Masacre en los jardines


Despedida
Noviembre 9, 2009, 8:46 pm
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Después de dos años de trabajo, este blog cierra sus puertas. Ha sido un placer viajar por esta interestatal del cuento con ustedes. Esperamos habernos acercado, aunque sea de manera exigua, a esa crítica posible donde dar voz a este género que tantas alegrías y disgustos nos da. Pueden suponer que las razones del cierre son numerosas, y que se parecen a una de esas escenas del cine donde un personaje muy cursi decide la razón de su amor con una lista de motivos a favor y en contra. Han ganado los que están en contra.

1. Estamos muy, muy cansados. Apenas disponemos de horas y colaboradores para poder hacer esas reseñas que tanto les gustan. Se necesita tiempo para pensar la reseña, para interiorizarla, para releer y someter nuestros prejuicios a la sosa cáustica, reformular y sembrar. Una crítica debería nacer varias veces en la cabeza del crítico antes de ser escrita.

2. Estamos cansados de esas decenas de blogs de literatura que se crean única y exclusivamente para que sus dueños reciban libros gratis, mediante favores que, en apariencia, no suponen nada, pero nos resultan desagradables. Fíjense que sólo hace falta un pago, generoso y muy cuestionable éticamente. Muchas veces el crítico ni siquiera comparte el discurso que se ve obligado a emitir para recompensar ese libro que, amablemente, la editorial le ha enviado a su casa. “Me gusta el libro de fulanito porque sus cuentos son muy entretenidos y están contados in media res”. La crítica es un estado mental, y no una manera de ahorrarse la pasta o hacerle mimitos al editor con el que quieres publicar.

3. Estamos cansados de la perversión y del estado de crítica aplaciente que se ha instalado en el cuento (no es que en otros círculos sea diferente, claro). Creemos que ese supuesto movimiento de camaradería de los cuentistas a favor de nuestra visibilidad en el mercado y ante los lectores, ha derivado en un mirar hacia otro lado, en callar y no decir lo que se piensa sobre lo publicado, y en según qué casos, en lubricar el culo de los demás.

4. Estamos cansados de leer boutades. ¿Cómo es posible que deseemos un cuento futuro (y visibilidad, y respeto, y todo eso que precisa el género para no pasarnos todo el día llorando) si apenas existe un porcentaje de crítica negativa sobre lo que se publica? ¿Es que se creen ustedes que, de los noventa libros de cuentos de autores españoles que se publican al año, hay un porcentaje alto de libros legibles, decentes, o incluso buenos? No se engañen, no lo hay, aunque el estado crítico del género apunte lo contrario.

5. Estamos cansados de vernos obligados a escoger libros de calidad (aunque siempre les saquemos alguna puntilla) para hacer críticas positivas y no perturbar el mal en calma. Nunca quisimos ser (sólo) una página de recomendaciones literarias, pero por desgracia nos hemos convertido en eso. Es evidente que no podemos hablar claro, y no ya realizar una reseña a la contra, sino simplemente valorar un libro en su justa medida y aportar argumentos de peso por los que cuestionarlo. Ya saben, pagaríamos un precio. O bien hay gente que nos retiraría la palabra, o se estrecharían los círculos y notaríamos las miradas reprobatorias. Es probable que sucediera todo al mismo tiempo. Qué quieren, deseamos vivir tranquilos. Admitimos nuestra cobardía.

Conste en acta que nosotros no hemos apuntado con el dedo a nadie. Nuestro ánimo únicamente va hacia el retrato de un estado de las cosas bastante preocupante. Puesto que con este tipo de artículos que radiografían algo en concreto siempre hay alguien que se sentirá ofendido innecesariamente, en este artículo de despedida no se admitirán comentarios, y todas las cuestiones, quejas e imprecaciones se dirimirán en el correo del blog, que ya saben ustedes cuál es y quién lo lleva:

testigosoculares@gmail.com

Cuídense.



EL HALLAZGO ENCONTRADO

EMMA ROULOTTE, ES USTED
Norberto Luis Romero
Editorial Eclipsados, 2009

Digámoslo de una vez: Emma Roulotte, es usted, el nuevo libro de relatos de Norberto Luis Romero, destaca de la “cándida” literatura de los últimos años por su mordacidad y su inteligencia.

Romero, autor de novelas como Signos en descomposición y de varios libros de cuentos, es uno de los nombres clave de la literatura fantástica en nuestro país. Sin embargo, en Emma Roulotte, es usted, el escritor argentino se mueve entre un plexo de géneros y estilos literarios que van desde el más depurado Realismo Sucio hasta la Ciencia-ficción, demostrando así con creces que lo fantástico no es su única carta. Contra lo que pueda parecer, esta diversidad de géneros y temas no merman en nada la unidad del texto, pues los relatos convergen en una especie de “historia sin historia”, hábilmente construida a través de un détournement personalísimo del tradicional recurso del manuscrito encontrado. A esas cualidades indudables, hay que añadir otras como la eficacia lingüística o la audacia técnica, todo ello aderezado con la indiscutible imaginación y la elaborada poética de este autor.

Además de lo ya dicho, hay que señalar que uno de los grandes aciertos de este libro es el uso de la ironía, categoría de las más pródigas del arte de escribir, y lamentablemente ausente en casi toda la producción literaria actual, inundado como está el Mercado de una escritura ñoña y plana que rebaja a muchos autores al rango de meros amanuenses.

En cambio, en Emma Roulotte, es usted, la ironía, hilo conductor de todos los relatos, es tratada por el autor con el sumo cuidado que esta categoría merece desde que las vanguardias de principios del siglo XX le otorgaron su pleno protagonismo en la obra artística. Porque la ironía no es sólo una forma refinada de humor, sino también una de las figuras del pensamiento crítico, espina dorsal que estructura la subjetividad contemporánea y que distingue, por el mismo motivo, al artista auténtico del aficionado.

Como se puede ver, no faltan razones para decir que Emma Roulotte, es usted, es algo más que un libro ameno y con mucho humor: es un libro inteligente, y como todos los libros inteligentes es, además de un objeto estético, el testimonio vivo de una postura, una Weltanschauung, una visión del mundo. Dicho en otras palabras: un libro mucho más que recomendable para el lector que no se resigna a consumir literatura de ordenador y que sabe leer entre líneas.

Por INÉS MENDOZA



ASCO
Agosto 1, 2009, 7:50 am
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EL AÑO DEL CUENTO

Un reportaje absolutamente lamentable.  Fíjense, sobre todo, en lo limitadísimas que están las miras de la periodista en lo que a españoles se refiere. Aquel dicho tenía mucha razón. Deberían haber llamado a un poeta.



CUADROS QUE MIRAN A LOS HOMBRES

MIRAR AL AGUA

Javier Sáez de Ibarra

Páginas de Espuma

Madrid, 2009

Hay una tipología bastante frecuente en el género de la narrativa breve fundamentada en la voluntad por agotar las posibilidades formales a lo largo de la colección, esto es, ensayar voces, personas, tiempos, estructuras…; y Mirar el agua parte de esta premisa. En principio, Sáez de Ibarra no cuenta con ninguna rúbrica personal reconocible que distinga su escritura, salvo, aquí, cierto interés por la reflexión en torno a las artes plásticas, que sirve como punto de fuga a partir del cual arrojar parte de las piezas recogidas. De modo que el premio internacional Ribera del Duero experimenta con la fragmentación de la prosa en narraciones más reducidas (“Un hombre pone un cuadro”), la exposición de la acción a partir solo de diálogos organizados de un modo bastante simpático (“Las meninas”), el coqueteo con los registros más meticulosos (“Una ventana en Via Speranzella” o “La superstición de narciso”), el patchwork (“Amores” e “Hiperrealismo / Surrealismo”), la nota a pie (“La superstición de narciso”), el esquema (“Escribir mientras Palestina”) o la convergencia de varias historias sin relación aparente entre sí (“El disfrute de la palabra”).

La versatilidad estilística de Ibarra, qué duda cabe, es el aliciente número uno que el libro nos ofrece para justificar su lectura; a ello seguiría la simpatía con el lector conseguida mediante la mención a debates o ideas muy presentes en nuestra cultura, a saber, la aproximación al arte contemporáneo como mero instrumento para la integración en la multiplicidad de células sociales vigentes o el romance: “Íbamos a la exposición para ligar con aquellas tías, ahora ellos se las estaban trabajando y yo allí solo perdiendo el tiempo”, dice el narrador del cuento que da título al libro, temerario en la medida que no le importa desafiar el exceso de abstracción característico en el arte contemporáneo, aun a riesgo de perder la sintonía que lo vincula a su acompañante. Siguiendo con lo anterior, Ibarra disemina con acierto reflexiones colectivas sobre las relaciones humanas, un leitmotiv bastante agotado —no deja de ser complicado que a estas alturas de época postindustrial alguien pueda arrojar luz nueva sobre la economía de los sentimientos—, aunque, como decimos, asegura a la audiencia en la medida que esta atribuye al cuento cierta funcionalidad terapéutica; por ejemplo, cabe pensar que el repulsivo personaje de “La superstición” que explica el arte de seducir[1] encuentra su utilidad en el alivio de advertir cómo la instrumentalización de las relaciones es hoy moneda corriente, si bien, como posteriormente veremos, a Ibarra no parece satisfacerle demasiado cierto tipo de glosas.

En contraposición a lo anteriormente dicho, Mirar el agua cuenta con una serie de anticlímax que denotan nulo interés por atribuir un mínimo de sofisticación a los lugares comunes. “Una ventana en Via Speranzella” bucea con registro preciosista en la erótica de los artistas geniales pero desconocidos, hasta que topa con términos tan vulgares como “prestigiosas academias”, “renombrados artistas” o “círculos más exquisitos”; un modo demasiado perezoso para construir el aura de complejidad pretendida. Tampoco ayuda el pedantísimo nombre de la protagonista, Petra Menardi, que obliga al lector a preguntarse si lo que lee es un relato o un anuncio de perfumes low cost. Seguimos: “Escribir mientras Palestina” cuenta con cotas de verosimilitud insuficientes. El relato en primera persona de una periodista llegada a la geografía mediterránea (el arranque del texto es, de nuevo, formalmente muy prometedor) aparece contaminado por una afectación apabullante, una solidaridad de calado institucional, por tanto, impostada[2], que bebe del imaginario popular más superficial[3], e incluso se permite el conato de modernidad con un guiño a las nuevas tecnologías: “antes de salir del viaje, consulté en el buscador de Google esta referencia ‘mujer muerta por tanque Palestina’: 108 000 entradas”. He aquí los dos ejemplos más estridentes.

COSAS QUE HACEN BUM

Partamos de un ejemplo sonado: Roland Barthes. S/ Z constituye un caso épico de mofa entre los lectores pragmáticos, aquellos que rehúyen de las jergas universitarias y las interpretaciones obsesivas: ¿A qué demonios estaba jugando el semiótico cuando dedicó más de doscientas páginas a desmontar un relato corto? Su investigación sobre “Sarrasine” da pie a los críticos de la posmodernidad para denunciar eso que Zizek llama la tentación hermenéutica y la pirotecnia verbal de sus intelectuales. Todo un clásico del pensamiento contemporáneo (deslegitimar la pretensión de ciertos escritores por acosar e intimidar a su público) que recorre de Sebreli a Bricmont y Sokal o Bunge. Paradójicamente, el presunto posmoderno por antonomasia, David Foster Wallace, fue uno de los autores más brutales a la hora de hundir recursos como el relato self-consciousness. Dan cuenta de ello cuentos como “Octeto”, donde llega a admitir que la recepción probablemente ya haya abandonado el texto a causa de la pirueta formal, o el emblemático “Hacia el oeste, el avance del imperio continúa”, asedio al también barroquísimo “Perdido en la casa encantada”, de John Barth. Sáez de Ibarra se suma a la función en un progresivamente hostil relato titulado “La superstición de Narciso o aprender del que enseña”. Originalmente el cuento plantea la duda de si nos encontramos ante un ejercicio artesano/ mimético de Barth y compañía, o de un salivazo a los mismos. “La superstición” cuenta con varias herramientas definitorias para concretar los objetivos de Sáez: guiños a la obsesión intertextual (aunque no referencias a producciones contemporáneas, sino a Fernando de Rojas o el Arcipreste de Hita) + apelaciones que van de Baudrillard a Foucault o Wittgenstein (por si fuera poco, también hay cabida para profesores universitarios con nombres tan enigmáticos como E. Fernández) + notas a pie + jerga característica de la teoría literaria + autoconsciencia materializada en el juego de narradores empotrados, es decir, un crítico cuya identidad desconocemos interpreta un cuento de Javier Sáez, ocupando un ensayo que desafía la extensión del original. Y de nuevo: los enfrentamientos entre críticos y autores. La diversión del juego radica entonces en el recorrido hasta descifrar la ironía del crítico cabrón. Finalmente los bizantinismos se diluyen y encontramos cosas tales como “el pasado encuentro internacional sobre ‘El nuevo último cuento español reciente’ (Nanclares de Oca, 15-16 de julio)”, o las palabras finales del hermeneuta:

“Lo que no puedo consentir […] es que se organicen encuentros de especialistas […] para perder el tiempo acumulando comentarios nimios e insustanciales, fruto de aproximaciones apresuradas que no sirven al lector común y corriente más que para hacerle perder el tiempo, y que no contribuyen sino al acrecentamiento para unos pocos de su incorregible pedantería y su afán de notoriedad.”

Una reflexión al respecto: ¿Por qué la relación entre críticos y autores tiende a ser difícil, cuando cabría esperar un afán colaborador en beneficio de sortear al verdadero enemigo, la ansiedad de la influencia?


[1] “en determinados momentos debes sorprenderla tomando iniciativas que hagan cambiar el clima; es fundamental para que comprenda que tú tienes el dominio; el tío eres tú, cojones, y eso a ella la tiene que seducir”

[2] También característica del presidiario que escribe ficción en “Jerónimo G.”, que destila aroma a compasión cristianísima

[3] “Un policía apunta cuidadosamente a la cabeza de un chiquillo de once años, dispara”

POR ANTONIO J. RODRÍGUEZ (a.k.a IBRAHÍM BERLÍN



Como la vida misma
Julio 22, 2009, 5:40 pm
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Queda demostrado que Paco Alcázar es la pera limonera. Lo hemos pillado de su muy recomendable blog.