalmado que destripaba ranas de pequeño, no lo sé,  pero creo que, en literatura, si se usa la querencia de los personajes por no tomar distancia de su extremo dolor, hay que atemperar la sentimentalidad, hacer de la fiesta del lenguaje el manual de un cirujano y no una explosión de artillero, pues se corre el riesgo de convertir el cuento en involuntariamente cómico o desautorizarlo a través de un lenguaje sobre el amor y la tristeza que suena a doxa, enfermo de solemnidad, como los edificios con demasiado peso que se derrumban. Una cosa es una convicción construida sobre la no-esperanza, tristeza quizás de un pasado perpetuamente revivido, y otra no domar lo que en el relato tiene que sacar dentro de su propio corazón. Por usar una metáfora entre lo literario y lo sentimental, creo que la nostalgia es la reedición de la propia vida cuando ya nadie –ni uno mismo- tiene mucho interés en comprarse ese libro. Cierto que suenan auténticos, de dentro, pero no sé si podría entender como una virtud que el personaje que habla en muchos esté bastante más lejos de lo humanamente emotivo o sano –si es que alguno estamos sanos- y a kilómetros de esa contención que se precisa, o al menos yo preciso leer, para emocionar.

Ya se sabe que las lecturas son parciales, tendenciosas, volubles, y no por ello quiero dejar de decir que Museo de la Soledad contiene varios cuentos buenos o muy buenos. Me parece así Viaje de regreso, con el que comienza la compilación, soberbiamente escrito y con densidad, poética, de sugerencia, giro final interesante y asunción de una derrota tan cierta como terrible: el pasado es una construcción mental y puede vengarse de nosotros. Lo que hemos amado ha sido erigido desde la realidad, no obedece más que a una parcialidad en la percepción. Guardo un buen recuerdo de la primera vez que lo leí, hace años, en plenos exámenes de junio, biblioteca y aburrimiento mediante, y ahora también. Mencionaba antes mi querencia por la distancia irónica porque Castán también guarda unas cartas marcadas muy paladeables en esa liga. Muchas veces querida Ana, un  relato híbrido entre lo epistolar y la primera persona, contiene un juego de identidad muy interesante, y mientras la voz de la carta peca de la misma excesiva solemnidad y candidez prístina que a mí me lleva a mal traer, la segunda vibra suave, como música, como la verdad humana que es estar a la sombra de un hermano y saber contarlo bien. De la suerte y las cosas, que suena dulcemente a esas ceremonias tan íntimas, las de uno, intransferibles a otro tiempo que no sea la medianoche: la penumbra del cuarto como una crisálida vencida en el corazón, y escuchar, escuchar el patio vacío del edificio mientras suena alguna canción querida. Cenizas en los labios, comedido y hermoso con su narrador que se ve reflejado en otros, parte de una variedad de hombres fascinantes que viven en la sombra. La religión de los heterónimos, podría titularse.  

El título del libro se usa con acierto dentro una de las narraciones que más me seduce del volumen, El aroma de lo oscuro, con, ciertamente, aroma a toda esa filmografía y literatura del American Gothic, en su trasunto nacional. Pienso al leerlo en la primera versión de La matanza de Texas (Tobbe Hopper, 1974), en Museo de cera (André de Toth, 1953) en El Extraño Viaje (Fernando Fernán Gómez, 1964), alguna vena de la filmografía de Edgard Neville, ecos de Roal Dahl, y es una buena sensación. Digo distancia porque me parece que el cuento, de manera acertada, abraza el género siniestro, en una reflexión sobre la memoria y el dolor del ser enmarcada en ese misterioso personaje que es Pablo el francés. Aunque creo que al final el narrador cae otra vez en un exceso sentimental que devalúa un poco el texto, sigo pensando que es bueno, muy bueno.  

Creo que con Museo de la Soledad, en su momento de publicación, Castán fue sabio para las respuestas  —las derrotas de los personajes, su forma de asumirlas, saben a autenticidad— pero no para el uso de un discurso que estaba por emerger, domarse en todo su potencial, alejarse de ropajes cándidos. Para mí, cada nueva obra, independientemente de cuándo esté escrita, tiene su propio manual de interpretación, su personal diálogo que hay que extraer de ella; cada libro es una novia críptica, un poco rubia, que se maquilla mucho para nosotros y a la que hay que convencer para que hable. Este libro combina lo mejor y lo peor de su autor. Afortunadamente, Frío de vivir me dijo que no me equivocaba. Si un creador que me gusta tropieza, sólo hay que esperar que vuelva a bailar.

Matías Candeira (Madrid, 1984) lleva una vida académica éxtraña en una prisión espacial, Ciencias de la Información, para convertirse en comunicólogo. Por las noches, cuando la ciudad duerme, es cuentista. En los últimos años, ciertas operaciones pecaminosas le han permitido obtener algunos premios literarios por su trabajo, entre otros muchos, el Certamen de Jóvenes Creadores del Ayuntamiento de Madrid, Premio de Cuentos Salvador García Jiménez, Certamen Literario Pedro de Atarrabia o accésit en el Premio Mario Vargas Llosa NH de Relato. Ha publicado relatos en el fanzine Bar-sobia (La bella Varsovia, 2006),  en Noche de Relatos (NH ediciones, 2007) y en la antología Parábola de los talentos (Gens ediciones, 2007). En un futuro, le gustaría escribir largometrajes: tres fábulas trágicas de bajo presupuesto sobre un hurón ninja, tituladas “Madriguera de Sangre”, “El retorno del castor hacendoso” y “Comabunga III”. Su primer libro de cuentos, La soledad de los ventrílocuos, será publicado próximamente por Ediciones Irreverentes.